L amor es una imagen de nuestra vida; uno y otra están sujetos a las mismas alteraciones y a los mismos cambios. Durante la juventud, ambos se hallan colmados de felicidad y esperanza; se vive dichoso por ser joven y también porque se ama. Esta situación, tan agradable, nos lleva a desear otros bienes, y a esperar que éstos sean más concretos. Ya no basta con subsistir, se quiere progresar y se buscan los medios para avanzar en la vida y consolidar nuestra posición; tratamos de conseguir protección de los poderosos y servir a sus intereses, y no podemos aceptar que otros aspiren a lo que nosotros pretendemos. Este esfuerzo obliga a mil cuidados y a mil pesares que se olvidan cuando alcanzamos nuestras metas; entonces todas nuestras pasiones se encuentran satisfechas y no se piensa que algún día podamos dejar de ser felices.
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Sin embargo, es raro que esta felicidad sea de larga duración, pues no le es posible conservar el encanto de la novedad, y no por lograr lo que habíamos deseado dejamos de tener otros deseos. Nos acostumbramos a todo lo que es nuestro; nuestros bienes no conservan para nosotros su mismo valor, ya no disfrutamos de ellos de la misma manera y cambiamos de manera de ser sin darnos cuenta de los cambios. Lo que es nuestro se convierte en parte de nosotros mismos; mucho sentiríamos perderlo, pero ya no somos sensibles al placer de su conservación. Nuestra felicidad ya no es plena y la buscamos en lugares distintos a los que antes habíamos ideado. Esta inconstancia involuntaria es producto del tiempo, que interviene, a pesar nuestro, en el amor y en la vida. Insensiblemente, cada día elimina en nosotros cierto aire de juventud y alegría, destruyendo los verdaderos encantos del amor y la vida, y nos lleva a adoptar actitudes ceremoniosas y complicar sus expresiones espontáneas. El amor cuando llega a esta situación, ya no tiene valor por sí mismo y deben buscarse justificaciones ajenas a su naturaleza. En este momento el amor representa la madurez de la vida y se comienza a ver dónde concluirá. Pero se carece de la fuerza necesaria para terminarlo voluntariamente, y en este declinar del amor, como en la declinación de la vida, nadie prevé el hastío que aún queda por experimentar. Se vive aún para los males pero ya no para disfrutar de los placeres. Los celos, la desconfianza, el temor a aburrir, el miedo de ser abandonado, son sufrimientos que están vinculados a la vejez del amor, igual a las enfermedades que se encuentran en relación con una larga duración de la vida. Uno se siente vivo sólo porque se siente enfermo, de la misma manera que uno se siente enamorado cuando comienzan a sufrirse todas las desdichas del amor. Y no se libera uno del aburrimiento que producen las relaciones demasiado largas, sino con el despecho y el disgusto de verse siempre limitado. En fin, de todas las decadencias, la del amor es la más insoportable.
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De la sensibilidad
AY personas que poseen más inteligencia que sensibilidad, y otras que tienen más sensibilidad que inteligencia. Pero hay más variedad y capricho en la sensibilidad que en la inteligencia. La palabra sensibilidad tiene diversos significados y es fácil equivocarse. Existe una diferencia entre la sensibilidad que nos lleva hacia las cosas y la sensibilidad que nos hace conocer y discernir las cualidades de las cosas siguiendo sus reglas. Nos puede gustar la comedia, sin que tengamos la sensibilidad lo suficientemente fina y delicada para juzgarla bien, y se puede tener la sensibilidad conveniente para opinar sobre ellas sin que nos gusten. Hay sensibilidades que nos acercan a lo que tenemos ante nosotros sin que nos demos cuenta, y otras que nos hacen conmover por la fuerza o la duración de las cosas.E
Hay personas que tienen una sensibilidad equivocada en todo, y otras que la tienen equivocada sólo para ciertas cosas, pero que son justas y acertadas en lo que está dentro de sus posibilidades. Hay quienes tienen una sensibilidad muy particular que, a pesar de saberla errada, no dejan de aceptarla. También hay personas que tienen una sensibilidad insegura y ponen en manos del azar las decisiones, o actúan por ligereza o expresan alegría o tristeza de acuerdo a lo que los amigos digan. Pero hay otras que son esclavas decididas de su sensibilidad y respetan todo lo que ella les haga sentir. Algunos son sensibles a lo que es bueno y se mortifican ante lo que no lo es; sus apreciaciones son justas y precisas, explicando la razón de esto por su buen ánimo y su inteligencia.
Hay personas que poseen un tipo de instinto, que no pueden explicarse, pero que siempre toman sus decisiones de la forma más acertada. Éstos tienen más sensibilidad que inteligencia, pues su amor propio y su estado de ánimo no se imponen a sus intuiciones; para ellas todo es armonioso y posee idéntico cariz. Esta actitud los lleva a emitir juicios ingenuos sobre las cosas, pero teniendo una idea verdadera sobre lo que son. Sin embargo, hablando en términos generales, pocas personas poseen una sensibilidad estable e independiente de las opiniones de los demás, y la más de las veces actúan por costumbre, siguen modelos e imitan de otros lo que dicen sentir.
Entre todas estas sensibilidades diferentes que hemos enumerado, es muy raro, casi imposible, encontrar una que sepa valorar cada cosa y sea capaz de abarcarlas en su totalidad. Nuestros conocimientos son en exceso limitados, y la buena disposición de nuestras cualidades, que nos llevan a juzgar con acierto, por lo común sólo se manifiesta ante las cosas que no nos atañen de manera directa. Cuando se trata de nosotros, la sensibilidad no posee esa imparcialidad tan necesaria: las preocupaciones la alteran y lo que nos concierne adquiere diversos matices, pues nadie ve con los mismos ojos lo que le interesa y lo que ya no le importa. Nuestra sensibilidad se desliza por la pendiente del amor propio y del estado de ánimo, lo que nos da nuevos puntos de vista y nos obliga a enfrentar un número infinito de alteraciones e incertidumbres. Nuestra sensibilidad ya no es nuestra, no podemos disponer de ella, se altera sin que lo queramos y nos presenta cada cosa desde tantos y tan diversos ángulos que al final ya no tenemos seguridad ni de lo que hemos visto ni de lo que sentimos.