La filosofía en la vida humana
3. D E LA FILOSOFÍA A LA VIDA ( LA « APROPIACIÓN » DE LA VERDAD )
a) La filosofía y el fin del hombre
Como ya quedó claro, el ejercicio filosófico de la inteligencia constituye un fin en sí mismo sólo desde un primer punto de vista: el del conocimiento en cuanto tal: se sabe para saber. Pero desde la perspectiva de la persona íntegra ha de orientarse al hombre y a su plenitud: a lo que habitualmente entendemos como felicidad. Sostiene Tomás de Aquino, sin que esto menoscabe en absoluto
el intrínseco carácter no utilitario de la filosofía, que «todas las ciencias y artes se orientan a un único fin, a saber, la perfección del hombre, que es su felicidad»13.
Las determinaciones concretas de esta última varían más o menos incluso entre autores de una misma orientación global. Pero en cualquier caso, al margen de toda preferencia, algo debe quedar netamente establecido como paso previo para esclarecer las relaciones entre filosofía y vida: y es que, según los clásicos, felicidad equivale primaria y esencialmente a perfección o plenitud, y no a lo que en la actualidad designa por lo común este vocablo, que es más bien la dicha, el «estar bien en la propia piel». Frente a lo que se ha impuesto casi universalmente en el momento actual, la tradición inspirada en Aristóteles no identificaba sin más felicidad y dicha o satisfacción. Al contrario, concebía esta segunda como el resultado o consecuencia, como el efecto secundario de la operación o conjunto de operaciones que nos conducen a la perfección, a una vida lograda; y de seme- jante plenitud se derivaba la delectación o gozo, que es lo que bastantes de nues- tros contemporáneos, sin más distingos, identifican con la «felicidad».
Con palabras más claras: dentro del planteamiento clásico —avalado hoy por una muy significativa representación de la psiquiatría: la logoterapia—, la fe- licidad-perfección originaría, como una especie de redundancia, la felicidad-di- cha; ésta sería, por tanto, una derivación, una consecuencia gozosa, y no una meta que se pudiera conquistar buscándola de forma expresa. La felicidad-dicha ven- dría a constituir, pues, la resonancia subjetiva (y no directamente perseguida) de la expansión u holgura que en nuestro ser provoca la perfección. Cuanto más crezco como persona más feliz soy. La cuestión de la felicidad se encuentra, en- tonces, directamente emparentada, hasta identificarse con él, con el progresivo perfeccionamiento de la persona humana en cuanto tal, y sólo de manera consec- taria con la satisfacción que semejante enriquecimiento va generando.
¿Qué papel juega, dentro de todo esto, la filosofía?:
i) Para Aristóteles, la felicidad consiste substancialmente en el ejercicio de la operación más alta, la del entendimiento, en torno al objeto más noble, Dios. Por ende, el bíos theoretikós, la vida dedicada a la especulación filosófica, es ya el componente por excelencia de la suprema perfección humana, de la felicidad, en la acepción clásica; y se establece también, por esa misma razón, como la princi- pal y más poderosa fuente de satisfacciones y gozos (la «felicidad» de hoy).
ii) Sin rechazar en absoluto esta doctrina, sino explicitando sus implícitos, otros autores —como Agustín de Hipona, Pascal, Kierkegaard, Marcel y, en cier- to modo, el propio Aristóteles y más aún Tomás de Aquino— sostienen que el hombre no encuentra su plenitud personal a través del mero conocimiento, sino en cuanto que éste, de forma más o menos directa, culmina en amor. Y, en efecto,
la pasión de conocer sin amor a lo conocido es un absurdo, una suerte de juego sin objeto, que desemboca en multitud de aporías. Por el contrario, el afán de sa- ber con amor a lo que se conoce constituye un paso decisivo hacia el efectivo crecimiento personal. Entonces, el «amor intelectual» busca como punto de refe- rencia prioritario a la persona creada y a Dios, y se configura como una conjun- ción compacta de entendimiento y voluntad. Se conoce-amando y se ama-cono- ciendo. Se conoce para amar.
Pero también en este caso, como a continuación veremos, la filosofía repre- senta una condición de posibilidad, e incluso elemento integrante, del amor ver- dadero y de la plenitud y contento sumos que de él derivan.
iii) Por su parte, la misma denominación de logo-terapia, para la escuela de psiquiatría creada por Viktor Frankl, da idea de la importancia que en ella se con- cede al conocimiento sapiencial en la dirección de la existencia humana: aunque no fuera más que para esclarecer los motivos por los que la dicha nunca podrá conquistarse mientras no se la reduzca, de acuerdo con las exigencias de su mis- ma naturaleza, a la categoría de corolario, de efecto «secundario» no directamen- te perseguido, sino derivado como consecuencia del conocimiento y del amor a los otros.
Resumiendo: la filosofía, en cuanto colma las ansias de saber del hombre, contribuye a su perfeccionamiento; y en cuanto se pone al servicio del amor, un amor inteligente y libre, motor de la entera existencia, facilita la consecución de la vida lograda, de la que derivan los gozos más nobles e imperecederos. Y así,
en el sentido clásico y en el moderno, genera felicidad y, al menos en su uso es-
pontáneo, resulta imprescindible para alcanzarla. Consideremos más detenida- mente estos extremos.
b) La filosofía, vida para la vida
i) La vida del conocimiento. A fin de comprender cuanto acaba de ser afir- mado, conviene no dejarse engañar por una tendencia común, reflejada incluso en el título de este capítulo, que tiende a distinguir y enfrentar filosofía y vida... aun cuando sea para luego encontrar sus relaciones recíprocas. Estamos ante un error, por cuanto el conocer en general, y el conocimiento filosófico en concreto, constituyen ya modos reales y especialmente relevantes del vivir y del perfeccio- namiento humano. Sólo una depauperada aunque hoy bastante difundida concep- ción del saber, que lo entiende y experimenta como algo aburrido, sin garra y sin mordiente, casi «muerto», puede en su ignorancia contraponerlo a la vida, tam- bién empobrecidamente considerada.
Por el contrario, en su sentido y ejercicio adecuados, conocer es un acto re- pleto de energía, en el que la vida se manifiesta de una manera excelsa. Si uno re- corre la tradicional clasificación de las substancias evocadas en el árbol de Por-
firio comenzando por las menos perfectas, se encontrará: antes que nada, con las realidades corpóreas que calificamos como inertes; después, con los cuerpos vi- vos, como las plantas; a continuación, con los que añaden a los anteriores el co- nocimiento sensible, los animales; y, por fin, con el hombre, cuyo modo de cono- cer, además de sensible es intelectual o racional. Pues bien, parece obvio que el animal no sólo es una realidad «tan viva» como la planta, sino que su manera de vivir es privilegiada... justo porque conoce; y que lo mismo, pero con mayor mo- tivo, hay que afirmar del ser humano. Conocer es una forma superior de vivir, y el conocimiento intelectual una manifestación de vida más plena, densa y grati- ficante que la sensible; de modo que Aristóteles, al concebir a Dios como Pensa- miento que se piensa, y en contra de lo que muchos han interpretado, lo está con- ceptuando como Vida en su más nobilísima acepción y realidad, con toda la riqueza, animación y dinamismo que ésta lleva consigo.
De tal afirmación, sin duda capital, vamos a extraer la consecuencia más pertinente para nuestro tema. A saber, que el conocimiento humano, si pretende perfeccionar directamente a su sujeto y transformarse también en principio rector de su existencia, tiene que ejercerse y ser entendido a la manera de un organismo
vivo. Y lo propio de los vivientes, frente a los cuerpos inanimados, es, además del
crecimiento y desarrollo, la mutua dependencia entre los elementos que lo com- ponen: éstos no se sitúan sin más unos junto a otros, como los cuerpos en el espa- cio o los fragmentos de un trozo de materia inanimada, sino que interactúan recí- procamente dentro de una jerarquía en la que no cabe prescindir de nada.
De ahí que expresiones como «tener una cabeza muy bien amueblada» o si- milares, aunque sugerentes, respondan a una visión defectuosa del conocimiento humano. Nuestra inteligencia no se amuebla, sino que vive. Por tanto, el saber fi- losófico no puede consistir en acumular un conjunto de informaciones sobre lo que opinaron los filósofos. La historia de la filosofía tiene una función introduc- toria respecto a lo que la filosofía es en sí misma. Pero filosofar consiste, en últi- ma instancia, en conocer a fondo la realidad, en «vivirla» intencionalmente des- de dentro y vibrar con ella, como ya se ha apuntado (un ejemplo claro al respecto lo constituye la lectura o la visión de una obra interesante: en ellas, incluso en el modo de expresarnos, manifestamos que, al conocerla, estamos «viviendo» las aventuras de su protagonista).
Limitándonos por ahora al ámbito cognoscitivo, la metáfora del «amueblar» deviene extraña y pobre, justo porque la decoración de una vivienda puede ser amorfa, deslavazada e incoherente... y no por ello resultan por fuerza rechazados ninguno de los elementos que la componen. La «vida intelectual», el auténtico y genuino conocimiento, por el contrario, es jerárquico y selectivo. Cualquier per- sona formada dispone de unas verdades fundamentales que ocupan lo más alto y central del organismo cognoscitivo y rigen la vida de éste. Sobre tal base, y al igual que cualquier otro viviente, el entendimiento acepta o rechaza los nuevos «alimentos» que aspiran a introducirse en él; o, mejor, asimila lo que en ellos es conveniente y expulsa cuanto no contribuya a su propio desarrollo. Como conse-
cuencia, el conjunto del saber y los mismos principios se robustecen y desplie- gan, modificándose cuanto fuera menester para mantener en armonía vital el todo. Y en alguna circunstancia, la presencia de una nueva y comprobada verdad que antes no se tenía en cuenta puede incluso exigir la remodelación del entramado general y el que alguno de los cimientos antes establecidos sea sustituido por otro. Pero lo que el auténtico saber nunca permitirá es la presencia de presuntas verdades incompatibles con esos soportes primarios o entre sí mismas.
De resultas, y puesto que todo genuino conocimiento está vivo, no podrá existir filosofía al margen de unos principios rectores que organizan el resto de las verdades ya poseídas y acogen o repudian las nuevas informaciones; y, por otro lado, ninguna de éstas adquirirá el rango de verdad hasta que el sujeto se la apropie, haciéndola vida de su vida cognoscitiva, en primer lugar, para después llevarla a intervenir activamente en la dirección de lo que de ordinario califica- mos como «existencia vivida».
ii) Vida de la vida. La inicial apropiación recién mencionada da ya una idea del papel del conocimiento fidedigno en el conjunto del humano vivir. Semejante saber, que nunca se realiza con independencia del resto de los componentes de la persona, además de perfeccionar por sí mismo a quien lo posee, coopera en el ámbito natural a descubrir el sentido de su deambular terreno.
Si de lo que se trata en fin de cuentas es de construir la propia vida, de ac- tualizar y dar cumplimiento al personal proyecto existencial, parece imprescindi- ble, aunque no suficiente, buscar y conocer el significado y el «lugar» de esa ple- nitud. Y para lograrlo la filosofía resulta insustituible en el ámbito natural y al menos en su ejercicio espontáneo.
«¿Cuál es tu oficio? Ser bueno. Y esto, ¿cómo lograrlo sin estudiar la rea- lidad y la propia constitución del hombre?»14, preguntaba Marco Aurelio. Y
también: «La vida es una guerra y un exilio. ¿Qué es lo que nos puede guiar? Únicamente la Filosofía». En efecto, como a su modo el poeta y, en general, el auténtico artista, el filósofo debe distinguirse por su capacidad de atender a la re- alidad en sí misma y de orientarse en su accidentada geografía. Al conocer el universo tal como es, con especial referencia a lo humano, puede encarrilar su andadura vital hacia su decisiva plenitud, tornándose más hombre, más perfecto. Quien filosofa con corrección dibuja en su entendimiento el plano general de lo existente, y en él va determinando sus propias coordenadas y estableciendo y rec- tificando la ruta por la que en cada momento debería encaminarse para alcanzar su fin: se «sitúa» dentro del conjunto de lo que es: Dios, el mundo, el resto de las personas.
Pero esta primera apropiación de la realidad no basta. No es suficiente una buena teoría. Para llegar a ser un auténtico filósofo, en la acepción que estuvo ya
presente desde el mundo clásico, resulta necesario leer y recorrer, mediante el obrar cotidiano, el mapa de la existencia que se va esbozando. Lo contrario se transforma en una caricatura del genuino filosofar, que Kierkegaard ridiculiza con su habitual ironía: «Como aquel escribano municipal que escribía lo que lue- go no conseguía leer por su cuenta, convencido de que su tarea era sólo escribir, existen especulativos que no hacen más que escribir, y escribir cosas que cuando, si puedo decirlo así, se deban leer mediante una acción, aparecen un contrasenti- do, a no ser que estén dirigidas a seres fantásticos»15. Y, de manera más generali-
zada: «La confusión surge sólo del hecho de que se vive con categorías distintas de aquéllas con las que se piensa cuando se escriben [o leen] los libros»16.
Por el contrario, cuando la apropiación de la verdad se entiende correcta- mente el conocimiento teorético se prosigue, sin solución de continuidad: i) en la modelación del propio ser; ii) en el querer y en los afectos; iii) en las operaciones que de todo ello dimanan y que revierten, para mejorarlo o desfigurarlo, en el su- jeto que las realiza; iv) en las personas con quienes ese individuo trata; v) en los logros materiales o espirituales que solo o en colaboración con ellos lleva a tér- mino; y vi), en última instancia, en la sociedad en que está inmerso y, hoy más que nunca, vii) en el conjunto de la civilización humana.
La filosofía, que, como quería Lauth, toma su inicio en la vida, acaba por revertir en ésta y contribuye de manera eficacísima a la perfección humana, in- dividual y social.
Por eso, las relaciones entre «filosofía» y «vida» no deben concebirse de manera lineal, y ni siquiera como una suerte de círculo con un inicio determina- do y una conclusión en cierto modo inevitable. Desde todo punto de vista, la filo- sofía es, en sí misma, despliegue vital. Y, como cualquier otra vida, se encuentra jalonada de sorpresas y de rutinas, de avances y retrocesos, de enriquecimientos y deterioros... y, sobre todo, de una interpenetración continua de los diversos componentes con que se fragua.
Enfocando de este modo la cuestión, resulta claro: a) que no se empieza a filosofar desde el vacío, sino desde una determinada situación histórica, cultural y biográfica, que influye aunque no determina nuestro modo de plantear y resol- ver los problemas; b) que los principios, incluso especulativos puros, no perma- necen inmutados, sino que interactúan con los nuevos conocimientos que a su luz van siendo descubiertos... y que por su parte adquieren una nueva densidad a me- dida que los propios principios se robustecen; c) que las verdades adquiridas no se establecen de una vez por todas y con independencia de los resultados que ge- neran al encarnarse en el conjunto de la existencia de cada persona particular y en el de un grupo más o menos dilatado o una entera civilización; d) que tampo- co resultan ajenas a otras verdades conquistadas por procedimientos distintos,
15. Søren KIERKEGAARD, Postilla non scientifica, II, p. 3. 16. IDEM, Diario, V A 68.
como es el caso de la literatura, de las artes o de lo que, de una manera bastante genérica y abarcadora, conocemos como ciencias.
c) Relevancia de la filosofía en las circunstancias actuales
Antes de analizar este último hecho, el de las relaciones recíprocas entre fi- losofía y ciencia, nos detendremos por un instante a considerar el papel que el co- nocimiento filosófico desempeña en la configuración de cualquier persona y cul- tura y, de manera muy particular, en las del mundo de hoy.
i) Apariencia y realidad. El capítulo precedente insistía en que la filosofía se configura, en su acepción más estricta, como saber acerca del ser. Hay que añadir ahora que tal ser no debe concebirse reductivamente, como referido tan sólo a las realidades corpóreas o materiales, accesibles de forma más o menos di- recta a la sensibilidad. Ciertamente, cuando se pone sobre el tapete la pretensión de que toda verdad sea subjetiva, propia y particular de cada uno (la incoherente verdad para mí, que ya rechazara Husserl), puede resultar oportuno argumentar apelando a realidades muy inmediatas y tangibles: «aunque cada uno los veamos desde nuestra perspectiva particular, todos convenimos en que un vaso es un vaso, una silla una silla, etc.; y, en consecuencia, no se nos ocurre ni “sentarnos sobre el vaso” ni “beber de la silla o de una mesa”...».
Pero esto es únicamente el inicio. Pues no sólo gozan de un ser definido y no intercambiable las realidades tangibles. También el matrimonio es, en subs- tancia, de una manera determinada, y no de otras; y lo son la familia, la libertad, el amor, la persona humana o el propio Dios... Y eso, aunque nuestro conoci- mientos de semejantes realidades resulte progresivo y perfectible, en la biografía personal y en la historia de la humanidad, y en ningún caso pueda darse por con- cluido, pero sí por suficientemente válido en la teoría y para la práctica.
A lo que son ese conjunto de realidades, y muchas otras que cabría añadir, se ha contrapuesto desde antiguo lo que con cierta frecuencia aparentan ser pero, de hecho, no son. Todos, individuos singulares y culturas, estamos expuestos al influ- jo de esta suerte de simulaciones que, al distorsionarlas, dificultarían el acceso a la verdad y la dirección de la propia existencia. Pues bien, una de las funciones esen- ciales de la filosofía consiste justo en liberarnos de tales simulacros entorpecedo- res (concretados a menudo en «ideologías») y permitirnos acceder a la realidad tal como auténticamente es y construir nuestra biografía de acuerdo con esa verdad. Y esto, tanto en las circunstancias más menudas y cotidianas de la vida del indivi- duo como en las determinaciones institucionales de mayor y más amplia trascen- dencia: una correcta concepción de la persona humana, intrínsecamente inclinada a la entrega de por vida y capaz de experimentar positivamente el dolor y el sufri- miento, hubiera hecho mucho más difícil la inclusión en las Constituciones de mu- chos países «civilizados» de leyes como el divorcio, el aborto, la eutanasia...
ii) Conocimiento personal de la realidad. El ejercicio reposado de la filoso- fía, y su previo y simultáneo estudio, se transforma de este modo en necesidad vital para cualquier persona que aspire a confeccionar un proyecto de vida, ads- crito por lo común a un gran y noble ideal, y a construir su existencia de acuerdo con ese esbozo: bosquejo que habrá de ir concretando y, en su caso, rectificando, conforme lo vaya «leyendo», a golpes de libertad, al ir pasando las páginas de su vida.
Desde este punto de vista, el desarrollo de un pensamiento cabal supone una ayuda nunca demasiado encarecida para ser verdaderamente libres y responsa- bles o, si se prefiere —tras las huellas de Kierkegaard—, para llegar a ser una persona singular, no un mero individuo homogeneizado, simple «fragmento»