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de la razón que todo hombre debiera esforzarse

In document Gonzalez Orozco, Ignacio - Hobbes (página 92-96)

por la paz, en la medida en

que espere obtenerla.

Leviatán

PSIC O LO G ÍA DE LA V IO LEN C IA

El estado de naturaleza de Hobbes es un caso del dilema del pri­ sionero. Este problema esencial para la moderna teoría de juegos demuestra que dos personas pueden no cooperar incluso aunque eso vaya en contra de su interés. En su planteamiento tradicional, expone la situación de dos prisioneros que están en celdas separa­ das y tienen que decidir si delatan al otro para reducir su pena, pero no saben qué ha dicho su compañero. En clave hobbesiana, permi­ te entender el problema que el filósofo pretendió solucionar. En un mundo de recursos limitados, las personas pueden escoger entre cooperar y dividirse los recursos o luchar para eliminar a los demás y hacerse con los recursos en su totalidad. Sería mejor para todos si les hombres no lucharan entre ellos, porque eso garantizaría recur­ sos para todos en un estado de paz permanente. Pero nadie puede estar seguro de lo que trama el vecino, nadie tiene la certeza de que está totalmente a salvo. Si un hombre decide vivir en paz y su vecino le ataca, acabará muerto y el vecino aumentará su acceso a los recursos. Si ninguno es pacífico y ambos se atacan, acabarán en estado de guerra perpetua. ¿Cómo escapar a este problema?

de la naturaleza manifestadas en el ser humano. Por supuesto, la objetividad de esa inferencia era apenas supuesta, pues los preceptos obtenidos de su examen estaban fuertemente in­ fluidos por las creencias religiosas de la época. Por ejemplo, el hecho de que todos los hombres necesitan alimentarse y que para ello precisan de su esfuerzo o de sus bienes, o de ambos a la vez, puede servir para estatuir el trabajo y la propiedad como leyes naturales. Del mismo modo, la evidencia de que los humanos están sexuados, tienden a la reproducción de la especie y experimentan una inclinación natural a cuidar de su prole erigiría la familia como otra de las leyes naturales.

Pero Hobbes negó que la razón fuera mera intérprete del orden natural; por el contrario, le atribuyó la autoría autóno­ ma del orden social, librándola de la ardua tarea de buscar las claves del mismo en los cielos o en la tierra. La sociedad nace porque el hombre así lo quiere, no porque esté natu­ ralmente programado para ello, como la semilla que necesa­ riamente habrá de florecer. La razón ejerce su soberanía sin atender a ninguna ley superior a su propio mandato. Por ello se podría decir, parafraseando a Protágoras, que en política el hombre es la medida de todas las cosas.

Las tres leyes naturales

D e todo lo anterior se colige que «la primera y fundamental ley de la naturaleza» consiste en «buscar la paz y seguirla» en aras de la autoconservación individual y de nuestra pro­ le. Ahora bien, no resulta menos cierto que cuenta con una ordenanza suplementaria, la de «defendernos por todos los medios que podamos» si no es posible encontrar esa vía de acceso a la paz que nuestra razón exige. En tal caso, pode­ mos servimos de «toda la ayuda y las ventajas de la guerra».

A continuación, I lobbes dedujo de esa primera ley natural una segunda:

[...] que un hombre esté dispuesto, cuando otros también lo están tanto como él, a renunciar a su derecho a toda costa en pro de la paz y defensa propia que considere necesaria, y se contente con tanta libertad contra otros hombres como consentiría a otros hombres contra él mismo.

En otras palabras, no hay paz — es decir, autoconserva- ción— sin renuncia, que es una forma eufemística de deno­ minar a la represión de la más íntima pulsión de la naturaleza humana, la que empuja a obtener todos los bienes posibles en aras, precisamente, de ese principio de autopreservación que ahora se quiere salvaguardar con una actitud contraria.

Pero el filósofo enunció también una tercera ley natural, relacionada con las garantías que esa represión, siempre do- lorosa y causa de inquietud permanente, precisa para ser mantenida y compensar así el inmenso monto de todos los sacrificios individuales: «Que los hombres cumplan los pac­ tos que han celebrado, sin lo cual los pactos son en vano, y nada sino palabras huecas».

El espejismo de la libertad

Antes de abordar las características específicas de ese pacto entre individuos, cabe reflexionar nuevamente sobre la auto­ nomía intelectual que faculta al ser humano para vencer la pulsión que parecía condenarlo al desastre. El universo hob- besiano se regía por un orden mecanicista, donde todo cuer­ po y hecho estaba sometido a un principio causal necesario. En ese mundo, la razón no podía imponerse a las pasiones,

reflejo básico humano de esc movimiento que informaba la vida cósmica. Ante estas premisas, parece contradictorio que el raciocinio pudiera vencer la innata tendencia humana

a la apropiación y la dominación. ¿No supondría eso zafarse del im­ perio de las causas eficientes? Si así se confirmara, el ser humano sería libre en sus determinaciones.

Hobbes planteó el problema de la libertad recurriendo al consa­ bido argumentario mecanicista, en términos de movimiento físico: un ser puede considerarse libre cuando no está afectado por fuerzas externas que impidan su movimiento. Lo cual viene a constituir una arriesgada apli­ cación del principio de inercia de Galileo. Un principio tal afectaría del mismo modo, reconoce el filósofo, a los seres animados — los únicos capaces de tener autonomía, en dis­ tintos grados— y a los inanimados, porque «lo mismo acon­ tece con todas las criaturas vivientes mientras están apri­ sionadas o en cautividad, limitadas por muros o cadenas; y con el agua mientras está contenida por diques o canales, cuando en otro caso se desparramaría sobre una extensión mayor. Solemos entonces decir que tales cosas no están en libertad para moverse como lo harían sin estos impedimen­ tos externos».

Por lo tanto, no sería libre un hombre postrado en cama por haberse partido las piernas al caerse de su caballo u otro preso en la cárcel por delitos de opinión, según Hobbes. Se trata de una perspectiva puramente física que se opone a concepciones más intelectuales de la libertad. Queda claro que el lesionado no puede seguir montando a caballo, por mucho que lo desee, mientras sus huesos no se suelden y su musculatura se recupere, y que al preso no le dejan salir a

Todo acto de la libertad

humana y todo deseo

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