TESTAMENTO
DE UN CURA ATEO
Jean Meslier
TESTAMENTO
DE UN CURA ATEO
SEGUIDO DE
ENSAYO DE HISTORIA NATURAL
SOBRE ALGUNAS ESPECIES DE MONJES
por
Jean de Antimoine
Traducción de José Codina Prólogo de
David F. Strauss
el cuenco de plata / el libertino erudito Director editorial: Edgardo Russo Diseño y producción: Pablo Hernández
© 2011, El cuenco de plata
Av. Rivadavia 1559 3º “A” (1033) Buenos Aires, Argentina www.elcuencodeplata.com.ar
Hecho el depósito que indica la ley 11.723. Impreso en febrero de 2011.
Prohibida la reproducción parcial o total de este libro sin la autorización previa del editor. Meslier, Jean
Testamento de un cura ateo / Jean Meslier; con prólogo de David F. Strauss; 1ª ed.; Buenos Aires; El cuenco de plata, 2011. 144 pgs.; 21x12 cm.; (el libertino erudito)
Traducido por: José Codina ISBN 978-987-1772-06-3
1. Filosofía. I. Strauss, David F., prolog. II. Codina, José, trad. III. Título
Fragmentes des instructions pour le prince
royal de ***** (1752),
Avertissement pour le poème sur la Loi
naturelle et sur le Désastre de Lisbonne (1756),
Poème sur le désastre de Lisbonne ou examen
de cet axiome: tout est bien (1756),
Idées republicaines (1762),
Les droits des hommes et les usurpations des
papes (1768),
Il faut prendre un parti, ou le principe d'action.
Diatribe (1772).
Prólogo
EL CURA MESLIER Y SU TESTAMENTO
Por David F. Strauss (1870)
Jean Meslier nació, según la conjetura más probable (tomamos esta información de la obra de Boulliot, Biographie
Ardennaise, París, 1830, art. Meslier), en el año 1664, en una
aldea de la Champaña llamada Mazerny. Su padre fue tejedor o artesano pañero. Un párroco de la comarca se hizo cargo de la educación del inteligente niño y fue tam-bién, probablemente, quien sugirió a los padres la idea de consagrarlo a la carrera eclesiástica, a lo que el muchacho no puso ninguna objeción.
El futuro sacerdote hizo sus estudios en el seminario de Chálons-sur-Marne, donde, además de cursar las obliga-das disciplinas de la carrera, se aplicó con especial empe-ño y profundidad a la filosofía cartesiana. En 1692 fue de-signado para hacerse cargo de la parroquia de Etrépigny, en lo que hoy es departamento de las Ardenas, donde tras haber ejercido durante años su ministerio, murió hacia 1729, según unos, y en opinión de otros alrededor de 1733.
Se distinguió en el cumplimiento de sus funciones sacerdotales por dos rasgos: su severidad y el retraimiento de su vida, por una parte, y por otra el desinterés y la cari-dad. Al margen del trato con dos o tres curas de los alrede-dores, se pasaba las horas encerrado en su pequeña biblio-teca, en la que se destacaban las obras de algunos padres de la Iglesia, un Moreri, los Ensayos de Montaigne, Telémaco y otro ensayo de Fenelón sobre la existencia de Dios y el libro de Malebranche sobre la investigación de la verdad.
De no haber sido por sus desavenencias con el señor del lugar, es seguro que el nombre del cura de Etrépigny apenas habría trascendido, en vida, los límites de su pa-rroquia. Pero como el señor de Clairy había maltratado a algunos de sus campesinos, se sublevó en el cura el senti-miento de la justicia, y un domingo expulsó de la iglesia, por indigno de compartir el culto, al inhumano marqués. Éste recurrió en queja al arzobispo de Reims, quien amo-nestó al cura por haberse excedido en sus atribuciones. Obligado a recibirlo de nuevo en la iglesia, el párroco de Etrépigny pidió en voz alta a Dios por el alma del noble, para que se dulcificara su conducta y no volviera a caer en el pecado de robar a los huérfanos y maltratar a los desvalidos.
La disputa con el señor feudal y con el arzobispo de la arquidiócesis duró, al parecer, mucho tiempo y amargó la vida del cura rural. Por la comarca corrió más tarde la le-yenda de que el marqués ordenaba a sus lacayos que toca-sen el cuerno en las tierras de su propiedad colindantes con la iglesia cuando el cura estaba oficiando; y añadía la leyenda que el arzobispo lo había llamado al orden, amenazándolo con excomulgarlo, a consecuencia de lo cual el orgulloso noble se dejó morir de hambre.
Sea como fuere –pues nada de esto ha podido compro-barse–, lo cierto es que el cura de Etrépigny dejó al morir un manuscrito en el que proclamaba sus convicciones más íntimas, que chocaban tan abiertamente no ya con su mi-nisterio, sino incluso con el estado general del mundo que lo rodeaba, que en comparación aquellos conflictos exter-nos quedaban reducidos a incidentes menores. Legó a la posteridad este manuscrito, en tres copias de 366 páginas escritas de su puño y letra, con trazos claros y casi floridos –una de las cuales se cuidó de depositar en la cancillería del juzgado de Saint-Menehould–, bajo el título de Mi
a los feligreses a los que durante toda su vida enseñara la fe católica y la obediencia a sus superiores.
En la cubierta de la copia destinada a su parroquia se lee:
He visto y conocido los errores, los abusos, las vanidades, las necedades y las maldades de los hom-bres; los he odiado y aborrecido; no me he atrevido a decirlo en voz alta mientras viví, pero quiero decirlo al menos en la muerte y después de ella, por lo que registro aquí mis pensamientos, para que puedan servir de testimonio de la verdad a los ojos de cuan-tos vean estas páginas y tengan a bien leerlas.
Estas palabras ya indican que no se trata simplemente de una protesta contra los errores de la religión, sino tam-bién contra los males y los abusos imperantes en la vida y en la sociedad de los hombres: “el Testamento del cura Meslier” no es solamente una abjuración filosófico-teológica, sino también, y en no menor proporción, un ma-nifiesto político.
Se distingue así sustancialmente de un documento ale-mán, el Mensaje en defensa de los adoradores racionales de Dios, de Hermann Samuel Reimarus. En ambos casos, se trata de una voz de ultratumba proclamando un secreto que tortu-rara en vida a quien lo guardaba. Pero mientras que una de estas almas sólo se muestra abrumada bajo el peso de la religión imperante, la otra clama también contra la situa-ción político-social. Y algo esencial: una se apoya, frente a la teología revelada, en una filosofía en la que aún palpita la fe en Dios, mientras que la otra desarrolla su pensamien-to filosófico hasta el ateísmo.
Por tanto, el campo de acción de la duda es mucho más amplio en Meslier que en Reimarus, pues los argumentos contra la verdad del cristianismo y la Biblia a la que está
consagrada toda la obra del segundo, sólo son una parte en la del primero. En esta parte, debemos reconocer que el alemán es superior al francés, el protestante al católico, la profunda sabiduría y la disciplina filosófica del profesor a las amargas cavilaciones del sacerdote. Cierto es que tam-bién éste sabe muchas cosas, pero casi todas ellas de se-gunda mano. Casi puede asegurarse que jamás leyó la Bi-blia, al menos el Antiguo Testamento en su versión funda-mental. Y su fuente para las noticias de carácter histórico son casi exclusivamente los Ensayos de Montaigne.
Pero aun cuando como erudito, lógico y estilista, quede el francés muy por debajo del alemán, nada tiene que envi-diarle como pensador. Su posición dentro de la escuela cartesiana es tan original e independiente como la de Reimarus dentro de la escuela leibniziano-wolfiana. No exageraríamos si dijésemos que Meslier es el más profun-do o, por lo menos, el más audaz de los profun-dos; lo que ocurre es que paga este mérito con cierta falta de claridad y mesura que no se observa en Reimarus. Pero penetra a fondo en más de un punto ante el que éste se detiene.
Decíamos que la protesta y el ataque de Meslier, a dife-rencia de Reimarus, no están dirigidos sólo contra la reli-gión cristiana y contra la Iglesia, sino también contra el Estado. Y aun podríamos añadir que se dirigen en primer término contra el Estado y sólo de rebote contra la religión y la Iglesia. Aunque tal vez sería más exacto formularlo a la inversa y decir que el verdadero blanco de sus ataques, a través de la Iglesia, es el Estado vigente en su tiempo.
“Una religión –dice Meslier– que tolera e incluso aprue-ba abusos contrarios a la justicia natural y atentatorios contra el buen gobierno y contra el bien común, una reli-gión que da por buena la tiranía de los reyes y los príncipes e impone su pesado yugo a los pueblos, no puede ser la verdadera.” Haciendo alarde de ingenio, podríamos in-cluso decir que Meslier, para disputar a los reyes el derecho
a llamarse tales “por la gracia de Dios”, no encontró recur-so más eficaz que negar la existencia de Dios.
Y el rey que le había hecho sentir y odiar la usurpación de este título fue nada menos que aquel gran Luis de Fran-cia, según él, grande tan sólo en el despojo y el derrama-miento de sangre, en el perjurio y la infidelidad conyugal. Es curioso observar los juicios tan contradictorios que me-rece este monarca y su gobierno por parte de Meslier y de Voltaire. Mientras que éste se deja llevar por el hechizo del brillante período de Luis XIV, aquél se subleva ante los horrores que hicieron posible ese esplendor.
Meslier ve por todas partes el reverso de la bella pintura que Voltaire traza del siglo de Luis XIV. La explicación está en que la contempla desde otro punto de vista y, desde luego, que la siente con otro corazón. Voltaire la ve con los ojos de las clases altas de la sociedad de aquella época y sobre todo con los ojos de los escritores y poetas, tan favore-cidos por ése su rey ejemplar. Meslier asume el punto de vista del pueblo, principalmente de los campesinos entre quienes ejercía su ministerio de cura rural y a quienes veía agobiados y hundidos en la miseria bajo las cargas de aquel fastuoso gobierno.
La omnipotente monarquía había aplastado, induda-blemente, la resistencia de la nobleza y del clero, pero sin aliviar la carga que estas dos clases, unidas ahora a la realeza, cargaban sobre los hombros del pueblo.
¿Os sorprendeis, ¡oh pobres gentes! –exclama Meslier–, de que la vida no sea para vosotros más que un fardo de sufrimientos y fatigas? Ello se debe a que todo el esfuerzo y los sudores del día pesan solamente sobre vosotros, como a los trabajadores del Evangelio le pesan las cargas del Estado. Sobre vosotros gravitan no sólo vuestros reyes y prínci-pes, que son vuestros tiranos, sino toda la nobleza,
toda la clerecía, toda la frailería, unidas a la caterva de picapleitos y los vampiros de las finanzas y los impuestos y toda la gente ociosa e inútil que hay sobre la tierra. Todos ellos y sus criados y servidores viven de los frutos de vuestro amargo trabajo; sois vosotros, y solamente vosotros, quienes les sumi-nistráis todo lo que necesitan o pueden apetecer no ya para su sustento, sino también para sus placeres. Nos parece estar escuchando una voz del tiempo de las guerras de los campesinos. Pero Meslier es, en mu-chos aspectos, un precursor lejano de la Revolución Fran-cesa, en el que encontramos pasajes tan arriesgados como el siguiente:
Os hablan, mis queridos amigos, del diablo, que-riendo asustaros con su solo nombre y haciéndoos creer que los diablos no sólo son los más grandes enemigos de vuestra dicha, sino también lo más ho-rrible y abominable que se pueda concebir. Pero los pintores se equivocan cuando en sus cuadros pin-tan a los diablos como monstruos repelentes y es-pantosos; se engañan y os engañan, lo mismo que vuestros predicadores, cuando unos en sus cuadros y otros en sus sermones, os presentan a los diablos como feas, repugnantes y monstruosas bestias. No es así como debéis representároslos, sino como esos bellos galanes y esas lindas damas y damiselas de la nobleza que veis tan bien ataviados, peinados y empolvados, tan perfumados y tan resplandecien-tes de oro, plata y pedrería. Los diablos que vuestros curas y vuestros pintores os describen con tan feas y horribles figuras son diablos imaginarios, que sólo infunden miedo a los niños y a los ignorantes y sólo pueden causar males imaginarios a quienes creen
en su existencia. En cambio, aquellos otros diablos y diablesas, esos caballeros y esas damas de que os hablo, no son seres imaginarios, sino figuras palpa-bles de carne y hueso, tan reales y verdaderos como los males que causan a los pobres pueblos, que son, desgraciadamente, harto reales y sensibles.
Esta realidad de la sociedad en que le había tocado vivir representaba, para Meslier, una criminal inversión del verdadero orden de las cosas:
Todos los hombres son iguales por naturaleza –dice nuestro cura–; todos ellos tienen derecho a vivir y a desplazarse sobre la tierra, a disfrutar de su libertad natural y a participar de los bienes del mun-do, procurándose por medio de su trabajo las cosas útiles y necesarias para la vida. Ahora bien, puesto que viven en sociedad y la sociedad no puede sub-sistir sin cierta dependencia y sumisión, por fuerza tiene ésta que existir, en mayor o menor medida, entre los hombres. Pero esta sumisión debe ser justa y bien proporcionada, es decir, no debe exaltar de-masiado a unos y humillar dede-masiado a otros, re-servar para unos todos los goces y todos los bienes y para otros todos los sacrificios y toda la miseria. Cabría pensar lógicamente, dice Meslier, que la religión coopera a este resultado, que condena con la dulzura y la equidad que le son propias la dureza y las injusticias de un régimen tiránico. Como también cabría esperar, por otro lado, que una sabia política pusiese un dique a las fantasmagorías y a los abusos de una falsa religión.
Así debería ser, pero no lo es. Ambas, la religión y la política, se entienden y trabajan mano a mano, como dos rateros combinados. Los curas predican la obediencia y la
autoridad ante los príncipes, a quienes presentan como instituidos por Dios; los príncipes, por su parte, mantienen en pie la dignidad de los curas y los rodean de prebendas y de rentas. De modo que ambos males deben ser combati-dos simultáneamente; pero como la Iglesia y la religión son las que encadenan preferentemente las almas de la multi-tud y atan las manos de los pueblos en su resistencia con-tra los gobiernos tiránicos, Meslier considera que lo prime-ro es demostrar la carencia de fundamentos de la religión. Dos cosas contribuyen a abrir los ojos a nuestro párro-co: una es la mentalidad escéptico-secular que va afirmán-dose en la lectura de su libro favorito, los Essais de Montaigne; otra, el espíritu de duda y el rigor de pensamiento y de concepto que adquiere en la escuela de Descartes.
También parte Meslier en su análisis de la religión –como se desprende naturalmente de la actitud de la duda incipiente– del hecho de la pluralidad de religiones sobre la tierra. Cada una de ellas pretende ser la verdadera y la instituida por Dios; pero es imposible que todas sean ver-daderas y de origen divino, puesto que se contradicen en muchos puntos y hasta se repelen y condenan unas a otras. Podría serlo, a lo sumo, una; pero en realidad ninguna lo es, ni la católico-cristiana ni ninguna otra.
Todas las religiones son obra de los hombres, y como todas se hacen pasar por invenciones divinas, todas des-cansan sobre el engaño; fruto de las cavilaciones de astu-tos políticos, son difundidas y desarrolladas luego por far-santes y falsos profetas, aceptadas por los pueblos igno-rantes y sancionadas por los poderosos y los grandes de la tierra como freno para la multitud. Si un Dios infinitamen-te poderoso, infinitameninfinitamen-te sabio y bueno, hubiese creído necesario revelar una religión, la habría dotado por medio de su infinita bondad y sabiduría de rasgos absolutamente imborrables donde quedara impresa su divinidad, para impedir que los hombres pudieran verse inducidos a error
con respecto a ella. ¿Para qué, si no, instituir una religión? Pues bien, ninguna de las muchas religiones existentes ostenta estos signos, pues de otro modo sería incomprensi-ble que los hombres siguieran discutiendo todavía hoy para saber cuál es la verdadera.
Por consiguiente, ninguna puede ser considerada como obra de la revelación divina. Ninguna tampoco es verda-dera. Todas ellas, y son muchas, se asientan sobre la fe, es decir, sobre la creencia en lo que no se ve, sin pruebas y hasta castigándose el intento de indagarlas como un
cri-men laesea majestatis. Ahora bien, semejante fe, lejos de ser
principio de verdad, sólo es principio de error, de fraude y de quimeras, por una parte, y por otra de litigios y divisio-nes. Es cierto que, bajo cuerda o a posteriori, todas las reli-giones, y principalmente la cristiana, alegan ciertas prue-bas en apoyo de su verdad: ¿quién ignora, en efecto, las pretendidas pruebas que suelen derivarse de los milagros, de las profecías, de las excelencias de la doctrina, del celo y la firmeza de sus primeros adeptos y mártires? Ninguna de estas pruebas resiste el examen, según Meslier; ni las de la religión cristiana ni las de ninguna otra.
Y como los milagros y profecías aducidos como prue-bas por el cristianismo están incluidos en los libros sagra-dos de los judíos y los cristianos –escritos que pasan tam-bién por ser obra de la inspiración divina–, conviene ante todo proceder a su examen. Todos ellos, tanto los del Nue-vo Testamento como los del Antiguo, son, según el párroco de Etrépigny, de tal naturaleza, que excluyen toda idea de inspiración divina, y hasta como simples libros humanos valen muy poco.
Estos libros, que por lo que se refiere al contenido no son otra cosa que compilaciones de fábulas, errores y con-tradicciones, presentan también defectos enormes en cuan-to a la forma. El Antiguo Testamencuan-to comienza con el cuencuan-to del paraíso y de la serpiente que habla, para recoger luego
un montón de leyes sobre el culto divino, tan supersticio-sas como pueda serlo cualquier pueblo de idólatras; vie-nen enseguida una serie de historias poco edificantes de reyes, y a continuación los profetas, gente fanática y entre-gada a la fantasía. Realmente, para componer estos libros no hacía falta inspiración divina, e incluso habría sido necesaria muy poca cultura humana para haberlos redac-tado un poco mejor.
En cuanto al Nuevo Testamento, Meslier va descubrido con gran sagacidad las variantes y contradicciones en-tre los distintos Evangelios, y podemos decir que saca a la luz casi todos los puntos que siguen siendo la manzana de la discordia entre críticos y apologéticos. Por lo demás, re-procha a los Evangelios su tosquedad y pobreza de estilo, así como la falta de orden y continuidad en el relato. Y de los escritores que intervinieron en la redacción del Nuevo Testamento, siente especial aversión, por el embrollo y la confusión de las ideas –y en esto coincide con Reimarus– por el apóstol Pablo.
La Biblia, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, no puede compararse ni de lejos, ni en conjunto ni en sus detalles, por lo que se refiere a su valor y a su contenido, con las obras en prosa de Jenofonte o Platón, de Cicerón o Virgilio. Las fábulas de Esopo, dice Meslier, encierran un sentido y una enseñanza incomparablemente mayores que todas aquellas vulgares y toscas parábolas de los llama-dos Evangelios.
En cuanto a los milagros y a todas las historias plaga-das de milagros y profecías que recogen estos libros, ¿qué crédito nos pueden merecer, si las fuentes que los transmi-ten son lo que acabamos de ver? Nadie sabe por quién ni cuándo fueron redactados estos escritos. Lo que sí puede asegurarse, pues se lo descubre en ellos a primera vista, es que fueron redactados por gente inculta e ignorante, incapaz incluso de analizar debidamente lo escuchado a
muy poca distancia en el tiempo de los hechos, y ni siquie-ra lo que vieron sus propios ojos.
Añádase a esto que tales supuestos milagros son tan poco dignos de Dios como las pretendidas revelaciones, y que las profecías no pueden darse por cumplidas a menos que para ello se recurra a una llamada interpretación espi-ritual de los hechos, cuya forzada violencia no demuestra sino una cosa: lo malparado que sale el intento al enfren-tarse con la realidad. Así, por ejemplo, los milagros del Antiguo Testamento presuponen una incomprensible par-cialidad de la Providencia divina en torno a un pueblo pequeño y altamente indigno. En cuanto a los del Nuevo Testamento, resulta difícil, por no decir imposible, com-prender cómo Dios pudo limitarse a curar unas cuantas enfermedades del cuerpo, dejando intactos los profundos daños morales que padece la humanidad y cuya curación era, según asegura el mismo Nuevo Testamento, la finali-dad de la misión con que Jesús bajó a la tierra.
Para Meslier, la doctrina cristiana del carácter divino de Jesús es, sencillamente, una de tantas mitificaciones que encontramos en la historia del mundo antiguo. El pretexto de las revelaciones divinas no fue nunca, según él, más que un ardid político, como el de Numa cuando impresio-naba a sus gentes hablándoles de sus conversaciones con la ninfa Egeria o el de Moisés cuando se escudaba detrás de sus entrevistas con el Dios del Sinaí. Sin embargo, aña-de Meslier, estos gobernantes antiguos tenían todavía, al menos, un resto de pudor, pues no se hacían pasar ellos mismos por dioses, como otros de épocas posteriores, aun-que se apoyasen en ellos.
El supuesto Dios que hablaba con Adán, se paseaba con él por los jardines del paraíso terrenal, etc., era sencilla-mente, según se desprende de lo dicho, un mortal igual que él, y Adán un necio engañado por sus artes de simulación. Y otro tanto acontecía, evidentemente, con el Dios de
Moisés, como lo demuestra su negativa a mostrársele de frente, para no exponerse al peligro de ser identificado por él como una persona demasiado conocida. A menos –añade nuestro demoledor crítico, llevando hasta el final una audaz conjetura– que las palabras del supuesto Dios fuesen las del propio Moisés, que recurriera a este ardid para darles mayor autoridad al ponerlas en boca de un Dios.
Punto de vista cuestionado de la crítica histórica, al que tampoco Reimarus acierta a sobreponerse de un modo sus-tancial. “Los antiguos tenían –dice Meslier– la costumbre de elevar al rango de dioses a los emperadores y a los gran-des personajes. El orgullo de los grangran-des, la adulación de unos y la ignorancia de otros dieron vida y alimento a esta costumbre.” Y del mismo modo puede explicarse el naci-miento de las más antiguas ideas sobre la divinidad. Saturno, Júpiter, Juno, etc., tampoco fueron –según nuestro cura–, otra cosa que “hombres y mujeres de alta alcurnia, príncipes y princesas y otros personajes prestigiosos que se arrogaron el nombre de dioses y de diosas o a quienes los demás se lo atribuyeron por ignorancia, complacencia y adulación”.
Sin embargo, hay que reconocerlo, el párroco declara que al menos algunos de ellos fueron gente importante y meritoria. ¿Pero quién fue el hombre al que los cristianos escogieron como Dios? Si nos detenemos a averiguar la opinión que otros tenían de él, veremos que sus contem-poráneos y sus conciudadanos no sólo lo consideraban, en general, un hombre como cualquier otro, sino además un fanático y un necio. Detengámonos en sus discursos y encontraremos que se forjaba las ideas más extravagan-tes acerca de su persona: anunciaba que restauraría el reino de David, que retornaría en las nubes del cielo e incluso que era el hijo del todopoderoso Dios.
Y lo mismo ocurre con sus actos, con sus peregrinacio-nes predicando el advenimiento del reino celestial, con sus visiones, en las que aparecía conducido por el demonio a una montaña y a las almenas del templo, con sus jactanciosas milagrerías: son los actos de un fanático que, como se advierte en el episodio de la expulsión de los mer-caderes del templo, no retrocede siquiera ante el empleo de la violencia. El propio Voltaire se creyó en la obligación de defender la personalidad de Jesús contra los virulentos ata-ques de Meslier, atribuyéndolos a la rabia largamente con-tenida de un hombre que durante años y años se había visto obligado a predicar y adorar como Dios, en el púlpito y en el altar, a quien sólo consideraba como un hombre.
Su crítica demoledora contra el Dios de los cristianos y el Hombre-Dios, sobre el concepto del Dios de los filósofos, prosigue y no considera haber logrado su meta hasta no juzgar que ha logrado que se desvanezca como una quime-ra y una fantasmagoría toda posible idea de Dios, viniese de donde viniese. Los modernos adoradores de Dios, dice, creen haber hecho una gran cosa al apartarse de la religión politeísta de los paganos para concentrarse en el culto de un solo Dios. Con ello no han hecho más que poner aún más de relieve las contradicciones inherentes a la mitolo-gía. “Ni la Quimera de los antiguos –dice Meslier–, ni la Esfinge, ni Tifón, ni todas las ficciones de los poetas, llega-ron a ser nunca tan disparatadas como el concepto de Dios de sus modernos adoradores.”
Entre estas contradicciones se cuentan, para él, no sólo la que media entre la unidad y la trinidad del misterio cris-tiano, que somete a una crítica demoledora, sino las que invalidan también por completo el concepto puramente teísta de la divinidad. Un ente que sin ocupar lugar alguno en el espacio llena el espacio todo, que sin tener él mismo movimiento hace mover el mundo, que sin experimentar cambio alguno es un principio de vida y de acción, es algo
totalmente inconcebible para él. A su juicio, los modernos adoradores de Dios operan con simples palabras, a las que no atribuyen ninguna representación mental.
Esto no es obstáculo para que se ofrezcan a aportar más de una prueba de que semejante ente existe y tiene necesa-riamente que existir. Recordemos la firmeza y la certeza con que el propio Voltaire edificaba, principalmente, sobre el argumento físico-teológico de la existencia de Dios. Meslier somete este argumento a una crítica tajante.
Ninguna premisa habría refutado con tanta fuerza en su crítica como la que pretende presentar a la naturaleza como arte. Las obras de arte, dice Meslier, nacen de mate-rias que de por sí no tienen movimiento, y que por lo tanto jamás podrían llegar por sí solas a constituir una obra; por el contrario, las obras de la naturaleza nacen de materias que imprimen su propia forma gracias al movimiento que les es propio y natural.
Se objeta que este movimiento no reside en la propia naturaleza, sino que necesariamente le sería transmitido desde fuera, por una causa creadora. Pero, ¿qué ganamos con dar por supuesta la existencia de esta causa? Contem-plo la naturaleza y veo en ella ciertos movimientos y for-mas que me llenan de admiración; ¿acaso podré explicár-melas más fácilmente inventando un ente misterioso en-cargado de transmitirle esos movimientos? No cabe duda de que es mucho más sencillo atribuir a algo revelado por la experiencia –la naturaleza o la materia– ciertas cualida-des que observamos como propias, que presuponer –para adjudicarle estas cualidades– un ente que ninguna expe-riencia nos revela.
De donde todo queda reducido al problema de saber si el movimiento puede ser realmente considerado como atri-buto esencial de la materia. En este punto, llevado de la errónea concepción de que existen también cuerpos inmó-viles, incurre Meslier en la capciosa distinción de que si
bien el movimiento no forma parte de la esencia misma de la materia, es, sin embargo, una cualidad de su naturaleza; no sabemos, dice, qué sea el principio del movimiento, pero sí que no encierra ninguna contradicción el derivar el mo-vimiento de la materia misma.
A nuestro sagaz cura le faltaba fundamentalmente, para salir triunfante en su empeño, indagación sobre este punto, conocer el principio newtoniano de la gravitación, muy poco difundido todavía en la Francia de su tiempo; se aferra aún a la teoría de los remolinos de su Descartes y, situado en este punto de vista exterioriza, como es natural, una serie de ideas extraordinariamente peregrinas sobre el movimiento originario del mundo físico.
Mucho más fuertes son sus argumentos en la contraprueba. Si el movimiento de la materia, nos dice, pro-viene de afuera, sólo podría originarse, naturalmente, de un ente inmaterial, pues de otro modo provendría de sí misma. Ahora bien, un ente inmaterial no puede mover la materia, por la sencilla razón de que él mismo carece de movimiento, ya que el movimiento presupone espacio, corporeidad, y el impulso motor firmeza e impenetrabili-dad, cualidades todas ellas exclusivas de la materia.
Y no es menos certero el contraargumento que Meslier desarrolla basándose en el concepto de la creación. Si algo fuese obra de la creación, tendrían que empezar por serlo el tiempo, el espacio y la materia. Sin embargo, el tiempo no puede haber sido creado, pues para ello ten-dría que haber existido antes su creador, y este antes sería ya el tiempo mismo. Y lo mismo acontece con el espacio; antes de existir, ¿dónde habría estado su creador y cómo podía haberlo creado sin movimiento y, por tanto, sin espacio?
En lo que se refiere a la materia, la prueba de que no pudo ser creada coincide con el argumento anterior de que su movimiento no puede provenir de afuera.
Otra refutación del argumento físico-teológico es la que Meslier desarrolla desde el punto de vista de la teodicea. Todas las perfecciones del mundo, dice, no hablarían en pro de la existencia de un creador perfecto con la fuerza con que habla en contra de ella el más pequeño de los ma-les. “Admiro –declara– las obras de la naturaleza, su belle-za y su orden, tanto como pueden admirarlas quienes ado-ran a Dios; pero las admiro como obras de la naturaleza, ya que como obras de Dios me sería imposible admirarlas.”
Para ello tendrían que ser, en efecto, obras perfectas y sin mácula, cosa que no son. Meslier se da perfecta cuenta de que el mal es una necesidad para el universo, tal y como éste es actualmente; el proceso incesante de nacimiento sobre el que descansa presupone una constante caduci-dad, la caducidad o la muerte presupone la desintegración de los cuerpos, que en los seres sensibles lleva aparejado necesariamente dolor; los hombres y los animales mori-rían asfixiados los unos por los otros si no prefiriesen devorarse entre sí.
Todo esto es cierto. Pero ¿cómo podría un mundo así (y aquí Meslier habla casi como Schopenhauer) haber sido creado por un ente perfecto? Lejos de ello, la existencia de semejante universo prueba la inexistencia del Dios crea-dor. En lo que se refiere al mal moral, Meslier refuta la idea de que esté admitido por Dios; niega que esa idea pueda aplicarse a un ser omnipotente, y demuestra con bastante sagacidad cómo jamás se encontrará en la realidad de las cosas ese pretendido bien mayor que se dice fruto de la admisión divina del mal.
Como es sabido, la verdadera prueba cartesiana de la existencia de Dios era la llamada prueba ontológica. Tam-poco esta argumentación, a pesar de proceder de su escuela filosófica, es respetada por Meslier. A esta prueba basada en la idea de Dios y que se presenta como concluyente en cuan-to a su existencia, opone la afirmación, indudablemente
simplista pero a primera vista irrefutable, de que la idea que nos formamos de una cosa no quiere decir, ni mucho menos, que la cosa sea tal como nos la representamos. Y si se pretende que ocurra esto con las ideas claras y diáfanas, es decir, que sea verdad todo lo que nos representamos con claridad y nitidez, no olvidemos que Meslier, según acaba-mos de ver, considera la idea de Dios como la negación de la nitidez y la claridad.
¿O acaso se pretende que la idea de Dios existente en nosotros pruebe la existencia de Dios en el sentido de que sólo puede habernos sido comunicada por Dios mismo? En este caso, Meslier demuestra lo contrario, a saber: que la idea de lo infinito es algo tan natural a nuestro espíritu como la idea de lo finito, razón por la cual no necesitamos que ningún ente infinito nos la infunda. El algo inexistente que hay que concebir no es el ser infinitamente perfecto, sino el ser o el ente en general (l’être en général et infini, no
l’être infiniment parfait).
Ahora bien, este ser o ente general no es otra cosa que la materia. Enfocada de este modo, la prueba ontológica coin-cide con la prueba cosmológica bien entendida. Es cierto que, por el mero hecho de que exista algo, tiene que haber existido algo desde toda una eternidad; pero este algo es precisamente el ente o ser material que tenemos ante noso-tros, y no un algo inmaterial que simplemente nos imagi-namos. Ese algo eterno tiene que ser algo de que estén he-chas todas las cosas, que resida en todas ellas y al que todas retornen: pues bien, este algo sólo es, sólo puede ser, la materia.
De esta materia nace, por medio de su movimiento natural y como resultado de diversas combinaciones y modificaciones de sus partes, toda la gama de los seres naturales hasta llegar al animal y al hombre, sin que para ello sea necesario ni pueda ayudar tampoco en lo más mí-nimo la idea de un creador situado fuera de la naturaleza.
Al presentar el ser general como el fundamento y principio de todas las cosas y éstas –excluyendo toda idea de crea-ción–, simplemente como otras tantas modificaciones del ser, Meslier se acerca considerablemente a Spinoza y a su sustancia. Lo que ocurre es que no contrapone el pensa-miento a la extensión como otro atributo de la sustancia igual en rango, sino que lo considera simplemente como un modus de la extensión o, para decirlo mejor, de lo exten-so, de la materia.
Mientras que en el primer punto, el de la eliminación del divino artífice, Meslier se halla en abierta oposición con el punto de vista de Voltaire y del teísmo en general, en el otro punto, el que se refiere al concepto del pensamiento como una modificación de la materia, observamos una analogía entre ambas concepciones. Sin embargo, mien-tras Voltaire echa mano aquí al pobre recurso de conside-rar el pensamiento como una función transferida a la ma-teria por obra de una voluntad todopoderosa, Meslier se esfuerza en desvirtuar las pruebas de la inmaterialidad del pensamiento y del alma.
Los pensamientos y las sensaciones, dicen los cartesianos, carecen de forma y de extensión, no pueden dividirse ni cortarse; no son, por consiguiente, materiales. Tampoco de un sonido, de un aroma, replica Meslier, pue-de pue-decirse que sean redondos ni cuadrados; ni la salud y la enfermedad, la fealdad o la belleza pueden medirse con una vara, y, sin embargo, son cosas bien materiales. Lo que ocurre es que podemos encontrarnos con modificaciones de la materia que, aun siéndolo, no reúnen todas las cuali-dades de ésta.
¿O acaso se cree que por no considerar el pensamiento y las sensaciones como funciones de la materia, es decir, del cuerpo humano formado por ésta, y por atribuir estas actividades a un alma inmaterial, resulta más fácil expli-car la comunidad de esta alma con el cuerpo material del
hombre? En lo más mínimo. Si el cuerpo no es capaz de sentir, ¿cómo va a transmitir al alma las percepciones de los sentidos? Y si el alma es un ente sencillamente inmate-rial, ¿cómo puede ser capaz de placer y de dolor?
Quien conciba el pensamiento y las sensaciones como funciones de un alma inmaterial, negando ésta a los ani-males, deberá, consecuentemente, negar a los animales toda sensación, considerarlos como simples máquinas, que era en efecto lo que hacía la escuela cartesiana. Contra esta manera de ver se rebela en Meslier no sólo el saludable sentido común, sino también el sentimiento humano. Cali-fica esta teoría de abominable porque contribuye a ahogar en el corazón del hombre, ya de por sí bastante duro, toda compasión por aquellos pobres seres, dignos de ser trata-dos humanamente, como compañeros que son de nuestra vida y de nuestros trabajos.
“Si existiese –dice– un tribunal para administrar justi-cia a los pobres animales, denunjusti-ciaría ante él a una doctri-na tan nefasta e infame como ésta con la que tanto se los perjudica, e insistiría en que fuese condenada hasta conse-guir que se la desterrase por completo del espíritu y las creencias de los hombres, obligando a abjurar públicamente de ella a los cartesianos que la sostienen.”
Esta compasión por el mundo animal respondía en Meslier a un sentimiento tan profundo que, aun compren-diendo, como hemos visto, la necesidad de que se diese muerte a los animales, no acaba de congraciarse con la alimentación carnívora. No dice que sea vegetariano, pero confiesa que le produce mucha pena ver retorcer el cuello a una gallina o a una paloma o sacrificar a un cerdo y que siente verdadera repugnancia por los mataderos. “Si me sintiese atraído por la superstición –dice–, abrazaría segu-ramente la religión de los que no comen carne.”
Partiendo de la inmaterialidad y la unidad simple del alma, la escuela cartesiana llegaba a la conclusión de que
ésta era inmortal. El pensamiento y lo pensante carecen de extensión; donde no hay extensión, no hay partes que dan separarse unas de otras; lo que no tiene partes no pue-de pue-desintegrarse, no puepue-de morir.
Sin embargo, dice Meslier, ¿cómo pretenden los cartesianos afirmar la unidad simple y la inmaterialidad del alma, si reconocen que se halla sujeta a cambio e incluso a enfermedad? Lo que cambia tiene necesaria-mente partes; y si el alma, como demuestra la experien-cia, se fortalece y debilita con el cuerpo, no puede ser una sustancia separada de él, pues para ello tendría que gozar de independencia, de sustantividad. Meslier, por su parte, considera el alma como lo más fino y lo más sutil que hay en nosotros de materia, a diferencia de la materia burda de que están hechos nuestros miembros y las partes visibles de nuestro cuerpo. Claro está que los pensamientos y las sensaciones carecen de forma con-creta mensurable y son, simplemente, movimientos y mo-dificaciones interiores de la materia de que se conforma el cuerpo vivo.
La vida del hombre, como la de los animales, no es sino una especie de fermentación constante de su sustancia, es decir, de la materia de que uno y otros están hechos, y las sensaciones y los pensamientos son, simplemente, moda-lidades especiales y transitorias de este proceso continuo de modificación o fermentación que constituye su vida. Esta fermentación cesa al sobrevenir la muerte, y lo que llamamos el alma se extingue como la llama de una vela cuando le falta el alimento.
Con la vida después de la muerte se desvanece también la llamada justicia divina; miles y miles de hombres justos, dice Meslier, se quedan sin premio, y miles y miles de hom-bres malvados sin castigo. De donde nuevamente se sigue que no existe un Dios infinitamente justo, como no existe un Dios infinitamente perfecto.
Al llegar aquí, al parecer nuestro filósofo debería tomar conciencia de este desvanecimiento de la justicia externa para replegarse dentro de sí y ahondar en sus ideas acerca de la dicha y la desventura, de la vida y el destino del hombre; pero no hace tal cosa, sino que emprende un cami-no muy distinto. Puesto que cami-no existe vida futura, lo prime-ro –dice–, es no seguir dejándose engañar por los curas, “quienes –grita Meslier a sus antiguos feligreses– con el pretexto de conduciros al cielo y de aseguraros allí la bien-aventuranza eterna, os impiden disfrutar de la verdadera dicha sobre la tierra; quienes, con el pretexto de salvaguardaros en otro mundo de los castigos imaginarios de un infierno inexistente, os hacen sufrir los verdaderos tormentos del infierno en esta vida, la única que os será dado disfrutar”.
Pero esta resistencia puramente pasiva, que consiste en no dar crédito a las fabulaciones de los curas, no basta. Hay que sacudir el yugo que los tiranos, los príncipes y la nobleza han impuesto al pueblo con ayuda de la Iglesia. Los pueblos deberían ponerse de acuerdo, olvidar sus que-rellas y sus litigios y darse la mano para esta obra, más necesaria que cualquier otra.
Y el curita de una aldea de las Ardenas querría que su voz resonase de un extremo a otro del reino para arrancar a todos los hombres del sueño de sus ilusiones y ponerlos en pie y a la obra para romper sus oprobiosas cadenas. Desearía ser Hércules para abatir todos los monstruos que tan cruelmente oprimen a los pueblos.
Y al llegar a este punto, aquel hombre tranquilo, inca-paz de ver matar a una gallina, nos reserva una tremenda sorpresa.
Dice un autor antiguo –escribe– que es muy raro ver a un tirano cargado de años; eso sucedía enton-ces, cuando los hombres no tenían aún la debilidad
y la cobardía de dejar vivir y gobernar mucho tiem-po a sus tiranos. Aquellas gentes tenían la inteligen-cia y el valor necesarios para desembarazarse de ellos tan pronto como empezaban a abusar del po-der. Hoy, desgraciadamente, ya no tiene nada de raro ver que los tiranos viven y gobiernan largos años (como Luis XIV, piensa Meslier, aunque no lo diga expresamente).
Y apenas damos crédito a nuestros ojos cuando leemos en el Testamento del amable cura párroco de Etrépigny el siguiente desahogo:
¿Dónde están aquellos nobles tiranicidas del tiempo pasado? ¿Dónde están los Bruto y los Casio, dónde los valientes matadores de un Calígula y de tantos otros? ¿Y qué se ha hecho, por otra parte, de los Trajano y los Antonino, de aquellos príncipes bondadosos y de aquellos dignos emperadores? En vano buscaremos a sus émulos en el trono. Pero, a falta de ellos, ¿dónde están los Jacques Clément y los Ravaillac de nuestra Francia? ¿Por qué ya no vivís, ¡oh nobles asesinos de los tiranos!, para abatir a todos estos malditos monstruos y enemigos del género humano y liberar a los pueblos, con su muer-te, de la esclavitud en que hoy gimen?
No, nuestros ojos no nos engañan. El buen cura clama real y verdaderamente –si dejamos a un lado aquellas tra-dicionales figuras retóricas que son los nombres de Bruto o Casio– por la vuelta de un Ravaillac, de un Jacques Clément. El derecho al tiranicidio es para Meslier algo tan indiscuti-ble, que no perdona al concilio de Constanza que lo hubie-se condenado (por lo demás, en términos bastante condi-cionales) e incluso deriva de ello otro reproche contra el
cristianismo. En el Testamento del pastor de almas de Etrépigny nos encontramos ya con aquella célebre frase a que más tarde daría tajante forma epigramática Diderot: “No estaba tan errado –dice Meslier– el hombre que expre-só su deseo de ver a todos los grandes y nobles de la tierra colgados de las tripas de los curas”.
Pensamos, al leer esto, en Voltaire y en su afirmación, innumerables veces repetida, de que sólo en el fanatismo religioso, jamás en la filosofía o en la ilustración, había que buscar la causa de los regicidios perpetrados durante los últimos siglos. Y he aquí que un filósofo, y además un filó-sofo tan afín a él por sus ideas, se atrevía a predicar el tiranicidio. Claro está que este filósofo era, además, un fa-nático, y su invocación de Ravaillac procedía más del se-gundo que del primero. Sin embargo, ¿quién podía estable-cer diferencias tan sutiles, y quién era capaz de prever las funestas consecuencias que de aquí podían derivarse para la filosofía y para el partido de los filósofos? No se trataba solamente de colocar esta antorcha en el candelero, sino de prender fuego con ella, al igual que con la del ateísmo, a las mieses de la sociedad.
Ahora bien, una vez desembarazado el mundo de sus tiranos eclesiásticos y seculares, ¿qué régimen preconiza nuestro caritativo regicida para sustituir al derrocado?
Sabemos que reconoce la necesidad de una subordina-ción, de una relación de dependencia, para que el orden social pueda existir. Pero los dirigentes de la sociedad no deberán ser soberbios nobles ni violentos y poderosos prín-cipes, sino siempre los hombres más sabios y más dignos, los hombres maduros y llenos de experiencia. Y éstos sólo gobernarán la sociedad como lo aconseja el bien común, pues así lo garantiza la desaparición en ella del lucro privado.
Como se ve, nuestro revolucionario párroco profesa ideas comunistas. Considera como un abuso, desgraciadamente
muy extendido, “que los hombres hayan convertido en propiedad los bienes y las riquezas de la tierra, en vez de poseerlos en común y de disfrutarlos también en común y por igual”. Entiende que todos los habitantes de una ciu-dad, de una aldea o de una parroquia deben formar una gran familia, vivir entre sí como hermanos y hermanas, como padres e hijos y, por tanto, comer, vestirse y albergar-se en común con los mismos alimentos, con el mismo vesti-do y bajo el mismo techo, como fruto de su trabajo también común, aunque repartido según el talento y la destreza, la estación del año y la necesidad.
Cada comunidad establecería convenios con otras de la misma comarca o el mismo país, obligándose a compor-tarse fraternalmente unas con otras y a prescompor-tarse la necesa-ria ayuda mutua. De este modo, no sólo se acabaría con la desigualdad en la distribución de los bienes y con todos esos medios reprobables de que hoy se vale el individuo para acaparar la mayor cantidad posible, sino que se pon-dría fin a todos los descontentos, a todos los litigios, los odios, las revueltas y las guerras. Eran también éstas las ideas que no podían encontrar eco en Voltaire; tal vez sí, en cambio, en Rousseau.
Enseguida se nos ocurre preguntarnos qué sucedería con el matrimonio en un régimen así, donde todos los hom-bres se considerarían como hermanos y hermanas. Y no debemos considerar, por este solo hecho, como un acto de fanatismo el que este experimentado sacerdote declare tam-bién la indisolubilidad católica del matrimonio como uno de los abusos con los que conviene acabar.
Si los hombres –dice–, sobre todo los que ado-ran a Cristo, no considerasen indisoluble entre ellos el vínculo del matrimonio; si, por el contrario, dejasen a hombres y mujeres en plena libertad de unirse maritalmente los unos con los otros según
sus inclinaciones y de volverse a separar a tono con su voluntad o cuando su inclinación los moviera a establecer otra unión, podemos estar seguros de que no se verían tantos malos matrimonios ni tantas dis-cordias conyugales como hoy se ven.
Es, como se ve, una legislación matrimonial muy am-plia la que se predica aquí. ¿Y los hijos? También ellos, opina nuestro platónico sacerdote, saldrían ganando con este régimen. Mientras que ahora son muchos los que pa-decen las discordias entre sus padres o son víctimas de su ignorancia o su pobreza, por el contrario todos recibirían la misma educación, la misma alimentación e idénticos cuidados, a los que proveería la comunidad de su fondo colectivo.
Ese hombre ve al mundo que lo rodea engañado por los curas, humillado por los tiranos; todas las religiones se basan fundamentalmente para él en el engaño, y todos los estados en la injusticia y el despojo; no ve en el cielo nin-gún Dios que vele sobre este desconcierto ni una vida des-pués de la muerte que remedie las contradicciones y los males de la actual. De un estado como éste, tan atroz y desesperado, no se puede salir más que por medio de un cataclismo espantoso, allanando el suelo y erigiendo sobre él un edificio levantado sobre cimientos completamente nuevos.
Algo había que no funcionaba del todo bien en el espí-ritu y las facultades de este filósofo rural. Pero la culpa hay que atribuírsela a su tiempo. Le tocó vivir en una época cuyas realidades eran demasiado duras para su corazón y en que las ciencias, las sociales, las filosóficas y las de la naturaleza, no habían salido aún de su fase rudimentaria y podían proporcionar escasa ayuda a su ágil pero desam-parado pensamiento. El ideal es para él una imagen del porvenir, un proyecto, una utopía que reclama una violenta
realización, en vez de saturar como un hálito ideal y de impulsar como un resorte orgánico su visión del presente. El manuscrito que dejó al morir el cura Meslier circuló durante bastante tiempo en copias manuscritas, las cua-les, según afirma Voltaire, se cotizaban a un precio elevado en París, como mercancía prohibida. De una de estas co-pias, que sin duda alguna llegó a sus manos por Thieriot, hizo Voltaire el extracto publicado por él en 1762 y difun-dido gratuitamente con el título de Sentiments du curé Meslier. Diez años después, el barón de Holbach dio a la im-prenta un escrito titulado Le bon sens (que sólo en posterio-res ediciones, según parece, se completó con las palabras
du curé Meslier), en el que el autor del Systéme de la nature
desarrollaba los principios del materialismo y del ateísmo coincidiendo de manera general con Meslier, pero por lo demás ajustándose a su propio criterio. El Catéchisme du
curé Meslier, publicado en 1789, era, al parecer, una simple
repetición de la obra anterior.
Si tenemos en cuenta el modo en que los librepensadores de una época posterior tratan los pensamientos de Meslier, debemos rechazar como poco verosímil la conjetura del editor de la Biographie ardennaise, inspirada evidentemente en la simpatía hacia el autor, de que ya los ejemplares ma-nuscritos de su Testamento habían sido interpolados por gentes de esa ideología.
Durante la época del terror, en noviembre de 1793, Anacarsis Cloots propuso a la Convención que fuese ele-vado un monumento a Meslier, por haber sido el primer sacerdote que había tenido el valor y la honradez de abju-rar de sus errores religiosos; la propuesta, enviada al Co-mité de Instrucción Pública, cayó en el vacío. Por aquel entonces, la Convención tenía bastante que hacer con in-tentar llevar a la práctica las doctrinas del Testamento sobre
el tiranicidio. Por otra parte, menos de medio año después Robespierre decretaba la existencia del Ser Supremo.
Ya bajo el antiguo régimen, hacia 1775, fueron conde-nadas a ser destruidas todas las copias y reediciones del
Testamento que circulaban en Francia, condena que en
dis-tintas ocasiones volvió a decretarse bajo la Restauración y aún estando en el poder la monarquía de julio. Hasta que finalmente, en 1864, un admirador de la obra se hizo acree-dor a la gratitud de todos los amigos de la Historia median-te la publicación en Holanda del median-texto completo en tres tomos: Le testament de Jean Meslier, curé d’Étrepigny et de But
en Campagne, décédé en 1733. Ouvrage inédit, précédé d’une préface, d’une étude biographique, etc., por Rudolf Charles. Amsterdam, à la librairie étrangère, R. C. Meijer, 1864.
CORRESPONDENCIA A PROPÓSITO
DE LA OBRA DEL CURA MESLIER
VOLTAIRE A D’ALEMBERT
Ferney, Febrero de 1762.
Se ha impreso en Holanda el Testamento de Jean
Meslier.
Al leerlo he temblado de horror. El testimonio de un cura que, al morir, pide perdón a sus feligreses por haberles enseñado el cristianismo, puede inclinar la balanza a favor de nosotros los libertinos.
Os enviaré un ejemplar de este Testamento del Anticristo, puesto que queréis refutarle. No tenéis más que indicarme por qué conducto lo queréis recibir. Está escrito con una sencillez burda que, por desgra-cia, se asemeja mucho al candor.
DEL MISMO AL MISMO
Ferney, 29 de Febrero de 1762.
...Meslier es también curioso. La buena semilla es-taba ahogada por la cizaña de su in-folio. Un buen sui-zo ha hecho un extracto muy fiel, y este extracto pue-de hacer mucho bien. ¡Qué respuesta a los insolentes fanáticos que motejan a los sabios de libertinos! ¡Qué
respuesta, miserables, mejor que el testamento de un sacerdote que pide perdón por haber sido cristiano!
RESPUESTA DE D’ALEMBERT
París, 31 de Marzo de 1762.
Una desinteligencia ha sido la causa, mi querido filósofo, de que recién haya recibido hace pocos días la obra de Jean Meslier que me habíais enviado hace cerca de un mes. Aguardaba recibirla para escribiros. Me parece que se podría poner sobre la tumba de este cura: Aquí yace un sacerdote muy honrado, cura de
aldea en Champaña, que al morir pidió perdón por haber sido católico, y que ha demostrado de este modo que noventa y nueve corderos y un pastor no suman cien bestias.
Supongo que el extracto de su obra es de un suizo que entiende perfectamente el francés. Esto es eviden-te, y bendigo al autor del Extracto, quienquiera que sea.
Esto es trabajar la viña del Señor.
Después de todo, mi querido filósofo, aguarde-mos un poco, y no sé si todos estos libros serán nece-sarios y si el género humano no tendrá talento sufi-ciente para comprender por sí mismo que tres no son uno y que el pan no es Dios.
Los enemigos de la razón hacen en este momento una ridícula figura, y creo que pudiera decirse como en la canción:
Para destruir a esas gentes, no hay más que dejarlas obrar.
No sé a dónde irá a parar la religión de Jesús; pero su Compañía anda de capa caída. Lo que Pascal y Nicole
Arnaud no pudieron hacer, parece que tres o cuatro fanáticos absurdos y desconocidos lo llevarán a cabo. La nación dará una muestra de vigor en el interior cuando se ocupe poco de las cosas exteriores, y figura-rá en los anales cronológicos futuros el 1762: Este año,
Francia perdió todas sus colonias y expulsó a los jesuitas.
No conozco nada como la pólvora de artillería que, con tan poca fuerza aparente, produce tan grandes efectos.
VOLTAIRE A D’ALEMBERT
Las Delicias, 12 de Julio de 1762.
...Me parece que la obra de Jean Meslier produce un gran efecto. Todos cuantos la leen quedan con-vencidos; este hombre discute y prueba. Habla en el instante de la muerte, en el momento en que los em-busteros dicen la verdad. He aquí el más fuerte de todos los argumentos.
Jean Meslier debe convertir la Tierra. ¿Por qué su
Evangelio anda en tan pocas manos? Sois muy tibios
en París; dejáis la luz bajo el celemín.
RESPUESTA DE D’ALEMBERT
París, 31 de Julio de 1762.
Nos acusáis de tibieza, mas ya creo habéroslo di-cho: enfría mucho el miedo que infunden los cuentos. Querríais que hiciésemos imprimir la obra de Jean Meslier, y que distribuyésemos cuatro o cinco mil ejemplares. El fanatismo infame poco o nada perde-ría con esto, y nos juzgaperde-rían locos aun los mismos
que hubiéramos convertido. La Humanidad está hoy más ilustrada, porque se ha tenido la precaución o la dicha de ilustrarla poco a poco.
Si el sol apareciese de repente en una cueva, sus habi-tantes no percibirían sino el daño que les haría en sus ojos. El exceso de luz, únicamente serviría para cegarlos.
D’ALEMBERT A VOLTAIRE
París, 9 de Julio de 1764.
...A propósito, me han prestado esa obra atribui-da a Saint-Évremont, y que dice ser de Dumarsais, de la cual me habéis hablado hace mucho tiempo: es bue-na; pero el Testamento de Meslier es mejor.
VOLTAIRE A D’ALEMBERT
Ferney, 16 de Julio de 1764. El Testamento de Meslier debería estar en el bolsillo
de toda la gente honrada. Un buen sacerdote, lleno de candor, que pide perdón a sus feligreses por ha-berse equivocado, debe iluminar a los que se equivo-can.
VOLTAIRE AL CONDE D’ARGENTAL
Las Delicias, 6 de Febrero de 1762.
...Pero los ángeles no me han dicho nada del libro infernal de este cura Meslier, obra muy necesaria a
los ángeles de las tinieblas, excelente catecismo de Belcebú. Es un libro muy raro; es un tesoro.
VOLTAIRE AL MISMO
Las Delicias, 31 de Mayo de 1762.
Es justo que os envíe un ejemplar de la segunda edición de Meslier. Se había omitido en la primera su prólogo, que es muy curioso.
Vos tenéis amigos cuerdos que no se asustarán de leer este libro. Todo él es muy propio para formar la juventud. El infolio, que se vendía en manuscrito a ocho luises de oro, es ilegible; este pequeño extracto es muy edificante; ¡pero la obra completa es lo que hay que ver!
VOLTAIRE A DAMILAVILLE
En Las Delicias.
Mi hermano tendrá un Meslier desde que recibió mi orden. Parece que mi hermano no está al tanto del asunto. Hace quince o veinte años se vendía el ma-nuscrito de esta obra a ocho luises de oro. Era un volumen muy grueso. En París hay más de cien ejem-plares. No se sabe quién ha hecho el extracto, pero todo él, palabra por palabra, está sacado del original. Existen aún muchas personas que han conocido al cura Meslier. Sería muy útil que se hiciese en París una nueva edición de esta obrita. Se puede hacer fácilmente en tres o cuatro días.
VOLTAIRE AL MISMO
...Mas yo creo que nunca habrá nada que haga más impresión que el libro de Meslier. Calculad de cuánto peso es el testimonio de un moribundo, y de un sa-cerdote honrado.
DEL MISMO AL MISMO
Ferney, 6 de Julio de 1764.
Trescientos Meslier distribuidos en una provincia han conseguido muchas conversiones. ¡Ah! si me se-cundaran, no solamente hubiera publicado el TESTA-MENTO o el Extracto del buen sentido (Dios ante el
senti-do común), sino toda la obra completa, la cual debe
formar tres volúmenes, comprendiendo en ellos el maravilloso estudio sobre Los curas y la religión
natu-ral, que es una obra maestra.
DEL MISMO AL MISMO
Ferney, 29 de Septiembre de 1764.
Hay aquí poco Meslier y mucho tunante.
DEL MISMO AL MISMO
El nombre perjudica a la causa, porque despierta la preocupación. Únicamente el nombre de Jean Meslier puede ser útil, porque el arrepentimiento de un buen sacerdote en el trance de la muerte debe cau-sar profunda impresión.
Este Meslier debería andar en manos de todo el mundo.
VOLTAIRE A MADAME DE FLORIAN
Las Delicias, 20 de Mayo de 1762.
Querida sobrina: Es muy triste estar ausente de vos. Leed y releed a Jean Meslier; es un buen cura. Leedle completo, sobre todo, puesto que tenéis la di-cha de poseer las tres obras completas.
VOLTAIRE AL MARQUÉS D’ARGENS
Ferney, 2 de Marzo de 1763.
He encontrado un Testamento de Jean Meslier, que os envío. La sencillez de este hombre, la pureza de sus costumbres, el perdón que pide a sus feligreses y la autenticidad de su libro, deben producir un gran efec-to. Os enviaré todos los ejemplares que deseéis del
Testamento de este buen cura.
VOLTAIRE A HELVETIUS
Las Delicias, 1° de Mayo de 1763.
¿Y qué testimonio mejor que el de un sacerdote que, al morir, pide perdón por haber enseñado cosas absurdas y horribles? ¡Qué respuesta a los lugares comunes de los fanáticos, que tienen la audacia de afirmar que la filosofía no es más que el fruto del libertinaje!
EXTRACTO del
TESTAMENTO
*
DE J. MESLIER,
POR VOLTAIRE, oSENTIMIENTOS DEL CURA DE ÉTRÉPIGNY Y BUT, DIRIGIDO A SUS FELIGRESES
* La presente versión es una síntesis de la obra de Jean Meslier hecha por Voltaire y publicada en 1762. Mémoire
des pensées et des sentiments de Jean Meslier se publicó por
primera vez en español con el título Memoria contra la
CAPÍTULO I
DE LAS RELIGIONES
No existe secta particular de religión que no presu-ma de estar fundada en la autoridad de Dios y por completo exenta de los errores e imposturas que en las demás se encuentran. A los que pretenden establecer la verdad de su secta toca demostrar que ésta es de institución divina, por medio de pruebas y testimonios claros y convincentes, sin lo cual es preciso admitir como cierto que no es sino invención humana, llena de erro-res y engaños; pues no es creíble que un Dios Todopo-deroso e infinitamente bueno haya querido dar órde-nes y leyes a los hombres, y que éstas no lleven un sello más auténtico y verdadero que las de cualquier impostor de los que tanto abundan. No hay, sin em-bargo, ningún cristiano, de cualquier secta que sea, que pueda patentizar con pruebas claras que su reli-gión es de institución divina y lo demuestra el hecho de que al cabo de tantos siglos de discusión sobre el asunto, hasta recurriendo al hierro y al fuego como argumentos en pro de sus diferentes opiniones, no hay todavía entre ellos partido alguno que haya po-dido convencer y persuadir a los demás con testimo-nios de la verdad; lo que no sucedería si hubiese en una u otra parte pruebas seguras y claras de una ins-titución divina. Como ninguna persona ilustrada y de buena fe, perteneciente a una secta religiosa, preten-de sostener y propagar el error y la mentira, y por el
contrario cada cual por su parte intenta sostener la verdad, el modo cierto de deshacer todos los errores y unir a los hombres en paz en una misma forma, sería exhibir esas pruebas y testimonios de la verdad, y por este medio demostrar palmariamente que tal religión es de institución ciertamente divina, y no lo es ninguna de las otras. Todos entonces se rendirían a la verdad, y nadie osaría combatir tales testimonios sin resultar de inmediato rebatido por las pruebas; pero como éstas faltan en todas las religiones, hace que los impostores puedan inventar a sus anchas y sostener toda suerte de mentiras.
Veamos, además, otras razones que demuestran más claramente la falsedad de las religiones humanas, y sobre todo de la nuestra.
Toda religión que establece por fundamento de su moral y doctrina un principio de errores, y es ella mis-ma mis-manantial funesto de divisiones y trastornos cons-tantes entre los hombres, tiene que ser forzosamente una mala religión. Y como las religiones humanas, y principalmente la católica, basan el fundamento de su doctrina y su moral en el principio del error, sáquese la consecuencia lógica.
No comprendo que pueda negarse la primera par-te de espar-te argumento, pues es bien clara y evidenpar-te para que pueda ser puesta en duda.
Paso a la prueba de la segunda proposición, a saber: que la religión cristiana toma por regla de su doctrina y su moral lo que llaman fe, es decir, la creencia ciega, pero, sin embargo, firme y asegurada por algunas le-yes o revelaciones divinas, o por una divinidad. Nece-sariamente debe así suponerse, pues esta creencia en la Divinidad y en sus revelaciones, es la que le da el cré-dito y la autoridad que en el mundo tiene, sin los cua-les no se haría caso alguno a sus prescripciones.
Razón por la cual no hay una religión que no recomiende expresamente a sus seguidores* la firme-za en la fe; de allí que todo cristiano tenga por máxi-ma que la fe es el principio de la salud, la raíz de la justicia y de toda santidad, como lo marca el Concilio de Trento, sesión 6, cap. VIII.
Es pues evidente que una creencia ciega respecto a cuanto se enseña en nombre de Dios, es un principio de errores y de mentiras. Prueba clara es que no hay impostor en materia de religión que no pretenda cu-brirse con el nombre y la autoridad de Dios, y no diga que es su enviado especial o inspirado por Él. Esta fe y creencia ciegas que ponen como base de su doctrina no son solamente un principio de error, sino también un manantial funesto de divisiones y luchas entre los hombres por el mantenimiento de su reli-gión, pues no hay maldad que bajo este especioso pre-texto no cometan los unos contra los otros.
Luego, no es creíble que un Dios Todopoderoso, infinitamente bueno y sabio, hubiera querido servir-se de medio tal ni de tan engañoso procedimiento para dar a conocer su voluntad a los hombres, pues esto equivaldría a querer manifiestamente inducirlos al error y tenderles trampas para hacerlos abrazar la causa de la mentira; siendo igualmente increíble que un Dios que amase la unión y la paz, el bien y la salud de los hombres, hubiera establecido nunca por fun-damento de su religión un manantial tan abundante de divisiones eternas entre ellos: claro es, por lo tan-to, que semejantes religiones no pueden ser verdade-ras ni haber sido establecidas por Dios.
Bien conozco, no obstante, que nuestros cristianos no dejarán de recurrir a sus pretendidos motivos para
creer, y que dirán que, aun cuando sus creencias sean en cierto sentido ciegas, no dejan sin embargo de es-tar apoyadas por testimonios tan claros y convincen-tes de la verdad, que sería no sólo imprudencia, sino temeridad y hasta locura, no querer convencerse. Generalmente reducen sus argumentos a tres o cua-tro, que son los capitales.
Sacan el primero de la supuesta santidad de su re-ligión, que condena el vicio y recomienda la práctica de la virtud. Su doctrina, según ellos, es tan pura, tan sencilla, que se ve claramente que no puede sino pro-venir de la pureza y santidad de un Dios infinitamen-te bueno y sabio.
El segundo motivo de su credibilidad, lo fundan en la inocencia y santidad de la vida de los que con amor la han abrazado y defendido, hasta el punto de sufrir la muerte y los más crueles tormentos antes que abandonarla; pero no es verosímil que personajes de tal valía se hayan dejado sorprender respecto a sus creencias, ni renunciado a los beneficios de la vida, ni expuesto a sufrir crueles persecuciones por sostener nada más que errores e imposturas.
El tercer motivo de credibilidad lo extraen de los oráculos y las profecías que largo tiempo han estado a su favor, y que presumen se han cumplido de un modo imposible de negar.
El cuarto motivo, finalmente, que sería el principal de todos, consiste en la grandeza y cantidad de mila-gros que en todos los tiempos y lugares han sido he-chos en pro de su religión.
Pero es fácil refutar todos estos razonamientos va-nos y hacer ver la falsedad de todas sus aseveraciones. En primer lugar porque los argumentos que nuestros cristianos sacan de sus supuestos motivos de credibili-dad, sirven igualmente para establecer y confirmar
tanto la mentira como la verdad; porque vemos, en efecto, que por falsa que pueda ser, no hay religión que no intente apoyarse en idénticos motivos de credi-bilidad, ni existe una sola que no pretenda poseer una sana y verdadera doctrina, y que por lo menos a su manera, no condene todos los vicios y no recomiende todas las virtudes; ni la hay que no haya contado con doctos y celosos defensores que sufrieran en su defen-sa crueles persecuciones, ni que no pretenda que en su favor se han hecho prodigios y milagros.
Los mahometanos, los hindúes, los paganos, los invocan en pro de sus religiones, al igual que los cris-tianos. Si nuestros cristianos hacen gala de sus mila-gros y sus profecías, por cierto que en las religiones paganas no se hallan menos que en la suya; así es que la ventaja que pudieran obtener de todos estos pre-tendidos motivos de credibilidad, es la misma que se encuentra en toda clase de religiones.
Siendo esto así (como la historia y la práctica de todas las religiones lo demuestran), resulta claro que los motivos de credibilidad de los que quieren apro-vecharse nuestros cristianos, se encuentran igualmente en todas las religiones, y no pueden, por tanto, servir de pruebas y testimonios que aseguren la verdad de la suya por sobre cualquier otra. La conclusión es evi-dente.
Segundo: para dar una idea de la semejanza de los milagros del paganismo con los del cristianismo, ¿no podría, verbigracia, decirse que habría más razón para creer a Filostrato en lo que se refiere a la vida de Apolonio, que en creer lo que todos los evangelistas juntos dicen respecto a los milagros de Cristo, puesto que se sabe que Filostrato era un hombre de talento, discreto y elocuente, secretario de la emperatriz Ju-lia, mujer del emperador Severo, y que fue a petición
de esta señora que escribió la vida y hechos maravi-llosos de Apolonio? Señal segura de que éste habría llegado a ser famoso por sus hechos extraordinarios, puesto que una emperatriz estaba deseosa de que se escribiese el relato de su vida. Lo que no puede decir-se de Jesús ni de los que escribieron su vida, pues sólo eran unos ignorantes, gentes de baja estofa, po-bres mercenarios, pescadores, que ni siquiera tenían el talento de narrar ordenadamente y sin digresiones los hechos a los que se referían, y que hasta se contra-decían groseramente y con bastante frecuencia.
Respecto a Aquél cuya vida y hechos describen, si hubiera verdaderamente realizado los milagros que le atribuyen, se hubiese hecho realmente notable por sus buenas obras; todos lo habrían admirado, y se le habrían erigido estatuas, como se ha hecho con los dioses; pero, en vez de esto, se lo ha visto como a un hombre salido de la nada, como a un impostor, etc.
El historiador Josefo, después de hablar de los grandes milagros hechos en pro de su nación, mini-miza a renglón seguido la creencia y la vuelve sospe-chosa, diciendo que cada cual es libre de creer lo que quiera: muestra clara de que no le prestaba demasia-da fe. Esto precisamente demasia-da pie a los más sensatos a considerar como narraciones fabulosas las historias de las que estas cosas se ocupan*.
Puede decirse que todo lo que respecta a este asunto, nos hace ver claramente que los pretendidos milagros lo mismo pueden imaginarse a favor de la justicia y de la verdad, como de la injusticia y la mentira.
* Ver Montaigne y también G. Naudé, autor de la Apologie pour
tous les grands personnages qui ont esté faussement soupçonnez de magie. Ver también Relation des missionnaires de l’ile de Santorini: hay tres capítulos sobre este hermoso tema.
Puedo probarlo con el testimonio de lo que nues-tros cristianos llaman la palabra de Dios, y con el de Aquél a quien adoran; ya que sus libros, que dicen encerrar la palabra de Dios, y del mismo Cris-to a quien adoran como Dios hecho hombre, afir-man expresamente que no sólo hay falsos profetas, es decir impostores que dicen ser enviados de Dios y hablar en su nombre, sino que además manifiestan claramente que hacen y harán tan grandes y prodi-giosos milagros, que a poco estarán de seducir a los justos*.
Además, los pretendidos milagreros, queriendo que se preste fe a los suyos y no a los del partido contrario, se destruyen unos a otros.
Uno de estos pretendidos profetas, llamado Sedecías, al ver en cierta ocasión que otro profeta denominado Michée lo contradecía, le dio una bofe-tada y, burlándose, le dijo: “¿Por qué camino el espí-ritu de Dios ha salido de mí para ir a ti?”**.
Mas ¿cómo pueden estos supuestos milagros ser testimonio de la verdad, si resulta claro que no han sido hechos? Porque sería preciso saber: Primero: si los que pasan por ser los primeros autores de tales relatos, lo son efectivamente. Segundo: si eran gente proba, digna de fe, sabia e ilustrada y exenta de todo prejui-cio en aquello que tan favorablemente juzgaban. Ter-cero: si han examinado todas las circunstancias de los hechos a que se refieren, si los han conocido bien y si los relatan fielmente. Cuarto: si los libros y antiguas historias que refieren esos grandes milagros no han
* Ver San Mateo, XXIV, v. 4, 5, 11, 23, 24 y 26.
** Nova Vulgata, II Paralipomenon, XVIII, v. 23: Accessit autem
Sedecias filius Chanaana et percussit Michaeae maxillam et ait: “Per quam viam transivit spiritus Domini a me, ut loqueretur tibi?”.