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De muertes, fantasmas e historias de ultratumba

‗Mister Babalú‘ pidió perdón a la audiencia con angustia mientras intentaba desabotonarse la camisa y salir del escenario; se puso la mano en el pecho, pero apenas dio la vuelta cayó: un ataque cardiaco se lo llevó en plena presentación en el Salón Monserrate del Hotel Tequendama. A las pocas horas las agencias daban la noticia del fallecimiento del cantante

cubano Miguelito Valdés, ‗Mister Babalú‘, mientras en el hotel había todavía confusión.

"Todo fue tan súbito que el asombro nos anuló cualquier tipo de reacción inmediata", dijo después Mario Gareña, el cantante barranquillero que alternó en aquella velada con el

cubano‖.

Esta muerte, ocurrida el 9 de noviembre de 1978, no ha sido la única en el Hotel Tequendama; aunque no haya registro, circulan historias casi legendarias sobre la muerte de varios obreros que trabajaban en la construcción del hotel cuando quedaron aprisionados entre las columnas de concreto. La señora Beppy Pelts, una holandesa que vivía hacía muchos años en el hotel, murió por causas naturales. Dicen los empleados que en la misma suite donde pasó su luna de miel con su esposo, que falleció en Residencias Tequendama años atrás.

Pero hay quieres escogen morir en este lugar: la altura del edificio se presta para que las personas intenten suicidarse; desde hace años las ventanas más altas sólo se pueden abrir hasta cierto punto para evitar que potenciales suicidas salten. Con todas las precauciones, no hace mucho un hombre se tiró del piso doce, con tan mala suerte que cayó en los ductos

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del tercer piso y quedó vivo. Según recuerdan, el fallido suicida era un cliente asiduo del bar Chispas y tenía problemas de dinero.

Entre los suicidios más recordados está el de una joven de clase alta que llegó sola y pagó una noche. Al otro día la encontraron muerta por sobredosis de fármacos. Era una joven atractiva y su madre no entendió por qué lo hizo. Entre los empleados también hubo desconcierto cuando un inspector de seguridad se quitó la vida con su arma de dotación. En el baño de empleados de los hombres se pegó un tiro y Rafael García, encargado de la imprenta, lo vino a encontrar minutos después del estruendo, cuando nada se podía hacer. No recuerdan haberlo visto agobiado.

Pero si bien muchas de estas muertes fueron provocadas, la de un jefe del hotel no lo fue y, por supuesto, ha dado lugar a todo tipo de especulaciones. Jorge Iván Herrera era un profesional hotelero graduado en Canadá, con una carrera de 20 años de servicio en el Tequendama donde pasó por casi todas las dependencias, entre ellas habitaciones, alimentos y bebidas y mercadeo y ventas. Es recordado como un hombre muy estricto, del que aprendieron mucho. Era muy meticuloso, su cuarto del hotel lo limpiaba sólo una camarera que sabía cómo le gustaba todo. Ella fue quien lo encontró un día asfixiado y colgado en su cuarto de hotel, y nunca se supo quién lo asesinó. De las circunstancias de su asesinato se desprenden teorías que tienen que ver hasta con su orientación sexual.

La última muerte de un empleado que llevaba varias décadas en el hotel se relacionó de una vez con el hotel. Everto Vega murió de un infarto después de hacer ejercicio, y hay quieres dicen que ese domingo lo vieron pasar por el hotel a las 9:10 a.m. , justo a la misma hora que murió. Como si se estuviera despidiendo. Así son las historias en el Tequendama, hay carritos de maletas que se mueven sin ser impulsados por nadie, llamadas extrañas, ruidos de otro mundo y un frío ligeramente más fuerte en algunos pisos.

Los botones ya no le ponen atención al hecho de que cuando ellos vuelven a recoger su carro no esté en el mismo lugar donde lo dejaron; ya se acostumbraron a que la camarera sin cabeza —como algunos la llaman—, les corra sus carritos. Algunos se sorprendieron cuando les pasó la primera vez, o cuando vieron en las cámaras de seguridad una sombra extraña moviéndose; ya no les causa curiosidad. La camarera sin cabeza ronda por todos los pasillos del hotel, la han sentido en casi todos los pisos, y asusta con su risa o quejidos a los

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empleados; los aterroriza a todos por igual, claro que con los más antiguos ya no hay caso. Hay quienes dicen que fue una antigua camarera, que aunque no murió en las instalaciones por algún motivo su espíritu se devolvió a resolver sus asuntos en el hotel.

Los pasillos del 17 están llenos de leyendas. Alguna vez Franco Basile, chef ejecutivo del hotel hace varios años, salió de la cocina de este piso y se encontró con una señora que rondaba los pasillos como perdida; a Basile le pareció raro y le preguntó qué estaba buscando; luego la acompañó hasta un ascensor para que pidiera ayuda en la recepción. Más tarde preguntó qué había sido de la señora, se la describió al personal, pero le dijeron que nunca la habían visto bajar; él aseguraba haberla montado en el ascensor, consultó con seguridad y pidió ver el video para ver qué se había hecho la señora. En el video aparecía Franco hablando solo y dirigiéndose al ascensor en el piso 17. Nadie lo acompañaba. En ese mismo piso hay varios salones en los que se hacen eventos; por lo general llega una persona del grupo o empresa que contrata a recibir el salón. El capitán de meseros le muestra la disposición de las mesas, los manteles y todo el menaje, se ultiman y corrigen detalles antes del evento. En varias ocasiones una mujer alta, blanca y muy bien vestida ha llegado a recibir el evento; la mujer revisa los medios audiovisuales, el mobiliario y se cerciora de que todo esté perfecto; le pide un café al capitán de meseros mientras espera y cuando el mesero regresa ya no está. La ejecutiva se ha ido, más tarde llega el verdadero organizador del evento y vuelve a revisar, le preguntan si la mujer tiene algo que ver, el organizador no sabe de quién hablan: él es la persona encargada de hacer eso. Ha pasado ya en varias ocasiones, la misma mujer ha recibido eventos que no son suyos y ha dejado encargado un café; por supuesto, nadie la ha visto después.

Quizá los pisos que reportan los empleados con mayor actividad paranormal son los 11 y 12, donde sienten los pasillos más fríos y hay más ruidos. En el tercer piso, el de oficinas administrativas y salones también pasa una que otra situación anómala. A los que se quedan hasta altas horas de la noche trabajando los asustan, si no sus propios compañeros, los míticos fantasmas. Alguna vez, Dagoberto García, asesor jurídico del hotel, se quedó hasta muy tarde trabajando y empezó a escuchar ruidos extraños; buscó y se encontró con que una de sus compañeras había dejado algo, le había tocado devolverse y por pereza no había prendido la luz. Más tarde oyó otro ruido y no prestó atención, después escuchó la

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campanita que suena cada vez que alguien cuelga el teléfono. La oía esporádicamente, así que salió a mirar de nuevo, pero no había nadie en esa zona. Al otro día que también se quedó hasta tarde la campanita volvió a sonar, pero esta vez sí vio pasar a un hombre alto, delgado, vestido de negro con una bufanda blanca y un sombrero negro. Salió para mirar para dónde iba y ya no estaba.

En Apartasuites Tequendama también rondan los fantasmas. Alguna vez un vidente alemán, amigo de un huésped, le dijo a uno de los botones que sí había fantasmas y para probárselo lo mandó un día a una de las escaleras de servicio a esperar; él incrédulo fue y se sentó a esperar, no sabía qué, pero al final sintió una presencia.

No hay lugares tradicionales sin fantasmas, pero sin duda ayuda que el hotel haya sido construido sobre un manicomio donde murieron cientos de alienados, lo que aumenta el halo de ultratumba. No sobra entonces mencionar el hecho de que muchos hayan elegido este lugar para morir y se hayan quedado entre sus pasillos.