PISTAS PARA SEGUIR CAMINANDO
20. D IVORCIO FE-VIDA
Un grupo de gentes ya entrados en años y que se consideran cristia- nos críticos, me invitan a participar en una de sus tertulias.
Aquella tarde un grupo de cristianos comprometidos llegaban a la siguiente conclusión: la mayoría de los creyentes somos propensos a la neurosis, es decir, al divorcio entre Fe y Vida, fe e Iglesia. Es como si funcionáramos a manera de departamentos estancos: en un lado colo- camos lo profesional, en otro la familia, en otro nuestra vivencia de comunidad eclesial y finalmente, en otro nuestras prácticas y creencias.
Aquel grupo de cristianos decidió echar mano de un documento de nuestros obispos: “Testigos del Dios Vivo”. Alguien se atrevió a leer el número 23, que recuerda a su vez lo que dijo el Vaticano II: “La espe- ranza y la fe cristianas no favorecen un falso espiritualismo ni llevan a desentendernos de los problemas reales de la vida temporal. La verdad es que el cristiano, liberado para Dios y para su prójimo, está en condi- ciones de ser dueño y no esclavo de las cosas de este mundo, adqui- riendo así una libertad nueva para el amor y la fraternidad.
Quien espera de verdad la otra vida, valora las cosas de este mundo a la luz de la vida que espera y trata de irlas conformando constante- mente con la vida reconciliada y fraterna que espera más allá de cual- quier proyecto histórico”.
Aquellas palabras y otras en la misma línea, sirvieron para que aquel grupo renovara su compromiso de coherencia: No hay cristiano sin persona humana; como no hay cristiano sin Iglesia. No más divorcios entre Fe y Vida, ni entre Fe e Iglesia. Creer esperando y transforman- do. Creer viviendo en comunión.
21. ORAR
Se me ofrece la oportunidad de convivir con una de las numerosas comunidades contemplativas que pueblan nuestra Iglesia. Me solici- tan unas palabras sobre la oración.
Mucha gente me lo pregunta: qué es orar. Orar es hablar con Dios, y de esa conversación, de ese trato que debe ser constante, nacerá la intimidad, la unión, el conocimiento estrecho del Señor. El trato con El nos ayudará tanto y revestirá tal importancia en nuestra vida que llega- rá un momento en el que no sabremos vivir sin orar.
Orar no es difícil: se trata de contar lo que nos ocurre, comunicar nuestros sentimientos, descargar nuestras preocupaciones en El. En la oración cada uno de nosotros nos unificamos: mente, corazón, y acción caminando al unísono, mirando un único horizonte: Dios.
Por eso una auténtica oración no separa Vida y plegaria. Una vida sin oración ignora la dimensión esencial, el sentido profundo de por qué vive. No podemos vivir desde, en y para la cárcel de lo cotidiano. Envueltos en lo inmediato, sin perspectiva de futuro. Por la oración, la eternidad se abre camino en lo efímero, el futuro comienza a ser pre- sente, y todo recobra una nueva dimensión y luz, un nuevo color.
No orar significa dejar a Dios fuera de nuestras vidas; es mutilarnos en nuestro ser personas y renunciar a crecer en la dimensión espiritual. El hombre no es un compuesto dual de parte física y psico-intelectual- afectiva.
El hombre es una trialidad inseparable: cuerpo, inteligencia-afecto y pneuma-espíritu. Por la oración, Dios y el hombre, día a día, paso a paso, dejan de ser extraños y desconocidos el uno para el otro. Finalizo con una doble observación: primero, y después de lo afirmado, orar es
dejar a Dios ser Dios (en mi vida y en el mundo que me rodea); y, segundo, la verdadera oración es experimentar que “no soy yo quien ora o vive” sino que “es Dios quien ora en mí y en mi vida”.
22. EUCARISTÍA
Miembros de la Adoración Nocturna me invitan celebrar con ellos una Vigilia. La Eucaristía es el centro y sentido de todo.
Jesucristo no nos regaló una tabla de la Ley, como Moisés. Ni fundó una filosofía, como Buda. Ni nos regaló libros como Sócrates. Jesucristo nos dejó su propia presencia personal para siempre.
En la Eucaristía celebramos el hecho real de la presencia de Jesucristo entre nosotros. No un Jesucristo en su situación mortal o en el recuerdo. Sí un Jesucristo vivo en una presencia personal y espiritual al mismo tiempo.
La Eucaristía es como una segunda venida corpórea y cotidiana del Cristo glorificado. Al mismo tiempo se puede decir que la Eucaristía es como el futuro definitivo adelantado. Mediante el pan y el vino, frutos de la tierra, transformados en el cuerpo y sangre de Cristo, se simboli- za el cosmos en todo su sentido final: los cielos y la tierra nuevos de los que nos habla la Escritura.
A su vez, la comunidad que celebra la Eucaristía es símbolo y pre- sencia de la nueva y definitiva humanidad. Cristo ha llegado al Término para siempre. En Él la creación y la humanidad saben cuál es su espe- ranza, su horizonte, su destino definitivo.
Mientras esto nos llega a cada uno de nosotros, la Eucaristía sigue ali- mentando nuestro caminar; sigue creando utopías de futuro; sigue rom- piendo moldes y proyectos horizontales. La Eucaristía sigue siendo fer- mento, potencia, anticipo profético. Si sólo en Cristo el hombre en- cuentra su sentido último, sólo a través de la Eucaristía el hombre, cada uno de nosotros, podemos ir transformándonos, dejando de ser nosotros mismos, hasta llegar a exclamar un día con San Pablo y otros grandes cristianos: “Ya no soy yo quien vive; es Cristo quien vive en mí” (Gal 2).