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De la naturaleza y la suerte

ARECE que la suerte, tan tornadiza y caprichosa como es, renuncia a sus cambios y caprichos para obrar de acuerdo con la Naturaleza, y ambas, de vez en cuando, se ponen de acuerdo para hacer hombres extraordinarios y singulares que sirven de modelo a la posteridad. La Naturaleza se ocupa de proporcionar las cualidades: la suerte de activarlas y mostrarlas con la luz y la proporción que conviene a sus fines, se podría decir que imitan el método de los grandes pintores para darnos cuadros perfectos de lo que quieren representar. Eligen a una persona y siguen el plan que se han propuesto; disponen del nacimiento y de la educación, de las cualidades naturales y adquiridas, del tiempo, de las ocasiones, de los amigos y enemigos; resaltan virtudes y vicios, acciones afortunadas y desgraciadas, unen pequeñas circunstancias a otras más grandes y saben presentarles con tal arte, que los actos de esas personas y sus motivos se nos aparecen siempre con la figura y los colores que la Naturaleza y la suerte quieren darles.

¡Qué cúmulo de extraordinarias cualidades se reunieron en la persona de Alejandro para mostrarlo al mundo como modelo de nobleza del alma y de grandeza en valor! Si se examina su nacimiento ilustre, su educación, su juventud, su belleza, su complexión magnífica, la extensión y capacidad de su inteligencia para la guerra y las ciencias, sus virtudes, y hasta sus defectos; y el pequeño número de sus tropas, el formidable poder de sus enemigos, la corta duración de una vida tan hermosa, su muerte y la calidad de sus sucesores, ¿no se comprueba la intervención y el esfuerzo de la Naturaleza y de la fortuna para dar a una misma persona una cantidad infinita de diversas cualidades y circunstancias? ¿No ve el particular cuidado que se tomaron para coordinar tan extraordinarios acontecimientos y situar cada uno en el momento adecuado para así poder crear el modelo de joven conquistador, más grande aún por sus cualidades personales que por la dimensión de sus conquistas?

Si se considera de qué modo la Naturaleza y la suerte nos muestran a César, ¿acaso no se comprueba que han seguido un plan diferente aunque le otorgaran tanto valor, clemencia y liberalidad, tantas cualidades militares, tanta penetración, tanta claridad de inteligencia y de costumbres, tanta elocuencia, tantos dones físicos, y tanta genialidad para la paz y para la guerra? ¿No se ve acaso que la Naturaleza y la suerte estuvieron mucho tiempo combinando y poniendo en práctica todos esos extraordinarios talentos, y que no obligaron a César a servirse de ellos contra su patria, pues lo que querían era dejarnos el modelo del hombre más grande del mundo y del más célebre usurpador? Ellas le hicieron nacer en una república dueña del universo, afirmada y sostenida por los más grandes hombres que ella jamás había producido; la misma suerte es la que elige entre ellos los más ilustres, los más fuertes y más temibles para hacerlos sus enemigos; lo reúne durante algún tiempo con los de mayor respeto para que lo ayuden en su engrandecimiento; y después los deslumbra y los ciega hasta el punto de aprobar una guerra que lo llevará a él hasta el poder absoluto. ¡Cuántos obstáculos lo ayudaron a vencer! ¡De cuántos peligros lo salvaron en mar y tierra, sin que nunca haya sido herido! ¡Con qué perseverancia sostuvo la suerte los fines de César y destruyó los de Pompeyo! ¡Con qué empeño dispuso del pueblo romano, tan poderoso, orgulloso y celoso de su libertad, para que aceptara someterse al poder de una sola persona! ¿No utilizó también las circunstancias de su muerte para hacerla concordar con las de su vida? Tantos augurios de los adivinos, tantos prodigios, tantos avisos de su mujer y sus amigos no pueden protegerlo, y la suerte

elige el día en que va a ser coronado en el Senado para que lo asesinen los mismos que él salvó y entre los que se encuentra un hombre al que él mismo le dio la vida.

Este acuerdo entre la Naturaleza y la suerte no se dio nunca con más relieve que en la persona de Catón, y parece que ambas se esforzaron en otorgar a un solo hombre no sólo las virtudes de la antigua Roma, sino también en enfrentarlas directamente a las virtudes de César, para así mostrar que con igual inteligencia y valor, el afán de gloria conduce a uno a ser usurpador, y al otro a ser un modelo del ciudadano perfecto. Mi intención no es hacer aquí el paralelo de estos dos grandes hombres después de todo lo que ya se ha escrito sobre ellos; solamente diré que por muy grandes e ilustres que nos parezcan, la Naturaleza y la suerte no hubieran podido mostrar todas sus cualidades en el momento conveniente para hacerlas brillar, si no se les hubiese ocurrido oponer a Catón y a César. Era necesario que nacieran al mismo tiempo, en la misma república, que fueran diferentes por sus costumbres y por sus capacidades, que resultaran enemigos por los intereses de la patria y por sus intereses domésticos; uno, grandioso en sus proyectos y con una ambición sin límites; el otro, austero y sometido a las leyes de Roma e idólatra de la libertad; los dos célebres por virtudes que los revelaban en sus mejores aspectos, y más célebres aún, si me atrevo a decirlo, por la oposición que la suerte y la Naturaleza interpusieron entre ellos. ¡Qué orden, qué consecuencia, qué economía de circunstancias en la vida y en la muerte de Catón! El mismo final de la república ha servido al cuadro que la suerte quiso dar de este gran hombre, al acabar con su vida la libertad de su patria.

Si dejamos los ejemplos de los siglos pasados para llegar a los del presente, se encontrará que la Naturaleza y la suerte han conservado la misma unión a que me he referido para enseñarnos modelos diferentes de dos hombres consumados en el arte del mando. Vemos disputar al señor de Condé y al señor de Turena por la gloria de las armas, y merecer, por un número infinito de acciones brillantes, la reputación que tienen. Parecen de valor y experiencia semejantes; infatigables de cuerpo y alma; actúan juntos y por separado, y alguna ve: incluso frente a frente; se les ve afortunados y desafortunados en diversas etapas de la guerra, logrando el triunfo por su conducta y valor, y siendo aún más grandes en la desgracia. Los dos salvan al Estado; los dos contribuyen a destruirlo, y emplean el mismo talento por caminos diferentes: el señor de Turena sigue sus planes con mayor orden y menor vivacidad, con un valor moderado y en proporción a lo que debe enfrentar; el señor de Condé, inimitable en el modo de ver y ejecutar las hazañas más grandiosas, llevado por la superioridad de su genio, que parece someter a los acontecimientos para que contribuyan a su gloria. La debilidad de los ejércitos a su mando en las últimas campañas, y el poderío de los enemigos que enfrentaban, han suministrado a ambos nuevas ocasiones para revelar sus virtudes y reparar con sus méritos todo lo que les faltaba para sostener la guerra. Incluso la muerte del señor de Turena, tan adecuada a una vida tan hermosa, acompañada de circunstancias singulares y acaecida en un importante momento, ¿no se presenta como un efecto del temor e incertidumbre de la suerte, que no se atrevía a decidir por su cuenta el destino de Francia y del Imperio? La misma suerte que retira del mando de los ejércitos al señor de Condé, con motivo de su mala salud y en un momento en que debería acabar con tantas cosas pendientes, ¿no es una demostración de su unión con la Naturaleza para mostrarnos a ese hombre en su vida privada, ejercitándose en virtudes domésticas y sostenido por su propia gloria? ¿Y acaso brilla menos en su retiro de la vida militar que en medio de sus victorias?

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