PRODUCCIÓN ARTESANAL Y SOCIEDAD
3.3. Demografía y modelos de organización social
Un aspecto previo fundamental para el análisis de la organización social de las comunidades de la Primera Edad del Hierro es el estudio de su demografía. Por el momento, carecemos de aproximaciones demográficas para la Meseta Occidental durante el Soto Inicial, aunque la amplia superficie excavada en el yacimiento de Guaya (Misiego Tejeda et al. 2005) nos permite hacer algunas valoraciones: el diámetro medio de la zona destinada a vivienda en las 18 cabañas descubiertas es de unos 8 metros. Habitualmente en los trabajos demográficos se calcula sobre la base de grupos familiares compuestos por 4 o 5 efectivos, tendiendo así a infravalorar el número de preadultos presentes en las sociedades preindustriales, pero por estudios etnoarqueológicos sabemos que en una construcción de esas dimensiones caben sin problemas una docena de personas (González Ruibal 2006-07: 205). Por ello, hemos optado por aplicar una cifra intermedia de 8 residentes por estructura de habitación, que incluiría a un matrimonio con cuatro hijos y un par de parientes laterales o de otra generación. De este modo, las viviendas exhumadas en este sitio podrían albergar a unos 144 habitantes. El mayor problema viene al intentar aplicar la densidad de construcciones documentada en los dos sectores excavados (8650 m²) al conjunto del enclave (4,7 ha), ya que supondría asumir la existencia de aproximadamente un centenar de cabañas y unas 800 personas. Sin embargo, es muy posible que en el área no excavada de este asentamiento la intensidad de la ocupación del suelo sea mucho menor, entre otras cosas por la posible existencia de espacios públicos libres de edificaciones. Por tanto, parece razonable defender una cantidad de viviendas
159 sensiblemente inferior, que podría rondar el doble de las estructuras identificadas (36), lo que se traduciría en una población de unos 300 habitantes.
Para el Soto Pleno sí contamos con diversas propuestas demográficas, la más elaborada de las cuales es la planteada por Macarro Alcalde y Alario García (2012: 54) para el Cerro de San Vicente. Estos autores, a partir de la excavación en área (500 m²) realizada en la plataforma superior del cerro, en la que se descubrieron cinco casas pertenecientes posiblemente a tres unidades de ocupación, han planteado la existencia de unas 60 unidades de ocupación en el conjunto del yacimiento (1,6 ha). De esta manera, aplicando una media de cuatro miembros por unidad familiar obtienen una población de unas 250 personas, ampliable hasta los 300 habitantes si se incorporan los residentes en las posibles construcciones extramuros y las ubicadas en la vertiente meridional del enclave, aún sin investigar (fig. 3.12). Estos cálculos están lejos de las 25 viviendas y 150 almas contempladas por Benet (2002: 20; Benet y López Jiménez 2008: 168), aunque a la hora de realizar su propuesta este autor no dispuso de los resultados obtenidos en la excavación en extensión realizada entre los años 2005 y 2006. Por nuestra parte, creemos razonable el número de unidades de ocupación consideradas por Macarro Alcalde y Alario García, aunque dado que el diámetro medio de las casas es de unos 6 m parece posible plantear que albergaran familias nucleares compuestas por 5 o 6 efectivos, por lo que el castro estaría habitado por un contingente de 300 o 350 personas.
Fig. 3.12. Reconstrucción hipotética de la ocupación del Soto Pleno del Cerro de San Vicente
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Para el caso de Coca en plena época soteña, Blanco García (2006b: 453) defiende una población en torno a los 200 habitantes (fig. 3.13). Pero, teniendo en cuenta sus 2,73 ha de superficie, creemos que se puede plantear la existencia de una mayor cantidad de residentes en esta aldea, al menos equiparable a las cifras propuestas para el Cerro de San Vicente, en consonancia con la densidad de población de unas 150 personas/ha propuesta últimamente para los poblados soteños por parte del propio Blanco García (2017: 670). Recientemente, González-Tablas (2011b: 123-124) ha calculado en unos 600 habitantes la población de Los Castillejos de Sanchorreja entre los siglos VII y V a.C. Sin embargo, es necesario recordar las dudas existentes sobre el carácter habitacional de las estructuras localizadas en este enclave (Blanco González 2014: 313). Finalmente, aunque ya fuera de nuestro ámbito de estudio, Delibes y Herrán (2007: 278-279) han propuesto para El Soto de Medinilla (2 ha) durante el Soto Pleno un contingente de unas 200 o 300 personas, teniendo para ello en cuenta una densidad de viviendas muy inferior a la descubierta por Palol en la zona central del yacimiento, de acuerdo con la menor intensidad de ocupación detectada en excavaciones más amplias, como las realizadas en el sitio zamorano de La Corona/El Pesadero (Misiego Tejeda et al. 2013: fig. 41).
Fig. 3.13. Reconstrucción ideal del poblado de Los Azafranales-Coca hacia el siglo VII a.C.
161 En suma, durante el Soto Inicial la mayor parte de los núcleos documentados en el suroeste de la cuenca del Duero, asimilables a granjas o alquerías, contarían con unas dos o tres decenas de habitantes, mientras que las escasas estaciones equiparables a aldeas, como por ejemplo Guaya, reunirían hasta tres centenares de personas. A lo largo de la fase siguiente (ca. 800-400 cal AC), en el conjunto de nuestra área de estudio continuaría habiendo granjas, pero, como hemos visto en el capítulo anterior, se produjo la generalización del modelo de aldeas, que congregarían hasta 300 o 350 efectivos, e incluso más en los momentos finales de esta etapa.
Estas cifras nos pueden ayudar a valorar los distintos modelos de organización social propuestos para la Meseta Occidental durante la Primera Edad del Hierro. En los últimos años, en consonancia con los desarrollos investigadores realizados en otros ámbitos europeos como el Reino Unido (Hill 2006; 2011; Moore y Armada 2011: 44- 48), se han planteado en nuestra zona de estudio diferentes sistemas de organización social alternativos a los tradicionales modelos jerárquicos triangulares (fig. 3.14). Así, López Jiménez (2011: 255) ha propuesto entre los grupos del área occidental salmantina la existencia de sociedades segmentarias, que paulatinamente irían adquiriendo una mayor complejidad. Su sistema de producción seguiría siendo el modo doméstico (Sahlins 1977), en el que cada familia es una unidad productiva que sostiene una serie de relaciones económicas, sociales e ideológicas que soportan una estructura heterárquica. Asimismo, Blanco González (2009a: cap. 4) ha empleado el modelo de campesinado en su aproximación a la sociedad de las comunidades del Hierro I en el sector meridional de la Submeseta Norte. En dicho modelo cada unidad familiar trabajaría de forma autónoma sus terrenos, en consonancia con el Modo de producción Germánico definido por Marx (Gilman 1995). En este tipo de modo de producción
Fig. 3.14. Modelos de sociedades de la Edad del Hierro: a) rectangular; b) trapezoidal (según
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puede existir un cierto grado de explotación, aunque ésta no sea sistemática ni traspase el ámbito familiar (Marín Suárez 2011).
En lo que respecta al modelo segmentario propuesto por López Jiménez parece ajustarse bastante bien al registro arqueológico del occidente de la provincia de Salamanca, compuesto por una serie de pequeños poblados que habrían dado lugar a otros nuevos por escisión de parte del grupo, al alcanzar un determinado nivel demográfico. Sin embargo, el modelo de campesinado, ensayado por numerosos autores en los últimos años (p. ej. Burillo Mozota y Ortega Ortega 1999; Parcero Oubiña 2002; Sastre 2002; Blanco González 2009a: cap. 4; Esparza Arroyo 2009), tiene dos problemas fundamentales para ser aplicado a nuestro ámbito de estudio: 1) como acertadamente ha comentado González Ruibal (2006-07: 402), las sociedades campesinas definidas por la antropología y la sociología se enmarcan dentro de organizaciones estatales, en las cuales parte de la producción se destina a los grupos dominantes; 2) existen ciertos indicios que apuntan a la existencia de miembros privilegiados dentro de las comunidades de la Meseta Occidental durante la Primera Edad del Hierro, por lo que parece haberse quebrado, al menos en parte, el ethos comunitario característico de las sociedades campesinas. Dichos indicios serían, básicamente, el levantamiento de elementos defensivos artificiales en algunos poblados, que podrían haber sido coordinados por las élites incipientes (Blanco García 2017: 656), la paulatina monumentalización de las estructuras domésticas soteñas, la documentación de una serie de bienes de prestigio en algunos de los principales yacimientos y la aparición de las primeras necrópolis, que podrían haber funcionado como arena para la exhibición de la creciente riqueza y poder de ciertos individuos y sus familias.