2. Política comercial y desarrollo
2.1. Un debate clásico pero muy actual
El estudio de la relación entre política comercial y progreso económico está presente desde los primeros pasos de la economía política. La opción por el libre comercio se asienta con Adam Smith (1776), que considera que la apertura al comercio internacional contribuye al progreso económico. Porque la ampliación del mercado da lugar a una mayor división del trabajo, lo que aumenta la producción, y porque permite dar salida a los excedentes de bienes o capital, manteniendo la actividad económica. Por ello, frente al mercantilismo reinante, recomienda la especialización productiva en función de los costes absolutos: es mejor comprar fuera lo que resulte más barato que producirlo en casa.
Sin embargo, descontextualizando su análisis, los manuales de teoría del comercio internacional suelen reducir la aportación de Smith al principio de especialización según la ventaja absoluta. Además estiman que es insuficiente para explicar los beneficios del comercio internacional, remitiendo a la ventaja
comparativa, principio de especialización propuesto por David Ricardo (1817),
que también suele presentarse fuera de su contexto original. En todo caso, el análisis de Ricardo refuerza la opción por el libre comercio. Y se considera superior al de Smith porque demuestra que el comercio internacional es beneficioso para todos los países que participan en él, ya que siempre hay algún sector en el cada economía tiene ventaja relativa, aunque no tenga ventaja absoluta en ninguno.
Ahora bien, con demasiada frecuencia se ignora, o al menos se omite, que desde sus inicios los beneficios del libre comercio fueron contestados con contundencia por autores como Alexander Hamilton (1791) y Friedrich List (1841). Y que, no por casualidad, los analizaban desde fuera del Reino Unido, desde el punto de vista de las economías que hoy conocemos como las
llegadas en segundo lugar a la industrialización.
Así, en su Informe sobre las Manufacturas30, Hamilton sostiene la necesidad de
que el gobierno de Estados Unidos impulse la industria manufacturera para lograr la independencia de la economía nacional. Y propone utilizar subsidios y aranceles de aduanas, detallando qué sectores tienen que ser subvencionados, qué manufacturas deben gozar de mayor protección y cuáles son las materias primas que hay que importar libres de cargas para favorecer la industrialización. Conviene tener presente que estas ideas fueron asumidas por la influyente Escuela Americana de pensamiento económico, que contrapone el
sistema americano –proteccionista– al sistema británico –favorable al libre
comercio–, entre cuyos seguidores destacan varios presidentes de Estados Unidos, como John Quincy Adams y Abraham Lincoln. Y que ha sido el ideario dominante en los gobiernos estadounidenses desde el triunfo en 1865 del Norte industrialista frente al Sur primario exportador en la Guerra de Secesión hasta mediados del siglo XX.
Por su parte, List (1841: 412-413) extrae de la historia la enseñanza de que Inglaterra es rica y poderosa porque exporta manufacturas e importa materias primas, y que ha logrado esa supremacía manufacturera y mercantil utilizando todo tipo de medidas proteccionistas y restricciones a la navegación e imponiendo el patrón comercial inverso a sus colonias. Por eso considera que el libre comercio promovido por la Escuela –encarnada por Smith y Say– pretende “encubrir la verdadera política de Inglaterra (…) con objeto de evitar
que las naciones extranjeras imiten esa política. Es una regla general de
prudencia que una vez llegados a la cumbre de la grandeza, se arroje tras de sí la escala que nos ha servido para trepar, a fin de que otros queden privados de la posibilidad de alcanzarnos”.
30 Aunque conocido como Report on Manufactures, su nombre original era Report on the
Subject of Manufactures y fue presentado al Congreso en diciembre de 1791 por Hamilton, primer Secretario del Tesoro de los Estados Unidos (Irwin, 2004).
Así que una vez industrializada, pero no antes, Inglaterra se ha dedicado a “predicar a otras naciones las ventajas de la libertad comercial” (List, 1841: 414), a la que califica como un “nuevo caballo de Troya” para destruir la incipiente industria de otros países31. De hecho, para List la política comercial
adecuada depende de la etapa del desarrollo que atraviesa cada país: las economías atrasadas deben proteger su industria naciente, porque si no lo hacen no llegarán nunca a industrializarse e Inglaterra será la única potencia industrial; pero cuando ya sean capaces de competir entre iguales, podrán adherirse al libre comercio. Por tanto, para List, la protección es imprescindible pero temporal, hasta alcanzar la madurez. Y, como subraya Shafaeddin (2000: 13-14) en contra de ciertas interpretaciones erróneas, la protección que propone List es selectiva, no para todos las ramas de la industria.
Ahora bien, ese argumento solo es válido para “los países de la zona templada
[que] están singularmente dotados para el desarrollo de las energías manufactureras”, porque los “países de las zonas cálidas están (…) muy poco favorecidos en orden a las manufacturas” y deben dedicarse a exportar materias primas a los de la zona templada. Y aunque así quedan “en situación de dependencia con respecto a los de la zona templada”, esta dependencia se diluye “cuando en la zona templada existen varias naciones con un desarrollo semejante”, en vez de una sola potencia económica (List, 1841: 101-102). De esta manera, este precursor de la Escuela histórica alemana, que extrajo muchas lecciones de su exilio en Estados Unidos, donde conectó con los principales representantes de la Escuela americana, prefigura la división internacional del trabajo clásica32 (Anson-Meyer, 1982).
El predominio casi absoluto de la economía neoclásica ha condenado durante décadas al ostracismo al temprano debate sobre el libre comercio que se acaba de resumir, al tiempo que ignoraba las teorías heterodoxas del comercio internacional –imperialismo, dependencia o cambio técnico–, que han seguido un camino paralelo al de la economía convencional sin apenas cruzarse con
31 Aunque solo cita a Ricardo, maximo defensor de la abolición de la ley de granos, una vez y en otro contexto, List (1841: 415) se muestra temeroso del tremendo efecto que para la industrialización de Alemania, otros países europeos y Estados Unidos tendría la eliminación del proteccionismo agrícola en Inglaterra. Y ello porque en estos países hubiera prevalecido el interés a corto plazo de exportar más alimentos y otras materias primas a Inglaterra frente a las ventajas a largo plazo de fomentar su manufactura. Por eso List considera que Inglaterra lleva un cuarto de siglo sin adoptar la política comercial adecuada para reforzar su supremacía industrial, lo que beneficia a sus competidores. Como se sabe, la ley de granos fue finalmente revocada en 1846, el mismo año en que List puso fin a su vida (Anson-Meyer, 1982: 29-30). 32 Ricardo (1817: 138-139) también había descrito una división internacional del trabajo similar, aunque como fruto natural del libre comercio, que “está admirablemente relacionado con el bien universal del mundo” y “determina que el vino se produzca en Francia y Portugal, que el trigo se cultive en América y en Polonia y que la ferretería y otros artículos se manufacturen en Inglaterra”. Conviene subrayar que esa armonía universal –todos ganan– en el comercio entre naciones contrasta con su análisis a nivel nacional, donde reconoce la oposicón de intereses entre tres clases sociales: terratenientes, capitalistas y trabajadores. En cambio, el análisis de List de la dicvisión internacional del trabajo parte de los intereses contrapuestos de los países, a los que añade un sospechoso determinismo climático. Pero en ambos casos lo que subyace es su diferente punto de vista: la defensa del interés de Inglaterra, primera potencia industrial, o el de Alemania, aspirante a la industrialización.
ella. Pero a comienzos de este siglo, en un ambiente de asfixiante triunfo neoliberal a menudo encarnado en el llamado Consenso de Washington, Ha- Joon Chang (2004) ha reanimado el debate sobre el presunto beneficio universal del libre comercio con un explícito reconocimiento a List, al titular su obra de referencia Retirar la escalera. Del autor cabe decir que no por casualidad proviene de Corea del Sur, país al que podría clasificarse, junto a Japón y otros dragones asiáticos, como uno de los llegados en tercer lugar a la industrialización.
Para el Consenso de Washington hay una línea de continuidad que va desde el análisis clásico de Ricardo de la especialización según la ventaja comparativa al modelo neoclásico de Heckscher-Ohlin, que es la que explica lo que ha ocurrido durante los dos últimos siglos y justifica la armonía de intereses entre las economías que participan en un comercio internacional libre de trabas, ya que para todas ellas esa es la mejor opción. Y para mostrar lo acertado de esa teoría hace una reconstrucción muy peculiar de la historia del capitalismo industrial, en la que distingue las oleadas de globalización, caracterizadas por la creciente integración de la economía mundial, del nefasto episodio
desglobalizador que se produce entre 1914 y 1945.
En efecto, el Banco Mundial (2002: 1-34) sostiene que la actual es la tercera oleada de globalización económica, yendo la primera ola desde 1870 hasta 1913 y la segunda de 1950 a 1980. En cambio, el periodo 1913-1950 supondría un retroceso en la globalización. Otras versiones solo distinguen dos episodios de globalización: la primera era (1820-1913), que precede a la desglobalizacion de ambas guerras mundiales y el periodo de entreguerras, y el periodo que se abre después de la II Guerra Mundial y dura hasta la actualidad (Lindert y Williamson, 2003; OMC, 2013: 46-55). En todo caso, cualquiera de esas interpretaciones se utiliza para asociar periodos de globalización, entendidos como aquellos de mayor liberalización e integración económica, con más crecimiento; mientras que el escaso crecimiento del periodo de desglobalización o desintegración económica se atribuye al proteccionismo reinante.
Esa reconstrucción de la historia también se usa para mantener que durante las oleadas globalizadoras ha habido convergencia entre las economías que participaban en cada una de ellas, en el sentido de reducción de la desigualdad en la renta per cápita, mientras que la desglobalización lleva a la divergencia. Así, para el Banco Mundial (2002) en la primera ola de globalización esto se tradujo en al acercamiento entre los niveles de vida de Estados Unidos y Canadá respecto a Europa Occidental, ya que su alcance se restringía a ambos lados del Atlántico Norte. En la segunda oleada, la convergencia se dio entre las economías del Norte tripolar posterior a la II Guerra Mundial, al disminuir Europa Occidental y Japón la distancia que les separaba de Norteamérica. Por su parte, la novedad de la tercera ola es que bastantes países del Sur, los globalizadores que liberalizan sus economías, están convergiendo hacia la renta por habitante del Norte, mientras que los menos
globalizadores, que no se han integrado plenamente en la economía mundial,
Porque la convergencia entre quienes se van sumando a la globalización es compatible con la tendencia al aumento de la desigualdad a nivel mundial que caracteriza los doscientos años de capitalismo industrial. No obstante, Lindert y Williamson (2003: 228-232) subrayan que la gran divergencia entre países ricos y pobres ya venía produciéndose durante la era preindustrial, al menos desde dos siglos antes de 1820, por lo que la globalización no es el origen de esa desigualdad. Antes bien, mitiga su crecimiento aunque no lo anula, del mismo modo que sigue habiendo desigualdad dentro de los grandes mercados nacionales. Y el Banco Mundial (2002: 33-34) considera que la tercera oleada de globalización ha conseguido detener e incluso revertir esa tendencia a la desigualdad a partir de 1980.
Esta interpretación sirve para justificar las bondades de la globalización frente a quienes se oponen a ella33. Pretende probar a quienes ahora sufren sus
consecuencias que la historia muestra que todas las economías globalizadas salen ganando, acortándose además las diferencias entre ellas. Pero se enfrenta a serias críticas.
En primer lugar, una cuestión conceptual. Renombrar a periodos históricos que ya tenían asignado un nombre bien conocido –era del imperialismo, expansión
de la posguerra– utilizando siempre el mismo término –globalización– le hace
perder su sentido. Porque cuando se empezó a hablar de globalización de la economía a mediados de los años 1980 en medios empresariales anglosajones era para designar un fenómeno nuevo, algo que venía ocurriendo desde unos cuantos años antes y que en todo caso remite al nivel mundial34. Sin embargo,
en esta peculiar reinterpretación de la historia, en la primera y la segunda oleadas de globalización sólo participan las economías más avanzadas: Norteamérica, Europa Occidental y, después de la II Guerra Mundial, también Japón. Y el resto del mundo queda excluido de ese proceso hasta la tercera oleada, en la que se integran algunas economías del Sur, las globalizadoras, pero no todas, ya que las menos globalizadoras todavía permanecen al margen.
Además, la globalización no es una mera aceleración de la internacionalización de la economía, o por lo menos no es sólo eso. La creciente internacionalización caracteriza al desarrollo capitalista desde sus orígenes. Por eso, para distinguir este momento histórico de los precedentes, para referirse a una realidad cualitativamente diferente, interesa utilizar un término nuevo: la globalización o mundialización de la economía, que empezó en algún momento de los años 1970, aunque es habitual fecharla en 1973 por el
33 Por ejemplo, desde el Banco Mundial, Dollar y Kraay (2002) empiezan su artículo así: “Una de las principales reclamaciones del movimiento antiglobalización es que la globalización está ampliando la brecha entre los ricos y los pobres (…) El problema con esa nueva sabiduría convencional es que la mejor evidencia disponible muestra que lo cierto es justo lo contrario”. 34 De hecho, globalización no deja de significar lo mismo que mundialización, que remite a
mundializar: “hacer que algo alcance una dimensión mundial”. Igual que ocurre con
globalización: "proceso por el que las economías y mercados, con el desarrollo de las tecnologías de la comunicación, adquieren una dimensión mundial, de modo que dependen cada vez más de los mercados externos y menos de la acción reguladora de los gobiernos" (Real Academia Española, avance de la 23.ª edición, 2014: www.rae.es).
estallido de la crisis del petróleo. Y si se califica como globalización neoliberal
la referencia se sitúa en 1980, por la adopción de esa ideología por los gobiernos del Reino Unido y Estados Unidos, que enseguida se extendió al resto del Norte económico.
Gráfico 3
Evolución del PIB por habitante, 1820-2012
(porcentajes del promedio mundial y tasas anuales de crecimiento)
Fuente: elaboración propia con datos de Piketty (2013)
En segundo lugar, parte de los hechos estilizados que se presentan no son ciertos. Por un lado, las tasas de crecimiento de la economía mundial en las distintas fases no se comportan como se pretende. Si solo se diferencian dos periodos de globalización –el que va de 1820 a 1913 y la reglobalización de 1950 en adelante–, resulta que el incremento del PIB mundial muestra la misma tasa de crecimiento anual durante la primera era de globalización que en el denostado periodo de desglobalización 1914-1950 (0,9%)35, y solo
aumenta con la segunda era de globalización que comienza tras la II Guerra Mundial. Si en cambio se distinguen tres oleadas de globalización –reduciendo el primer episodio de globalización al periodo 1870-1913 y dividiendo el periodo posterior a 1950 en dos–, sí se observa una tasa anual de crecimiento del PIB
35 Y eso porque en esta fase se incluyen las dos guerras mundiales. Si como parece razonable se excluyeran del recuento, la tasa de crecimiento durante el periodo de entreguerras (1919- 39) sería mayor que la del largo siglo XIX. En efecto, en los países para los que Angus Maddison proporciona datos –las economías del Norte más los principales países latinoamericanos y asiáticos, salvo China, que en esa época representaban el 71% del PIB mundial y el 49% de la población–, la tasa anual de crecimiento fue del 1,3% entreguerras frente al 1,1% entre 1820 y 1913 (calculadas sobre las series originales de Maddison, disponibles en: www.ggdc.net/maddison/oriindex.htm).
mundial durante la desglobalización menor a la anterior y una gran remontada tras la II Guerra Mundial. Pero también queda claro que la actual fase de globalización conlleva una notable ralentización del crecimiento económico respecto a la precedente (gráfico 3).
Por otro lado, están la evolución de la desigualdad y la asociación del juego convergencia/divergencia al de globalización/desglobalización. Cuando se toma como referencia el mundo en su conjunto, las diferencias entre los PIB por habitante de los países muestran una clara tendencia creciente durante los últimos doscientos años, en los que el índice de Gini se ha multiplicado aproximadamente por 2,5. Esta trayectoria ascendente solo se ha revertido en dos ocasiones. Durante el periodo de entreguerras, cuando desciende ligeramente, aunque enseguida remonta bruscamente debido a la II Guerra Mundial. Y a comienzos del siglo XXI, cuando tras marcar un máximo en 2000 retrocede hasta el nivel de 1980 (Milanovic, 2006: 180-183; 2012: 5-6). Estos hechos son en general asumidos por quienes defienden la interpretación de la globalización del Consenso de Washington ya que solo postulan la convergencia –o divergencia– entre los globalizadores –o desglobalizadores– de cada fase. Sin embargo, ésta no siempre se produce.
En efecto, Milanovic (2003a y 2003b) ha demostrado que la pretendida convergencia entre las economías de ambos lados del Atlántico Norte durante la primera oleada de globalización no existe si el periodo de referencia es todo el largo siglo XIX (1820-1913); antes bien, hay una clara divergencia. Ahora bien, considerando solo los años 1870-1913 sí hay una cierta convergencia. Por tanto, en este caso el resultado depende de las fechas elegidas para delimitar el primer episodio de globalización, lo que plantea serias dudas sobre su positiva asociación con la convergencia entre las rentas per cápita de los países que participan en él.
Por su parte, la divergencia durante el periodo de desglobalización (1914-1945) se debe únicamente al efecto de las guerras. Particularmente a la II Guerra Mundial, durante la que la renta per cápita de los países europeos cae en picado, mientras que la de Estados Unidos y Canadá evidencia un vertiginoso ascenso. Porque durante el periodo de entreguerras (1919-1939) hay una fuerte convergencia, la más rápida hasta entonces: el índice de Gini aplicado a los PIB por habitante de las economías del Atlántico Norte pasa de 20 en 1918 a 11 en 1939, el menor desde 1870. Y hay que esperar hasta 1973 para que se vuelva a alcanzar esa cifra tras el máximo marcado al final de la II Guerra Mundial (Milanovic, 2003b: 14-20). Por tanto, las políticas anti-globalizadoras de entreguerras que llevaron a la desintegración de la economía internacional no solo no provocaron divergencia, sino que convivieron con el episodio más agudo de convergencia de rentas entre los países que las impulsaron.
En resumen, la historia no muestra una relación entre periodos de globalización y convergencia entre los niveles de vida de las economías que participan en ellos, y viceversa, como pretende su interesada reconstrucción realizada desde el Consenso de Washington. En cambio, como se ve en el gráfico 3, los datos más recientes y fiables apuntan a que durante la fase actual de globalización sí
hay convergencia (Piketty, 2013; Milanovic, 2012), aunque quedan algunas cuestiones pendientes de precisar.
Así, mientras la convergencia entre las economías del Norte durante el periodo de expansión de la posguerra (1950-1980) resulta indiscutible, la tercera oleada de globalización plantea el problema de precisar cuáles son las economías
globalizadoras cuya convergencia o divergencia hay que contrastar. Lindert y
Williamson (2003: 250-253) parten de que la globalización favorece a todos los