CIVILIZACIÓN INDUSTRIAL
TRABAJO INFANTIL EN EL SIGLO
1.3.1 Desaprender lo aprendido: el trabajo fabril como agente desmoralizador de la infancia
La percepción de que ciertos ambientes y condiciones laborales podían resultar una amenaza para la moralización de la infancia trabajadora no fue, a decir verdad, algo exclusivo de la nueva civilización industrial. Aunque sí lo era para una amplia mayoría de los comentaristas de los años treinta y cuarenta, lo cierto es que la desmoralización de la población infantil, ya había sido denunciada mucho antes de que irrumpiesen en escena las primeras máquinas de vapor en Barcelona, auténticos símbolos de la degradación moral de la clase trabajadora. Así, como hemos visto, había ocurrido en la indianería barcelonesa, donde las condiciones en que se desarrolló el trabajo de los niños había sido un asunto discutido, casi sesenta años antes, por el obispo de Barcelona, Gabino Valladares, y los dueños de las fábricas de indianas y lienzos pintados. Es más, frente a la desmoralización de la infancia trabajadora de las modernas fábricas de vapor de los años treinta y cuarenta del siglo XIX, la receta principal seguiría siendo –a pesar de los distintos contextos históricos- básicamente la misma que en la vieja indianería: la religión. De lo que no cabe duda, es que fue a partir del segundo tercio del siglo XIX cuando la relación causa/efecto entre moralización y trabajo infantil sería más ambigua y dubitativa que nunca. Es decir, si bien el trabajo infantil –normalmente sin especificar qué tipo ni en qué sector- seguía siendo visto desde un plano ideal como la principal vía de socialización y adquisición de unos buenos hábitos, lo cierto es que las nuevas formas productivas y de organización del trabajo –concretamente, las masificadas fábricas textiles mecanizadas- habían mostrado en otros países europeos –
principalmente Francia e Inglaterra- todo lo contrario. La gran duda respecto a la moralización de la infancia trabajadora en los años treinta y cuarenta fue la siguiente:
¿Cómo seguir inculcando a los niños de las clases subalternas el “sano hábito del trabajo” –y sus virtudes morales asociadas- si era en el propio trabajo –y principalmente en las fábricas, grandes consumidoras de mano de obra infantil- donde dichos niños crecían expuestos a todo tipo de vicios, vejaciones y a las prácticas asociales de los adultos? Como veremos, las tradicionales alusiones a las virtudes socializadoras del trabajo infantil, en general, empezarían a verse empañadas en los años cuarenta con las primeras denuncias realizadas sobre el peligro de desmoralización y puesta en jaque del orden social burgués que entrañaban las promiscuas relaciones humanas de las nuevas fábricas textiles mecanizadas.
-59-
Desde un punto de vista tradicional –el del mundo de los oficios teorizado por Antoni de Capmany, allá por el siglo XVIII- era el trabajo, per se, el que ofrecía a los menores la posibilidad de encauzar un proyecto de vida a largo plazo, saludable y refractario al crimen. El propio trabajo, sin más, actuaba como agente moralizador. Y así lo seguiría siendo, casi medio siglo después -cuando la libertad de industria quedase garantizada tras el decreto de disolución de los gremios en 1836- para algunos. Por ejemplo, para el periódico El Artesano, que en su edición del 15 de diciembre del año 1843 afirmaba que:
“el trabajo, al mismo tiempo que entretiene, fija la actividad del hombre, regulándola y desviándola de peligrosos extravíos y excesos, le cautiva los sentidos, y los somete a un régimen saludable. Los ejercicios del trabajo previenen o calman las agitaciones de la fantasía, disipan sus vanos prestigios y extravagantes quimeras, y conducen al hombre al conocimiento de lo positivo, de lo útil al país, de la realidad. El trabajo es una escuela de sobriedad, de temperanza y virtud y libra al hombre de los funestos peligros de la ociosidad. Los vicios no se aposentan de ordinario, o mejor dicho, no se aposentan con facilidad en la morada del hombre laborioso, que no tiene tiempo para
acogerlos ni animarlos”142.
Que el trabajo era una pieza básica para mantener y/o reproducir el orden social establecido era algo que tampoco escapaba a las autoridades municipales. Un ejemplo poco conocido de ello fue el calculado recibimiento brindado por la ciudad de Barcelona en el año 1844 a la antigua regente, María Cristina de Borbón, ante cuya visita el alcalde moderado, Josep Parladé i Llucià, exhortó a convertir la ciudad en una exposición industrial popular -adornandolas fachadas de cada casa y taller con los más variados artefactos elaborados por sus habitantes- para recibir a la jerarca.
En lo que puede ser considerado no sólo una muestra del genio industrial de los catalanes ante la Corona –cualidad que, sin duda, fue utilizada con fines propagandísticos para justificar ante esta institución la política gubernamental de medidas proteccionistas-, sino también la viva escenificación de las virtudes sociales del trabajo en una sociedad armónica y jerárquica y bajo la ficción de una ausencia total de
142
-60-
conflictos de clase143, el alcalde animaba –sobre todo a los más humildes- a exponer sus obras:
“no arredre tampoco a los competidores lo reducido, lo ordinario y si se quiere lo basto que es indispensable en algunas clases de artefactos. Todo lo que sirve a las necesidades o a la utilidad del hombre es acreedor a la atención y al aprecio público. Allí a donde no alcanza la preciosidad de la primera materia resplandecen no pocas veces con ventaja la paciente asiduidad, la habilidad que sorprende y el raro ingenio que hace maravillas. En el campo de la producción resaltan juntos la aguja y el pincel, el buril y la lanzadera, desde el esparto a la filigrana, desde el cesto de mimbre a la lujosa cómoda, nada deber contarse
excluido de esta gran fiesta de los hijos de las artes”144.
Todos -mujeres, hombres y niños-, debían dar muestras de su moral intachable, ajena a la vanidad y labrada a fuerza de trabajar resignadamente, motivo por el cual dicha exposición quedaba lejos de ser:
“una ostentación de riqueza que haga suponer en nuestras desoladas familias un estado de pujanza que por cierto no les favorece, -sino el resultado- de las penosas faenas a que encuentra entregadas a innumerables personas de todas edades y sexos, el sol cuando nace y a las que pone fin únicamente la ley
indeclinable del descanso en las horas más avanzadas de la noche”145.
Asimismo, lejos de ocultarlo, los organizadores del recibimiento real otorgaban un papel central al trabajo infantil y femenino:
“las labores con que las madres y las hijas de familia, y aun los que están en la
niñez contribuyen con frecuencia a los gastos del hogar doméstico, y con ellos a
la gloria de este país… podrán también dar en este caso mayor lustre a un
143
Para saber más sobre la conflictividad obrera en esta época, véase: Barnosell, G. (1999), Orígens del sindicalisme català, Vic, Eumo Editorial.
144
El Artesano, (1844), AHCB, 6 de febrero, p. 3.
145
-61-
objeto que se tributa a la augusta Señora, conocedora y apreciadora del
mérito”146.
El trabajo, visto así, cohesionaba a las familias y al conjunto de la sociedad, sujetaba a las clases trabajadoras a su destino y, sobre todo, las moralizaba apartándolas del vicio y del crimen.
Muy alejada de este discurso, la remozada147 visión de que el trabajo, sobre todo en su vertiente fabril, podía llegar a ser enormemente dañino y empujar a los niños hacia el vicio y los comportamientos asociales, estaría cada vez más presente desde los primeros años cuarenta, no antes. Los drásticos costes sociales que el progreso y el desarrollo habían acarreado en otros países más aventajados en la carrera industrial aconsejaban tomar buen recaudo y actuar de forma precavida en España para minimizarlos. El trabajo infantil desempeñado en las modernas fábricas textiles sería a partir de este momento, en la industriosa Barcelona -y, por extensión, también en el resto de España-, un desafío a la moral y a la propagación de las buenas costumbres, algo que, para algunos autores, era una de las causas principales de la miseria y el malestar de los pueblos.148
¿Quiénes introdujeron este enfoque? ¿Cuándo? ¿Qué aspectos eran los que se denunciaban? Sin duda, la precocidad con que el reformador social Ramón de La Sagra denunciaría la inmoralidad del trabajo infantil en la moderna industria algodonera queda de manifiesto si tenemos en cuenta que, ya en el año 1840, se publicarían en la capital de España sus Lecciones de economía social dadas en el Ateneo científico y literario de Madrid. Aquí, la desmoralización de la infancia fabril era presentada como una de las causas principales de la miseria generalizada, fruto de los excesos materialistas de la civilización industrial. Para Ramón de La Sagra, dos eran los aspectos que más contribuían a desmoralizar a los niños proletarios: el alienante trabajo mecánico, que turbaba su uso de la razón y los sentidos, y la promiscuidad social en la que éstos naufragaban en las instalaciones fabriles.
146
El Artesano, (1844), AHCB, 6 de febrero, p. 3.
147
Si tenemos en cuenta que ya en el siglo XVIII el trabajo infantil en las indianas había provocado debates sobre su inmoralidad.
148
-62-
Respecto al tipo de trabajo desarrollado en las fábricas, éste no hacía sino idiotizar a los menores, aletargando su inteligencia y haciéndoles especialmente insensibles a las enseñanzas morales o de cualquier otro tipo: los viejos valores asociados al aprendizaje de un oficio artesanal –morales y técnicos-, eran ninguneados en el monótono y antipedagógico trabajo infantil industrial. Así, en el año 1840, de La Sagra sería uno de los primeros en denunciar en nuestro país la triste suerte de aquellos pobres niños:
“ocupados todo el día, y parte de la noche, en tareas mecánicas, o mejor dicho,
en una vigilancia mecánica que sin fatigar sus cuerpos, no ocupa ni ejercita de modo alguno sus fuerzas físicas e intelectuales; la inteligencia de estos niños permanece aletargada, y el único adelanto que adquieren es en la educación viciosa a que los provoca la imitación de los adultos. Así degradada crece esta nueva generación, destinada a conservar los prodigios de la industria europea, vegetando en la ignorancia y en la inmoralidad para dar luego el ser a otra más
degradada y miserable que ella”149.
El peligro del trabajo infantil, cuando se desarrollaba en estas condiciones, radicaba en ser el caldo de cultivo de las patologías sociales que infectaban posteriormente, como un virus, a todo el cuerpo social: quien llevaba desde niño inoculando en su interior el vicio y el crimen, de adulto era un caso perdido, imposible de reformar. Asimismo, la nueva visión de la infancia gestada desde el siglo XVIII comportaba la asignación de un espacio social protegido y reservado al niño -idealmente en el entorno doméstico-, que en las fábricas era imposible reproducir. Hombres, mujeres, niños y niñas trabajaban y compartían promiscuamente sus vidas en las mismas cuadras, hecho que los reformadores sociales, el primero de ellos, Ramón de La Sagra, se encargarían de denunciar enérgicamente. Así, recurriendo al caso paradigmático de Inglaterra, dicho autor sostenía que la avaricia de los empresarios ingleses había incentivado:
“en los centros industriales una extremada población mujeril e infantil. Los primeros males que resultaron de esta aglomeración fueron los vicios inherentes a ella, pues si en la reunión de hombres adultos en las fábricas antiguas eran ya
149
-63-
lamentables, ¡cuánto no debería aumentarse la desmoralización con la entrada
del otro sexo!”150.
Si la presencia de los niños varones en las fábricas comenzaba a ser vista como un hecho execrable, la de las niñas todavía mucho más.
La progresiva identificación del sexo femenino con la reproducción y la esfera doméstica estigmatizaba el trabajo de las niñas en las fábricas, donde quedaban expuestas a los nefastos ejemplos de los mayores. Tanto, que la vinculación entre el trabajo femenino fabril y el ejercicio de la prostitución era un tema muy recurrente para los primeros reformadores sociales:
“el contacto frecuente con otras –mujeres- ya corrompidas, la inmediación de los obreros viciosos, el deseo de lucir y de distinguirse de sus compañeras, la falta de educación y de consejos prudentes, son otras tantas causas a cual más
influyentes para la perdición de las jóvenes empleadas en las manufacturas”151.
Sin duda, el discurso de la domesticidad se mostraba implacable y decidido a distorsionar –cuando no a negar- la tradicional importancia histórica del trabajo femenino extradoméstico: “las fábricas distrajeron a las mujeres y las jóvenes del hogar doméstico por reunirlas en el foco vicioso del taller común”152.
No obstante, en los primeros años cuarenta, la denuncia de la inmoralidad del trabajo infantil en las fábricas era un frente común formado por pensadores de ideologías muy distintas, no sólo por los reformadores sociales. Así, por ejemplo, influyentes católicos conservadores como Jaume Balmes se hicieron eco muy pronto de este problema. En un planteamiento, como señala Carmen López Alonso, “característico del pensamiento
conservador de la época, el más consciente, en un primer momento, de la importancia del problema social”153derivado de los excesos materialistas de la industrialización, Balmes se dirigía en voz alta a:
150 Ibidem, p. 125. 151 Ibidem, p. 139. 152 Ibidem, p. 140. 153
-64-
“aquellos infelices jornaleros, a las mujeres, a los niños, que amontonados en
los establecimientos fabriles vegetan en la estupidez y en la miseria dando maquinalmente el movimiento al manubrio de otra máquina, ¿qué les importa, ni la perfección de las manufacturas, ni de las máquinas, ni de la magnificencia de las fábricas, ni la opulencia y el lujo de sus dueños?154
También integraba este frente el círculo más próximo del socialista utópico y republicano Narcís Monturiol, que desde las páginas de La Fraternidad denunciaría, aunque un poco más tarde, en el año 1848, la triste degradación moral de los menores, especialmente de las niñas, víctimas de los excesos del capitalismo industrial. En un fragmento que muestra el marcado discurso de género que los socialistas utópicos de tendencia cabetiana compartían con los liberales de diferentes tendencias, aquéllos se lamentaban que:
“ese régimen social es, para esas niñas, una verdadera mutilación, un asesinato, una verdadera barbarie!... para la hija del proletario ni hay educación: la miseria la condena a crecer y desarrollarse en medio de niños y en medio de malos ejemplos: luego se ve rodeada de jóvenes obreras acostumbradas a maneras y lenguaje obscenos, y el velo del pudor de que la naturaleza ha cubierto a la mujer para hermosearla y protegerla, es sin vergüenza corrido por
una sociedad escandalosa”155.
Lo que distinguía a los socialistas utópicos de los grupos de orden, como veremos más adelante, eran sus propuestas para combatir la inmoralidad infantil, no así el análisis de sus causas. Aunque las condenas a la inmoralidad del trabajo infantil en las fábricas mecanizadas provienen de sectores ideológicos no siempre afines, casi siempre se ajustan un esquema muy parecido: el ser humano, en este caso el niño, se transformaba en un apéndice de la máquina, cuyo uso no exigía nada que aprender. Hecho que le transformaba en un autómata al borde de la ataraxia e incapaz de moralizarse, de
154
Balmes, J. (1841), La civilización. Revista religiosa, filosófica, política y literaria de Barcelona, Tomo 1.
155
-65-
distinguir el bien del mal, siendo esto último lo único que los menores podían aprender de sus corrompidos y viciosos compañeros adultos.
Así lo veían, también, desde algunos liberales moderados, como Andrés Borrego, hasta los higienistas como Pere Monlau que, junto a Salarich, analizarían no sólo las causas y las consecuencias –incluso patológicas- de la inmoralidad de los niños de las fábricas, sino también a quiénes correspondía asumir la responsabilidad de esta situación desestabilizadora del orden social y, que en última instancia, podía conducir a la revolución de las masas, cuya limitada “inteligencia por la densa niebla de una
ignorancia estúpida y forzosa –cimentada desde la infancia en las fábricas, fomentaba-
de boca en boca aspiraciones vanas y ensueños fantásticos de una Icaria independiente, y de un Falansterio inmoral y vergonzoso…”156.
Partidario de un orden moral sustentado en la alianza y la cooperación entre empresarios y trabajadores, Monlau denunciaría en el año 1847 -al igual que antes lo había hecho Villermé en Francia-, que la desmoralización infantil era culpa tanto de los amos, que
“con tal que el inventario y los balances correspondan a sus codiciosos deseos, poco les importa que sus operarios se entreguen a la embriaguez, a la disipación o al
libertinaje…”157, como de los padres, los incipientes círculos obreros y, en general, de las contradicciones entre capital y trabajo de la civilización moderna, hija de la Revolución Industrial. Es decir, si el niño proletario se convertía en un criminal, era por una multitud de causas, entre estas, el:
“poco cuidado de los padres en educar a los hijos, el funesto ejemplo que ofrecen a estos las fábricas, las conversaciones demasiado libres que en su presencia tienen los adultos, la promiscuidad de sexos, las huelgas voluntarias, la cesación temporal o la escasez forzosa del trabajo, la costumbre de pagar los jornales el sábado (la semanada debiera pagarse el lunes), la libertad de trabajar a destajo o a piezas, sin fijación de días ni de horas, etc., son otras causas directas o indirectas, de depravación. De consiguiente, la situación
156
Salarich y Verdaguer, J. (1858), Higiene del tejedor o sean medios físicos y morales para evitar las enfermedades y procurar el bienestar de los obreros ocupados en hilar y tejer el algodón, Vich, Imprenta y Librería de Soler Hermanos, p. 99.
157
-66-
moral de los obreros es en gran parte el resultado de la organización actual de
la industria”158.
Asimismo, y debido a su condición de médico higienista, Monlau daría otra vuelta de tuerca más al problema de la inmoralidad, encadenando sus peligrosos efectos a las patologías físicas: “la moralidad es un elemento de longevidad”159. Se trataba, como señala Burguera, de “patologizar”160 los comportamientos morales de las clases trabajadoras y evitar su manifestación más extrema y visceral: la revolución que pusiese en jaque el orden social liberal. Se sentaban así, en poco menos de una década, las bases de un discurso hegemónico sobre la inmoralidad del trabajo infantil fabril que sería ampliamente reproducido, con más o menos variantes, a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX desde diferentes ángulos y perspectivas ideológicas.
1.3.2. La reproducción de la mano de obra: el trabajo fabril y la degradación física