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RATÁNDOSE DE LA DEMOCRACIA,a América Latina no le faltan
las paradojas. Tierra de antigua implantación de los regímenes
representativos, más conocida por sus dictaduras, el continente
latino es también hoy aquel que, en el mundo, cuenta con el
mayor número de gobiernos democráticos, en el sentido pleno y
cabal del término, es decir, de dirigentes elegidos en un marco
pluralista. En 2009, ningún Estado de la América continental
escapa al sistema representativo. Además, puede observarse que
América Latina nunca conoció tantos gobiernos constitucionales,
y sobre todo durante un período tan largo. La tercera ola de
democratización prosigue ahora desde hace más de treinta años
sin interrupción pero, por cierto, no sin sobresaltos.
Quince elecciones presidenciales tuvieron lugar en América
Latina entre noviembre de 2005 y diciembre de 2007. Por su
buen desarrollo -una sola fue impugnada-
1y por las alternancias
al poder que provocaron, dieron testimonio de la vitalidad
democrática latinoamericana. Otros tantos datos que permiten
suponer que la fatalidad de los movimientos pendulares que
suscitan la alternancia entre regímenes de democracia y
dictaduras ya no es vigente.
1
Evidentemente, nos referimos a las elecciones presidenciales mexicanas de julio de 2006.
278 A LA SOMBRA DE LAS DICTADURAS
UNA PRIMAVERA DEMOCRÁTICA
Así, tras decenios de inestabilidad y de dictaduras, la democracia parece haberse arraigado en todas partes, incluso en países que nunca la habían experimentado, o solamente por intermitencias. Algunos ejemplos significativos (y en ocasiones sorprendentes) bastan para ilustrar este cambio espectacular.
Argentina es un caso revelador. Después de cincuenta años de hegemonía militar y de sucesión perversa entre presidentes mal elegidos y dictaduras pretorianas, se benefició con más de un cuarto de siglo de continuidad democrática. Hasta capeó el momento delicado de tres alternancias políticas (en 1989, 1999 y 2002) sobre un fondo de graves dificultades económicas. En Brasil, la democracia restaurada en 1985 ya duró más tiempo que el régimen militar establecido en 1964. Pero sobre todo, en enero de 2003, cuando Luiz Inácio Lula da Silva entra en el Planalto, por primera vez desde hace 43 años un presidente electo sucede a otro presidente electo en sufragio universal.
México fue gobernado exclusivamente durante setenta años por un solo partido que, bajo diversos nombres, monopolizaba el Estado y controlaba la sociedad. Gracias a la alternancia de 2000, el segundo Estado del continente descubrió la democracia, es decir, la competencia política abierta... y la incertidumbre del resultado electoral. En efecto, por lejos que nos remontemos en la historia mexi- cana, tanto bajo Porfirio Díaz como después, la suerte estaba echada de antemano y el vencedor del escrutinio nunca era una sorpresa.
En América del Sur, Paraguay finalmente llegó a la democracia luego de un siglo de tiranías más o menos ilustradas, de sesenta años de dominación del Partido Colorado y del Ejército, 35 de los cuales transcurrieron bajo la dictadura discreta y limitada del general Stroessner. El 20 de
DE LAS DEMOCRACIAS...
abril de 2008, casi dos siglos después de la independencia, la democracia competitiva y pluralista finalmente prevaleció: el candidato del Partido Colorado y el de los militares fueron vencidos por el ex obispo Fernando Lugo, apoyado en una coalición prodemocracia que puso fin así no sólo a una época, sino a una historia.
Pero es sin duda en América Central donde el florecimiento democrático fue el más inesperado. Fuera del oasis costarricense (porque Costa Rica, desde 1948 por lo menos, es una "democracia que habla español"), la región parecía consagrada a los dictadores y a las erupciones populares. Ninguna huella de precedente democrático en Nicaragua. El Salvador y Guatemala, con excepción de algunos paréntesis,2 fueron gobernados durante toda su historia, y hasta en los años ochenta, por paradigmáticos patriarcas o tiranos de opereta que en ocasiones dieron paso a coroneles intercambiables. Para permanecer en el siglo XX y en Guatemala, recordemos que Estrada Cabrera cubrió durante 22 años los horrores de su régimen consagrando el país al culto de Minerva y haciendo construir templos a la Sabiduría por indios descalzos y analfabetos. Su sucesor, Ubico, declaraba como si fuera un rey: "La política de Guatemala soy yo". General teósofo y vegetariano, Maximiliano Hernández Martínez, el brujo salvadoreño, creía por su parte en la metempsi-cosis y de este modo consideraba la muerte de un hombre como un incidente sin gravedad. En Nicaragua, la hidra So-moza, dinastía truculenta y omnívora de rapacidad ilimitada, transformó el país en un feudo familiar.
Pero en El Salvador, tras un conflicto armado que produjo 70 mil muertos, los dos campos finalmente abandona-
2 En Guatemala, el breve período democrático y reformista de 1944 a 1954, de la caída del dictador Ubico al golpe de Estado del coronel Castillo Armas, apoyado por Estados Unidos. En El Salvador, puede decirse que la democracia, antes de 1990, es "intersticial". Hace tímidas apariciones luego de golpes de Estado antidictatoriales, como en 1979.
ron las armas por las urnas: los contrarrevolucionarios de la Alianza Renovadora Nacional (ARENA)enfrentan en adelante electoralmente a los ex guerrilleros del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).La ARENA ganó cuatro veces seguidas las elecciones presidenciales pero el FMLN en varias oportunidades lo aventajó en la asamblea legislativa y por el control del poder local, antes de acceder a la presidencia en marzo de 2009.
En Guatemala, donde un conflicto armado más atroz todavía que en El Salvador vecino duró 36 años y provocó el triple de víctimas, el abanico de las opciones partidarias es hoy muy amplio. Los ex guerrilleros de la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG)presentan candidatos a las elecciones, por otra parte sin mayor éxito. Los dos últimos presidentes son centristas apoyados por una parte de la izquierda. Osear Berger (2004-2008) y Alvaro Colom prevalecieron sobre sus adversarios de la derecha autoritaria hostil a la ejecución de los acuerdos de paz de 1996. El presidente electo en noviembre de 2007 y que reivindica la socialdemocracia es el sobrino del ex cilcalde de la capital, Manuel Colom Argueta, de la misma tendencia, asesinado en marzo de 1979 por los militares. Filiación significativa de los progresos de la democracia.
A diferencia de sus vecinos, Nicaragua nunca conoció el menor interludio democrático. Los 42 años del reinado de los Somoza habían sido reemplazados, en 1979, por la revolución sandinista por la cual, el Estado se confundía con el partido, el Frente Sandinista de Liberación Nacional. Los comandantes de la revolución, desbordantes de admiración por Cuba y animados por un romanticismo desordenado, se alinearon lisa y llanamente en el campo socialista brezne-viano. En su entusiasmo mimético, condenaban en forma conjunta el capitalismo y la "democracia burguesa". Pero debilitados por la guerra de los Contras, desencadenada contra ellos por Ronald Reagan, perdieron democráticamente el
poder cuando su candidato, Daniel Ortega, fue vencido en las elecciones en febrero de 1990 por la candidata de la oposición, Violeta Chamorro. En noviembre de 2006, ese mismo Daniel Ortega fue elegido presidente. Su compañero de fórmula es un ex Contra. El ex enemigo jurado del cardenal Obando ya no le niega nada a la jerarquía católica... Por otra parte, se alió con la rama más conservadora (y especuladora) del viejo partido liberal. Lejos estamos del revolu- cionario puro y duro de 1979.
Es cierto que la consolidación de los regímenes representativos no habría sido posible sin el movimiento de fondo que hizo de la
democracia un valor compartido. El veredicto de las urnas, fuera de algunas minorías extremas, es aceptado por todos. La izquierda revolucionaria ha abandonado la lucha armada. Los guerrilleros dijeron adiós a las armas y se reconvirtieron en buenos demócratas, tanto en América Central como en América del Sur. Una única excepción: Colombia, donde la prosecución de los enfren-tamientos armados hunde sus raíces en una Violencia muy anterior al castrismo, mantenida por los ingresos del narcotráfico. Ella es la que, hasta el día de hoy, pese a la desmovilización de ciertos grupos, obstaculiza la aparición de una izquierda civil estructurada. Por otra parte, el deseo de paz y de seguridad de la opinión, que convierte en sospechosa a la izquierda, hizo deslizar hacia la derecha al cuerpo electoral.
En otras partes, los convertidos son numerosos. Su visibilidad es particularmente fuerte en Uruguay, donde el partido más influyente del Frente Amplio, esa coalición de izquierda que llegó al poder en 2005, está dirigida por ex miembros del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, la guerrilla urbana de los años setenta, que hicieron su autocrítica. El más popular de los ministros, José Mu-jica, titular en este gobierno de la cartera de Agricultura y candidato a la presidencia, ha surgido a su vez de esa sensi-
bilidad política. En Brasil, el Partido de los Trabajadores, fundado por Lula da Silva, federó a sindicalistas, a militantes cristianos y a ex partidarios de la lucha armada. Los dos secretarios generales sucesivos de la presidencia de Lula, José Dirceu y Dilma Roussef (que se postula para la sucesión presidencial en 2010), provienen de esa órbita gueva-rista. En Argentina, ex miembros de las turbulentas juventudes peronistas, cercanos a los Montoneros, están en el poder desde 2003 alrededor del presidente Kirchner y de Cristina Fernández de Kirchner, que lo sucedió. Los Kirchner reivindican abiertamente a la "generación diezmada" de 1970 y a los militantes sobrevivientes de la dictadura.
Pero la gracia democrática no sólo tocó a la extrema izquierda: la evolución de los medios conservadores no es menos crucial para la estabilidad política. Éstos ya no cuestionan los resultados de los escrutinios, aunque no les sean favorables. Los partidarios del statu quo ya no van sistemáticamente a golpear las puertas de los cuarteles para corregir la aritmética electoral como hace 15 años. Por lo demás, el fin de la Guerra Fría los privó de una poderosa palanca para convencer a las Fuerzas Armadas de que intervengan contra todo cambio.
Además, la imprevisibilidad del poder marcial, así como el fracaso reiterado de las últimas tentativas de golpe, de 1992 a 2002, frente a una opinión movilizada y mejor informada, tornaron caduca esa forma primitiva de intervención política. La hora del militarismo parece en verdad haber lle- gado a su término. Los mismos golpistas -los de Venezuela en 1992, de Ecuador o del Paraguay en 2000-, por otra parte, terminaron por someterse, con fortunas diversas, al veredicto de las urnas. En especial cuando el contexto regional e internacional es decididamente hostil a las aventuras anticonstitucionales, como todavía lo mostró, en junio de 2009, la condena internacional unánime al golpe de Estado parlamentario en Honduras.
LA SALVACIÓN POR EL SUFRAGIO
Pese a la transformación del ánimo público y la desmilitarización de la vida política, la estabilidad de las democracias del continente no está sin embargo asegurada. En efecto, el fin de los años noventa y los primeros años del siglo xxi están marcados por la dimisión antes de término de su mandato, y la mayoría de las veces bajo la presión de la calle, de 11 presidentes electos,3 cinco de ellos después del año 2000. En el siglo xxi, esos "golpes de Estado civiles" afectaron a Argentina en diciembre de 2001, luego dos veces a Bolivia (en octubre de 2003 y junio de 2005) y también dos veces a Ecuador (enero de 2000 y abril de 2005).
Tales contratiempos dan fe de las debilidades del despertar democrático latinoamericano. La coincidencia del retomo de la democracia y de la crisis de la deuda en los años ochenta, luego las políticas de ajuste y de liberalización económica destinadas a superarla, no fueron favorables a los gobiernos constitucionales. La amplitud de las expectativas nacidas del fin de las dictaduras no podía sino engendrar insatisfacción. Sobre todo cuando el malestar social que se instala en los años ochenta será en efecto agravado por las reformas liberales y antiestatales de la década siguiente que, esta vez, provocan una explosión de la desocupación en un contexto de ampliación de las desigualdades.
El incremento de la economía informal y de los empleos precarios es una de las manifestaciones más espectaculares de esta regresión social. La informalidad, a comienzos del siglo xxi, representaba cerca del 50% de la población activa, y el 80% de los nuevos empleos creados durante los veinte años precedentes en América Latina tenían que ver con ese
3
Véase el cuadro de esos casi golpes de Estado civiles en Banco Intera-mericano de Desarrollo, The Polines of Policy. Ecotiomic Progrcss in Latin America, 2006
284 A LA SOMBRA DE LAS DICTADURAS DE LAS DEMOCRACIAS... 285 sector."' La informalización del trabajo, así como la reducción o la
supresión de las redes de protección social, suscitaron un clima de inquietud creciente. El temor a una movilidad social descendente se apoderó de las sociedades muy urbanizadas. Según una encuesta efectuada en 14 países de la región en 1999, el 61% de los latinoamericanos estimaban que sus padres habían vivido mejor que ellos, y solamente el 46% de ellos creía que sus hijos conocerían una vida mejor.5 Se comprende así que la prioridad económica pueda prevalecer sobre la preservación de la democracia representativa, como lo confirmaba el gran estudio continental del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) de 2004.6 Si el boom económico de los años posteriores matizó esta opinión mayoritaria, es poco probable que la crisis de 2008-2009 refuerce la adhesión a la democracia.
No obstante, ni la agitación social ni las crisis políticas que pudo provocar finalmente alteraron un orden representativo en apariencia tan frágil. En efecto, la sucesión de los jefes de Estado dimitentes se efectuó en el respeto a las Constituciones. Hasta puede expresarse que los presidentes, renunciando a mantenerse en el poder por la fuerza, mostraron cierto respeto a los ciudadanos y a los derechos humanos, en otras palabras, a los valores democráticos. En líneas más generales, es imposible no sentirse impactado por la resistencia de las instituciones, y sobre todo por la propensión de los ciudadanos a buscar en la salida electoral una solución a la decepción política y al malestar social.
Hemos visto cómo, en Bolivia, la alternancia y la elección de un candidato antisistema refundador habían permi-
'' Dani Rodrik, tWations et mondialisation. LAZS stratcgies naiionalcs de dd-veloppement dans un monde globalisd, París, La Découverte, 2008. p. 143.
5
Ibicl., p. 135.
" Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD),La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y de ciudadanos. Contribuciones para el debate, Buenos Aires, 2004, p. 137.
tido poner fin a una ola de levantamientos protestatarios. Hacerse cargo de su destino no es tampoco una fórmula de retórica hueca para los haitianos, que se volcaron a las urnas en febrero de 2006 en un clima de miedo y de extrema violencia para encontrar una salida constitucional a las convulsiones posteriores a Aristide.7 La organización del escrutinio, pese a los esfuerzos de la Organización de Estados Americanos (OEA) y de la Organización de las Naciones Unidas (ONU),habrá brillado por la confusión y el desorden que lo rodearon. Sin embargo, los electores desafiaron las listas incompletas, las tarjetas de elector inexactas y las presiones de las bandas, para votar en favor de la normalización del país, para dar a Haití, esa nación sin Estado, un gobierno. Ahora bien, no es exagerado pensar que se trataba del voto de la última posibilidad contra la incertidumbre y la desesperación. En 2000, Argentina parecía haber consolidado un bipar-tidismo equilibrado (e inesperado) que oponía a radicales y peronistas. Por lo menos, era la conclusión que se podía extraer de las dos alternancias sucesivas, de 1989 y 1999, entre las dos fuerzas políticas mayoritarias. Pero en 2001 el país se encuentra al borde del abismo. La debacle económica amenaza a una sociedad en vías de descomposición. Una década de recetas ultraliberales y de convertibilidad ficticia entre el dólar y el peso (1 a 1) arruinaron el país, que se encuentra en cesación de pagos. La Argentina desindustrializada entró en recesión en 1999. El año siguiente conocerá el 16% de decrecimiento y una verdadera explosión de la pobreza. La miseria -hasta ese momento residual en el opulento "granero del mundo"- se extiende, mientras que los dirigentes políticos, tan orgullosos de la sobrevaluación de
7
El presidente, sacerdote y teólogo de la liberación elegido en 1990, fue derrocado por los militares y restaurado por una intervención estadounidense. Convertido en un jefe de Estado autoritario en su segundo mandato, fue echado del poder en 2004 por un golpe de Estado-levantamiento apoyado por Estados Unidos.
la moneda, anuncian la próxima entrada del país en el "primer mundo". La desocupación alcanza el 21% en el Gran Buenos Aires. Los argentinos que viven por debajo del umbral de la pobreza en la zona metropolitana eran el 25,9% en 1998. Son el 35,4% en 2001. En octubre de 2002, los pobres representan el 54,3% de la población.8 En diciembre de 2001 saquean los supermercados, la represión provoca treinta muertos y el presidente radical De la Rúa dimite.
Ya en octubre de 2001, las elecciones legislativas habían sonado como una poderosa advertencia que un presidente indeciso no había querido entender, cuando su partido experimentó una derrota sin precedentes. La consigna de las elecciones sobre un fondo de conciertos de cacerolas y cortes de rutas por las asociaciones de desocupados (los piqueteros)9 era: "¡Que se vayan todos!". La abstención, cuando el voto es en principio obligatorio, alcanza ese año el 25%, el voto protesta (voto bronca), blanco o nulo, representa el 22% de los sufragios.10
El presidente De la Rúa dimite pero ningún salvador de uniforme se propone para "ofrendar su persona" a la Argen-
8
Según las cifras del Instituto Nacional de Estadística y Censos (iNDEC) para el Gran Buenos Aires, citadas y comenuidas por Pierre Salama, en "L'Argentine: ampleur et limites d'une croissance a la chinoise", en Diana Quattrocchi-Woisson et al., L'Argentine aprés la débücle. Itinéraire d'une re-
composition inédite, París, Michel Houdiard, 2007. 9
Sobre el fenómeno de las asociaciones de desocupados, su historia y sus prácticas sociales y políticas, véase Ástor Massetti, Piqueteros, protesta social
e identidad colectiva, Buenos Aires, FLACSO y De las Ciencias, 2004, y también Silvia Sigal, "La mobilisation d'une société en décomposition", en Diana Quattrocchi-Woisson, Argentine. Enjeux et rocines d'une société en crise, Pa rís, Tiempo, 2003, pp. 94-100.
10
Sobre las elecciones parciales del 2 1 de octubre de 2001, véase Isidoro Chercsky, "Las elecciones nacionales de 1999 y 2001", en Isidoro Chcrcsky, Jean-iVlichcl Blanquere/ ai, De la ilusión reformista al descontento ciuda
dano. Las elecciones en Argentina, 1999-2001, Buenos Aires, Homo Sapiens
c IHEAL,2003, pp. 25-38, y Silvia Sigal, "Argentinc. La sortie de l'abíme", en
Problemas d'Amérique latine, 51, invierno 2003-2004, pp. 13-20.
tina. Los militares fueron eliminados del juego político. La desmilitarización emprendida desde 1983 por diversos medios dio pruebas de su eficacia. El pretorianismo ya es historia, por lo menos en su forma tradicional. Al Congreso le corresponderá encontrar una solución democrática a la crisis. Tras un largo titubeo y algunas elecciones desdichadas, los parlamentarios, de acuerdo con los partidos políticos, designan como jefe de Estado a Eduardo Duhalde, poderoso patrón peronista de la provincia de Buenos Aires, y ex vicepresidente al que De la Rúa había vencido en las presidenciales de 1999. A él le corresponde sacar al país de la trampa de la "convertibilidad", administrar la bancarrota financiera y normalizar la vida política. Es así como Argentina va a vivir 16 meses sin jefe de Estado electo por sufragio universal, pero no obstante en democracia, y con arreglo a la Constitución.
El desarrollo y la salida de las elecciones presidenciales de marzo