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25 de Marzo de 1815, 25 días para la boda.

In document Hasta que me odies. Dorothy McCougney (página 114-131)

Ernest agradecía que la mañana estuviera pasando con calma en el hospital. No tenía la concentración puesta en sus diagnósticos, lo que era evidente para él, para los aprendices a los que entrenaba y para sus pacientes.

Todavía recordaba el sabor de la saliva de Mary dentro de su boca, y cada vez que cerraba los ojos se repetían una y otra vez las imágenes de sus piernas y sus brazos enredándolo, solicitándole que siguiera.

La confusión de ella lo había conducido sin duda a su propia confusión. No sabía si debía obedecer a lo que le decía su cuerpo femenino con su comportamiento en la intimidad o a lo que decía su lengua mediante palabras cuando estaba en estado de cordura.

¿Era uno de los dos mensajes más poderoso o más válido que el otro? ¿La pasión decía más que el pensamiento concienzudo expresado por ella en repetidas oportunidades? Quizás lo que llamaba amor no era más que pasión en realidad, y la estaba sintiendo por ambos, aunque con más reticencias puestas en él. Y él, pobre diablo que había caído en las trampas del amor como ningún hombre debía caer, ¿qué más podía intentar?

Ahora sabía cuál era el método por el que Mary y John parecían encontrarse, y su mente también era atacada, cada tanto, por ejércitos de imágenes dolorosas. John deslizándose por las sábanas de la cama de Mary hasta cubrirla con su cuerpo, John desnudándola en la oscuridad, John mordisqueándole la boca mientras llegaba y se iba de aquella habitación por la ventana...

Sus cavilaciones durante la mañana iban y venían sobre el mismo tema y parecían no encontrar otro lugar donde ir a caer. Daban vueltas en su cabeza como si se tratara de un reloj que jamás se quedara sin cuerda. Con todo aquello no lograba más que la mortificación.

Alguien golpeó la puerta y Ernest le pidió que pasara. —Doctor Aldridge, ¿correcto?

—Así es. ¿Quién me busca?

—Traigo un mensaje para usted. Me dijeron que lo entregara con urgencia.

El mensajero extendió una hoja doblada y lacrada. Al dejarla en manos de Ernest, saludó y se marchó.

La carta tenía su nombre como destinatario y la letra denotaba el puño de un escritor bien educado. Incluso pudo inferir que se trataba de un hombre. Rompió el lacre y comenzó a leer.

Estimado Doctor Aldridge:

Lamento escribirle para transmitirle tan desafortunadas noticias, pero mi hija ha caído seriamente enferma. Desde anoche que presenta una temperatura muy alta.

Le solicito que se presente en nuestra residencia cuanto antes. Temo por la salud de mi querida Mary.

Atentamente. Henry Bannerman.

Ernest dobló la carta y la guardó en su chaqueta. Luego pidió que le prepararan su caballo, solicitó al doctor Balfour que se hiciera cargo de sus asuntos en el hospital y salió sin más tardanza rumbo al hogar de los Bannerman.

*

Ernest llegó a su destino lo más rápido que pudo. Había exigido a su caballo todo lo que podía dar, pero en algunos sectores de Londres con demasiado tránsito de carruajes se le había hecho imposible mantener la velocidad que deseaba.

Se apeó con agilidad y corrió hacia la puerta principal, donde el mayordomo ya había salido a su encuentro.

—¡Oh, doctor! La señorita se encuentra muy mal... —le dijo, ni bien entró, Martha Mostyn, a quien él identificó como una criada que lucía acongojada.

—Necesito verla cuanto antes —dijo Ernest, mientras entregaba de modo apurado el sombrero y los guantes al mayordomo. Luego, contra la etiqueta, emprendió el camino sin esperar a ser conducido por el sirviente.

Sorprendida, la mujer le dijo que lo acompañaría y se fue escaleras arriba tras él. El mayordomo permaneció abajo, dejando el asunto en manos de su madre.

La puerta de la habitación de Mary estaba abierta. El señor Bannerman se encontraba de pie, mirándola compungido.

—¡Doctor Aldridge!

—Señor Bannerman —saludó al tiempo que corría junto a la enferma.

—Le agradezco que llegara tan pronto. Estoy verdaderamente preocupado.

Mary no se veía bien. Ernest le tocó la frente y el cuello. Su temperatura era altísima. Suponía que podía tener entre treinta y nueve y cuarenta grados centígrados.

—¿Cuánto tiempo lleva así? —preguntó el doctor.

—Desde ayer por la noche, aunque desde horas de la tarde ya se quejaba de cierto malestar —respondió Henry.

—Señorita Bannerman, ¿me reconoce? Responda, por favor. Mary entornaba los ojos cada tanto, pero su mirada estaba perdida. No parecía saber quién le estaba hablando ni en qué lugar

se encontraba.

—¡Oh, no! —fue todo lo que ella dijo, y sus palabras se parecían a un quejido.

Era evidente que la joven presentaba ciertas dificultades para respirar, porque se la veía agitada.

Ernest ordenó con energía a Martha que trajeran una tina y la llenaran con agua fría cuanto antes.

—¿Fría? —preguntó Henry.

—Sí, debe estar fría —le contestó él.

Ernest colocó dos dedos sobre una de las muñecas de Mary para poder tomar su pulso, muy concentrado en lo que hacía. Luego se acercó para poder observar mejor sus ojos y su piel.

—Tiene una frecuencia de pulsaciones alta, lo cual es normal, dada la temperatura que tiene.

Un criado entró apresurado, cargando una tina de metal. Otra criada tardó unos instantes, que a Ernest se le antojaron eternos, en llenarla de agua. Al medir mejor la temperatura de Mary con el termómetro, comprobó que era de cuarenta grados y medio. Su situación era peligrosa. Había visto morir a mucha gente con fiebres así.

—Ya está lista la tina, doctor —dijo la señora Mostyn, y se quedó a un lado por si necesitaban algo más de ella, mordiéndose el labio inferior por lo que ya imaginaba que iba a suceder.

—Tenga preparadas unas toallas. Habrá que secarla luego — ordenó Ernest.

Se desabrochó los botones de las mangas de su camisa y se las arremangó. Luego quitó las frazadas que cubrían a Mary y la llevó en sus brazos hacia la tina.

—Tendrá que disculparme, señorita.

La consciencia de Mary era escasa, pero antes de ser introducida en el agua entendió lo que Ernest estaba por hacer.

—No... No... —comenzó a suplicar ella. —No tengo opción.

Y eso fue todo lo que él pudo decir.

La introdujo en la tina sin dejarla caer, pero entregándola al agua de una sola vez, como sabía que habría menos dolor. Tanto la

criada como Henry miraban la escena con sufrimiento. Mary lloraba y se quejaba.

—Esto está frío, muy frío. ¡Sáquenme de aquí! ¿Por qué...? ¿Por qué...?

Ernest se sentía más compungido que todos los presentes, pero consideraba que era lo mejor que podía hacer por ella. Estaba arrodillado junto a la tina y recibía toda el agua salpicada por la lucha de Mary, mientras la forzaba a mantener el cuerpo bajo el agua.

—No quiero seguir aquí.

—Solo unos momentos más. Busco bajarle la temperatura. ¡Comprenda, por favor! —le respondió él, mientras seguía luchando contra ella, que intentaba incorporarse.

—Hija, hazle caso al doctor, que intenta que te pongas mejor — dijo entonces Henry.

—¿Aldridge? —preguntó Mary.

Después exclamó algo gutural y dejó de luchar.

A los pocos instantes, Ernest la sacó del agua entre sus brazos y la puso sobre una toalla de lino, envolviéndola con muchas otras. Luego se marchó de la habitación ordenando a la criada que le sacara la camisa mojada, la secara y luego la introdujera nuevamente en la cama.

*

Ernest se encontraba en el despacho de la residencia de los Bannerman, secándose el agua que Mary acababa de salpicarle. Su futuro suegro lo miraba con los ojos tristes y los rasgos dibujados por el miedo y la desesperación.

—¿Ha podido determinar qué tiene, doctor?

Por el tono usado, eso podía interpretarse como una pregunta o como un ruego.

—No lo sé exactamente. ¿Ella le dio detalles sobre cómo se sentía?

—Me dijo que se sentía débil y que le dolía la cabeza. Unas horas después ya tenía fiebre, porque tiritaba.

—¿Le ha notado tos, sudoración abundante o que eliminara flemas con sangre?

Henry lo miró horrorizado.

—De todo eso que me dice, lo único que le he notado es la tos. —¿Ha notado alguna erupción en su piel? ¿Alguna llaga? ¿Le ha dicho algo sobre eso?

—No, doctor, nada respecto a eso.

—No es probable que sea la fiebre de la guerra[4], entonces, pero creo que es algún tipo de fiebre.

Ernest no podía mentir, no tenía sentido hacerlo. No era correcto engañar a nadie en aquella situación tan dolorosa para ellos dos, que la amaban con amores diferentes, y tan injusta para con una vida tan joven.

Henry se cubrió la cara con las manos. Luego las deslizó hasta su mentón.

Él, por su parte, suspiraba intranquilo.

—Doctor, le pido por favor que se quede en nuestro hogar como nuestro huésped por un tiempo más. Me tranquilizaría mucho saber que mi hija cuenta con su cuidado constante aquí.

Ernest se sintió agradecido por aquella propuesta. No soportaba la idea de no poder hacer un seguimiento regular del estado de Mary, y eso le iba a resultar muy difícil si tenía que seguir alojado en su propia casa.

No estaba seguro de qué tenía su amada, pero era algún tipo de fiebre, y no parecía de las más débiles. Confiaba en que la edad de la joven le jugara a su favor, pero también se preguntaba si ese juicio era objetivo o solo se trataba de las esperanzas de un hombre mortal y asustado como cualquier otro.

—De acuerdo, señor Bannerman. Acepto y agradezco su propuesta.

—¡Mire cómo ha quedado! Le pediré al ama de llaves que le enseñe el cuarto de huéspedes y le lleve ropa seca para que pueda cambiarse.

—De acuerdo.

—Estoy agradecido con usted, doctor —dijo Henry, y tocó una campanilla para llamar al ama de llaves.

—Doctor, ¿le aplicará desangramiento?

—No, hace un tiempo que ya no lo hago. Debilita demasiado a mis pacientes.

Al poco tiempo le indicaron cuál sería su dormitorio y le ofrecieron ropa del señor Bannerman, un poco ancha para su esbelto cuerpo, pero de igual modo agradable dado que, a diferencia de la suya, estaba limpia y seca.

Se cambió sin otras dilaciones y regresó al cuarto de Mary.

Si no mostraba mejoría en los próximos días, las cosas se pondrían feas. No quería siquiera pensar en ello, pero toda su lógica científica decía que era una posibilidad que no podía hacerse a un lado.

*

La temperatura de Mary había bajado un poco luego de sumergirla en la tina con agua fría, pero aún así era alta.

Ernest le comentó a Henry que, dado el diagnóstico, poco se podía hacer además de mantenerla bien alimentada y con la temperatura controlada.

La muerte amenazaba ahora, ridículamente, con robársela. Como si luego de haberse preocupado en la lucha por ganarla, pensando en si sería suya o de John o de ambos, el más oscuro de los personajes tuviera derecho a arrancarla de su lado y arrastrarla hacia el otro mundo.

"Los muertos no bailan, no ríen, no discuten, no sonrojan sus mejillas", se decía, y las horas se le iban junto a Mary en pensar todo aquello y en intentar que estuviera cómoda.

Sus delirios no cesaban. A veces nombraba personas que conocía. Otras veces hablaba de animales mitológicos o de personajes de ficción, y otras veces lo mezclaba todo. Ernest sabía que todo eso se debía a la temperatura tan alta en la que su cuerpo tenía que funcionar, y que no parecía ser un buen síntoma.

Henry permanecía cuidando a su hija durante largos momentos del día. Ernest se encontraba con ella casi todo el tiempo, durante día y noche. Lo mismo hacía su tía, que se mantenía durante extensos períodos en la habitación de Mary junto a Ernest, con el que a veces intercambiaba algún comentario que nunca llegaba a ser conversación, porque él no tenía ni espíritu ni ánimo para charlas.

En un momento la señora Jennings anunció que se iría a tomar el té e invitó a Ernest, pero este declinó porque sentía deseos de ingerir nada.

Ni bien la puerta se hubo cerrado, la voz de Mary comenzó a sonar como si hablara desde la ultratumba.

—Doctor...

Ernest se inclinó un poco sobre ella para escucharla mejor. —Mary... ¿sabes quién soy?

—Sí... Ernest...

Se alegraba de que después de todo estuviera teniendo un episodio de algo de consciencia donde lo reconociera.

—Sí, Mary, soy yo. ¿Cómo te sientes?

Acarició la frente de la joven con roces suaves, mientras acomodaba como podía los cabellos negros, cuyas sortijas iban perdiendo vigor y se expandían por la almohada como las serpientes que habitaban la cabeza de Medusa.

—Me siento muy mal —dijo ella, arrastrando las palabras y en un hilo de voz apenas audible.

—Lo siento. Hago todo lo que puedo... Dime con más detalle qué sientes.

—Debilidad... cansancio... frío... intenso... dolor en mis rodillas, en mis codos y en mis manos.

—Mary, necesito que te concentres con respecto a esto que te voy a preguntar. ¿Tienes alguna inflamación, pústula, llaga, algo anormal en algún lugar del cuerpo, sea cual sea ese lugar?

Mary lo miró extrañada. Investigó sus brazos y sus piernas y ojeó por debajo de su camisón. Luego giró con dificultad su cuerpo, quedando boca abajo, y se levantó, con la poca energía que le quedaba, la camisa de dormir para que pudiera revisarla...

—Mary...

Él no tenía tiempo para sentir deseo, vergüenza ni pudor. La observó con rapidez y agradeció a Dios no encontrar ninguna muestra de heridas superficiales. Ninguna de ellas acompañaba a enfermedades de carácter débil.

—No tienes nada a la vista, por lo que sigo sosteniendo que tienes fiebre —concluyó Ernest.

Se permitió hacer un gesto de disgusto, porque nadie lo estaba viendo. ¡Maldita sea! Ninguna enfermedad era una alegre noticia...

—¿Moriré?

Mary abrió los ojos con la escasa energía que tenía, como si así quisiera verificar que él no iba a mentirle.

¿Cómo podía responder semejante cosa?

—Eres joven, Mary, tienes que luchar. No sé la respuesta a lo que me preguntas. No soy quién decide esas cosas —dijo él con frases, sin que lo planificara, almibaradas.

Mary miraba con atención a los ojos de Ernest, como si estuviera siendo hipnotizada. Se mantuvieron durante unos instantes así, conectados por todo lo que las palabras no decían.

Luego Mary volvió a cerrar los ojos.

—Gracias —fue todo lo que dijo ella antes de entrar otra vez en un estado de sopor.

Ernest comenzó a jugar a extender el cabello de Mary a lo largo de la almohada, como si fuera una especie de corona que la adornara. Le gustaba la sensación del cabello de la joven en contacto son sus manos. ¡Qué criatura más maravillosa y perfecta!

Fue interrumpido por la apertura repentina de la puerta de la habitación, que le hizo dar un respingo. Se trataba de Julia Wilmington, que venía seguida por Henry Bannerman.

¿No podían dejarlo con ella a solas y en paz por siempre? —Doctor Aldridge.

Ernest se puso de pie con desgano. —Señorita Wilmington.

Y volvió a tomar asiento. —¿Cómo está ella, doctor? —A ratos mejor, a ratos peor.

Julia se sentó sobre la cama junto a Mary y tomó una de las manos de su amiga.

—Debería dejarla dormir. La señorita Bannerman está muy cansada y débil —le dijo él.

Ernest hablaba en el tono rudo que utilizaban los caballeros cuando estaban enojados. Mary no necesitaba a nadie importunándola.

Julia miró a Ernest con algo de asombro.

Su imagen era muy diferente de lo que solía observarse en él. Su barba tenía varios días sin afeitar, su cabello estaba despeinado y su rostro tenía un semblante de profundo cansancio. Al analizarlo, no era difícil adivinar que llevaba algún tiempo durmiendo mal.

Se veía a Julia un poco confundida, como si estuviera librando una batalla interna.

—¿Quiere que yo vele esta noche por ella en su lugar, doctor? Se lo ve muy cansado. No querríamos que usted también cayera enfermo.

Ernest observó a Julia durante un breve instante. Sabía que cuidaría bien de su amiga mientras no tuviera la idea de despertarla y llamar su atención, y su proposición no era descabellada. Si continuaba así, pronto no podría serle útil a nadie más.

—Aceptaré su propuesta. Me voy a dormir ahora mismo. No dude en avisarme si ve algún signo de que Mary está empeorando. A las cuatro la relevaré, si está de acuerdo.

Ernest se puso de pie, sintiéndose tan cansado que hasta ese simple movimiento le costaba.

—De acuerdo, doctor. Será un gusto para mí. Que tenga buenas noches.

—Buenas noches para usted también.

Se acercó a Mary, le tomó la temperatura, confirmó que de momento había bajado y se fue a dormir.

Y rogaba al Cielo poder dormirse porque, aunque su cuerpo pedía a gritos descanso, en su mente danzaban embravecidos pensamientos.

¿La podría salvar?

*

Corrían sin descanso junto a un despeñadero. El rugido del mar embravecido llegaba hasta ellos.

Un hombre altísimo la arrastraba, obligándola a ir a su lado, sujetada con violencia por el brazo. El desconocido llevaba en su mano un cuchillo enorme.

No sabía cuánto tiempo llevaba tras ellos, pero estaba muy cansado.

Cuando ella se negaba a seguir andando, el individuo oscuro la obligaba. Ernest llevaba tiempo siguiéndolos.

El pecho le pedía detenerse. Puntadas de dolor atravesaban sus pulmones. Le faltaba el aire. Había corrido demasiado y ahora tenía que desacelerar la marcha o acabaría cayendo al suelo pedregoso y hostil, lleno de los agujeros, altibajos y escombros que tanto le costaba sortear en la oscuridad de la noche. Solo el resplandor lunar contra las piedras le permitía anticipar aquellos lugares donde tenía que evitar pisar.

Mary, ¿cómo has caído en la mano de semejante rufián? ¿Por qué te tiene y hacia dónde te quiere llevar?

Al poco rato se convenció de que aquel bulto negro no podía ser algo humano. Era demasiado veloz, y si bien los envolvía la noche,

la tenue luz de la luna dejaba en claro que no había piernas moviéndose debajo de su capa.

—¡Déjala, infeliz, déjala!

Mary gritaba su nombre una y otra vez, pidiéndole que la salvara. Ernest estaba desesperado y el corazón estaba por escapársele por la boca.

Cuando el ente le llevaba medio minuto de ventaja, se detuvo en un peñasco. Puso entonces la punta del cuchillo contra la espalda de Mary, ante la mirada atónita de él, que todavía no podía llegar hasta allí.

Cuando se acercó lo suficiente como para verlo mejor, comprobó que aquel ser no tenía rostro. No había ojos, nariz, boca, orejas, nada. Solo oscuridad.

Para su horror, la sombra empujó a Mary.

Vio cómo ella iba cayendo hasta las piedras que la aguardaban abajo, donde el agua del mar encrespado golpeaba con fuerza contra ellas.

En ese momento, Ernest abrió los ojos y se encontró con que se hallaba en una cama y estaba a punto de destruir un almohadón con

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