• No se han encontrado resultados

Desarrollo de la producción e intercambio de mercancías en el siglo V a C

Grecia de la antigüedad estuvo orgánicamente ligado con el nivel del desarrollo de las fuerzas productivas y con las correspondientes relaciones de producción, que presuponían ya la aparición de la propiedad privada, el crecimiento de la división social del trabajo, la separación del trabajo agrario de los oficios manuales y el desarrollo de la esclavitud. Engels anota que el desarrollo de este proceso se hace evidentemente en tiempos muy tempranos: «Hasta donde alcanza la historia escrita...».

Desgraciadamente, en lo que atañe a las particularidades y formas de la producción e intercambio de mercancías durante la antigua época esclavista, no puede considerarse como suficientemente estudiado en la historiografía soviética. Si bien estos problemas, indudablemente muy importantes, de la historia antigua, se hallaron siempre dentro del campo visual de los investigadores soviéticos, su estudio no asumió aún un carácter tan profundo como merece. Más todavía: el papel de la producción e intercambio de mercancías en la vida económica de toda la Grecia antigua es abiertamente subestimado por muchos investigadores soviéticos en una serie de casos. Pero es el hecho que, después de las guerras greco-persas, el desarrollo de esos fenómenos en la vida económica de toda la sociedad griega dio un considerable paso adelante en comparación con la época precedente, y el peso específico de los giros comerciales creció inconmensurablemente. Fueron surgiendo en la Grecia balcánica nuevos centros económicos, cuyos giros comerciales alcanzaron escalas jamás vistas en aquellos tiempos. Y Atenas fue transformándose precisamente en uno de esos centros, mejor dicho, en el centro más grande de todo el mundo helénico de aquel entonces. A mediados del siglo V el Pireo se convirtió en el puerto comercial más grande de todo el mar Egeo, y en la época de Pericles se transformó en el centro del comercio de toda la cuenca del Mediterráneo. Las avenidas costaneras del Pireo, de la parte mercante, que era la oriental, estaban atestadas de depósitos; los de cereales se encontraban en el linde de las partes militares y mercante de ese puerto. Un poco más lejos estaba situada la plaza comercial del Pireo, con los negocios, las oficinas de los banqueros y las mesas de los cambistas. Adyacente al Pireo había un emporio delimitado que era el lugar para la descarga de mercancías. Todo lo que se descargaba fuera de ese sitio era considerado contrabando. Más allá de este emporio comenzaba la ciudad propiamente dicha. En su parte central, durante los siglos V y IV, residían los propietarios de los barcos, los mercaderes, los grandes usureros, los empresarios, etc., y en las periferias, los remeros, los cargadores y otros cuyas actividades estaban vinculadas con el mar. A través del Pireo se efectuaba la exportación de aceite de oliva, vino, miel, mármol, plomo, plata proveniente de los yacimientos del Laurión, lana, objetos metálicos, cerámicas, etc.

Durante el siglo V se daban cita en el Pireo las naves de casi todo el Mediterráneo. Allí desembarcaban los cereales de Egipto, de Sicilia y del Bósforo, el pescado del mar Negro, ganado, cueros, lana de Mileto, alfombras de Persia y de Cartago, óleos aromáticos de Arabia, bronce y calzado de Etruria, telas de lino, papiros de Egipto, cobre de Eubea y de Chipre, brea, cáñamo, maderas de Macedonia y Tracia para construcciones navales, cera, maderas del Cáucaso y de Iliria, minio de Quíos, etc. Y a este mismo puerto era traídos los esclavos.

Gran parte de estas mercancías estaban destinadas no a los consumidores atenienses, sino que allí se revendían y trasladaban a otros barcos para ser enviados más lejos, a otras ciudades y diferentes países. El giro global del Pireo, hacia comienzos de la guerra del Peloponeso, era gravado por derechos aduaneros que alcanzaban la cantidad de 37 a 48 talentos anuales, lo cual para aquellos tiempos era una suma exorbitante.

Las vías marítimas septentrionales llevaban desde el Pireo hacia la Calcídica, Tracia, la Propóntide y el Ponto; las orientales conducían a Quíos, Lesbos y los puertos del Asia Menor; las meridionales, a través de Delos, a Samos o a través de Paros y Naxos, a Rodas, y de allí hacia Chipre, Fenicia, Egipto y la Cirenaica; las vías occidentales se dirigían a Italia, Sicilia y más hacia el Oeste. Buscando puntos de apoyo para el comercio, los atenienses procuraban fundar factorías en todas partes. Así lograron firmarse en las costas de la Calcídica, en Potídea, en Olinto y en Anfípolis, fundada por ellos mismos. Lucharon por la posesión de las minas del Pangeo, hasta la subida al trono de Filipo II de Macedonia. Este mismo país constituía para ellos un gran mercado proveedor de materias primas (madera para la construcción de barcos) y pescado tracio.

Desde tiempos muy tempranos, los atenienses tendieron también hacia el Ponto. Habían fundado cleruquías en el Quersoneso tracio y en la costa meridional del Ponto, en Sínope y en Amisos. Igualmente habían quedado bajo la influencia ateniense las ciudades griegas del litoral occidental y septentrional del mar Negro.

Como hemos dicho más arriba, en el Occidente los atenienses habían fundado Turios. Al mismo tiempo, habían cerrado trato con Segesta, Leontini y Región. Todas estas ciudades, según lo proyectado por los atenienses, debían desempeñar el papel de puntos de apoyo para el ulterior desarrollo de sus actividades comerciales en el occidente griego. Hay que subrayar, empero, que precisamente en el Occidente, Atenas tropezó con su rival más fuerte y peligroso: Corinto. La lucha contra él constituyó, como es sabido, una de las causas de importancia de aquel gran conflicto que entró en la historia con la denominación de guerra del Peloponeso.

Comercio interior

El comercio interior estaba circunscripto en el siglo V principalmente a operaciones en tierra firme. Dada la escasa extensión de los territorios de las polis griegas, toda salida al mar en barco equivalía a salir fuera de las fronteras del país.

El comercio terrestre, por decirlo así, quedaba generalmente delimitado por las fronteras de un solo Estado. El carácter montañoso de la región, las constantes guerras que las polis griegas sostenían entre sí, la falta de desarrollo de vías terrestres de comunicación y, por lo mismo, el alto costo del transporte de mercancías por tierra, la ausencia casi completa de ríos navegables, más la simultánea abundancia de cómodas vías de comunicación marítima, eran las condiciones que hicieron imposible un desarrollo más o menos considerable del comercio interior. Finalmente, la sociedad esclavista, como tal, sólo podía desarrollarse y existir contando con una amplia red de ciudades-colonias limítrofes con las tribus locales, desde las cuales se las proveía de los productos básicos: los esclavos. Asimismo, constantemente se hacía sentir la escasez de cereales en la Grecia central, donde nunca alcanzaban a abastecer a la población, lo cual hacía necesario proveerse de ellos en Sicilia, Egipto y el Ponto. Todo esto estimulaba el desarrollo del comercio exterior.

Para el buen funcionamiento del comercio interior se necesitaba, antes que nada, una red de caminos transitables. Y la preocupación por tales caminos sólo se ponía de manifiesto en los Estados tan desarrollados como Atenas. Las vías atenienses satisfacían simultáneamente las necesidades comerciales y militares. Dos de ellas unían al Pireo con Atenas; una, trazada dentro de los Largos Muros, y la otra, bordeada en toda su extensión por olivos, llegaba a las puertas atenienses. Había otras tres carreteras que terminaban en las fronteras de Beocia: una iba desde Eleusis hasta Platea, otra desde Atenas hasta Tebas, y la tercera desde Atenas hasta la ciudad limítrofe de Oropos. La poca extensión de estas vías indica el reducido desarrollo del comercio interior terrestre. Había, en general, pocos caminos, los que, además, eran bastante incómodos y mantenidos en mal estado. Las carretas de cuatro ruedas que se utilizaban para el transporte de cargas no podían, ni mucho menos, pasar en todas partes; además, la falta de bueyes en el Ática (había que adquirirlos en Beocia) dificultaba el uso de esas carretas. Por tales razones, la forma habitual de transportar cargas era de largas caravanas de asnos o mulos, conducidas por arrieros.

Los gastos para el transporte terrestre eran muy grandes; llegaban a veces hasta la mitad del costo de las mismas cargas; el transporte marítimo resultaba, desde luego, incomparablemente más barato.

Del comercio interior se ocupaban mayormente los pequeños acaparadores y los mercaderes ambulantes. Estos últimos caminaban a pie, al lado de sus acémilas cargadas, o distribuían su mercadería llevándola a cuestas. Comerciaban preferentemente con vituallas, productos de cacería, pequeños enseres domésticos, vestidos, flores, etc. Además de ellos, había también tenderos establecidos en las plazas comerciales. Al lado de algunas de sus tiendas se instalaban a veces pequeños talleres. Los dueños de dichas tiendas vendían tanto productos confeccionados en esos talleres, como los que adquirían a otros mercaderes artesanos.

En las plazas destinadas al comercio se vendían también productos agropecuarios: cereales, panes horneados, hortalizas y verduras, frutas, pescados y toda clase de objetos, atenienses e importados, así como ganados y esclavos. A cada especie de mercadería le estaba destinado un lugar especial. La mercancía se colocaba al aire libre o en carpas improvisadas a la ligera. En las ciudades en las que el giro comercial era grande, el Estado, según parece, construía, por cuenta propia, galerías techadas para el comercio. A propuesta de Pericles, en el Pireo se construyó una galería destinada al comercio de harina.

Acudían también al mercado los esclavos «que vivían separados» de sus dueños, con el fin de vender sus productos; los artesanos libres que trabajaban individualmente, por su propia cuenta, quienes vendían vajilla, armas, lana; y campesinos con hortalizas y cereales. Allí mismo eran vendidas las mercancías confeccionadas en los talleres, grandes y pequeños, en que trabajaban esclavos. Los mercados de las grandes ciudades comerciales eran frecuentados no sólo por gentes de la ciudad y de las aldeas, sino también por extranjeros llegados de lejanas y cercanas regiones.

Además de los mercados en que el comercio al detalle se efectuaba cotidianamente, se organizaban, al lado de los grandes santuarios, o durante las fiestas, ferias especiales que atraían a vendedores y compradores de gran número de ciudades griegas. La inviolabilidad de los templos y la costumbre de hacer las paces durante las fiestas panhelénicas garantizaban a los mercaderes la seguridad durante sus viajes. Entre esas ferias gozaba de gran popularidad la que tenía lugar en Delfos.

La vigilancia general del comercio en los mercados estaba encomendada en las ciudades griegas, a funcionarios especiales llamados agoránomoi, los que debían percibir el impuesto establecido para las ferias y velar por el orden, poner fin a los malentendidos que surgían durante la concertación de algunos negocios, etc. Los agoránomoi tenían también derecho a imponer multas u otros castigos, por mala fe en pesos y medidas, por falsificación, por mala calidad de la mercancía, etc.

El comercio de cereales en Atenas estaba bajo la vigilancia de otros funcionarios, los sitofílaques (cuidadores de cereales), de los que había cinco en Atenas y cinco en el Pireo. En las otras ciudades, en las que la cuestión de la provisión de cereales no era tan aguda como en el Ática, estas obligaciones se encomendaban a los agoránomoi.

Para vigilar los pesos y medidas, la asamblea popular elegía funcionarios llamados metrónomoi.

Desarrollo del capital usurario

Un personaje imprescindible en todo mercado era el trapezita (el cambista). La variedad de monedas, la diversidad de valores y las oscilaciones en el acuñamiento crearon la necesidad de cambiar unas monedas por otras. Por el cambio del dinero, los cambistas cobraban cierta suma, a veces bastante considerable. La venta y reventa de moneda foránea y el cambio de ésta por la local fueron inicialmente las operaciones básicas de los trapezitas.

El cambio de monedas de las diversas ciudades debió cobrar real importancia con la ampliación del comercio exterior. Cada nueva región incluida en el sistema del comercio común, volcaba al mercado su propia moneda, con lo cual se complicó la actividad de los cambistas, quienes debían estar al tanto de todos los sistemas monetarios, saber distinguir la calidad de cada moneda, ver claramente la correlación de los diversos sistemas. El pago y el cobro de dinero en tales circunstancias creció hasta convertirse en una complicadísima operación. Como resultado de todo ello, los trapezitas fueron transformándose gradualmente, de simples cambistas, en intermediarios en las transacciones comerciales, y se convirtieron en una especie de «banqueros» sui generis, que recibían depósitos y efectuaban los cálculos necesarios.

Hicieron sus aparición las operaciones sin dinero en efectivo, en que prolongadas disputas y transacciones junto a las mesas de los cambistas eran reemplazadas por órdenes verbales y personales del depositante acerca del traspaso de dinero de su cuenta a la de otro, o acerca del pago de dinero en efectivo a la persona o al trapezita señalado por aquél. De aquí que surgiera

para los trapezitas la necesidad de introducir cuentas personales para cada depositante. Tales operaciones aparecieron en el siglo V a. C., pero su desarrollo concierne principalmente al siglo

IV.

Además de los trapezitas, el mismo papel, si no mayor aún, en las operaciones financieras, era desempeñado por los grandes centros en torno de los templos importantes, administrados por los anfictiones. A los templos afluían, en forma de dádivas y presentes, enormes recursos pecuniarios. Las riquezas de los templos aumentaban más aún mediante el arrendamiento de sus propiedades territoriales, del cobro de multas en dinero y de préstamos. Los dineros de estas últimas operaciones alcanzaban a veces grandes dimensiones. La inviolabilidad de los templos determinó que se les entregara, para guardarlo, el dinero no sólo de poseedores privados, sino el del Estado. Un cantidad de polis se convirtieron así en deudores de los templos, y otra de grandes esclavistas, políticamente influyentes, fueron sus depositantes.

Comercio exterior

Como ya hemos señalado, el comercio marítimo era vitalmente necesario para Grecia y para su periferia colonial. Paralelamente con este comercio, fue desarrollándose también un mayor dominio en la técnica de navegar. Aun cuando ésta, durante el siglo V y la mayor parte del siglo

IV, se realizaba, por regla general, a lo largo de las costas, en casos de necesidad algunos se animaban a efectuar travesías más extensas. Lo mismo puede decirse respecto a la duración de los viajes marítimos. La navegación comercial seguía realizándose con preferencia durante los meses estivales, de abril a septiembre inclusive; así y todo, se conocen casos aislados de travesías hiemales.

Entre los mercaderes que realizaban operaciones en países extraños, formaban una categoría determinada aquellos que tenían barco propio, al que gobernaban como capitanes; diferían de ellos los que transportaban sus cargas en barcos ajenos. Los primeros se denominaban nau- cleroi y los segundos emporoi.

Tanto los mercaderes como los propietarios de barcos, al no disponer de suficiente cantidad de dinero en efectivo, se veían constantemente obligados a acudir en busca del mismo a los trapezitas, o simplemente a los proveedores. En calidad de prenda o garantía, se ponía a disposición del acreedor el barco o la carga, o ambos a la vez; a veces el préstamo se contraía empeñando el flete a percibir por el propietario del barco por el transporte de la carga. La tasa del interés de esos empréstitos marítimos, dado el riesgo involucrado en este tipo de operaciones, era muy elevada: oscilaba entre el 10 y el 30 por 100, o más, en función de lo que durara el viaje mercante. La perspectiva de obtener beneficios muy grandes en caso de culminar felizmente la expedición mercante, obligaba a los mercaderes griegos y a los propietarios de barcos a conformarse con tan altos intereses.

Posición del Estado respecto al comercio

En relación directa con el crecimiento de los giros comerciales y con ampliación de los mercados, surgió la necesidad de introducir cierta organización en las relaciones comerciales. Esta necesidad fue percibida tanto por los participantes directos e inmediatos, o sea, los mercaderes, como por el Estado. Sobre esta base fueron surgiendo algunas uniones de mercaderes y de propietarios de barcos, en forma de sociedades.

Un significado incomparablemente mayor tuvo la intervención del Estado en las relaciones mercantiles. El comercio desempeñaba importante papel en la vida de toda polis. Para salvaguardar y apoyar el comercio marítimo se creaban fuertes flotas. Con el objeto de proveer al Estado de las mercancías más necesarias, Atenas celebraba, en nombre de la asamblea popular, tratados comerciales con otras polis.

El Estado ateniense también prestaba atención especial a la regulación del comercio cerealista, debido a que en el mismo se hallaban interesados no sólo los círculos comerciales vinculados con el producto en cuestión, sino toda la población ateniense. Una dilación o demora

temporal del cereal siciliano provocaba inmediatamente el alza del precio del pan; los acaparadores y mercaderes, con fines de lucro mediante una venta más beneficiosa del cereal, creaban a veces un falso pánico en el mercado cerealista de la ciudad. Luchando contra semejantes abusos, el Estado permitía la concesión de grandes empréstitos sobre cereales. Estos, de acuerdo con las leyes atenienses, sólo podían ser importados por el puerto del Pireo. Desde luego, aun cuando dichas medidas introdujeron cierto orden en el comercio cerealista, resultaron, a pesar de todo, insuficientes.

La intervención del Estado en el comercio privado no se limitó a la regulación del comercio cerealista. Entre los artículos más importantes de los ingresos del Estado se encontraban los aranceles que cobraba sobre los giros globales que efectuaba el comercio. Los derechos al cobro de dichos aranceles, así como de otros impuestos, eran cedidos, en subasta pública, a concesionarios aislados, o uniones de algunos concesionarios. Por ejemplo, durante la guerra del Peloponeso, el derecho a cobrar dichos impuestos en el Pireo se vendía en subasta pública anual por la suma de 30 talentos, pero, en realidad, el total de esos derechos era mucho mayor que la consignada por el Estado. Los derechos aduaneros comerciales se cobraban también en todos los grandes puertos de los mares Mediterráneo y Negro. El cobro de los mismos era efectuado, previa verificación de las cargas de todo barco que llegaba, o zarpaba, por los funcionarios aduaneros. Al ser descubierta una carga oculta, la misma era confiscada o los derechos aduaneros se decuplicaban.

En caso de desórdenes en el sistema monetario, y en los de apremiante necesidad de dinero, el Estado se apropiaba del monopolio para la venta de las mercaderías importadas. En algunas ciudades se declaraba por cierto tiempo el monopolio para la exportación de cereales o del aceite de la cosecha del año que corría. Al acaparar los cereales, o el aceite, u otros productos a precios fijos, el Estado los vendía a los precios más altos posibles, en mercados extranjeros. Mas se trataba sólo de medidas pasajeras, y ulteriormente era restablecida la libertad de comercio.

A veces el Estado, con el fin de aprovisionarse y de poder hacer frente a sus necesidades,