Sigue siendo hermosa, a pesar del dolor que le brilla en los ojos. Cuando habla, algo titila detrás del par de ojeras que premian su trasnocho y los caminos recorridos. El infierno parece haberse petrificado hace tres meses, desde su llegada a Albania. Ahora lo porta en un luto de camisa blanca y falda negra, la cual alisa con la palma de sus manos un par de veces antes de relatarme su éxodo desde Cuenca, en San Marcos, Sucre.
Ubicado en la región de La Mojana, que se extiende quinientas mil hectáreas fértiles en los departamentos de Antioquia, Bolívar, Córdoba y Sucre, el puñado de familias campesinas que habitaban el caserío llevaban una vida simple.
―Cuenca era un pueblo muy tranquilo, no sucedía nada. Todo normal. Nosotros vivíamos una finca primero que era del papá de mi esposo, cuando el murió vendieron la finca y cada quien cogió su rumbo.‖
Cuando lo dice se echa a llorar. Depronto es el dolor lo que vuelve diáfana su mirada, que no demora en apaciguarse observando sus pies y las sandalias empolvadas. Hablamos cubiertas del sol en un quiosco de palma, a pocos metros de la casa principal, la cual comparte junto a sus hijos y sus nietos. Tres gallinas husmean por el suelo árido mientras la dejo recuperar la calma. Su silencio es profundo y gracias a él puedo medir el dolor de su recuerdo. Suspira antes de continuar su relato.
―Mi esposo vivía de la pesca. Primero teníamos unos animalitos, los teníamos alquilados por ahí porque no teníamos tierras donde tenerlos. Teníamos quince reses. Nosotros pagábamos el pasto para que ellas se sostuvieran, y ellas mismas daban para pagar el pasto. Y él hacía cultivos agrícolas: arroz, maíz, pescaba. El tenía trasmallo, tenía chinchorro.‖
Al rato se escucha la voz de un niño. De la casa principal sale corriendo Jaider, su hijo de ocho años. Su única prenda de vestir son unos calzoncillos con desteñidos balones de futbol. Al percatarse de mi presencia se detiene abruptamente. Luego de examinarme sonríe. Una voz femenina lo llama desde dentro de la casa. Cuando miro a la puerta veo a su hija Yarley, una jovencita de quince años quien me saluda levantando la mano. Su cabello es largo y liso. En los ojos conserva la profundidad que veo en los de Ena. Jaider vuelve corriendo y ambos se pierden detrás de la puerta de caña que se cierra. Ena, me corresponde con una sonrisa tímida. Cuando veo su rostro trato de descifrar la noche terrible en la que decidieron abandonar Cuenca.
Días antes de conocer a Ena había una conversación telefónica con Félix Ruíz Jaraba, Personero del municipio de San Marcos. ―Le confieso que no voy a Cuenca hace más de dos años. No hay
garantías de seguridad ni para los moradores ni para los funcionarios del Estado. Pero me he enterado de los desplazamientos de algunas personas hacia otras ciudades. La verdad es que en el pueblo se vienen perpetrando asesinatos selectivos, reclutamiento forzó e intimidaciones de parte de los grupos armados desde hace más de diez años. Sin embargo, la situación empeoró después del 2005‖.
El departamento de Sucre, afirma la Comisión Nacional de Reparación y reconciliación, ha sido considerado una zona estratégica por los grupos armados irregulares a causa de los corredores naturales, zonas de retaguardia y de avanzada, con las cuales cuenta el departamento. Su geografía es propicia para el tráfico de estupefacientes, aprovechando el relieve y las numerosas corrientes fluviales que potencian la comercialización de narcóticos.
―Todos sabíamos que algo raro andaba pasando, desde que llegaron unos hombres raros por allá. Esos personajes se veían todos los días. Entraban como si nada. Uno los reconocía porque andaban armados, aunque andaban de civil. Ellos reunieron al pueblo varias veces, pero nosotros nunca asistimos a esas reuniones. Escribían con pintura negra EPL por todas las paredes. Cuentan que…yo he sabido ahora últimamente que a mi esposo lo mataron porque él no quiso obedecerles a ellos. Eso me lo cuenta un muchacho que me dijo a mí… y a ese muchacho también lo mataron. El se había enterado que había sido porque él no les había obedecido a ellos.‖
El Ejército Popular de Liberación irrumpió con vigor a finales de 1967 en el departamento de Córdoba, bajo el mando del comandante Francisco Caraballo. Auto denominados un brazo armado del Partido Comunista de Colombia, esta guerrilla militó principalmente en los departamentos Antioquia, Córdoba, Sucre y en la región del Magdalena Medio. Considerada la tercera guerrilla más significativa después de las Fuerzas Amadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), el EPL alcanzó a tener un poco más de 1,500 hombres en 1990 cuando comenzó a negociar su desmovilización con el Gobierno de Cesar Gaviria.
Debilitados por emboscadas de parte del ejército y el surgimiento de grupos paramilitares y autodefensas, algunos frentes entregaron las armas y otros se rindieron ante el gobierno. El frente Pedro León Arboleda que ejercía su influencia sobre el sur de Córdoba y Sucre terminó adhiriéndose a las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU), grupo enemigo al mando del paramilitar sanguinario Carlos Castaño Gil.
―En el año 2005 se desmovilizaron en el mes de julio los hombres del Frente Héroes de los Montes de María. Los que no se desmovilizaron de verdad ahora rondan por acá con el nombre de las ‗Águilas Negras‘‖, me había relatado Ruíz Jaraba.
La maraña de recuerdos empieza a ser fluida cuando que Ena se pierda en su monólogo. Con sus palabras imagino los días soleados de Cuenca, interrumpidos en la cotidianidad por la presencia de unos forasteros que llegaban para colocar reglas. Después de nueve de la noche había toque de queda. Los amigos de los enemigos fueron asesinados y la indiferencia parecía ser la condición impuesta para permanecer en el territorio.
La indiferencia es un sentimiento o postura hacia algo o alguien, que no es ni positivo ni negativo… intermedio entre el desprecio y el aprecio. Nadie puede ser indiferente cuando, en un día cualquiera, se puede uno convertir en la carne de cañón.
A Ezequiel, el esposo de Ena, lo fueron a buscar una mañana. Todos en la casa lo observaron hablar con cuatro hombres que llegaron en una camioneta. Nadie supo a ciencia cierta de qué discutían. Ezequiel volvió sin decir palabras y tomó el trasmallo para irse a pescar junto a su hijo Jason, de veinticinco años y quien ahora es desempleado en el municipio de Albania.
―El 11 de junio, estaba la noche muy oscura…cuando llegaron y lo mataron. No sé por qué. Ellos se estaban demorando en llegar y cuando llegaron ya estaba todo metido así en la negrura. Una si sabe que pasa algo, que algo hiede mal. Sobre todo porque llegaron como callados. Se cambiaron y se metieron a dormir enseguida. No paso mucho rato. Una hora o algo así. Yo me había acostado pero no estaba dormida. A esa hora que te digo llegaron de nuevo los hombres pitando desde el carro. También empezaron a tocar la puerta. Yo sabía que él no estaba dormido. Él no estaba roncando y por eso es que yo supe que algo malo estaba pasando. Porque tampoco se levantó de la cama sino que fue Yarley la que se paró. Ella siempre ha sido guapa, y no se deja. Ella salió a ver qué fue lo que pasaba y esos hombres entraron a la fuerza, porque se escuchó como un trancazo y luego los gritos de la niña. Eso fue horrible. Esos hombres son malos y nada más quieren aprovecharse de una. Nada más eso. Los hombres se metieron en el cuarto cuando ya Ezequiel iba a salir porque la niña no paraba de gritar… yo me acuerdo que nos miramos temblando. Eso nos pegaron y nos hicieron cosas horribles a mí y a la niña. A él lo mataron… yo creo, que porque era el hombre de la casa y no podía dejar que eso estuviera pasando… yo me acuerdo que el lloraba les decía que nos dejaran tranquilas… ese hombre sufrió mucho.‖
Las palabras se le terminan en un suspiro cortado por el llanto con el que luchó largamente mientras hablaba. El calor parece haber aumentado a nuestro alrededor. Yarley aparece nuevamente en la puerta avisar que es la hora de la comida. Entramos a la casa principal, en donde me recibió un ambiente sombrío, de paredes hechas con barro seco y cañas. Un calendario con la imagen de la virgen colgaba al lado de un machete, frente a la pared en donde estaba la mesa donde comimos. Nos sentamos en silencio, dejando que el dolor se desvaneciera para poder retomar la entrevista. Jaider estaba acostado en un chinchorro. Me examino mientras comía el pan mojado en Coca-Cola que me brindaron. Ena pudo recuperarse después de comer. Sus ojos claros se clavaron fijamente en mí, atribuyéndome quizás la mirada tierna y resignada que uno ofrece a quien lo ha visto llorar.
De acuerdo con la ―Encuesta de Demografía y Salud a Población Vulnerable que hizo Profamilia por solicitud del Ministerio de Protección Social‖, es posible afirmar que el 64% de las mujeres desplazadas estuvieron expuestas antes de este evento a algún tipo de intimidación por parte de grupos armados ilegales. Pienso que no puede haber nada más intimidante y pavoroso que presenciar la muerte del hombre que más se ha amado.
―Mi pensar no era de irme del pueblo. Nunca pensé en salir de allá. Pero si antes del novenario recibía llamadas, llamadas…me decían…salga del pueblo con sus hijos o aténgase a las consecuencias. Me decían no más. Me llamaban al teléfono y ese teléfono lo boté…lo tiré a la ciénaga.‖
Cinco días después del asesinato, Ena y Yarley presentaron una doble declaración ante la Personería Municipal en San Marcos. Pero la agilidad de nuestros procesos legales no fue suficiente para dejar escuchar el reclamo de las dos mujeres que señalaban la muerte de Ezequiel y por violencia sexual sufrida. Entre papeleos para exámenes médicos y las llamadas insistentes el tiempo se le agotó a ella y a su familia. Culpo a la negligencia de quien no la escuchó contar los abusos que había sufrido de que no sea capaz de de volverlos a contar.
Una mañana tomaron las pocas cosas con las que guardaban un lazo sentimental, dos mudas de ropa y emprendieron camino a Riohacha, en donde Joaquín, un hermano de Ena que vende aguacates en un puesto de Albania, los acogió. Nadir, otro hermano de Ena que quedaba en Cuenca, se comprometió a vender las pertenencias de la familia.
De un día para otro a Ena le había tocado el turno de llevar las riendas del destino de su familia. Asumiría el rol de jefatura femenina en su hogar, y se vio obligada a reconstruir su proyecto de vida en condiciones precarias, adversas y desconocidas.
―Estos días por acá fueron complicados, porque la casa de mi hermano es pequeña y el también tiene mujer y hijos y todo eso. Dormíamos arrejuntados así como podíamos… no había de otra… ya después… con el tiempo y la ayuda de Dios nuestro señor que entró a mi vida para iluminarme el camino fue que me salió el puestecito en una casa de familia, allá trabajo como empleada domestica. Actualmente soy doméstica. Antes me dedicaba a lo de la casa y a los niños. Siembre había arroz y pescado en mi casa.‖
Le entregué el pocillo en donde me habían servido la gaseosa. Supo que la entrevista había terminado porque después de un largo silencio preferí hablar de Jaider, quien jugaba en el chinchorro con un cachorro esquelético y de barriga inflada por los parásitos. Dijo que su perro se llamaba Caicer, y que cuando creciera no iba a dejar que nadie raro entrara a la casa. Le sonreí al sentirme frente a un niño ya capaz de discernir entre la maldad y la inocencia.
Cuando Ena empezó a contar su historia me pareció que todas las cosas empezaban a callar. A guardar un silencio discreto como su luto. Ese silencio permanece mientras me acompaña a la puerta para despedirme. El brillo de sus ojos es claro ahora. Se llama soledad y lo alimenta día a día, mientras viaja y vuelve a Albania después del trabajo. Yo soy una más de las que se acercan para ver el dolor y luego desaparecen.
Desde la puerta del rancho mire una vez más hacia la casa principal, en donde Ena aun levantaba su mano para despedirse. Detrás de ella apareció Jaider, disparándome con una pistola imaginaria que formaba con sus dedos. Contesté tomando una de las flores que crecieron a un costado de la empalizada y la lancé hacia adentro del rancho. Espero que algún día entienda mi respuesta.
3.4 Para tenerlo bien cerquita