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La reconsideración de la relación entre política comercial y desarrollo a la luz de las concepciones alternativas de desarrollo

2. Política comercial y desarrollo

2.2. La reconsideración de la relación entre política comercial y desarrollo a la luz de las concepciones alternativas de desarrollo

En el debate recién descrito, tanto quienes defienden el beneficio universal de la liberalización comercial como quienes sostienen la necesidad de proteger la industria naciente, lo hacen equiparando desarrollo con crecimiento económico y asimilándolo a recorrer el camino antes transitado por los países actualmente avanzados, que comienza por la industrialización. Pero esta rostowiana

aspiración a lo que Eduardo Galeano ha llamado ser como ellos no resulta ni deseable ni posible si se mira desde el punto de vista de las concepciones alternativas del desarrollo (Sutcliffe, 1995). Por eso, al debate sobre cómo alcanzar el desarrollo hay que añadir otro, que lo condiciona totalmente, sobre qué debe entenderse por desarrollo.

Desde la economía crítica han surgido durante las últimas décadas diversos conceptos alternativos de desarrollo que, con una perspectiva ética, exigen reconsiderar tanto el camino por el que avanzar como y sobre todo el destino a perseguir. Porque construir una alternativa supone introducir explícitamente la dimensión normativa para diseñar un futuro posible y deseable, cuyo referente sea la justicia. Y se trata de lograr el bienestar de todos los seres humanos, mujeres y hombres, en el sentido de que puedan satisfacer los objetivos que se marcan para su vida y los que la sociedad considera para el conjunto. A efecto analíticos, esas propuestas alternativas al paradigma dominante pueden agruparse en cuatro grandes referencias, que no son excluyentes aunque no resulte tarea fácil hacerlas plenamente compatibles (Dubois, 2014: 14-17). En primer lugar, la crítica ecológica suministra varios conceptos entrelazados que acotan los objetivos que son realmente posibles. El desarrollo sostenible

es la principal referencia en este campo, y también las más usada y abusada, por lo que es objeto de continua controversia. Sin embargo, como subraya Roberto Bermejo (2011: 86-103), la versión original del Informe Brundtland41 es

mucho más precisa que la conocida fórmula genérica de que “es el desarrollo que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”. Entre otras cosas deja claro que la sostenibilidad solo se refiere a la dimensión ecológica, en contra de su interesada manipulación por organismos internacionales como la Unión Europea o el Banco Mundial en la

teoría de la triple sostenibilidad –económica, social y ambiental–, que introduce

una gran confusión terminológica a fin de desligar la sostenibilidad del entorno biofísico y eliminar su carácter transformador. Porque, mucho más allá de la

economía verde que se propone desde las organizaciones internacionales y el

mundo empresarial, se trata de llevar a cabo un auténtico cambio de paradigma, hasta alcanzar la sostenibilidad mediante la biomímesis o imitación de la naturaleza (Riechmann, 2006).

41 Publicado en 1987 por la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo de Naciones Unidas y titulado Nuestro Futuro Común, se conoce así por su presidenta, Gro Harlem Brundtland.

No obstante, considerando que no se puede separar la noción de desarrollo del productivismo, en los últimos años ha ganado adeptos el decrecimiento

(Unceta, 2013: 206-212). Este término fue inicialmente planteado como un eslogan para combatir la idea de crecimiento agrupando a diversos sectores sociales42 y popularizado por autores como Latouche (2009). Luego ha sido

retomado por una parte de la economía ecológica componiendo el concepto de

decrecimiento sostenible, entendido como un proceso de transición

democrática y equitativa hacia una economía de menor escala física, medida en términos de flujos de materiales y energía (Martínez Alier, 2009).

En segundo lugar, la crítica al dominio de las concepciones occidentales de desarrollo, a la modernización y el maldesarrollo al que ha dado lugar, ha desembocado en diversas expresiones del postdesarrollo, entre las que puede incluirse el ya mencionado decrecimiento (Unceta, 2009). Últimamente ha alcanzado especial difusión la visión de los pueblos andinos del Vivir Bien o

Buen Vivir, que, más allá de la recuperación de un modo vida ancestral en

armonía con la naturaleza, es una propuesta abierta que puede evolucionar en relación con otras alternativas, especialmente con la ecológica, aunque la compatibilidad sea problemática (Acosta, 2010; Unceta, 2013). Pero también han surgido propuestas desde otras partes del mundo, como la realizada desde la India por Vandana Shiva (2006) como alternativa ecofeminista al vigente sistema capitalista patriarcal basado en la globalización empresarial y militar.

En tercer lugar, la economía feminista aporta nuevas categorías para preparar un marco alternativo al paradigma dominante sobre el desarrollo, destacando entre ellas la de género por su potencial de cambio43. Así, partiendo de la denuncia de que las estrategias convencionales de crecimiento benefician principalmente a los varones44, plantea el enfoque Género y Desarrollo, que

cuestiona las construcciones sociales del género y analiza las relaciones entre mujeres y hombres en las esferas económica, social y reproductiva. Dado el poder que ejercen los hombres en ellas, propone el empoderamiento de las mujeres a través sus propias organizaciones y la transversalidad de género en las políticas para transformar las instituciones que perpetúan la dominación masculina y mejorar su posición. Además, la estrategia de empoderamiento impulsada por movimientos feministas del Sur, entendida como capacidad de ser y de expresarse, conecta muy bien con el enfoque de las capacidades, específicamente con el concepto de agencia. Y, de manera más general, el

desarrollo humano tiene puntos en común con la apuesta feminista por la

42 En este sentido, ser un término negativo desvirtúa su utilidad, por lo que Naredo (2011) propone cambiarlo por mejor con menos.

43 El concepto de género se emplea para referirse a la construcción social de las diferencias sexuales entre hombres y mujeres. De ahí deriva su potencial de cambio, ya que entender las relaciones de género como socialmente construidas, en vez de como bilógicamente determinadas, supone la posibilidad de transformarlas.

44 La investigación pionera de Ester Boserup (1970) muestra que las políticas de desarrollo excluyen a las mujeres, dando lugar a otros estudios sobre Mujeres en el Desarrollo, que centran su atención en la exclusión de las mujeres del mercado de trabajo formal. Este enfoque no cuestiona el paradigma dominante sobre el desarrollo, limitándose a intentar incorporar a las mujeres en las estrategias que derivan de él.

sostenibilidad de la vida y por poner a las personas y no a las mercancías en el centro del análisis (Zabala, 2010; Larrañaga y Jubeto, 2011).

En cuarto lugar, el concepto de desarrollo humano se da a conocer en los informes anuales del PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo) de la mano de Mahbub ul Haq (1995) con la expresa pretensión de configurarse como alternativa al paradigma dominante. Su fundamento teórico se encuentra en el enfoque de las capacidades, impulsado por Amartya Sen pero ampliado con otras aportaciones, que no solo evalúan la vida de las personas, sino que también permiten evaluar y diseñar políticas e instituciones sociales, así como, bajo ciertas condiciones, abordar la desigualdad de género. Entre esas aportaciones cabe destacar la de Martha Nussbaum (2002 y 2012), que incluye una lista de capacidades funcionales humanas centrales, con la idea de desarrollar un feminismo universalista. Y también ha evolucionado su definición por parte el PNUD (2010b: 24):

“El  desarrollo  humano  es  la  expansión  de  las  libertades  de  las  persona  para  llevar  una   vida  prolongada,  saludable  y  creativa;  conseguir  las  metas  que  consideran  valiosas  y   participar  activamente  en  darle  forma  al  desarrollo  de  manera  equitativa  y  sostenible   en   un   planeta   compartido.   Las   personas   son   a   la   vez   beneficiarias   y   agentes   motivadores  del  desarrollo  humano,  como  individuos  y  colectivamente”.  

Comparada con la original de 199045, se mencionan expresamente la

sostenibilidad ambiental, la equidad y la participación en la determinación de cuál debe ser el futuro y cómo alcanzarlo, pero destaca sobre todo por la introducción de la dimensión colectiva del desarrollo humano. De hecho, esta dimensión ya estaba presente en el informe de 1994 consagrado por el PNUD a la seguridad humana, entendida como libertad para vivir sin temor y libertad para vivir sin necesidad. Se trata, por tanto, de derechos de las personas que deben garantizar las instituciones. Y hay que estudiar la dinámica de estas instituciones, formales o informales, para analizar la dimensión colectiva del bienestar, que se manifiesta a través del desarrollo de las capacidades (Dubois, 2014).

En suma, aunque estas cuatro grandes referencias y sus desacuerdos internos dibujan un panorama muy amplio y sujeto a debate, en bastantes cuestiones existe una percepción compartida. Entre ellas cabe destacar que el desarrollo no es lo que existe en los países del Norte, sino que requiere profundas transformaciones económicas, sociales y culturales tanto en el Norte como en el Sur. De ahí que resulte igual de inadecuado hablar de países

subdesarrollados o en desarrollo como de países desarrollados46.

45 El desarrollo humano es el proceso de expansión de las oportunidades del ser humano, entre las cuales las tres más esenciales son disfrutar de una vida prolongada y saludable, adquirir conocimientos y lograr un nivel de vida decente”.

46 Por eso resulta absolutamente incoherente que, desde el Informe sobre Desarrollo Humano de 2009, el PNUD haya optado por identificar expresamente la categoría desarrollo humano muy alto con país desarrollado.

También hay acuerdo en que el crecimiento económico no es el objetivo a perseguir. Porque no es ambientalmente sostenible y porque no garantiza el bienestar de todos los seres humanos, mujeres y hombres. Y menos aún si se pretende lograr a través de una industrialización orientada a exportar al Norte manufacturas baratas para satisfacer su despilfarro consumista, o de la exportación masiva de productos primarios vía monocultivo agrícola o estrategia extractiva. En el mejor de los casos el crecimiento puede ser un medio, uno de los medios disponibles para alcanzar el auténtico desarrollo. Por ello, unido al debate precedente, puede acordarse con el PNUD (2005: 127) que “como punto de partida, es necesario reconocer que la apertura al comercio y el crecimiento económico no constituyen fines en sí mismos, sino medios para ampliar las capacidades humanas”.

Por tanto, además de por su demostrada ineficacia para elevar la renta per cápita, la apertura comercial indiscriminada debe juzgarse por sus efectos sobre el bienestar de las personas, la equidad de género y sus implicaciones ambientales, sin que nada garantice que vayan a ser positivos. Puede, por ejemplo, contribuir a ampliar la desigualdad en la distribución de la renta, crear

empleos femeninos con malas condiciones laborales y bajos salarios, y

degradar el medioambiente local e impulsar el transporte internacional acelerando el agotamiento del petróleo y contribuyendo al efecto invernadero. Y en todo caso, llevarla cabo, o no, debe ser el resultado de una decisión soberana, no de una imposición. Porque tener la capacidad de participar en la definición del futuro al que se aspira es inherente al desarrollo humano.