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Del premio de los ciudadanos santos de la Ciudad Eterna, a quienes pueden aprovechar los ejemplos de las virtudes de los romanos

la Ciudad Eterna, a quienes pueden aprovechar los ejemplos de las virtudes de los romanos

Pero muy distante de éste es el premio y galardón de los santos que sufren también en esta vida con paciencia los oprobios por la verdad de Dios, con la cual tienen ojeriza los amigos de este mundo. Aquélla es la Ciudad sempiterna, allí ninguno nace, porque ninguno muere, donde la felicidad es verdadera y cumplida, no diosa, sino don de Dios. De allí procede la prenda que tenemos de nuestra fe, en tanto que, peregrinando por acá, suspiramos por su hermosura. Allí no nace el sol sobre los buenos y sobre los malos, sino que el sol de justicia sólo abriga a los buenos; allí no habrá necesidad de mucha industria y trabajo para enriquecer el erario y tesoro público con los pobres y escasos bienes de los particulares, donde el tesoro de la verdad es común.

Por tanto, debemos creer que no se dilató el romano Imperio sólo por la gloria y honor de los hombres, a fin de que aquel galardón se diera a aquellos hombres, sino también para que los ciudadanos de la Ciudad Eterna, en tanto que acá son peregrinos, pongan los ojos con diligencia y cordura en semejantes ejemplos, y vean el amor tan grande que deben ellos tener a la patria celestial por la vida eterna, cuando tanto amor tuvieron sus ciudadanos a la terrena por la gloria y alabanza humana

CAPlTULO XVII -Qué fruto sacaron los romanos con La

guerra y cuánto hicieron a los que vencieron

Por lo respectivo a esta vida mortal, que en pocos días se goza y se acaba, ¿qué importa que viva el hombre que ha de morir bajo cualquiera imperio o señorío, si los que gobiernan y mandan no nos compelen a ejecutar operaciones impías e injustas? ¿Acaso fueron de algún daño

o inconveniente los romanos a las naciones, a quienes después de reducidas a su dominación impusieron sus leyes, sino sólo en cuanto esto se hizo por medio de crueles guerras? Lo cual, si se hiciera con piedad, lo mismo se lograra con mejor suceso, aunque fuera ninguna la gloria de los que triunfaban.

Porque tampoco los romanos dejaban de vivir debajo de sus propias leyes que imponían a los otros; lo que si se hiciera sin intervención de Marte y Belona, de modo que no tuviera lugar la victoria no venciendo nadie, donde nadie había peleado, ¿no fuera una misma suerte y condición de los romanos y la de las demás gentes? Mayormente si luego se determinara lo que después se deliberó grata y humanamente, ordenando que todos los vasallos que pertenecían al Imperio romano gozasen de la naturaleza y privilegio de la ciudad, disfrutando el honor de los ciudadanos romanos, siendo así común a todos la prerrogativa que antes era peculiar de muy pocos, a excepción de aquel pueblo que no tuviese campos propios y se sustentase y viviese de los públicos, cuyo sustento con más dulzura y beneficencia lo sacaran de los que se conformaban voluntariamente con esta sanción por mano de los prudentes gobernadores de la República que consiguiéndolo por fuerza de los vencidos.

Porque no veo que importe para la salud y buenas costumbres y para las mismas dignidades de los hombres que unos sean vencedores y otros vencidos, salvo aquel vano fausto de la honra humana, con el cual recibieron su galardón los que tanta ansia tuvieron de él, y tantas guerras sostuvieron por su logro. ¿Por ventura los campos y haciendas de los vencidos no pagan su tributo? ¿Acaso pueden ellos aprender y saber lo que los otros no pueden? ¿Por ventura no hay muchos senadores en otras provincias que ni aun de vista conocen a Roma? Echemos a un lado la vanagloria. Y ¿qué son todos los hombres sino hombres? Que si la perversidad del siglo permitiera que los virtuosos fueran los más honrados, aun de este modo no habría motivo para estimar en mucho la honra humana, porque es humo de ningún peso y de ningún momento; pero aprovechémonos también en estos sucesos de los beneficios de Dios nuestro Señor.

Consideremos cuántas bellas ocasiones despreciaron, cuántas desgracias sufrieron, qué de apetitos propios vencieron por la gloria humana los que la merecieron alcanzar como galardón y premio de sus virtudes, y válganos también esta consideración para reprimir la soberbia; pues habiendo tanta diferencia entre la ciudad donde nos han prometido que hemos de reinar y entre esta terrena, cuanta hay del cielo a la tierra, del gozo temporal a la vida eterna, de los vanos elogios a la gloria sólida, de la compañía de los mortales a la sociedad de los ángeles, de la luz del sol y de la luna a la luz del que hizo el sol y a la luna, no les parezca que han hecho una acción heroica los ciudadanos de tan excelente patria, si por conseguirla practicaren alguna obra buena o su fueren con paciencia algunas malas cuando los otros, por alcanzar esta terrena, hicieron tantas proezas y sufrieron tantos infortunos, mayormente cuando el perdón de los pecados, que va recogiendo los ciudadanos dispersos a aquella eterna patria, tiene alguna semejanza con el asilo de Rómulo, donde la remisión de cualesquiera delitos fue el mejor aliciente para congregar los hombres y fundar aquella célebre ciudad.

CAPITULO XVIII -Cuán ajenos de vanagloria deban estar

los cristianos, si hicieren alguna loable acción por el amor de la eterna patria, habiendo hecho tanto Ios romanos por La gloria humana y por la ciudad eterna

¡Qué acción tan heroica será despreciar todos los deleites y regalos de este mundo, por más apreciables que sean, por aquella eterna y celestial patria, si por esta temporal y terrena se animó Bruto a degollar a sus propios hijos, temeraria resolución a la que nunca se obliga en aquélla! Pero, realmente, más dificultoso es el matar a los hijos que lo que debemos nosotros hacer por ésta, y se reduce a que los tesoros que hablamos de congregar y guardar para los hijos, o los repartamos con los pobres o los abandonemos si hubiere alguna tentación que nos fuerce a hacerlo por la fe y la justicia. Pues ni a nosotros ni a nuestros hijos nos hacen felices las riquezas de la tierra, pues que lo hemos de perder en vida, o muriendo nosotros, han de venir a poder de quien no sabemos o de quien no quisiéramos, sino Dios es el que nos hace felices, que es la verdadera riqueza y tesoro de nuestras almas; además que Bruto, por haber muerto a sus hijos, aun el mismo poeta que le elogia le tiene por infeliz y despreciado, porque dice: "Y siendo padre poco dichoso, castigará a sus hijos que mueven guerras, deseando la libertad amable de la patria, lleven como llevaren esto sus descendientes". Pero en el verso que se sigue consuela al miserable héroe, diciendo: "A esto le obligó el amor de la patria y el deseo desordenado de ser celebrado en el mundo"; estas dos cualidades, la libertad y el deseo de elogios, son las que movieron a los romanos a hacer empresas heroicas y maravillosas.

Luego, si por obtener la libertad de los que eran mortales y habían de morir, y por el deseo de la lisonja humana, que son cualidades que apetecen los hombres, pudo un padre matar a sus hijos, ¿que acción heroica será, por la verdadera libertad que nos exime de la esclavitud del demonio, del pecado y de la muerte y no por la codicia de las humanas alabanzas, sino por el amor y caridad de libertar los hombres, no de la tiranía del rey Tarquino, sino de la de los demonios y de Luzbel, su príncipe, no digo ya matamos a los hijos, sino que a los pobres de Jesucristo los tenemos en lugar de hijos? Asimismo, si otro príncipe romano llamado Torcuato, quitó la vida a su hijo porque, siendo provocado del enemigo, con ánimo y brío juvenil peleó, no contra su patria, sino en favor de ella; mas saliendo victorioso porque dio la batalla contra su orden y mandato, esto es, contra lo que el general, su padre, le había mandado, porque no fuese mayor inconveniente el ejemplo de no haber obedecido la orden de su general: qué gloria hubo en matar al enemigo, ¿para qué se han de jactar los que por las órdenes y mandamientos de la patria celestial desprecian todos los bienes de la tierra que se estiman y aman menos que los hijos?

Si Furio Camilo, después de haber apartado de las cervices de su ingrata patria el yugo de los veyos, sus inexorables enemigos, y no obstante de haberle condenado y desterrado de ella por envidia sus émulos, con todo, la libertó segunda vez del poder de los galos, porque no tenía otra mejor patria adonde pudiese vivir con más gloria, ¿por qué se ha de ensoberbecer como si ejecutara alguna acción

plausible el que, habiendo acaso padecido en la Iglesia alguna gravísima injuria en su honra por los enemigos carnales, no se pasó a sus enemigos, los herejes, o porque él mismo no levantó contra ella herejía alguna, sino que antes la defendió cuanto pudo de los perniciosos errores de los herejes, no habiendo otra ciudad, no donde se pase la vida con honor y aplauso de los hombres, sino donde se pueda conseguir la vida eterna'? Mucio, para que se efectuara la paz con el rey Porsena, que tenía muy apretados a los romanos con su ejercito, porque no pudo matar al mismo Porsena, y por yerro mató a otro por él, puso la mano en presencia del rey sobre unas brasas que en una ara estaban ardiendo, asegurándole que otros tan valerosos como él se habían conjurado en su muerte, y teniendo el rey su fortaleza y asechanzas, sin dilación ajustó la paz y alzó la mano de aquella guerra; pues, si esto sucedió así, ¿quién ha de zaherir o dar en cara al rey sus méritos, no al de los Cielos, aun cuando hubiere aventurado por él, no digo yo una mano, no haciéndolo de su voluntad, sino aun cuando padeciendo por alguna persecución, dejare abrasar todo su cuerpo?

Si Curcio, armado, arremetiendo el caballo, se arrojó con él en un boquerón por donde se había abierto la tierra, porque en esta acción heroica obedecía a los oráculos de sus dioses, que ordenaron que echasen allí la mejor prenda que tuviesen los romanos, y no pudiendo entender otra cosa, advirtiendo que florecían en hombres y armas, sino que era necesario por mandado de los dioses que se arrojase en aquella horrible abertura algún hombre armado, ¿cómo se atreve a decir que ha hecho algo grande por la eterna patria el que cayendo en poder de algún enemigo de su fe, muriese no arrojándose voluntariamente al riesgo de semejante muerte, sino lanzado por su enemigo; ya que tiene otro oráculo más cierto de su Señor, y del rey de su patria, donde le dice: "¿No queráis temer a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma?" Si los Decios, consagrando su vida en cierto modo, se ofrecieron solemnemente a la muerte para que con ella y con su sangre, aplacada la ira de los dioses, se librase el ejército romano, en ninguna manera se ensoberbezcan los santos mártires, como si hicieran alguna acción digna de alcanzar parte en aquella patria, donde hay eterna y verdadera felicidad, si amando hasta derramar su sangre, no sólo a sus hermanos, por quienes era derramada, sino, como Dios se lo manda, a los mismos enemigos que se la hacían derramar, pelearon con fe llena de caridad y con caridad llena de fe. Marco Pulvilo en el acto de dedicar el templo de Júpiter, Juno y Minerva, advirtiéndole cautelosamente sus émulos y envidiosos que su hijo era muerto, para que turbado con tan triste nueva dejase la dedicación y la honra y gloria de ella la llevase su compañero, hizo tan poco caso de la noticia, que mandó cuidasen de su sepultura, triunfando de esta manera en su corazón la codicia de gloria del sentimiento de la pérdida de su hijo: ¿pues qué heroicidad dirá que ha hecho por la predicación del Santo Evangelio con que se libran de multitud de errores los ciudadanos de la soberana patria, aquel a quien estando solícito de la sepultura de su padre, le dice el Señor: "Sígueme y deja a los muertos enterrar sus muertos"? Si Marco Régulo, por no quebrantar juramento prestado en manos de sus crueles enemigos quiso volver a su poder desde la misma Roma, porque, según dicen, respondió a los

romanos que le querían detener, que después que había sido esclavo de los africanos no podía tener allí el estado y dignidad de un noble y honrado ciudadano, y los cartagineses, porque peroró contra ellos en el Senado romano, le mataron con graves tormentos, ¿qué tormentos no se deben despreciar por la fe de aquella patria, a cuya bienaventuranza nos conduce la misma fe? ¿O qué es lo que se le da a Dios en retorno por todas las mercedes que nos hace, aun cuando por la fe que se le debe padeciere el hombre otro tanto cuanto padeció Régulo por la fe que debía a sus perniciosos enemigos? ¿Y cómo se atreverá el cristiano a alabarse de la pobreza que voluntariamente ha abrazado para caminar en la peregrinación de esta vida más desembarazada por el camino que lleva a la patria, adonde las verdaderas riquezas es el mismo Dios, oyendo y leyendo que Lucio Valerio, cogiéndole la muerte siendo cónsul, murió tan pobre, que le enterraron ¿ hicieron sus exequias con la suma que el pueblo contribuyó de limosna?

¿Qué dirá oyendo o leyendo que a Quinto Cincinato, que poseía entre su hacienda tanto cuanto podían arar en un día cuatro yugadas de bueyes, labrándolo y cultivándolo todo con sus propias manos, le sacaron del arado para crearle dictador, cuya dignidad era aún más honrada y apreciada que la de cónsul, y que después de haber vencido a los enemigos y adquirido una suma gloria, perseveró viviendo en el mismo estado? ¿O qué estupenda acción se alabará que hizo el que por ningún premio de este mundo se dejó apartar de la compañía de la eterna patria, viendo que no pudieron tantas dádivas y dones de Pirro, rey de los epirotas, prometiéndole aun la cuarta parte de su reino, mudar a Fabricio de dictamen, ni precisarle por este arbitrio a que dejase la ciudad de Roma, queriendo más vivir en ella como particular en su pobreza, sin oficio público alguno? Porque teniendo ellos su República, esto es, la hacienda del pueblo, la hacienda de la patria, la hacienda Común, opulenta y próspera, experimentaron en sus casas tanta pobreza que echaron del Senado, compuesto de hombres indigentes, y privaron de los honores de la magistratura por nota y visita del censor, a uno de ellos que había sido cónsul dos veces, porque se averiguó que poseía una vajilla cuyo valor ascendía como hasta diez libras de plata.

Si estos mismos eran tan pobres, éstos, con cuyos triunfos crecía el tesoro público, ¿acaso todos los cristianos que con otro fin más laudable hacen comunes sus riquezas, conforme a lo que se escribe en los hechos apostólicos, "que la distribuían entre todos, conforme a la necesidad de cada uno, y ninguno decía que tenía cosa alguna propia, sino que todo era de todos en común" no advierten que no les debe mover la lisonjera aura de la vanagloria cuando ejecuten acción semejante por alcanzar la compañía de los ángeles; habiendo los otros hecho casi otro tanto por conservar la gloria de los romanos? Estas y otras operaciones semejantes, si alguna de ellas se halla en sus historias, ¿cuándo fueran tan públicas y notorias, cuándo la fama las celebrara tanto, si el Imperio romano, tan extendido por todo el mundo, no se hubiere amplificado con magníficos sucesos? Así que, con este Imperio tan vasto y dilatado, de tanta duración, tan célebre y glorioso por virtudes de tantos y tan famosos hombres, recompensó Dios, no sólo a la intención de estos insignes romanos con el premio que pretendían, sino que también nos propuso ejemplos necesarios para nuestra advertencia y utilidad

espiritual, a fin de que, si no poseyésemos las virtudes a que comoquiera son tan parecidas éstas que los romanos ejercitaron por la gloria de la ciudad terrena, sino las tuviésemos por la ciudad de Dios, nos avergoncemos y confundamos; y si las tuviésemos, no nos, ensoberbezcamos. Porque, como dice el Apóstol. "no son dignas las pasiones de éste tiempo de la gloria que se ha de manifestar en nosotros"; pero para la gloria humana y la de este siglo, por bastante loable, y digna de imitación se tuvo la ejemplar vida que éstos hacían.

Y por lo mismo también concedió Dios a los judíos que crucificaron a Jesucristo, revelándonos en el Nuevo Testamento lo que había estado encubierto en el Viejo, y manifestándonos que debemos adorar un solo D¡os, no por los beneficios terrenos y temporales que la Providencia divina, sin diferencia, distribuye entre los buenos y los malos, sino por la vida eterna, por los dones y premios perpetuos y por la compañía de la misma ciudad soberana, con muy justa razón, digo, concedió y entregó a los judíos a la gloria de los gentiles, para que éstos, que buscaron y consiguieron con la sombra de algunas virtudes de gloria terrena, venciesen a los que con sus grandes vicios quitaron afrentosamente la vida y despreciaron al dador y dispensador de la verdadera gloria y ciudad eterna.

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