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Del nuevo testamento

CORRESPONDENCIA A PROPÓSITO DE LA OBRA DEL CURA MESLIER

DE LAS SANTAS ESCRITURAS

II. Del nuevo testamento

Preciso es ahora examinar las supuestas profecías contenidas en los Evangelios.

En primer lugar, habiéndose aparecido en sueños un ángel a alguien llamado José, padre, putativo al menos, de Jesús, hijo de María, le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, porque lo que hay en ella es obra del Espíritu Santo*. Ella te dará un hijo a quien llamarás Jesús, porque él libertará a su pueblo de sus pecados**”. El mismo án- gel dijo también a María: “No temas cosa alguna, por- que has hallado la gracia delante del Señor. Yo te de- claro que concebirás en tu seno y parirás un hijo, al que pondrás por nombre Jesús. Será grande y llama- do hijo del Muy Alto. Dios le dará el trono de David su padre, reinará por siempre en la casa de Jacob, y su reino no tendrá fin”.

Jesús comienza a predicar y a decir: “Haced peni- tencia, porque el reino de los Cielos se aproxima***. No abriguéis cuidado, ni digáis qué comeremos, o qué beberemos, o de qué nos vestiremos, porque vuestro Padre celestial sabe que todas esas cosas os son nece- sarias. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, que todo lo demás se les dará por añadidura****”.

Ahora bien: que toda persona que no haya perdi- do el sentido común piense un poco, y vea si Jesús fue alguna vez rey, y si sus discípulos tuvieron abundan- cia de todo.

* Cuántas historias similares de cuernos, dice Montaigne, de dioses contra los pobres humanos, etc.

** Ver San Mateo I, v. 20; y San Lucas I, v. 30. *** Ver San Mateo IV, v. 17.

El mismo Jesús prometió a menudo que liberaría al mundo del pecado. ¿Hay profecía más falsa? ¿No es nuestro siglo una prueba elocuentísima?

Se dice que Jesús vino para salvar a su pueblo. ¡Qué modo de salvarlo! La parte mayor es siempre la que da nombre a una cosa: una docena de españoles o de fran- ceses, por ejemplo, no son el pueblo francés o el espa- ñol; y si un ejército de ciento veinte mil hombres fuera hecho prisionero de guerra por otro ejército más fuer- te, y el jefe del primero rescatara solamente a algunos hombres, diez o doce oficiales o soldados, por ejem- plo, no se diría por eso que ha rescatado a su ejército. ¿Qué es, pues, un Dios que viene a que lo crucifiquen y a morir para salvar al mundo entero, y deja tantas na- ciones condenadas? ¡Qué lástima y qué horror!

Dice Jesús que no hay más que pedir para obtener, que buscar para hallar. Asegura que todo cuanto se pida a Dios en su nombre será alcanzado, y que con tener solamente una cantidad de fe del tamaño de un grano de mostaza se conseguirá, por la sola virtud de la palabra, trasladar de un punto a otro las montañas. Si tal promesa fuese cierta, nada sería imposible para nuestros cristianos que tienen fe en él; sucede, no obs- tante, lo contrario.

Si hubiera hecho Mahoma a su secta promesas pa- recidas a las de Jesús sin resultado alguno, ¿qué no se diría? Se exclamaría a viva voz: ¡Ah, qué superche- ría! ¡Qué impostura! ¡Qué locos los que creen en él! He ahí a los cristianos en la misma situación; hace mucho tiempo que no abandonan su ceguera; son, por el contrario, tan ingeniosos para engañarse a sí mis- mos que pretenden que se han cumplido las prome- sas desde los comienzos del cristianismo, siendo por tanto necesario, según ellos, que haya habido mila- gros a fin de convencer a los incrédulos de la verdad

de la religión; pero que, ya sólidamente establecida, han dejado de ser necesarios. ¿Dónde está, pues, la exactitud de tal proposición?

Por otra parte, quien hizo esas promesas no las limitó solamente a tal o cual época, ni a este o al otro lugar, ni a determinadas personas en particular, sino que las hizo de manera general y a todo el mundo. “A la fe de los que creen seguirán estos milagros: ex- pulsarán a los demonios en mi nombre, hablarán di- versas lenguas, tocarán a las serpientes”, etc.

Respecto a trasladar las montañas, dice explícita- mente que cualquiera que diga a una montaña: “Quí- tate de ahí y arrójate al mar”, con tal que no vacile y su corazón crea, será obedecido en lo que mandara. ¿No eran estas promesas completamente generales, sin restricción de tiempo, lugar ni personas?

Se ha dicho que todas las sectas contaminadas de errores e imposturas tendrán vergonzoso fin. Mas si de Jesucristo se dice que ha fundado y establecido una sociedad de sectarios que jamás caerían en el vicio y el error, se dice algo completamente falso, pues en el cristianismo no hay secta, sociedad ni iglesia alguna que no esté plagada de errores y de vicios, principal- mente la secta o sociedad de la Iglesia romana, aun- que se considere la más pura y santa de todas. Hace tiempo que ha caído en el error; ha nacido en él, o mejor dicho en él ha sido engendrada; y hoy mismo sostiene errores contrarios a la intención, los senti- mientos y la doctrina de su fundador, puesto que con- tra sus designios abolió las leyes de los judíos que aquél aprobara, y que, según él, había venido a hacer que se cumplieran y no a destruirlas. Y que ha caído en los errores de la idolatría, lo demuestra con clari- dad el culto idolátrico que rinde a su Dios convertido en pasta, y a sus santas imágenes y reliquias.

Bien sé que nuestros cristianos consideran una grosería del espíritu pretender tomar al pie de la letra, y tal como se hallan expresadas, las profecías y promesas, y que abandonan el sentido exacto y na- tural de las palabras para otorgarles otro que llaman místico y espiritual, alegórico y metafórico. Dicen, por ejemplo, que por el pueblo de Israel y Judá, a quien esas promesas se hicieron, debe entenderse no a los israelitas por la carne, sino a los israelitas por el espíritu: es decir, los cristianos que son el Is- rael de Dios, el pueblo verdaderamente elegido. Dicen que en la promesa hecha a ese pueblo esclavo de librarlo del cautiverio, es preciso entender no la libertad corporal de un solo pueblo cautivo, sino la redención espiritual de todos los hombres de la es- clavitud del Demonio que debe llevar a cabo su Di- vino Salvador. Que la abundancia de riquezas y to- dos los bienes temporales prometidos a ese pueblo debe entenderse como abundancia de gracias espiri- tuales. Que por la ciudad de Jerusalén, en fin, debe entenderse no la Jerusalén terrena sino la espiritual, que es la Iglesia cristiana.

Pero se ve claramente que ese sentido espiritual y alegórico es tan sólo un sentido extraño e imaginario, una especulación de los intérpretes, y que de manera alguna sirve para probar la verdad o la mentira o una promesa cualquiera.

Es ridículo inventar sentidos alegóricos, pues sólo en relación a lo natural y verdadero pueden juzgarse la verdad y la mentira. Una proposición, una prome- sa, por ejemplo, que se revela como verdadera en el sentido propio y natural de los términos en que está concebida, ¿resultaría falsa porque se le pretendiera dar un sentido extraño que no tuviese? Pues las que se advierte que son falsas en su sentido propio y natural,

no resultarán verdaderas porque quiera dárseles uno extraño que no tengan.

Puede decirse que aplicar al Nuevo Testamento las profecías del Antiguo es algo tan absurdo como pueril. Por ejemplo: Abraham tenía dos mujeres, de las cuales la una, que sólo era sierva, representaba la sinagoga, y la otra, que era esposa, representaba la iglesia cristiana; y además con el pretexto de que Abraham tuvo dos hijos: el que era de la sierva repre- sentaba el Viejo Testamento, y el de la esposa el Nuevo. ¿Quién no se rie de una doctrina ridícula?

¿No es más risible aún que un jirón de tela roja exhibido por una ramera para servir de seña a los espías en el Viejo Testamento sea la figura de la san- gre de Jesucristo derramada en el Nuevo?

Si a consecuencia de interpretar alegóricamente cuanto se ha dicho, hecho y practicado en la antigua religión de los judíos, quisieran interpretarse alegóricamente todos los discursos, todas las accio- nes y todas las aventuras del famoso Don Quijote de la Mancha, se encontrarían, con seguridad, otros tan- tos misterios y figuras.

Y, sin embargo, sobre tan ridículo fundamento se basa toda la religión cristiana. Razón por la cual ape- nas hay en el Antiguo Testamento cosa alguna que los cristianos no traten de explicar místicamente.

La profecía más falsa, la más ridícula que se ha hecho, es aquella de Jesús, según Lucas: “Predicho está que habrá señales en el sol y la luna, y que el Hijo del Hombre descenderá en una nube a juzgar a los hombres”*; y predijo esto para la generación actual. ¿Se ha cumplido? El Hijo del Hombre ¿ha descendido en una nube?

CAPÍTULO VI

ERRORES DE LA DOCTRINA

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