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El litoral meridional y occidental del mar Negro

La costa meridional del mar Negro formaba parte, a partir de los tiempos de Ciro I (558-529 a. C.), de la monarquía persa; sólo después de firmar la paz de Calías en el año 449 a. C., las ciudades griegas obtuvieron la autonomía. Probablemente, al igual que en las ciudades de Jonia, la nobleza de las ciudades meridionales del Ponto sostenía una política persófila, con el fin de facilitar la explotación de la población local y de las riquezas naturales de las regiones vecinas. Las relaciones entre los griegos y las poblaciones locales se habían establecido de distintas maneras. Desde la remota antigüedad, las tribus de la parte oriental del litoral sur del mar Negro —los calibes, los mosinecos, los tibarenios y otros—, tenían fama por su arte en la obtención y el tratamiento de metales, especialmente el acero. Los vínculos económicos con los mismos eran muy ventajosos para los griegos, especialmente para los habitantes de Sínope, los que compraban el hierro allí labrado. De la estabilidad de esas relaciones dan testimonio la multitud de pequeñas poblaciones fundadas por Sínope en los territorios de esas tribus.

Partiendo de los datos posteriores de Jenofonte, es dable suponer que la población local ofrecía resistencia a las tentativas de los griegos de establecer su dominio sobre ellas, de modo que, por ejemplo, debía tenerse presente la independencia de sus vecinos, antiquísimos habitantes del Ponto meridional.

En la parte occidental de la costa sur se encontraba una sola ciudad griega, Heráclea, situada en la desembocadura del río Lico. Las tribus agrícolas locales de mariandinos no pudieron defender su libertad y terminaron por ser esclavizados por los habitantes de la ciudad. Es lícito suponer que ese período de la historia de Heráclea fue de luchas entre sus ciudadanos y los mariandinos, y que precisamente en aquel tiempo fueron estructurándose esas peculiares formas de independencia de los mariandinos que posteriormente señalaron los escritores de la antigüedad. Habiendo obligado a los habitantes locales a que trabajasen para ellos, los de Heráclea tuvieron, en consecuencia, una economía agrícola bien desarrollada que les proporcionaba una considerable cantidad de productos. Al mismo tiempo que esos productos, Heráclea exportaba también maderas de construcción, hacienda, productos de alfarería y otras mercaderías. Se sabe que, sobre el años 520, los ciudadanos de Heráclea fundaron la colonia de Callatis, en la costa occidental del Ponto. El éxodo de una parte de los ciudadanos puede atestiguar el recrudecimiento de la desigualdad social en el seno de la población de Heráclea, el estallido de una lucha encarnizada entre los diferentes grupos sociales y la emigración de los vencidos a nuevas tierras.

Las fuentes escritas no suministran noción alguna acerca de la historia económica de las ciudades del litoral meridional del mar Negro durante el tiempo del que estamos ocupándonos. No obstante, la aparición temprana de moneda propia (Sínope, por ejemplo, comenzó a acuñar plata en el período comprendido entre los años 570 y 520) indica un considerable desarrollo de la circulación monetaria ya a mediados del siglo VI a. C.

Algo mejor se conoce la vida de las polis del litoral occidental del mar Negro. Los datos que se refieren al comercio de las ciudades de esta región muestran que entre los griegos y los habitantes nativos del país, los tracios, se habían establecido vínculos comerciales. Los griegos importaban los productos procedentes de los centros artesanales del mar Mediterráneo, recibiendo en cambio mercancías tan valiosas como cereales, maderas, pescado, metales preciosos, que abundaban en Tracia.

En el año 514 a. C. Darío, mientras se dirigía contra los escitas, penetró hacia los confines del litoral occidental del Ponto. Allí los persas, tras quebrantar la resistencia de tribus tracias, sometieron el litoral oriental de Tracia, inclusive las ciudades griegas del mismo. No obstante, el dominio persa no dejó hondos vestigios en la historia del litoral occidental del mar Negro, puesto que ya en el año 494 se hallaban en Tracia los escitas, que intentaban invadir al Asia Menor.

En la primera mitad del siglo V a. C., entre las más desarrolladas tribus que moraban en la parte sudeste de Tracia, el desarrollo de la agricultura, de la ganadería y de la minería había llegado a un nivel bastante elevado.

La muy avanzada descomposición del régimen comunista primitivo que se había operado entre ellas, acarreaba la aparición de clases y de una sociedad clasista. Según el testimonio de Herodoto, entre los tracios existía la esclavitud ya a mediados del siglo V a. C. La existencia de una acentuada desigualdad, en cuanto a los bienes, entre las tribus de la Tracia meridional, es confirmada por las fuentes arqueológicas. Aproximadamente a partir del año 480 a. C., las tribus de los odrises, que habitaban en el sudeste de Tracia, sometieron a muchas tribus del país, hasta las mismas orillas del Ister. En el primer tercio del siglo V a. C. se formó de manera definitiva el Estado de los odrises. El primero de sus reyes que nos es conocido, Terés, que gobernó en el segundo cuarto del siglo mencionado, se había emparentado con el rey escita Ariapeithes al darle a éste a su hija por esposa.

Según parece, los reyes de los odrises no pudieron someter por completo a las ciudades griegas. Pero el contacto económico de los ricos habitantes de las ciudades, con la nobleza tracia, llevaba al enriquecimiento de ambas partes, a cuenta de opresión de amplios sectores de la población y de los esclavos. Como testimonio indirecto, aparece el crecimiento territorial de las ciudades del litoral occidental del mar Negro (por ejemplo, de Apolonia), como también la creciente estratificación —en cuanto a la posesión de los bienes— en la población urbana. Esto último se reflejó en la encarnizada lucha social que tuvo lugar en aquellas ciudades durante el siglo V a. C. La tradición sólo ha conservado algunas informaciones acerca de Istros y de

Apolonia, donde las sublevaciones de los ciudadanos condujeron al derrocamiento del gobierno de la aristocracia y al establecimiento de un régimen democrático.

Al lado del desarrollo de la agricultura y de la ganadería en el territorio que pertenecía a las ciudades del litoral occidental del mar Negro, se observa también la ampliación, en las mismas ciudades, de la producción artesanal y de la comercialización de la misma; ya en el siglo V surge la necesidad de acuñar moneda propia. Apolonia comenzó a hacerlo en el período comprendido entre los años 520 y 480; Mesembria, a partir de mediados del mismo siglo.

De esta manera, el crecimiento de las ciudades situadas junto al Ponto era acompañado por el desarrollo de sus vínculos comerciales con las polis griegas, principalmente con Atenas. A partir del segundo cuarto de ese siglo se nota claramente, en aquellas mismas ciudades, la intensificación de la importación ática. La tendencia de Atenas a aprovechar todas las ventajas de comerciar con los ricos países pónticos, se expresó no solamente en el comercio, sino también en las expediciones bélicas al mar Negro. Al parecer, las primeras expediciones datan aún de la década del 470 a. C., pues la tradición antigua informa que el estadista ateniense Arístides murió durante una expedición al Ponto.

Las consecuencias más importantes las tuvo la campaña de Pericles al mar Negro, que significó una nueva etapa en la historia de una serie de ciudades del Ponto meridional y occidental. La fecha de esa campaña no está determinada con suficiente precisión; es referida ora al año 444, ora al 437. La tendencia de Pericles a exhibir «ante reyes y otros potenciados» de las tribus pónticas el poderío naval de Atenas, hace suponer que muchos de ellos le eran

hostiles. Se sabe, por ejemplo, que uno de los adversarios de Atenas era el poderoso rey de los odrises, Sitalcés, hijo de Teres.

En sus relaciones con las ciudades griegas situadas junto al Ponto, Pericles se atenía a una política amistosa, estimulando en ellas a las agrupaciones atenófilas. Sin embargo, para conseguir el dominio, no eludía recurrir a la violencia. Así, aprovechando el descontento de los habitantes de Sínope respecto al tirano Timesilao que allí gobernaba, Pericles envió una flota de 13 trieres, encabezada por Lámaco con sus guerreros, con cuya ayuda el tirano fue derrocado. Al parecer, la masa de los pobres libres no recibió gran satisfacción ni alivio con tal revuelta, porque las tierras y casas del tirano y de sus partidarios fueron ocupadas por los clerucos atenienses enviados por Pericles a Sínope. Estos, en número de 600, eran el apoyo más seguro del dominio ateniense en Sínope. Igual violencia fue aplicada a la ciudad de Amisos, a la cual los atenienses enviaron un ejército mandado por Atenocles. La ciudad fue privada hasta de su nombre, el que fue reemplazado por el de Pirea. Aun en el siglo V a. C., se conservaba en las monedas ese nombre y la efigie de la lechuza ateniense, en calidad de escudo de dicha ciudad.

La ocupación de Sínope y de Amisos por los atenienses fue posible no sólo por el debilitamiento de las mismas debido a la lucha social interna, sino también por la falta de una eficaz ayuda a los griegos por parte de las tribus locales. Al parecer, al mismo tiempo Atenas había logrado atraer también su órbita de influencia a la Heráclea póntica, porque en los registros conservados de los contribuyentes al foros en el año 425, aparecen mencionados sus habitantes. Posiblemente, al igual que en Sínope, los atenienses aprovecharon las disensiones entre la aristocracia local y las capas democráticas de la población libre.

Se sabe muy poco de las relaciones mutuas entre las ciudades del litoral occidental del mar Negro y la Liga marítima ateniense. En la misma inscripción en que figura el registro de los aliados pagadores de tributos del año 425 quedan establecidas con suficiente certeza los nombres de Apolonia y Callatis.

Es dable suponer que no todas las ciudades pónticas sufrían en igual grado la opresión de Atenas. Especialmente grave era ese dominio para la población de las polis a las cuales eran enviados los clerucos atenienses. Es natural que en aquellas ciudades fueran muy fuertes las tendencias antiatenienses, apoyadas y estimuladas por el rey persa. Con el comienzo de la guerra del Peloponeso, los elementos hostiles a Atenas en las ciudades pónticas se pusieron en actividad. Ya en el año 424 a. C. los oligarcas de Heráclea, ayudados por Darío II, derrocaron del poder al partido democrático, que era apoyado por los atenienses y, acto seguido, declararon su independencia de Atenas.

La defección de Heráclea infirió gran detrimento a los intereses de Atenas en el Ponto. Para reprimir la sublevación, los atenienses enviaron una expedición punitiva encabezada por el estratega Lámaco, el mismo que otrora había derrocado la tiranía en Sínope.

No disponiendo, al parecer, de suficientes fuerzas como para apoderarse de la ciudad de un golpe, Lámaco desembarcó, dentro de la región perteneciente a Heráclea, en la desembocadura del río Caleto. Aquí, los atenienses devastaron los campos de los habitantes de Heráclea, y los que sufrieron las circunstancias antes que nadie fueron los mariandinos, que habitaban esos campos y las aldeas adyacentes. Aun así, Lámaco no logró someter a Heráclea, pues la corriente desbordada del río llevó las naves al mar y las destrozó contra las rocas. Lámaco debió entablar negociaciones con Heráclea, cuyos ciudadanos otorgaron su conformidad al paso de los atenienses a través de su tierra, y accedieron a proveerles de víveres para el regreso. Así terminó ignominiosamente la tentativa de Atenas de recuperar a Heráclea como subdito.

En el interior de la misma ciudad de Heráclea continuó la lucha entre las agrupaciones oligárquica y democrática. El hecho de haberse emancipado del poder de Atenas, fortaleció la situación de los oligarcas. Los cambios políticos en Heráclea, tal como sucedía no pocas veces en las ciudades griegas, tenían como consecuencia la emigración de los vencidos. Los demócratas que emigraron de Heráclea se apoderaron, según parece, de una pequeña población en la parte meridional de Crimea, fundada en su tiempo por los griegos de Jonia, y en ese lugar fundaron su colonia, el Quersoneso Táurico.

Esta fundación respondía no sólo a los intereses de los demócratas, sino también a los de los oligarcas de Heráclea. La emigración de una parte de los demócratas descargó en la ciudad la tensa atmósfera política, y la aparición de una nueva colonia en el litoral septentrional del mar Negro, litoral rico en recursos naturales, representaba una ventaja para Heráclea en el sentido económico.

No se conoce la posición de los griegos del Ponto occidental respecto a Atenas al finalizar la guerra del Peloponeso. Cabe pensar que la defección de la Liga, en el año 411, de Bizancio, Cícica, Selimbria, Calcedonia y las ciudades del Helesponto, tenía que ejercer alguna influencia sobre la política ateniense. Las fuentes que describen detalladamente las operaciones de Alcibíades en el año 409, no hacen mención alguna de las ciudades pónticas. De ahí puede extraerse la conclusión de que tales ciudades no se sublevaban contra Atenas, o, lo que es más probable, que Alcibíades se planteaba como problema sólo la devolución de los estrechos: para una lucha contra aquellas ciudades, Atenas ya no tenía entonces suficientes fuerzas. Después de la destrucción definitiva de la flota ateniense en Egospótamos en el año 405, la influencia de Atenas sobre las ciudades del Ponto se redujo a la nada.

En la vida económica de las ciudades del Ponto occidental no se observan profundos cambios en aquel tiempo. Es indudable que en la segunda mitad del siglo V a. C. tuvo lugar aquí el desarrollo de la producción local y del comercio. La nobleza esclavista de las ciudades, que poseía tierras, talleres y naves, obtenía grandes beneficios. Fuente nada pequeña para su lucro representaba el comercio con las regiones del interior de su país.

Los muchos hallazgos de objetos griegos hechos en el interior de Tracia muestran que los vínculos de los griegos con las tribus locales eran bastante intensos. La aristocracia tracia, aun en los lugares más distantes del mar, hacía abundante uso de los productos de los mejores artífices atenienses del siglo V. La unificación de Tracia bajo el dominio de los odrises debía propender al crecimiento de los vínculos tracios con Grecia. Durante la segunda mitad del siglo mencionado, los odrises representaban una fuerza tan considerable, que, en el comienzo de la guerra del Peloponeso, Atenas buscó la alianza con ellos. Los reyes tracios, Sitalcés y su hermano Seutés, mantenían en general relaciones amistosas con los helenos, aunque Sitalcés fue, en un principio, algo hostil en este sentido; al estimular el comercio griego en Tracia, ellos mismos se procuraban no pocas ventajas. Una fuente especial de rentas era la contribución que las ciudades griegas pagaban anualmente al rey de los odrises. Tales contribuciones y los rendimientos que se obtenía del territorio bajo su mando, permitieron a los reyes tracios concentrar en sus manos recursos muy considerables. De entre los gobernantes «bárbaros» más cercanos a los griegos, ellos eran los más ricos.

El pago de la contribución a los reyes tracios apenas si era gravosa para la población pudiente de las ciudades del occidente póntico. Las riquezas acumuladas en sus manos les suministraban la posibilidad de hacer cuantiosas erogaciones para erigir grandes obras sociales, como lo atestiguan los hallazgos arqueológicos de Apolonia e Istros.

Las polis del sudoeste póntico habían crecido, a finales del siglo V, hasta alcanzar la magnitud de grandes centros productores y comerciales de primer orden.

Sínope exportaba maderas para construcciones navales y leña, pescado y aceite de oliva. Los mercaderes de Sínope importaban de la Paflagonia esclavos y ganados. El minio que se extraía cerca de Sínope era considerado como el mejor en todo el litoral oriental del mar Mediterráneo. Para explotar las minas de hierro, cobre y plata, Sínope había fundado una colonia, Cotiora. Una parte del metal extraído en ella se elaboraba allí mismo, y el resto era llevado a los talleres de Sínope. El acero sinopiano gozaba de gran fama en la antigüedad. El comercio de aceite de oliva y de vino exigía una gran cantidad de recipientes de cerámica, lo cual implicó el gran desarrollo de la alfarería. Al desarrollo de comercio le resultaba también muy favorable el hecho de que tanto Sínope como Heráclea poseyeran una considerable flota mercante y militar.

El poderío económico de Sínope favoreció su consolidación política, a través de la unificación de una considerable parte de la población póntica meridional bajo su dominio. Las colonias de Sínope dependían de la misma, en diferentes grados entre sí. Una ciudad tan grande como Trapezunte pagaba una contribución a Sínope, conservando al mismo tiempo su

autonomía interior. Las colonias más pequeñas, al estilo de la mencionada Cotiora, eran regidas por funcionarios enviados desde Sínope, los llamados harmostes. El territorio de esas colonias era considerado como perteneciente a Sínope. Jenofonte proporciona el complejo cuadro de las relaciones entre Sínope y sus colonias, y las tribus locales. Algunas de éstas, por ejemplo los tabirenos y una parte de los colcos, se hallaban en relaciones muy estrechas con los helenos del litoral. Otras, entrando en vínculos amistosos con helenos aislados, trataban de mantenerse independientes de las ciudades griegas (los mosinoicos). Unas terceras (los drilos) sostenían todo el tiempo una lucha contra los griegos del litoral.

Un solo acontecimiento, relativamente insignificante, de la historia del litoral meridional, nos es bien conocido: la permanencia en aquel lugar de los que fueran mercenarios griegos de Ciro, acontecimiento que Jenofonte describe en su Anábasis. En la primavera del año 400 a. C. un ejército compuesto por diez mil guerreros qué traía consigo un tren de avituallamiento, mujeres y esclavos, había bajado de las montañas hacia el mar, a Trapezunte. El explícito reto de Jenofonte transmite vivamente la inquietud que se apoderó de los helenos habitantes del Ponto meridional: el ejército que se presentaba estaba en condiciones no sólo de asolar las ciudades griegas y arruinar a las tribus vecinas a las mismas, sino también de perturbar y violentar el sistema de relaciones mutuas con la población local, relaciones que se habían establecido desde hacía muchísimo tiempo, permitiendo a la nobleza esclavista de las ciudades griegas, aliadas con la nobleza de las tribus, explotar a amplias capas de la población local. No obstante la simpatía hacia los Diez Mil, los helenos del Ponto meridional procuraron despacharlos lo más pronto posible del litoral meridional del mar Negro. Lo que más terror infundía a los de Sínope era la circunstancia de que los Diez Mil habían establecido relaciones amistosas con el rey de la Paflagonia, Corilos, que pensaba apoderarse de las ciudades del litoral. Uno de los destacamentos de los Diez Mil, al atacar a una población, fue rechazado, sufriendo una sensible derrota. A los ancianos de esa población, que llegaron a la pequeña