• No se han encontrado resultados

DEL ENSAYO SOBRE EL ENTENDIMIENTO HUMANO Capítulo XX

DE OTRAS RELACIONES 1. Ideas de relaciones proporcionales

Además de las ocasiones antes mencionadas de tiempo, lugar y casualidad para comparar o relacionar las cosas, unas con respecto a las otras, existen, como ya he dicho, infinitas otras, alguna de las cuales voy a mencionar.

Primero, aquélla idea simple que, siendo capaz de partes o de grados, proporciona una ocasión para comparar los sujetos en que se encuentre, los unos con los otros, con respecto a esa idea, simple, por ejemplo, más blanco, más dulce, igual, mayor, etc. Estas relaciones, que dependen de la igualdad y del exceso de la misma idea simple, en distintos sujetos, pueden ser llamadas, si así se desea,

proporcionales; y que estas relaciones solamente se refieren a esas ideas simples que recibimos de la sensación y de la reflexión, es cosa tan evidente que no se necesita decir nada para evidenciarlo. 2. Relación natural

Segundo, otra ocasión de comparar las. cosas, o de considerar una cosa de manera que esa relación incluya alguna otra cosa, es la que ofrece la circunstancia de origen o inicio de las cosas, el cual inicio, no habiéndose cambiado más tarde, hace que la relación que de él depende sea tan duradera como el sujeto al que pertenece. Por ejemplo, padre e hijo, hermanos, primos hermanos, etc., cuya relación se establece a partir de una unidad de sangre de la que ellos son partícipes en distintos grados; también, compatriotas, es decir, aquellos que nacieron en el mismo país o territorio reciben la denominación de relaciones naturales; en este sentido, podemos observar que la humanidad ha adaptado sus nociones y sus términos al uso de la vida común, y no a la verdad y al alcance de las cosas. Porque es cierto que, en realidad, la relación entre el que engendra y el que es engendrado es la misma entre las distintas razas de los animales que entre los hombres. Sin embargo, pocas veces se afirma que tal o cual toro es el abuelo de éste o aquel novillo, o que dos palomos son primos hermanos. Y es muy conveniente que tales relaciones se observen y se señalen con nombres cuando hacen referencia a los humanos, ya que existen infinidad de ocasiones, tanto en los asuntos legales como en los de otro tipos en que se mencionan y se diferencian los hombres a partir de esa clase de relaciones; de lo que también se originan obligaciones en los distintos pleitos entre los hombres. En cambio, en los brutos, como los hombres no tienen motivos o los tienen muy escasos para poder observar esas relaciones, no han juzgado conveniente dotarlos de nombres que les distingan y particularicen. Esto, por decirlo de pasada, es lo que arroja alguna luz sobre el problema de las diferentes etapas y el desarrollo de las lenguas, las cuales, estando únicamente adaptadas a las necesidades de la comunicación, responden sólo a las nociones que tienen los hombres y al intercambio de pensamientos habituales entre ellos, pero no a la realidad y al alcance de las cosas, ni a los distintos respectos que se suelen encontrar entre ellos, así como tampoco a las diferentes

consideraciones abstractas que sobre ellas se formulan. Cuando se ha carecido de nociones filosóficas, se puede observar que no existen términos para expresaras, y no debe de extrañar que los hombres no hayan forjado términos para aquellas cosas sobre las que no han encontrado ocasión de discutir. De aquí resulta fácil imaginar el porqué, en algunos países, se carece hasta de nombres para designar al caballo, y que en otros, en los que se preocupan esmeradamente del linaje propio de los caballos, no solamente tienen nombres para los caballos particulares, sino también para designar sus diversas relaciones de parentesco entre sí.

3. Ideas de relaciones instituidas o voluntarias

En tercer lugar, algunas veces el fundamento para considerar las cosas, refiriéndolas las unas a las otras, es algún acto por el que alguien llega a algún derecho normal, a una potestad o a una obligación. De esta manera, ocurre que un general es el hombre que tiene el poder de mandar a un ejército; y que un ejército, mandado por un general, es una reunión de hombres armados que están obligados a obedecer a un solo hombre. Un ciudadano, o burgués, es aquel que tiene el derecho de gozar de ciertos privilegios en este o en aquel lugar. A esta clase de relaciones, que dependen del acuerdo de la sociedad o de los deseos de los hombres, las llamo instituidas o voluntarias, y se las puede distinguir de las relaciones naturales en que son, en su mayor parte, si no en su totalidad, posibles de alterar de alguna manera, inseparables de la persona a la que han pertenecido en algún momento, aunque ninguna de las sustancias que se relacionan de esta manera llegue a ser destruida. Ahora bien, aunque todas éstas sean recíprocas, al igual que las demás, y contengan así una referencia de dos cosas la una con respecto a la otra, sin embargo, como puede acontecer que una de estas dos cosas carece de un nombre para designar a esta referencia, suele pasar desapercibida para los hombres, por lo que la relación normalmente es ignorada. Por ejemplo, la relación entre patrón y cliente es fácilmente advertida, pero los términos de alguacil o de dictador no son fácilmente conocidos en una primera audición, desde el momento en que no hay un nombre para designar a aquellos que se encuentran bajo el mandato del dictador o del alguacil, término que exprese la relación que existe entre el uno y el otro, aunque es seguro que ambos tienen un poder sobre los demás, y de esta manera tienen una relación con ellos, al igual que la que existe entre el patrón y su cliente, o entre el general y su ejército.

4. Ideas de relaciones morales

En cuarto lugar, existe otra clase de relaciones que es la conformidad o disconformidad entre las acciones voluntarias de los hombres y la norma respectiva, por las cuales ellos son juzgados. Creo que esta relación puede denominarse relación moral, en tanto en cuanto califica nuestros actos morales y pienso que debe ser examinada con detenimiento, ya que no existe ninguna otra parte del conocimiento sobre la que debamos poner tanto cuidado para llegar a ideas precisas y evitar, hasta donde podamos, la oscuridad y la confusión. Cuando las acciones humanas, con sus diversos fines, objetos, maneras y

circunstancias, quedan forjadas en ideas distintas y complejas, son, según ya he demostrado, otros tantos modos mixtos, la mayor parte de los cuales tienen nombres adosados a ellos. De esta manera,

suponiendo que la gratitud sea una disposición de reconocer y de devolver rápidamente los favores y bienes recibidos, y que la poligamia consista en tener más de una mujer al tiempo, cuando forjamos estas nociones en nuestras mentes tenemos allí otras tantas ideas determinadas de modos mixtos. Pero eso no es todo lo que concierne a nuestras acciones: no es suficiente con tener ideas determinadas sobre ellas, y saber qué nombres corresponden a tales o cuales combinaciones de ideas. Tenemos un interés mayor y que alcanza más allá de esto, y que consiste en saber si estas acciones son moralmente buenas o malas. 5. El bien y el mal moral

El bien y el mal moral, como ya hemos mostrado (libro 11, cap. 20, epígrafe 2; y cap. 21, epígrafe 43) no son sino el placer o el dolor, o aquello que nos procura el placer o el dolor. El bien y el mal, morales, entonces, son solamente la conformidad o disconformidad entre las acciones voluntarias y alguna ley, por las cuales llegamos al bien o al mal a través de la voluntad y el poder de un legislador, y ese bien y ese mal, es decir, el placer y el dolor que acompaña al cumplimiento o a la violación de esa ley, es lo que denominamos recompensa y castigo.

6. Reglas morales

Veo que existen dos clases de esas reglas morales o leyes a las que los hombres refieren generalmente sus acciones, y por las que juzgan el acierto o la escasez de las mismas, reglas o leyes que tienen sus diferentes penalidades, es decir, sus premios o sus castigos. Porque como resultaría totalmente inútil intentar imaginar una regla impuesta a las acciones libres de los hombres, sin que llevara anexada algún bien o algún mal para determinar sus voluntades, resulta necesario suponer, al imaginar que existe una ley, alguna recompensa o castigo que vaya anexado a esa ley. Sería baldío que un ser inteligente estableciera una regla para los actos de otro, y no pudiera al mismo tiempo recompensar la observación de esa regla, o castigar a quien la infringiera, respectivamente, con un bien o con un mal procedentes de manera natural de la misma acción, Porque aquello que naturalmente es la conveniencia o

inconveniencia opera por sí solo, sin una ley. Esto, si no me equivoco, es la verdadera naturaleza de la ley más propiamente dicha.

7. Leyes

Las leyes a las que los hombres generalmente hacen referir sus acciones, para juzgar sobre su rectitud o torpeza, me parece que son estas tres: 1) la ley divina; 2) la ley civil; 3) la ley de opinión o de reputación, si se me permite denominarla así. Por la relación que guardan las acciones con la primera, los hombres juzgan si son pecados o deberes; por la que guardan con la segunda, si son criminales o inocentes; y por la que mantienen con la tercera, si son virtudes o vicios.

8. La ley divina es la medida del pecado y del deber

Primero. Por la ley divina entiendo la ley que Dios ha establecido para las acciones de los hombres, sea ésta promulgada por la luz de la naturaleza o por la luz de la revelación. Pienso que no existirá nadie tan estúpido que niegue que Dios ha decretado unas reglas por las que los hombres deben gobernarse. El tiene el derecho de hacerlo, desde el momento en que nosotros somos sus criaturas; y tiene bondad y sabiduría para dirigir nuestras acciones hacia aquello que mejor nos conviene, y el poder para hacer efectiva su ley por medio de premios y castigos de un peso infinito, en la otra vida, porque nadie puede sacarnos de sus manos. Esta es la única piedra de toque de nuestra rectitud moral. Y comparando sus acciones con esta ley divina es como los hombres llegan a juzgar sobre el mayor bien moral o el mal moral supremo que pueden encerrar unos actos, es decir, cómo pueden juzgar si, en lo que se refiere a deberes o a pecados, pueden llegar a que el Todopoderoso les haga partícipes de la felicidad o de la desgracia.

9. La ley civil es la media de los crímenes y de la inocencia

En segundo lugar, la ley civil, que es la norma establecida por la comunidad para las acciones de los que pertenecen a ella, es otra regla por la que los hombres juzgan sus acciones, estableciendo si son o no acciones criminales. Esta es una ley que nadie descuida: sus recompensas y castigos que la avalan están a mano, y guardan proporción con el poder de quien la promulga, es decir, con la fuerza que tiene la comunidad para defender sus vidas, las libertades y los bienes de aquellos que viven de acuerdo con sus leyes y que tienen el poder de privar de la vida, de la libertad y de los bienes a quienes las violen; éste es el castigo de quienes atentan contra esta ley.

10. La ley filosófica es la medida de la virtud vicio

En tercer lugar, la ley de la opinión o la reputación. La virtud y el vicio se suponen que son nombres que significan acciones buenas o malas por naturaleza, y en la medida en que así se apliquen estos nombres coinciden con la ley divina, más arriba mencionada. Sin embargo, sean cuales fueren las pretensiones que sobre esto haya, lo que podemos observar es que estos nombres de virtud o de vicio, en los casos concretos de su aplicación entre las diversas naciones y sociedades, de los hombres de todo el mundo, se atribuye constantemente sólo a aquellas acciones que, dependiendo de cada país o sociedad, tienen una reputación o un descrédito. No debemos pensar que sea extraño que los hombres, en todas partes, den el nombre de virtud a aquellas acciones que entre ellos se estiman dignas de alabanza y que denominen vicio a otras que tienen por censurables, ya que, de lo contrario, se condenarían a sí mismos al estimar por bueno lo que no admiten como recomendable, y al considerar malo, lo que dejan pasar sin ninguna censura. De esta manera, entonces, de la medida de lo que en todo lugar se denomina virtud o vicio, sea esta aprobación o censura, alabanza o crítica, que por un acuerdo tácito y secreto se establece entre las distintas sociedades, tribus y conjuntos de los hombres, en todo el mundo, y en virtud de lo cual varias acciones llegan a merecer el crédito o la crítica entre ellos, según los juicios, máximas o modas de cada lugar. Porque, aunque los hombres que se reúnen en sociedades políticas hayan renunciado a favor de la comunidad al empleo de todas sus fuerzas, de manera que no puedan usar de ellas contra otro ciudadano

más allá de lo que la ley del país establece, sin embargo, todavía tienen el poder de pensar bien o mal, de aprobar o desaprobar los actos de aquellos entre quienes viven o con quienes tienen relaciones, aprobación o desaprobación por las cuales se establece entre ellos lo que denominan virtud o vicio. 11. La medida que los hombres comúnmente aplican para determinar lo que ellos llaman virtud o vicio

Cuál es esta medida común de la virtud y del vicio es algo que se podrá mostrar a cualquiera que considere que aunque lo que pasa por ser vicio en un país se tenga en otro por virtud o, por lo menos, como no vicio, en todas partes la virtud y la alabanza, el vicio y la reprobación, siempre van unidos. En todo lugar, la virtud es algo que se considera digno de alabanza, por lo que solamente aquello que tiene esas características recibe el nombre de virtud. Es más, virtud y alabanza van unidas tan estrechamente que a menudo se les da el mismo nombre. Virgilio dice: «Sunt sua praemia laudi»; y, en el mismo sentido, Cicerón afirma: «Nihil habet natura praestantibus quam laudem, quam dignitatem, quam deus», añadiendo a continuación que todos los nombres significan la misma cosa. Este es el lenguaje de los filósofos gentiles, que supieron bien en qué consistían sus nociones sobre la virtud y el vicio; y aun cuando los distintos temperamentos, la educación, las modas, las máximas y los intereses de las diferentes clases de hombres fueron, tal vez, las causas de que lo que en un sitio se tenía como motivo de alabanza, en otro fuera digno de censura, y que, de esta manera, virtudes y vicios se mudaran en las distintas sociedades; sin embargo, en cuanto a lo más importante, fueron las mismas en las distintas partes del mundo. Porque como lo más lógico es que cada uno otorgue su estimación y su opinión positiva a aquello en lo que encuentra un provecho propio, y que desapruebe y recrimine lo contrario, no debe extrañar que la estimación y el descrédito, la virtud y el vicio, correspondan en gran medida y en todas partes a la regla invariable del bien y del mal establecidas por la ley de Dios, no habiendo nada que asegure de manera tan visible y directa y que adelante el bien general de la humanidad en este mundo, como la obediencia a las leyes que Dios nos ha impuesto, y no existiendo nada que provoque tantos males y tanta confusión como la inobservancia de esas leyes. Por esto es por lo que, a no ser que los hombres hubieran renunciado totalmente al sentido común, a la razón y a su propio interés, al que se muestran tan apegados, no se pudieron equivocar a la hora de otorgar su aprobación o su crítica hacia el lado correcto. Es más, hasta aquellos hombres que mantenían una conducta contraria a aquellas leyes no pudieron sino dar su aprobación a la parte positiva, pues muy pocos son los que llegan a un grado tal de depravación que no condenen, al menos, en los demás unas faltas que ellos mismos cometen. Y esta es la razón por la que incluso dentro de la corrupción de las costumbres, los verdaderos límites de la ley de la naturaleza, que debe ser la regla de la virtud y del vicio, se mantuvieron inalterables; de manera que has- ta las prédicas de los maestros más inspirados no han temido referirse a la reputación común «Todo lo que es amable, todo lo que es del buen nombre, si existe alguna virtud, si existe alguna alabanza, es en lo que hay que pensar» (Filípicas, cap. IV, S).

12. Lo que da fuerza a esa ley es la alabanza y el descrédito

Si alguien ha pensado que he olvidado mi propia noción acerca de la ley, cuando afirmo que la ley por la que los hombres juzgan la virtud y el vicio no es otra que el consentimiento de los hombres particulares desprovistos de la autoridad para hacer leyes, y desprovistos especialmente de lo que tan necesario y esencial resulta para toda ley, es decir, del poder de hacerla efectiva, creo poder decirle que quien imagine que la alabanza y la censura no son motivos suficientes para hacer que los hombres se mantengan dentro de las opiniones y las reglas establecidas para todos los que con ellos conviven, no parece tener muchos conocimientos sobre la naturaleza o la historia de los hombres, pues entre ellos se puede encontrar que, en una gran mayoría, se gobiernan fundamentalmente, si no exclusivamente, por esa ley establecida en ese momento, de tal manera que hacen aquello que les proporcione una buena reputación entre sus compañeros, sin tener demasiado en cuenta las leyes de Dios o de los magistrados. En lo que se refiere a las penas que acompañan la violación de las leyes divinas, algunos, tal vez la gran mayoría, pocas veces reflexionan con seriedad sobre ellas, y, entre los que no las olvidan, muchos, a la par que infringen la ley, mantienen la idea de una reconciliación futura y de un enmendarse en su falta. En lo que a los castigos se refiere, y que se imponen por la violación de las leyes del Estado, a menudo se consultan a sí mismos con la esperanza de quedar impunes. Pero nadie puede evitar el castigo de la censura y del desagrado que inevitablemente se impone a aquel que va contra las modas y las opiniones de su sociedad, entre la que desea ganar reputación. Ni existe uno solo, entre diez mil, lo suficientemente duro e insensible para soportar el desagrado continuo y la condena social de sus propios compañeros. Muy extraña e insólitamente tiene que estar formado aquel que se contente con vivir en un descrédito constante y en la desgracia de su sociedad particular. Algunos hombres han buscado la soledad y muchos son los que han logrado llegar a estar a gusto con ella; pero no existe nadie que conservando la menor característica o sentimiento hacia lo humano pueda vivir en sociedad constantemente despreciado y desacreditado a los ojos de sus familiares y de las personas con las que tiene un trato social. Esta es