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LO DESCONOCIDO Y OTROS RECURSOS DEL HORROR EN DOS CUENTOS DE AMPARO DÁVILA

The unknown and other horror resources in two short stories of Amparo Dávila

Diana Catalina ESCUTIA BARRIOS El Colegio de San Luis, A. C. Artículo de INVESTIGACIÓN

https://doi.org/10.34258/cuadirr.vi2.14

Resumen

El miedo ha desempeñado un papel muy importante en el devenir de la humanidad y la ha configurado social y culturalmente. La presencia de algunos de los temores inherentes al ser humano, y que provienen de miedos que subyacen en nuestra cultura, puede notarse en la narrativa de la escritora zacatecana Amparo Dávila. En este texto se analizan “El huésped” y “Moisés y Gaspar”, –los dos del primer libro de cuentos de esta autora, Tiempo

destrozado–, y se resaltan las estrategias que Dávila utiliza en estas narraciones para

provocar el horror; en ambas narraciones se examina la configuración y las funciones de los personajes perturbadores a partir de los conceptos propuestos para los términos del “miedo” y el “horror” de escritores como Delumeau, Lovecraft y Roas.

Palabras clave: Amparo Dávila, angustia, miedo, literatura de horror, literatura fantástica Abstract

Fear has developed an important role in the formation of humanity and its cultural and social configuration. The presence of some of those inherent fears to the human being and those who come from fears that underlie in our culture can be noticed in the narrative of the Zacatecan writer Amparo Dávila. This text analyzes “El huésped” and “Moisés y Gaspar” –both from the first book of this author, Tiempo destrozado– and it highlights the strategies that Dávila uses to convey horror; in both narrations is examined the configuration and the functions of the disturbing characters from concepts proposed for the terms “fear” and “horror” by writers such as Delumeau, Lovecraft and Roas.

Sufrir el horror no es la angustia heideggeriana ante la muerte. Es la vivencia de ella para no morir, sino como otredad absoluta

que invade nuestro infinito y nos duele infinitamente. Paulina López-Portillo Romano, El horror Uno de los elementos centrales que es común encontrar en cuentos escritos por Amparo Dávila es el miedo. En la mayoría de sus textos se trastoca la percepción de lo que se concibe como realidad para dar paso a otras posibles manifestaciones de ésta, de tal suerte que tanto el lector como los personajes se enfrentan a situaciones o a seres desconocidos, que en muchos casos resultan incomprensibles: “algunos estudiosos de su obra afirman que el terror que provocan sus cuentos es la revelación del miedo o temor que llevamos oculto los seres humanos, el cual en muchas ocasiones no nos permite desarrollarnos como seres plenos” (Cota Torres y Vallejos Ramírez 170). Dávila explota en diversas maneras las posibilidades que este recurso ofrece; es capaz de llevar a sus personajes y al lector a experimentar sentimientos que pasan por la angustia, el horror, la incertidumbre, la vulnerabilidad, entre otros más que integran el miedo; sensación que ha desempeñado un papel muy importante en el devenir de la humanidad y la ha configurado social y culturalmente.

El miedo39 ha transformado las sociedades, en su estructura y concepción, dependiendo del momento histórico en el que éstas se encuentren; en muchas ocasiones

39 Fernando Darío González Grueso, en “El horror en la literatura”, ofrece un rico y pormenorizado estudio

acerca de “la influencia y expresión artística [del miedo] desde el marco que nos ofrece la teoría literaria” (30); además de ello, su trabajo se centra en la diferenciación entre los géneros de terror y horror. Para el académico –como para el análisis que aquí se propone– la definición de miedo propuesta por Delumeau es “la que estimamos más acertada desde el punto de vista de la expresión del miedo en la literatura, pues el hecho de la lectura es generalmente individual; como artificio para la creación de escenas y tensión suele presentarse en forma de choque, y casi siempre precedido de sorpresa, especialmente en la literatura anterior

al siglo XX; y hace al lector ser consciente del peligro que corre la víctima de la situación concreta que se nos

las leyes, las políticas, las guerras militares y las comerciales, las especulaciones, la decisión de lo que se difunde y lo que no –y cómo se hace–, etcétera, han encontrado su motivación en los recovecos donde palpita el miedo. También, éste ha sido de ayuda para ser precavidos, cuidadosos y, en ocasiones, para superar nuestros temores. De esta manera, el miedo es tema universal, presente en la historia y en la vida cotidiana; por tanto, es posible hallarlo representado en diversas expresiones artísticas, como la literatura, por ejemplo.

Para el análisis que aquí se propone, conviene hablar, en primera instancia, de qué es ‘miedo’. Según la Real Academia Española, se define como “angustia por un riesgo o daño real o imaginario” (DLE, 23ª ed.); es decir, es un sentimiento de aflicción frente a las posibles consecuencias negativas que algo pudiera provocar en uno.40 De acuerdo con la concepción que David Roas ofrece al respecto, ‘miedo’ es sinónimo de terror, inquietud, angustia, horror, aprensión y desconcierto; el crítico español matiza que la angustia es una categoría que se desprende del miedo y que a la vez corresponde a él, de tal manera que el miedo implica al terror y al espanto por algo concreto o conocido, en tanto que la angustia incluye la ansiedad, la inquietud y la melancolía por lo abstracto o lo desconocido (Roas 83).41

En otro orden de ideas, el término ‘horror’ suele emplearse –como Lovecraft definió este tipo de literatura– para referirse al miedo como un efecto estético en la narrativa, pues “exige del lector cierto grado de imaginación” (Lovecraft 126). Por su parte, para Paulina López-Portillo “el horror es algo que nos sobrepasa, nos duele […] es una situación límite de

40 En este sentido, el miedo tendría una proyección hacia el futuro; si tengo miedo al daño que algo me

provoque, cuando me lo haga no tendré miedo del mismo daño, sino de las consecuencias de ese daño y así sucesivamente hasta la muerte.

41 Dado que es imposible en este breve trabajo definir cada uno de los conceptos –inquietud, terror, angustia,

temor, aflicción, etc.–, queda presupuesto que éstos aparecen como elementos que igualan, caracterizan o configuran intrínsecamente el tema del miedo.

la existencia que acecha, como el dolor, desde lo extraño” (46). Desde esta perspectiva se plantea que en los cuentos de Dávila “El huésped” y “Moisés y Gaspar” se puede hallar cierto énfasis en el efecto que busca dicho género, ya que en ambas narraciones los seres terroríficos, los que provocan el miedo en el lector y en los personajes, aparecen posicionados desde lo extraño, en la oscuridad y en lo desconocido, desde donde vigilan a sus presas con la finalidad de “aislarlas como otredad absoluta” (López-Portillo 46).

De esta manera, en el análisis de “El huésped” se intercalan los conceptos teóricos pertinentes que más adelante, también, son de utilidad para el estudio del segundo cuento del que se ocupa este trabajo, “Moisés y Gaspar”; pues es posible señalar que en ambos textos la configuración y las funciones de los personajes perturbadores tienen una correspondencia explicable a partir de los conceptos que se han delineado para los términos del ‘miedo’ y el ‘horror’ de escritores como Delumeau, Lovecraft y Roas. Asimismo, en el estudio se comentarán algunas de las estrategias que Dávila utiliza en estas narraciones para provocar el horror, desde las cuales configura la descripción de sus personajes y de los contextos.

“El huésped”

En este cuento, el huésped –impuesto como invitado por el marido de la protagonista– transgredía la poca paz que los habitantes de esa casa apenas lograban en ausencia del esposo, quien –dicho sea de paso–impone su poder como ‘jefe de familia’ al no considerar objeción alguna sobre la estancia del hospedado, obligando a su familia a convivir con él. Situaciones de esta índole pueden ocurrir en los hogares comunes: algún miembro de la familia convida a alguien a su casa mientras el resto, ya por vergüenza o resignación, admite

al asistente aun cuando no haya sido consultado sobre ello. Tal escenario por sí no podría provocar más que incomodidad o rechazo; no obstante, si el invitado representa un peligro supone miedo –el miedo, también, como indicativo de un daño potencial–, de estas circunstancias cotidianas Amparo Dávila logra ofrecer un texto aterrador.

La familia de esta narración reside en una casona de “un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la ciudad” (Dávila 19); las poblaciones de este tipo, por ser pequeñas y alejadas suelen ser cerradas: cada habitante conoce a los demás, se cuidan y vigilan entre ellos, en principio, como un mecanismo para defenderse de los peligros provenientes del exterior, que es lo inhóspito, lo ignoto. Para desgracia de la protagonista de este cuento, la única persona preocupada por ella e interesada en cuidarla es Guadalupe, la mujer que le ayudaba en los quehaceres; por lo demás, el lugar en el que está fincada la casa no cuenta con vecinos cercanos que pudieran observar o escuchar lo que ocurre, de tal forma que ellas no tienen posibilidad de recibir ayuda, escenario que incrementa la sensación de vulnerabilidad en los personajes.

Lo primero que se sabe de este invitado es que llegó con el marido al regreso de un viaje; es decir, llega de fuera, de lo que está más allá del pueblo, es un elemento ajeno introducido en un espacio donde si bien no reinan la paz y la armonía, es el ámbito de lo conocido y, por tanto, de lo confiable; recordemos que “cualquier terreno desconocido se constituye en un mundo de amenazas y terribles posibilidades” (Lovecraft 128). El temor se comienza a configurar desde esta primera observación, que advierte –tanto a la esposa como al lector– acerca del carácter extranjero –ajeno, desconfiable, extraño– de este ser.

Lo que se encuentra fuera de lo habitual –en el caso del pueblo en el que se vive– significa peligro y es una amenaza latente para los habitantes de una comunidad; pues al no poder verlo ni reconocerlo queda anclado en el misterio, y lo que existe cruzando las fronteras suele ser “aumentado con espantos suscitados por la imaginación colectiva” (Delumeau 201). De esta manera, la concepción de una sociedad respecto de todo lo que proviene o está en el exterior se ve influida por rumores que “aparecen como la confesión y la explicación de una angustia generalizada y, al mismo tiempo, como el primer estadio del proceso de liberación que provisionalmente va a liberar a la multitud del miedo” (Delumeau 213). Es así como se transmiten entre la población historias –en su mayoría terribles o pavorosas– de personas que han tenido contacto con aquello que mora más allá de los límites, algo que causa problemas, temor o sufrimiento. Cuando se especula puede haber una fuerte tendencia a lo aterrador y lo maligno, que previene a los demás, ya que, como señala Delumeau, “el rumor tiende a magnificar los poderes del enemigo desenmascarado y a situarlo en el corazón de una red de complicidades diabólicas” (224).

En el exterior no sólo está la oscuridad, también se encuentran los caminos y en ellos los viajeros, los vagabundos, los bandidos y los hombres de guerra, todos ellos con connotaciones negativas para las poblaciones. Se decía que, a su paso, los soldados saqueaban las ciudades, violaban mujeres, extorsionaban y mataban a la población, por lo que, de igual manera, fueron asociados con los delincuentes (Delumeau 204). En el cuento de Dávila, el marido no da explicación alguna sobre qué clase de extranjero es aquel que ha llevado a casa, por lo que –dado que puede ser de cualquier tipo y ninguno es bueno– el

temor y la desconfianza hacia él son inmediatos, pues no se sabe qué esperar de un ser que viene de los lugares donde el peligro habita.

Sumado a lo anterior, la narradora encuentra en el invitado unos “grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas” (Dávila 19),los cuales le provocaron “un grito de horror” (Dávila 19); esta es la única descripción sobre la fisonomía que de él se hace en el cuento; sobre sus actitudes, se sabe que gustaba de los lugares húmedos y oscuros, que dormía durante el día hasta el anochecer, sólo ingería carne y poseía una resistencia casi sobrehumana. Con estos datos es incierto afirmar que se tratase de una persona común y corriente, tal vez no es posible definirlo como ser humano, aunque tampoco se puede decir que no lo sea; el propio esposo se refiere a él como “un ser inofensivo” (Dávila 22). Por su parte la protagonista y Guadalupe evitaban nombrarlo, lo llamaban “él”, y también lo definen como un ‘ser’, pero que para ellas es tenebroso. Su actitud acechadora –e inquieta– se relaciona con una dieta exclusivamentecarnívora, pues se refiere que “no probaba nada más” (Dávila 21), lo que sugiere que tal vez le fueron servidos otros tipos de alimentos, pero, cual depredador, sólo consumía carne. Cabe señalar también que una persona sana, en promedio, puede sobrevivir hasta setenta días sin alimentarse, pero no más de cinco días sin hidratación, por lo que el hecho de que antes de morir este ser haya resistido casi veinte días sin agua, comida o aire fresco es ya extraordinario,42 por no decir sobrenatural. Tomando en consideración estas características, se puede especular que dicho ente se acerca más a lo

42 Por extraordinario me refiero, como la palabra indica, a lo que ese encuentra fuera de lo ordinario, de lo

común o lo conocido, y que no por ello debe ser sobrenatural, entendiendo esto, de forma somera, como lo que excede o se encuentra más allá de lo natural; mientras que los prodigios suelen asociarse con los milagros.

animal que a lo humano, similar a ciertos reptiles o anfibios capaces de soportar largos periodos sin beber agua.

Así, podría decirse que para la protagonista “su encuentro con la indeterminación, con lo que no puede concretar, origina un abismo de desesperación y, allí, se abandona a sí misma” (Evangelista Ávila, Mendoza Negrete & Ramírez Caballero 180), de tal forma que la presencia del huésped aumenta la presión sobre esta mujer llevándola hacia el horror. Así, el temor que su calidad de foráneo infunde en los demás se potencia con la escasa información que se tiene de este extraño huésped; además, el hecho de no nombrarlo evita ser aceptado –acaso adoptado– de alguna forma por las mujeres, de esta manera también impiden que se integre a la casa o a la familia a pesar de que los días se acumulen; con ello se mantiene en el límite entre la cotidianidad y en lo oculto.

El interior de la casa también es un lugar con espacios liminares, un entorno donde al oscuro huésped se le asigna un lugar específico que cumple con las características acordes con la naturaleza de ese ser: una habitación húmeda y oscura de la casa que la esposa, por lo mismo, relegaba; sin embargo, el invitado del esposo parecía disfrutarla y pronto halló comodidad en ella. La paz que dicha mujer disfrutaba en ausencia del marido desaparece con el acecho constante de aquel ser que, si bien tenía un cuarto designado al que nadie se acercaba por miedo, no obstante, transgredía los demás espacios de la casa; aquellos que durante el día y sin la presencia del esposo eran seguros, se tornan ya amenazantes con la presencia del huésped. Cuando este ser sale de su cuarto e invade otros lugares de la casa, obliga a la esposa de su anfitrión a limitar su movilidad, a no salir de su recámara –aunque después la invade–; así, en la narración, las fronteras se van acercando, constriñendo a los

personajes en espacios cada vez más pequeños, lo que significa mayor peligro, pues el extranjero comienza a apropiarse de espacios que otrora representaban un ámbito tan familiar. El resto de los habitantes se mantienen activos durante el día y comparten espacios plenos, abiertos y agradables, en tanto que este ser se mantiene aislado, durmiendo, en un lugar pequeño, del que sólo sale para perturbar a la protagonista, para dejar sentir su presencia o para espiar desde los rincones oscuros, por lo que también, poco a poco comienza a transgredir un tiempo que no lo corresponde: el día.

Sobre la relación de los espacios compartidos por los personajes del cuento, vale decir que es común que la casa represente un lugar seguro, familiar e íntimo; sin embargo, la intrusión del ser extraño y la transgresión sistemática de espacios y momentos que no le corresponden pueden generar terror en los habitantes y provocar una sensación de ahogo dentro de la misma casa y, con ello, a dejar de ser aquel lugar pleno, abierto y lleno de confianza que en determinados momentos aparentaba. Tomando en cuenta esto, hay que destacar que la casa significa todas aquellas cualidades positivas sólo cuando el esposo no se encuentra en ella y en menores cantidades –según la narradora, que habla de “la poca paz de que gozaba” (Dávila 19)–, pues la relación que mantienen los cónyuges es, para entonces, distante y fría. Lo anterior bien podría pensarse a partir de la teoría del héroe penetrador formulada por José Manuel Pedrosa (37-63), según la cual, al mantenerse como el único lugar en el que se desarrolla la narración, de forma paulatina la casa se convierte en una zona cada vez más pequeña y se configura en territorio del huésped, por tanto, del peligro, ya que esos espacios estrechos, guardados, amenazantes, peligrosos, que suelen tener forma de tubo o de entrada de tubo muestran, en muchos casos, una dinámica que

podríamos llamar gemelar, es decir, que aplasta entre paredes o fuerzas gemelas, que devora, mata o impide la salida de quienes pasan a su través (51).

En la narración que nos ocupa, por supuesto que la casa no tiene una forma tubular, sino cuadrada o rectangular, según la descripción de la narradora: “La casa era muy grande, con un jardín en el centro y los cuartos distribuidos a su alrededor” (Dávila 20), lo que permite, sin embargo, hablar de un espacio gemelar, es decir, constituido por muros paralelos capaces de devorar, encerrar o emparedar a los habitantes, y cada una de las habitaciones funciona de forma independiente de la misma manera. Así, en primera instancia, el huésped mantiene la habitación que ocupa como uno de estos espacios estrechos de los que habla Pedrosa, en el que este ser representa el peligro dentro de dicho sitio y adentrarse en él significaría la muerte; es por ello que su empleada procuraba no ingresar: “Guadalupe era la encargada de llevarle la bandeja, puedo asegurar que la arrojaba dentro del cuarto, pues la pobre mujer sufría el mismo terror que yo” (Dávila 20).

Por las noches, cuando el huésped salía, el espacio amenazante –su habitación– era abierto y el peligro se apoderaba de la casa, convirtiendo cada lugar en el que este ser se posaba en parte de su dominio; es decir, generaba espacios estrechos y peligrosos en el interior del hogar. No es gratuito entonces que gustara colocarse en zonas constreñidas y ocultas: “Se situaba siempre en un pequeño cenador, enfrente de la puerta de mi cuarto […] de pronto lo descubría en algún oscuro rincón del corredor, bajo las enredaderas” (Dávila 20).