MARCO TEÓRICO-METODOLÓGICO
1.6. Dinámica paleoambiental en el tránsito del Subboreal al Subatlántico
Para alcanzar una caracterización más completa de las sociedades del pasado resulta imprescindible conocer las principales transformaciones sufridas por el paisaje en el que habitan y determinar si se deben a cambios climáticos, a la acción del ser humano o a una combinación de ambos. Por fortuna, en las últimas tres décadas se ha producido un aumento considerable en el número de trabajos paleoecológicos disponibles para nuestra zona de estudio, fundamentalmente estudios palinológicos realizados tanto en turberas como en contextos arqueológicos. Estos análisis nos permiten tener en la actualidad un mayor caudal de información sobre los cambios
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acontecidos en el clima y la vegetación del occidente de la Meseta a lo largo del primer milenio a.C.
Como veremos a continuación, estos estudios plantean la existencia durante la Edad del Hierro de un clima bastante diferente del actual, que posibilita la documentación en la Meseta Occidental de especies, tanto vegetales como animales, inexistentes hoy en día. Aunque hay autores que han defendido que “no hay pruebas concluyentes de un clima distinto del actual […] en la Edad del Hierro” (Calonge Cano 1995a: 531), cada vez disponemos de más indicios que apuntan hacia un paleoclima diferente a lo largo de esta etapa, con una alternancia de periodos fríos y húmedos y otros cálidos y más secos (Brun y Ruby 2008: 55; Ruiz Zapatero 2014: 13). La exploración de dichas desemejanzas con respecto al clima presente es especialmente relevante si pretendemos erradicar la sensación de familiaridad que tradicionalmente han transmitido las aproximaciones arqueológicas sobre la Edad del Hierro (Hill 1989; Hill y Cumberpatch 1993).
A nivel global el Subboreal ha sido interpretado generalmente como un periodo relativamente cálido y seco, mientras que el Subatlántico sería un episodio húmedo y frío, especialmente al principio (van Geel et al. 1996: 452). En nuestra área de estudio, la etapa final del periodo Subboreal (ca. 1200-850 cal AC) se caracteriza por una marcada aridez y posiblemente también por un incremento significativo de las temperaturas (fig. 1.9) (López Sáez y Blanco González 2005: 245; López Sáez et al. 2009a: 97-98). Esto provocaría un descenso continuo del nivel freático, una mayor sequedad y dureza del suelo y la degradación del bosque, con un predominio de las praderas de herbáceas. Además, tales condiciones climáticas favorecerían la aparición y
Fig. 1.9. Propuesta paleoclimática elaborada a partir de los trabajos paleoecológicos realizados
59 expansión de incendios a nivel local y regional (López Sáez y Blanco González 2005: 239 y 245; López Sáez et al. 2009a: 95 y 97-98).
Durante este periodo los sectores elevados de las sierras de Gata, Francia y Béjar estaban dominados por los abedulares y bosques de pinos, mientras que en las zonas más bajas predominaban los robles, los abedules y los avellanos (López Sáez et al. 2014: 111). En la turbera de El Payo (Salamanca), en plena Sierra de Gata, el aumento de las temperaturas favoreció una importante expansión de las alisedas, así como un intenso retroceso de los robledales (Abel Schaad et al. 2009: 99). En el fondo del Valle Amblés, en la turbera de Baterna (Ávila), predominaban especies xerófilas como la encina (Quercus ilex), el acebuche (Olea europaea) y el pino silvestre (Pinus sylvestris) (fig. 1.10) (López Sáez y Blanco González 2005: 241; López Sáez et al. 2009a: 96). En la Sierra de Ávila, en la turbera de Narrillos del Rebollar, destacan los altos porcentajes de acebuche (alrededor del 7%), la presencia de arbustos termófilos como Phillyrea y la reducción de los pastizales húmedos (Cyperaceae) (López Sáez y Blanco González 2005: 241; López Sáez et al. 2009a: 95-96). Por último, en el yacimiento arqueológico de La Viña (Ávila capital) sobresalen los altos porcentajes de taxones característicos de medios secos, como Artemisia (3-6%), Chenopodiaceae/Amaranthaceae (2-4%) y
Helianthemum (2%) (López Sáez y Blanco González 2005: 239; López Sáez et al.
2009a: 95).
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La transición Subboreal-Subatlántico coincide con un abrupto cambio climático que afectó a todo el planeta alrededor de 2650 BP (van Geel et al. 1996; 1998; 2000; Speranza et al. 2002). El origen de esta alteración repentina en el clima estaría en una disminución considerable de la actividad solar, detectada a partir de un aumento repentino y pronunciado de C14 en la atmósfera entre ca. 850 y 760 cal AC (ca. 2750- 2450 BP) (van Geel et al. 1998; 2000; Speranza et al. 2002). En este intervalo de tiempo tan corto se produciría el cambio hacia un clima más húmedo y frío en las zonas templadas de ambos hemisferios y más seco en los trópicos (van Geel et al. 1998: 541). Así, en el noroeste europeo se ha constatado durante este periodo una subida considerable del nivel freático que habría provocado el abandono de las áreas tradicionalmente pobladas (convertidas en zonas pantanosas) y la colonización de nuevos espacios (van Geel et al. 1996; 1998). Un proceso similar se ha defendido para el Valle Amblés, donde el aumento de la pluviosidad habría provocado un ascenso del nivel freático y posiblemente la inundación del fondo del valle, que adquiriría un carácter pantanoso. De esta manera, habría resultado imposible la explotación agrícola y ganadera del mismo, lo que podría haber desencadenado la emigración de una parte de las comunidades humanas de la zona. El drástico cambio climático habría producido, además, una elevada degradación de los suelos, dificultando aún más las actividades agrícolas, un retroceso de las especies vegetales xerófilas, así como una expansión de los bosques riparios y una reducción importante en el número de incendios (López Sáez y Blanco González 2005: 246; López Sáez et al. 2009a: 97-98).
Durante la fase de transición entre el periodo Subboreal y el Subatlántico en la turbera de Peña Negra (La Garganta, Cáceres), situada en la Sierra de Béjar, se produce un claro aumento en los niveles de Cyperaceae, un ligero crecimiento de las especies asociadas a las riberas de los ríos y una caída en los porcentajes de Pinus sylvestris (Abel Schaad y López Sáez 2013: 205). En la turbera de Baterna la mayor humedad ambiental y edáfica habría provocado un pronunciado descenso de la presencia de encina, acebuche y pino silvestre, así como de los pastos xerófilos (fig. 1.10) (López Sáez y Blanco González 2005: 242; López Sáez et al. 2009a: 96). En el depósito higroturboso de Narrillos del Rebollar este intervalo de tiempo coincide con la desaparición del polen de encina, con la máxima representación del roble melojo y con el inicio de la caída en los niveles de Pinus sylvestris. Asimismo, se constata una recuperación del bosque ripario, de los pastos húmedos y la desaparición de los
61 microcarbones del registro polínico, asociada posiblemente a la considerable disminución en el volumen de incendios (López Sáez y Blanco González 2005: 241- 242; López Sáez et al. 2009a: 96). Procesos muy similares se han documentado en este periodo en la turbera de Riatas (Ávila), ubicada en el fondo del Valle Amblés (López Sáez y Blanco González 2005: 242). Finalmente, en el yacimiento arqueológico de Guaya (Berrocalejo de Aragona, Ávila) se han detectado algas en un nivel de destrucción del sitio, lo que podría indicar el encharcamiento o la inundación periódica del mismo tras su abandono hacia el s. VIII cal AC, debido al aumento de las precipitaciones (Misiego Tejeda et al. 2005: 216).
Tras el abrupto cambio climático ocurrido entre ca. 850 y 760 cal AC el comienzo del periodo Subatlántico se distinguiría por su carácter húmedo y frío (fig. 1.9). Por ello, algunos autores han englobado la Edad del Hierro en el “primer periodo frío del Subatlántico”, frente al “periodo cálido romano” posterior (Desprat et al. 2003). No obstante, dentro del periodo frío de la Edad del Hierro se han detectado una serie de fluctuaciones climáticas a partir de diferentes indicadores. En Europa Central, por ejemplo, Speranza et al. (2002: 59) han constatado un aumento pronunciado de C14 en la atmósfera entre ca. 414 y 334 cal AC, correspondiente a una nueva fase de baja actividad solar, lo que se traduciría en otro periodo de cambio climático brusco hacia condiciones más frías y lluviosas. Por su parte, Ibáñez González (1999: 21-37) a partir de la curva de C14 residual ha planteado la existencia de una sucesión de oscilaciones climáticas en el Sistema Ibérico a lo largo de la Edad del Hierro: el momento de mayor frío lo sitúa a mediados del siglo VIII a.C., durante el siglo VII a.C. se produciría un gradual calentamiento del clima que conduciría a lo largo de las siguientes dos centurias a una recuperación térmica, alcanzándose durante la primera mitad del siglo IV a.C. las temperaturas más elevadas del primer milenio a.C. Tras ello, en la segunda mitad del siglo IV a.C. se produciría un repentino enfriamiento cuya incidencia se debería precisamente a su brusquedad. A partir del siglo III a.C. comenzaría el cambio hacia un clima más cálido y posiblemente más seco, que caracterizaría los siglos anteriores al cambio de Era y la época romana.
Cerca de nuestra área de estudio, en el registro polínico del yacimiento arqueológico del Soto de Medinilla (Valladolid) se han detectado distintos episodios de fluctuación climática: las zonas basal (ca. 950 cal AC) y superficial (ca. 500 cal AC) de la columna polínica presentan indicios de una mayor humedad, mientras que la zona
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intermedia se correspondería con una fase más seca (Mariscal Álvarez 1995: 345; Delibes de Castro et al. 1995a: 154). Durante la etapa inicial del periodo Subatlántico en las zonas más elevadas de la Sierra de Gredos y la Sierra de Ávila se produciría un declive de los pinares debido al aumento de la pluviosidad (Chapa Brunet et al. 2013: 155; López Sáez et al. 2014: 111). Sin embargo, en el depósito de la Garganta de la Presa del Duque, situado en la Sierra de Béjar, a partir de 2380 ± 35 BP se constata una importante expansión de los pinares como resultado del aumento generalizado de la temperatura y del descenso en el nivel de humedad (Ruiz Zapata et al. 2011: 118). Por otra parte, el carácter frío y húmedo del comienzo del Subatlántico sería el factor que explica la documentación de polen de abedul y haya en el yacimiento de La Mota (Medina del Campo, Valladolid) (Mariscal Álvarez 1995: 349) y de abedul en el sitio arqueológico de Talavera la Vieja (Bohonal de Ibor, Cáceres) (Hernández Carretero 2006: 55).
Además de las informaciones paleoclimáticas que aportan las secuencias palinológicas contamos con los indicios procedentes de los análisis faunísticos como, por ejemplo, el realizado en el Soto de Medinilla. En dicho yacimiento se ha constatado la presencia de distintas especies de peces de aguas frías a lo largo de la Primera Edad del Hierro (Morales Muñiz y Liesau von Lettow-Vorbeck 1995: 498). Así, durante la etapa inicial de ocupación del sitio se han documentado restos de salmón (Salmo salar), cuya presencia en el valle medio del Duero se debería posiblemente a un enfriamiento de las aguas del litoral atlántico peninsular, que habría permitido el remonte de los salmones por el Duero y sus afluentes para desovar. En un momento más tardío de la secuencia del Soto se han encontrado restos de boga y cacho, peces de aguas relativamente frías y con más corriente que la que suele haber en el tramo medio de un río. Esto, según Blanco González (2009a: vol. I: 231), confirmaría el progresivo aumento del volumen hídrico y la bajada de las temperaturas durante el comienzo del periodo Subatlántico.