Siempre que se hable de algo, es preciso hacer un análisis profundo del mismo desde la fuente y no en libros y doctrinas maquilladas, que los parásitos de negro y púrpura y sus derivados tratan de imponer a base de la fuerza, la intimidación y la demagogia (ya que no les quedan otros recursos, porque antes mataban). Lo primero que debemos hacer en todo caso, es eliminar el mito que Jesús es el hijo “Unigénito” de Dios, ya que Dios realmente tuvo varios hijos, aun cuando la Iglesia y sus derivados traten de esconderlo. Comencemos a ver los Hechos: Dios crea al primer hombre y la primera mujer, lo que necesariamente, los hacen sus dos primeros hijos en la tierra:
“Dios dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, las fieras campestres y los reptiles de la tierra. Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó macho y hembra”. (Génesis 1: 26-27)
¿Hagamos? ¿En plural? ¿Con quién los hizo? ¿Tenía una fábrica de moldecitos de Lodo? Pero bueno, solo pasaremos esto por alto a falta de espacio y ya sean
creados o engendrados, son sus hijos. Luego vemos que Dios tiene, como
mínimo, otros dos hijos, ya que este capítulo habla de ellos en plural:
“Cuando los hombres comenzaron a multiplicarse sobre la tierra y les nacieron hijas, los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas y tomaron por esposas, las que más les gustaron” (Génesis 6: 1-2).
Es claro que por lo menos estamos hablando de dos hijos varones de Dios, que tomaron de una raza claramente separada, Esposas. Esto nos va dando un total de cuatro hijos y una cantidad indeterminada de semidioses nietos. Haciendo un pequeño salto bíblico, veremos el nacimiento prodigioso de Isaac, y lo haremos sin pensar como era posible que si Yahvé podía hacer que Sara saliera embarazada después de vieja, como fue que no hizo el milagrito antes y Abraham tuvo su primer hijo con Agar, permitiendo a Abraham ADULTERAR, sin consecuencias para nadie. Pero veamos que sucedió antes del prodigioso nacimiento de Isaac:
“Yahvé visitó a Sara como había dicho y cumplió en ella cuanto había anunciado. Sara concibió y dio un hijo a Abraham ya en su vejez, en el tiempo predicho por Dios”. (Génesis 21: 1-2)
Como vemos, Dios fue quien “Visitó a Sara”, cumplió en ella (la embarazó) y así esta pudo tener un hijo. Esto está tan claro que no hace falta ni siquiera explicación. Como hemos visto, solo hasta el instante de la creación, y dentro del marco del Génesis, ya Dios tenía por lo menos hasta cinco hijos contando a Isaac.
Pero siguiendo la cuenta de hijos de Dios, nos trasladamos a Jueces y a la “acción engendradora” del Espíritu Santo o Espíritu de Yahvé como se llamaba en aquel entonces:
“Los israelitas volvieron a hacer lo que desagrada a Yahvé y Yahvé les entregó en manos de los filisteos durante cuarenta años. Había un hombre en Sorá, de la tribu de Dan, llamado Manoáj, cuya mujer era estéril. No había tenido ningún hijo. El Ángel del señor se apareció a esta mujer y le dijo: “Tú eres estéril y no has tenido ningún hijo, pero ahora ten cuidado, no bebas vino ni otras bebidas alcohólicas, ni comas nada impuro, porque vas a concebir y darás a luz un hijo. No se le cortará el cabello, porque ese niño estará consagrado a Yahvé desde el vientre de su madre. Él comenzará a salvar a Israel de los Filisteos”. La mujer fue a contárselo a su marido. “Me ha venido a ver un hombre de Dios, tenía el aspecto de un ángel de Dios, lleno de majestad. No le pregunté de donde era ni él me dijo su nombre, pero me dijo: Vas a concebir y darás a luz un hijo. No bebas vino ni otras bebidas alcohólicas, ni comas nada impuro, porque el niño estará consagrado a Dios desde el vientre de su madre, hasta el día de su muerte””. (Jueces 13: 1-7)
Esta parte de la tercera anunciación, llama poderosamente la atención por el hecho de que se nos da el nombre del esposo, pero nunca el de la mujer que iba a dar a luz a semejante héroe y prodigio, por increíble que esto parezca. Debe ser porque era vieja o Yahvé era algo promiscuo y no se acordaba del nombre. Pero sigamos con el relato:
“Segunda aparición del ángel. Entonces Manóaj oró así al Señor: «Te suplico, Señor mío, que el hombre de Dios que enviaste vuelva otra vez y nos diga lo que debemos hacer con el niño que va a nacer". Yahvé escuchó la súplica de Manóaj, y el ángel del Señor se apareció otra vez a la mujer cuando estaba en el campo; no estaba con ella su marido. La mujer fue corriendo a avisar a su marido y le dijo: «El hombre que vi el otro día se me ha vuelto a aparecer.
Manóaj se levantó, siguió a su mujer, llegó donde estaba el hombre y le dijo: ¿Eres tú el que ha hablado a esta mujer? Él respondió: «Yo soy». Manóaj le preguntó: «Cuando se cumpla tu palabra, ¿Qué norma hemos de seguir con el niño? ¿Qué haremos con él?»
El ángel del Señor le respondió: «Que la mujer haga todo lo que le he dicho: que no beba vino ni ningún otro producto de la uva, ni otras bebidas alcohólicas, y que no coma nada impuro que haga todo lo que le he mandado». Manóaj dijo al ángel del Señor: «Quédate con nosotros y te prepararemos un cabrito". El ángel del Señor le respondió: «Aunque me quedara, no comería tus manjares; pero, si quieres, prepara un holocausto y ofréceselo a Yahvé.
Defendiendo Nuestras Tradiciones III
Manóaj no sabía que era el ángel de Yahvé, y preguntó al ángel del Señor: «¿Cómo te llamas, para que cuando se cumpla tu palabra te estemos agradecidos?» El ángel del Señor le respondió: «¿Para qué preguntas por mi nombre? Es misterioso. Manóaj tomó el cabrito y la ofrenda y lo ofreció en holocausto sobre la roca de Yahvé, que hace maravillas. Cuando subía la llama del altar hacia el cielo, el ángel del Señor subió en la misma llama a la vista de Manóaj y de su mujer, que cayeron rostro en tierra. El ángel de Yahvé no se apareció más a Manóaj y a su mujer. Entonces comprendió Manóaj que era el ángel de Yahvé y dijo a su mujer: «Moriremos, porque hemos visto a Yahvé». "Su mujer le respondió: «Si Yahvé quisiese hacernos morir no hubiese aceptado el holocausto ni la ofrenda ni nos hubiese revelado todas estas cosas». La mujer dio a luz un hijo y le puso por nombre Sansón. El niño crecía y el Señor le bendecía. Y el espíritu del Señor comenzó a actuar en él en el campo de Dan, entre Sorá y Estaol”. (Jueces 13: 8-25)
Claramente se ve que fue Dios el padre de Sansón y por consiguiente nos da el hijo número seis de Dios, aunque esta aventura no nos revela quien fue la mujer. Eso es ser todo un caballero. Pero aquí no termina nuestra búsqueda de “Hijos de Dios hechos Hombre”, de hecho, David gozaba de este mismo “Privilegio”.
“Él me podrá invocar: Tú eres mi padre, mi Dios y la roca de mi salvación. Yo lo haré mi primogénito, el más glorioso entre los reyes de la tierra. Le mantendré para siempre mi favor y mi alianza con él será fidelidad. Estableceré su descendencia para siempre y su trono durará como los cielos”. (Salmos 89: 28)
¿Dónde está el descendiente de David en el trono de Israel? ¿No tiene Israel Primer Ministro en la actualidad? ¿El cielo se acabó? Dejando de lado la mentira de hacerlo “primogénito”, esto hace a David, el por lo menos, hijo número siete de Dios, por lo que lejos está Jesús de poder decir que es hijo Unigénito y mucho menos el primogénito, ya que obviamente es el octavo hijo de Dios, si es que los Dioses que tenían hijos con las hijas de los hombres, solo fueron en realidad dos y por Job, sabemos que uno de ellos es SATANÁS ¿Sería este el que ganó en la aniquilación de Dioses?
Pero analicemos al Jesús “Histórico” y la verdad que no revela el Catecismo. La pregunta es ¿Quién puede dudar de la existencia de Jesús de Nazaret? Según los cristianos, contamos los años en “antes y después de Cristo”. Tantas personas creen que existió, que se celebran las fechas de su nacimiento y se conmemora su muerte. Sin embargo, sería prudente preguntamos: ¿Qué evidencias hay sobre la existencia de Jesús?
A pesar de los miles de libros que se han escrito sobre Jesús, es tan poco lo que se sabe de su vida real, que muchos investigadores albergan serias dudas de su historicidad. La fuente básica que informa sobre su existencia, emana de los evangelios, pero estos textos, como confesión de fe que son, resultan interesados,
unilaterales, apologéticos, mitificados y con tantos vacíos y silencios sospechosos, que parecen difícilmente aceptables para cualquier historiador que pretenda ser riguroso y objetivo (Rodríguez, 1997).
El silencio histórico de Cristo, por parte de las fuentes paganas de la época, lo hace tan sospechoso que debe herir a la Iglesia y sus derivados de una forma casi mortal. Edward Gibbon señala con ironía el hecho sorprendente de que ninguno de los contemporáneos de Jesús hubiese informado algo acerca de él, a pesar de atribuírsele la realización de maravillosos hechos:
“¿Pero como excusaremos la supina inatención del mundo pagano y filosófico para aquellas evidencias que fueron presentadas por la mano del Omnipotente, no a sus razones, sino a sus sentidos? Durante la época de Cristo, de sus apóstoles y de sus discípulos, la doctrina que predicaban, se confirmaba por innumerables prodigios. El cojo andaba, el ciego veía, el enfermo era curado, el muerto resucitado, los demonios expulsados, las leyes de la naturaleza eran suspendidas frecuentemente para beneficio de la Iglesia. Pero los sabios de Grecia y de Roma volvían la espalda al importante espectáculo y, prosiguiendo las ocupaciones ordinarias de la vida y el estudio, aparecían inconscientes a cualquier alteración del gobierno moral o físico del mundo”. (Gibbon, 1778)
De acuerdo con la tradición cristiana, toda la tierra o al menos toda Palestina, se cubrió de tinieblas durante tres horas después de la muerte de Jesús. Esto tuvo lugar en la época de Plinio el Viejo, quien dedicó un capítulo especial a los eclipses, en su trabajo “Historia Natural”, pero no dice absolutamente nada de este eclipse de TRES HORAS de duración, lo que obviamente es todo un fenómeno.
Pero aun si no utilizamos estos milagros como la confirmación de su existencia, es difícil entender como un personaje como el Jesús de los Evangelios que, de acuerdo a lo que se dice, levantó tal conmoción en la mente de los hombres, pudiese llevar adelante su agitación y morir finalmente como un mártir de su causa, sin lograr que los judíos y paganos, le dedicasen una sola palabra. Esto simplemente es inconcebible.
La primera mención de Jesús, por un no cristiano la tenemos en Antigüedades Judías de Flavio Josefo, historiador Judío, aunque estos textos nos llegaron a través de fuentes cristianas, ninguna de ellas anterior al siglo IV y se sabe que los escritos de Josefo fueron “revisados”. El Capítulo 3 del libro XVIII que trata de Poncio Pilatos dice:
Por este tiempo vivió Jesús, un hombre sabio, si es que se le puede nombrar hombre, porque realizó milagros y fue un maestro de los hombres, quienes gustosamente aceptaban su verdad, y encontró muchos partidarios entre los judíos y los helenos. Este hombre era Cristo. Aunque Pilatos lo crucificó basándose en la acusación de los hombres más sobresalientes de
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nuestro pueblo, no obstante aquellos que primero lo amaron permanecieron fieles a él. Porque en el tercer día se les apareció, resucitado a una nueva vida, justamente como los profetas de Dios habían profetizado este y miles de otros milagros. De él toman los cristianos el nombre; su secta no ha cesado desde entonces.
Claro que tantas flores, levantaban gran cantidad de sospechas y más aún, lo corto de esta mención, ya que a Josefo le tomaba casi tres páginas describir una crucifixión de ladrones y otros delincuentes comunes. Josefo habla otra vez de Cristo en el libro XX, capítulo 9, I, diciendo que el sumo sacerdote Anano, bajo el gobierno del Emperador Alvino (en tiempos de Nerón) “Consiguió llevar ante los tribunales y apedrear a Santiago, hermano de Jesús, llamado Cristo, conjuntamente con otros, acusados de violar la ley”.
Estas “evidencias” siempre han sido muy apreciadas por los cristianos, porque son las palabras de un no cristiano, un judío y fariseo, nacido en el año 37 D. C., que vivió en Jerusalén y quien, por consiguiente, pudo muy bien tener información auténtica de Jesús. Más aún, su testimonio es de lo más importante, puesto que siendo judío, no tenía motivo para colorear los hechos a favor de los cristianos. Claro que también es inexplicable y más sospechoso aún, que este historiador, con semejante descripción de Jesús, haya muerto judío y no cristiano.
Son precisamente estos excesivos elogios hacia Cristo y la ausencia de la mención de tanto fenómeno, lo que hace estos pasajes de la obra de Josefo tan sospechosos, aun para un lector casual. La autenticidad de estos pasajes fue puesta en duda en el siglo XVI y hoy en día se tiene la certeza de que son una falsificación, ya que no fueron escritas por Josefo en absoluto. Dichos pasajes fueron agregados durante el siglo III por un copista cristiano, quien se sintió “ofendido” por el silencio de Josefo, al no dar alguna información acerca de Jesús, aun cuando Josefo repite los más triviales chismes de la Palestina de la época (Krautsky, 1974). Este copista sinvergüenza comprendió enseguida que el que no se mencionara absolutamente nada de Jesús, era lo mismo que decir que no existió. El descubrimiento de esta interpolación, es precisamente lo que se ha convertido en la evidencia más contundente de la inexistencia de Jesús.
Para empeorar las cosas, el pasaje de Santiago, es aún más sospechoso. Es cierto que Orígenes (185-254 d. C.), menciona en su comentario sobre Mateo, un pasaje concerniente a Santiago. La palabra clave es: “menciona”. Orígenes subraya que, a pesar de todo, Josefo no creía en Jesús. Después de todo Josefo como judío y como fariseo, no hubiese tratado jamás a Jesús como el Mesías, ya que hubiese sido una herejía que le podría haber costado la vida a pedradas. Orígenes vuelve a mencionar a Santiago en su obra “Contra Celso” y vuelve a señalar la incredulidad de Josefo. Estas palabras de Orígenes constituyen otra de las evidencias fehacientes más contundentes, de que en los libros originales de Josefo, nada se mencionaba acerca de Jesús y menos como el Cristo.
interpolación de un sinvergüenza, ya que Orígenes dice: “Es completamente diferente al contenido de los manuscritos de Josefo, que nos han sido transmitidos”. Hacemos una mención importante: Orígenes de Alejandría era cristiano cuando dijo esas frases. La cita de Orígenes, se refería a la destrucción de Jerusalén, como castigo a la ejecución de Santiago. Esta interpolación, obviamente no pasó a los otros manuscritos de Josefo, a pesar que se hablaba de la destrucción de Jerusalén y que Orígenes citó cuidadosamente todas las “evidencias” de Josefo, que favorecían a los cristianos. Es posible que otro sinvergüenza interpolara este pasaje después de Orígenes, pero antes de Eusebio, porque este último sí lo menciona. De hecho, el pasaje de Josefo de Juan el Bautista, también es una interpolación.
El silencio sobre Jesús y sus personajes es demasiado obvio y chocante y por consiguiente, los libros de Josefo tuvieron que ser alterados por los cristianos, pero afortunadamente eran unos perezosos. No es posible que Josefo no recogiera ni una sola palabra de los prodigios que hizo Jesús. Simplemente no es posible. Lo peor, es que considerando como buenas las interpolaciones y falsificaciones de los cristianos de la época a estos textos, lo único que podrían demostrar es que existió un tal Jesús, al que llamaron el Cristo y de allí, más nada:
Pero aun admitiendo el pasaje como genuino, no sería más fuerte que el hilo de una araña, sobre el cual la crítica teológica encontrará difícil suspender una forma humana. Hubo muchos pseudo Cristos en tiempos de Josefo y hasta entrado el siglo II, de los que no tenemos más que una mención sumaria. Hubo un Judas de Galilea, un Thuedas, un egipcio desconocido, un samaritano y un tal Bar Kochba. Puede muy bien haber habido un Jesús entre ellos. Jesús era un nombre muy familiar entre los Judíos: Josías, Josué, el Salvador. (Kälthoff, A. The Rise of Christianity,
London 1907)
El segundo pasaje en Josefo lo único que nos diría, es que entre los agitadores de la época que para entonces operaban en Palestina como mesías y como los ungidos del Señor, había uno llamado Jesús, pero no dice absolutamente nada de su vida y obra.
La fuente no cristiana restante, es Tácito, quien no hablaba muy bien de los cristianos. Pero debemos recordar el porque en las propias palabras de Pablo:
Y si nuestra INJUSTICIA hace resaltar la justicia de Dios, ¿Qué diremos? ¿Será injusto Dios al dar el castigo? (Hablo como hombre) ¡De ninguna manera! De otro modo ¿Cómo juzgaría Dios al mundo? Pero si por mi MENTIRA la verdad de Dios abundó para su gloria ¿Por qué aún soy juzgado como pecador? ¿Y por qué no decir (como se nos calumnia y como algunos cuya condenación es justa, afirman que NOSOTROS decimos) «HAGAMOS MALES para que vengan bienes»?” (Romanos 3:
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Esto era de lo que precisamente hombres con la clara inteligencia de Tácito cuestionaban, ya que veía claramente como mentían y amañaban a conveniencia sus “teorías teológicas” impunemente, por lo que les decía supersticiosos y no sin razón:
A fin de contrarrestar el rumor (que señalaba a Nerón como el culpable
del incendio de Roma), él acusó a personas llamadas por las gentes,
cristianos y quienes eran odiados por sus fechorías, culpándolos y condenándolos a los mayores tormentos. El Cristo, de quien habían tomado el nombre, había sido ejecutado en el reino de Tiberio por el Procurador Poncio Pilatos; pero aunque esta SUPERSTICIÓN, había sido abandonada por un momento, surgió de nuevo, no solo en Judea, sino en la misma Roma, en cuya ciudad, cada ultraje y cada vergüenza (atrocia aut pudenda) encuentra un hogar y una amplia diseminación. Primero fueron unos pocos detenidos y confesados y después, basándose en su denuncia, un gran número de otros, quienes no eran acusados del crimen del incendio, sino del odio a la humanidad. Su ejecución, constituyó una diversión pública, fueron cubiertos con pieles de fieras y fueron devorados por los perros, crucificados o llevados a la pira y quemados al venir la