• No se han encontrado resultados

Los elementos teológicos del autor griego que se han abordado en este trabajo de investigación en los capítulos precedentes, brindan una base sólida para dar el paso del misterio trinitario al misterio de la Iglesia. Es en ella donde la persona experimenta su propio ser como alteridad y comunión.

4.4.1. Una síntesis entre cristología y pneumatología en perspectiva eclesiológica Pensar la Iglesia desde una síntesis entre los elementos cristológicos y pneumatológicos permite conjugar en su justa medida los elementos institucionales y los carismáticos. En la eclesiología propuesta en el Concilio Vaticano II, los teólogos ortodoxos dirán que adolece de la pneumatología, pero I. Zizioulas sostiene que en la misma teología ortodoxa, aún hoy no ha sido considerado suficientemente la relación entre Cristo y el Espíritu, entre lo institucional y lo carismático.288 Por lo tanto, Occidente y Oriente tiene por delante la misión de pensar dicha realidad para una

285 CA, 19. 286 Cf. SE, 114.

287 K. HEMMERLE,Tras las huellas de Dios, 111. 288 Cf. SE, 139 y 153.

eclesiología auténtica, que refleje ambas dimensiones tanto en la vida sacramental, en el ministerio como en las instituciones.

Cabe detenerse aquí en la presentación que nuestro autor ofrece como un aporte válido para una síntesis adecuada entre cristología y pneumatología, en tanto y en cuanto que “Cristo in-stituye y el Espíritu con-stituye”289 a la Iglesia.

El primer abordaje que expone es la cuestión de la prioridad, para evaluar si la cristología depende de la pneumatología o si ésta depende de aquella. Si partimos tanto del dato bíblico como de la experiencia litúrgica, se verá que no existe una prioridad de uno sobre otro. El Espíritu es ofrecido por Cristo después de la Resurrección, pero también Cristo es constituido como tal en su concepción. Del mismo modo, la experiencia sacramental, según las diversas expresiones, ofrece primero el Bautismo y luego la Confirmación, pero también se dan a la inversa. Por lo tanto, la cuestión de la prioridad no constituye un problema en sí mismo. Lo que se ha de evitar teológicamente y litúrgicamente es la disociación de la cristología y la pneumatología. Consiguientemente, para una síntesis válida, la cuestión no radica en la prioridad, sino en la unidad.

Así es posible pasar a un segundo abordaje referido al contenido de la cristología y de la pneumatología. Cada una de las personas divinas, en cuanto al misterio de la economía salvífica, proporciona caracteres específicos relevantes para la eclesiología que se enuncia a continuación. Con respecto al Hijo, la referencia de I. Zizioulas es sumamente breve. Dirá que es propio de su persona, por ejemplo, el misterio de la encarnación, ingresando de este modo en la historia.

En cambio, sobre la persona del Espíritu, el desarrollo es más extenso. Indicará que es propio de ella, en primer lugar, desligar al Hijo y a la economía de los lazos de la historia resucitándolo de entre los muertos. De este modo, el Espíritu acerca a la historia los eschaton, los últimos días, aportando entonces como especificidad singular el carácter escatológico. En segundo lugar, gracias a la implicación del Espíritu, Cristo asume una personalidad corporativa –por la cual no es uno sino muchos–, asociada a la idea de comunión. Por lo tanto, será la pneumatología quien ofrezca esta dimensión de comunión a la cristología, y de ella pasará a la eclesiología. Así es posible advertir que Cristo tiene un cuerpo, y desde el cual, la Iglesia queda configurada como Cuerpo de Cristo. De este modo, ambos aportes de la pneumatología, la escatología y la comunión,

configuran ontológicamente el ser de la eclesiología. “El Espíritu no es algo que anima una Iglesia que previamente existe de algún modo. El Espíritu hace ser a la Iglesia. La pneumatología no tiene que ver con el bienestar de la Iglesia, sino con su propio ser”.290 4.4.2. La Iglesia como cuerpo místico

El alcance teológico de la Iglesia como Cuerpo implica una doble comprensión. En primer lugar es concebida a la luz de la doctrina paulina y, en segundo lugar, a lo largo de la historia, dicho Cuerpo fue calificado como místico.

Por místico, el Juan de Pérgamo, entiende el deseo del hombre de “sortear el vacío entre lo que de hecho es o experimenta y aquello que le trasciende. En religión se trata de tender un puente entre el ser humano y lo divino”.291 Por ello, la mística guarda

una íntima relación con la soteriología marcando el carácter de una relación que señala la unidad y la alteridad.

La dialéctica entre existencia creada e increada será el ámbito propicio para buscar comprender la aplicación de la idea de Cuerpo de Cristo a la cristología. El Concilio de Calcedonia permitió salvar el vacío entre lo creado e increado buscando la unidad entre lo divino y lo humano. En Cristo, las naturalezas están unidas sin división y sin confusión. Estos aportes de la teología conciliar permitieron sortear la distancia entre creado e increado pero manteniendo la dialéctica.

Si referimos el aporte de Calcedonia a la expresión eclesial de cuerpo de Cristo, allí la unión mística no acaba tampoco en fusión sino en alteridad. Allí, el uno no desaparece cuando se convierte en muchos. El cuerpo de Cristo supone una unidad desde donde emerge la alteridad entre Dios y el hombre. Si la unidad conduce a la alteridad y ésta a aquella, la comprensión de la Iglesia como Cuerpo de Cristo ha de basarse en el mismo principio.

Para aplicar a la eclesiología la imagen del cuerpo de Cristo será necesaria una fundamentación pneumatológica desde el principio. Dicha pneumatología supone dos dimensiones básicas, a saber: la de la comunión y la de la libertad. Dichas dimensiones han de ser aplicadas a la eclesiología.

Desde la comunión, el cuerpo de Cristo, queda condicionado por los muchos, quedando constituido en alteridad. Así, toda unidad con Dios en Cristo, “debe pasar

290 SE, 146 291 CA, 365-366.

necesariamente por la comunión de los «muchos»”.292 Así lo propone San Pablo en su teología sobre el cuerpo de Cristo, donde no hay carisma que no se comprenda al margen de los otros. Al tratarse de un cuerpo espiritual es por definición una comunión donde cada carisma o don favorece a la edificación común. Los carismas, desde la teología paulina, encierran como tal un concepto que es relacional en su totalidad, en donde el Espíritu realiza el cuerpo de Cristo aquí y ahora en la interdependencia de todos los ministerios.293

Con respecto a la dimensión de la libertad, I. Zizioulas afirma que es decisiva en cuanto que está en relación con la libertad de Dios. En el cuerpo de Cristo, la experiencia mística “no consiste en una participación en una realidad objetivamente dada, sino en la implicación en una serie de eventos novedosos”.294

“La Iglesia como cuerpo de Cristo apunta a una mística de comunión y relación mediante la que uno de tal modo se une al «otro» (Dios o nuestro prójimo) que ambos forma una unidad indivisible por medio de la cual emerge claramente la alteridad, y donde los participantes en la relación son distintos y particulares no como individuos sino como personas”.295

Esta unión mística se establece sobre el cimiento cristológico señalado por el Concilio de Calcedonia. Se trata de una unidad perfecta que no elimina la alteridad, sino que la afirma.