• No se han encontrado resultados

27 de Marzo de 1815, 23 días para la boda.

In document Hasta que me odies. Dorothy McCougney (página 131-139)

Ernest había bajado a desayunar a pedido especial de Henry Bannerman.

Estuvo media hora compartiendo el alimento e intercambiando palabras con su anfitrión y, cada tanto, con la señora Jennings. Luego fue el primero en abandonar la mesa y regresar a la habitación de Mary. No había notado una mejora importante desde el día en que la había visto enferma por primera vez y eso no era un buen presagio. La ansiedad y los nervios estaban devorando su acostumbrada estabilidad emocional.

Golpeó la puerta y pasó, cómo había hecho durante toda su estadía en aquella casa desde que Mary enfermara.

Al ingresar, comprobó que la señorita no se encontraba en la cama y comenzó a buscarla de manera impaciente, mientras la llamaba:

—¡Señorita Bannerman! ¿Dónde está?

Sintió el sonido de un chapoteo detrás de un biombo enorme y rojizo de seis partes que se erguía formando un triángulo con una de las esquinas de la habitación, cercana al tocador, y se fue corriendo hacia allí con pasos largos y rápidos.

Se dispuso a observar detrás de aquella barrera, temiendo entender demasiado bien las pistas que la escena le daba.

Mary, más blanca de lo normal, se encontraba sumergida en una tina portable de metal. En su mano reposaba un jabón de forma esférica. Sus cabellos caían como la lluvia, húmedos y pegados a su piel, sobre sus mejillas, hombros y senos. Una jofaina y una jarra,

decoradas con bordes dorados y un diseño de flores de varios colores, descansaban en el suelo.

Ernest buscó con la mirada nerviosa alguna tela que permitiera secarla, y a los pocos segundos la encontró. La toalla de lino, con múltiples dobleces realizados con esmero, reposaba sobre un pequeño banquito de madera, junto a la tina. Entonces, sin darle tiempo a que profiriera una palabra, se lanzó hacia el receptáculo de agua y la sacó de allí, tomando con firmeza a la joven por los antebrazos. Ni bien la tuvo de pie, la envolvió con las toallas para comenzar a secarla.

—Suélteme... esto es inmoral y escandaloso... —dijo Mary en voz baja, porque sabía que de entrar alguien se armaría un revuelo más costoso para ella que para él.

Él la tomó entonces en brazos, como si se tratara de un niño, pero con brusquedad y sin pedir permiso, y con trancos cruzó la habitación hasta el extremo opuesto, donde la dejó en la cama y la cubrió con frazadas, utilizando para ello movimientos violentos.

—¡No te puedes bañar! ¡Vas a recaer! Sécate lo más pronto que puedas. Me voy a ir durante cinco minutos para que puedas secarte y vestirte y luego regresaré —le dijo él, apuntándole con un dedo a la cara.

Ella lo miraba con estupefacción, como si no entendiera con quién estaba hablando o qué había hecho mal.

Los mechones de cabello negro desperdigados sobre la almohada le disgustaban tanto como lo enloquecían... y en su mente se mezclaban el enojo y el deseo abrumador. Al sacarla del agua, había estado demasiado cerca de ese cuerpo caliente como para poder olvidarlo con facilidad. Mientras la había envuelto para secarla, estaba seguro de haber rozado muchos sectores de piel vedados para él.

Ernest salió de la habitación con el rostro rojo. Comenzó a caminar yendo y viniendo por las cercanías de la puerta, y cuando le pareció que habían pasado los minutos pactados, volvió a tocar la puerta para anunciarse e ingresó.

—¿Te has vuelto loca? No puedes bañarte. Podrías enfriarte y empeorar —dijo Ernest, encontrándose a buena distancia de la

cama y moviendo la mano con energía, con la palma abierta, a la altura de la cabeza.

Mary se había secado un poco el cabello y se encontraba de pie, con una gran camisa de dormir blanca que podía tildarse de muy angelical. Lo miró con gran dignidad y se introdujo en la cama sin premura.

—Olía como un establo. ¡Debía bañarme!

Ernest caminó los pasos que lo separaban de la cama para contactar de cerca con los ojos de Mary.

—No tienes por qué oler a rosas y jazmines. ¡Tu querido Ashtown no está aquí! —dijo él en tono arrastrado y burlón, claramente irritado.

Los dos se miraron sin pestañear y sin retroceder. Ernest veía el reflejo de la habitación sobre los ojos negros de Mary.

—¡Es usted a veces tan odioso!

Mary se cruzó de brazos sobre la cama, frunciendo el entrecejo. Ernest se sentó en la silla que había sido su compañera durante esos días. Suspiró y luego comenzó a tranquilizar su respiración.

—No has salido de peligro. Todavía estás enferma de gravedad. —Usted no puede entender ciertas cosas que una dama sí podría.

—Ciertamente que no entiendo de asuntos de damas, por eso te estoy hablando desde mi conocimiento de las enfermedades. Deja de hacer cosas para ponerte en riesgo. No arruines nuestros esfuerzos por curarte. Sé más respetuosa respecto a eso.

Mary le dirigió una venenosa mirada de soslayo.

—Creo que exagera. Quizás la pasión le esté nublando su riguroso pensamiento científico.

Ernest se calló unos segundos.

—Sí. Debo asumir que eso es probable.

—Espero que sea prudente y no diga nada de esto a mi padre. A ninguno de los dos nos convendría.

Ernest no tardó en responder. —No diré nada.

—Si estás apetente, me gustaría pedirle a tus sirvientes que te prepararan un desayuno bien compuesto, que pudiera darte energías. Yo mismo supervisaría los alimentos.

—La verdad es que se lo agradecería. Tengo más ganas de desayunar que de discutir con usted.

—De acuerdo. Volveré cuando tu desayuno esté listo.

Cuando Ernest abrió la puerta de la habitación para salir, se topó de frente con la señora Jennings, que parecía tener la intención de ingresar.

"¡Qué cerca estuviste!", se dijo para sí.

Ernest recordó que el enfado de la joven había durado poco. ¿Estaría contenta de tenerlo allí, a pesar de sus palabras? ¿Sería el baño, acaso, a causa de su presencia? Era demasiada pretensión para él, sabiendo cuánto añoraba a John. Pero lo cierto era que Ashtown no había entrado en esa habitación ni una sola vez desde que ella se había enfermado. Eso podía asegurarlo él mismo por haber permanecido a su lado como un perro fiel durante ese tiempo.

Entonces se permitió soñar con cosas que eran solo ilusiones, y de buen humor dio indicaciones a la cocinera, cuya voz le resultaba bastante conocida, sobre cómo preparar un desayuno especial para Mary.

La joven recibió el alimento de buena gana, comió casi todo lo que se le había llevado y aseguró sentir el estómago demasiado lleno. Pidió que no se le enviara más comida hasta la noche y avanzó con la lectura del libro que Ernest le había regalado, ante la mirada de él y de su tía, que continuaban acompañándola.

*

Ernest Aldridge iba retrasando el paso, con los brazos juntos en la espalda, tras una sirviente que llevaba una gran bandeja con comida. Sobre dicha bandeja se tambaleaban la carne asada

cubierta de verduras, macarrones con salsa de ostras, una gran porción de pastel, un plato con almendras y nueces y un pequeño platito de sopa que amenazaba con volcarse.

El padre y la tía de Mary se encontraban cenando abajo, y él disfrutaba escabullirse de esas reuniones y encontrar pequeños espacios de intimidad, aunque solo duraran minutos, con la joven enferma.

Se anunciaron mediante un golpe en la puerta y luego entraron los dos. Mary estaba sentada en la cama y miraba hacia la ventana.

Mientras la sirviente dejaba la bandeja, Ernest corría las cortinas para permitir que entrara aire fresco y sano en la habitación, que olía como si mucha gente estuviera acumulada allí.

—Espero que te guste la elección que hice para la cena —le dijo él.

—Aguanté la de esta mañana y soy tan valiente que aguantaré esta. ¿Debo comerme todo?

Mary señalaba con sus manos hacia la bandeja, incrédula.

—En la medida de lo posible, sí. Es mejor enfrentarse a una enfermedad con el organismo fuerte.

Ella acercó más la bandeja y eligió comenzar por la sopa. —¿Usted ya cenó, doctor?

—Así es, señorita, muy rápidamente.

—¿Se quedará observándome comer? —preguntó Mary mientras se llevaba una cucharada de sopa a la boca.

—Dados tus comportamientos pueriles, no es mala idea estar presente para verificar que esta vez sí te portes bien.

—Suena como una institutriz anciana, doctor.

—Quizás la edad. Ya me dijiste una vez que soy un viejecito. Se sentó con gracia, con las piernas juntas, sobre la banqueta frente al tocador, y comenzó a removerse y observarse el cabello, ante la divertida mirada de Mary.

—Si busca canas, he de decir que tiene unas cuantas, pero son muy pocas.

—Sí, eso parece —dijo Ernest acodándose en el tocador.

Mary entregó una risa grande, sin abrir la boca, que se veía ridícula.

—¿Acaso habré oído mi nombre y la palabra guapo en la misma frase? En cuanto termine de cenar le volveré a tomar la temperatura.

Ernest imitó la risa burlona que había hecho Mary hacía un instante.

Mary se rió entonces a carcajadas, tanto que estuvo cerca de atragantarse.

—Es la primera vez que le observo tan graciosa gesticulación — dijo Mary, y siguió riendo.

—Es por ti, que contagias a todos con tu niñez inconclusa.

El tono en la voz de Ernest era tenue, rozando lo poético. Había asumido una posición despreocupada, apoyando el mentón sobre sus brazos cruzados, que descansaban en el respaldo de una silla.

Mary no parecía haberse sentido atacada por sus palabras.

—Supongo que le viene bien el contagio, para matar ese ánimo ceniciento que suele mostrar.

Las pestañas de Mary se abrían y cerraban como alas de mariposa. ¿Estaba coqueteándole?

—Sí, me sienta bien.

Ernest no dijo nada más, y se quedó mirando ensimismado el cabello, resplandeciente por el baño de la mañana, de Mary. La composición total, ella en camisón cenando en una cama, le pareció, a pesar de lo cotidiana, casi mística. Para que el cuadro fuera perfecto, solo le faltaba estar en la cama de él.

—Cuénteme algo acerca de usted, doctor. ¿Deseaba ser médico o fue una visión de su padre?

Ernest miró hacia el suelo. No le gustaba tener que salir de sus placenteros y fantasiosos pensamientos para volver a recordar momentos crudos.

—Fue una decisión mía.

—¿Puedo preguntar por qué?

—Bueno, esperaba que no lo hicieras, pero...

—Puede negarse a responder y no me enojaré —dijo Mary, dejando de masticar.

—Fue por mi madre. Murió de consunción[5] cuando yo tenía cinco años. Desde aquel momento deseé dedicarme a curar personas.

—Oh, entiendo. Lamento haberle hecho recordar el momento... No imaginaba que la causa...

—No importa... —le contestó él, negando con la cabeza.

—Hay una segunda pregunta que siempre quise hacerle, pero... temo que tampoco le gustará.

Ernest se dijo que su interés en él era algo positivo y que por tanto soportaría lo que le quisiera preguntar.

—Pregunte, señorita. Lo soportaré con supremo estoicismo.

Mary sonrió, mientras seguía intentando vencer al trozo de carne que le habían traído.

—Quería preguntarle por qué no se ha casado en todos estos años.

Ernest lanzó una pequeña sonrisa, mezclada con suspiro, que apenas modificaba los contornos de sus labios en reposo.

—Temo que no soportaría a cualquier mujer, y la indicada no ha sido fácil de encontrar.

—Pero... ¿no ha tenido uno de esos amores intensos y locos de juventud? ¿Ninguno durante sus mejores años?

—Gracias por insinuar que se han marchado mis mejores años. Mary tragó con dificultad y se puso un poco rígida. Él continuó. —No sería correcto hablar de tales cosas con una dama...

—Adelante, doctor. Entretenga un poco con su diálogo a esta pobre joven enferma que no puede ver la luz del sol.

—Tus palabras me han conmovido —dijo en tono irónico—. Hace muchos años, quince quizás, me encontré enamorado de una joven que pensé que podía corresponderme.

—Tenía usted entonces veinticinco años.

Mary se mostraba muy receptiva a sus palabras, y por un momento olvidó que estaba enferma, porque no lo parecía.

—Así es, creo que un poco menos; quizás veintidós o veintitrés. —¿Y qué sucedió?

—Compartimos muchos bailes y veladas durante una temporada de primavera. Cuando faltaba poco para su culminación, yo estaba seguro de que —negó con la cabeza—... Estoy comprometido con usted... no está bien que cuente esto.

—Ahora va a tener que seguir contando —le dijo Mary, blandiendo en el aire los cubiertos.

Él lo pensó por unos instantes y continuó.

—Estaba seguro de que quería casarme con ella. Un día se lo propuse. Me rechazó. Fin de la historia.

Mary se quedó boquiabierta.

—No es precisamente una historia de éxito —continuó él.

No sólo no había tenido éxito, sino que aquella temprana desilusión lo había marcado para siempre.

—Supongo que no todas las historias son de éxito, doctor. —Claro...

—¿Debería sentir entonces celos de esa señorita? —preguntó Mary mientras se llevaba una nuez a la boca y evitando mirarlo.

Ernest torció los labios y rio con amargura. Se puso de pie y se fue hacia el tocador. Comenzó a mover de lugar algunas cosas que se encontraban allí.

—No te burles de mí, Mary. Ambos sabemos quién es el verdadero dueño de tu atención.

Mary dejó los cubiertos sobre un plato y movió hacia un lado la bandeja.

—Ya no quiero comer más.

—¿Y quién ha tenido tal poder de quitarte al apetito, el señor Ashtown o yo? —preguntó él, cruzándose de brazos.

—Quizás los dos —respondió ella con un tono helado. Mary se tendió sobre la cama y le dio la espalda.

—Quiero dormir por un rato en soledad, doctor. Puede descansar un poco de mí.

—De acuerdo —respondió él.

Ante tan cortante despedida, Ernest se vio obligado a dejar la habitación.

Capítulo XII

In document Hasta que me odies. Dorothy McCougney (página 131-139)