Guadalupe ELÍAS Universidad de St Andrews Reseña
https://doi.org/10.34258/cuadirr.vi2.16
Rescatar la obra de un autor olvidado no es una tarea sencilla. Requiere de una investigación larga y exhaustiva dentro de archivos, bibliotecas y colecciones particulares, sin tener la certeza de que dará los frutos esperados —o fruto alguno siquiera—. Las académicas Dolores Phillipps-López y Cristina Mondragón, quienes han ejecutado esta tarea de manera magistral, nos presentan en esta antología los resultados de su recorrido tras las huellas de Francisco Zárate Ruiz (ca.1875-1907), y hacen justicia a los esfuerzos de su empresa.
El volumen está conformado por una presentación, dos estudios introductorios, una bibliografía de la obra de Zárate Ruiz, la antología de sus textos, una cronología (a falta de una biografía) y una reseña. La presentación nos deja en claro desde un principio lo bien documentado del trabajo: las autoras revisaron una cantidad considerable de publicaciones periódicas decimonónicas y de libros de difícil acceso. Numerosas fuentes, referencias a estudios y aclaraciones del contexto acompañan a cada paso al lector tanto en los estudios como el cuerpo de la antología.
El primer estudio, “En la órbita de Poe: Traducción, reescritura, reinvención”, de la pluma de Phillipps-López, ahonda en la influencia del norteamericano Edgar Allan Poe en los cuentos decadentistas de Zárate Ruiz. Tal influencia es más que evidente al realizar la lectura de los textos antologados; sin embargo, también se consideran las razones por las que John Eugene Englekirk, experto en la recepción hispánica de Poe, le atribuyó en 1937 a
Zárate Ruiz un par de traducciones de Poe y dos textos relacionados con este autor que fueron publicados sin firma y que se incluyen en la antología. Tal investigación histórica es importante porque nos muestra cuál era uno de los principales intereses estéticos de Zárate Ruiz, que, en conjunto con las características propias de la literatura mexicana de finales del XIX, hacen de su obra un aporte interesante a las letras nacionales. Por otra parte, la indagación en torno a la autoría de las traducciones y los otros dos textos incide en un análisis de su estilo y nos prepara para la lectura de la obra antologada.
Los cuentos son analizados por Mondragón en el segundo estudio, “Francisco Zárate Ruiz y lo fantástico decadente”. Este volumen no incluye todos los textos de Zárate Ruiz que se localizaron; se reservó, para otras pesquisas, sus cuentos costumbristas, y se presentan únicamente los adyacentes a la literatura fantástica y decadentista. Como el título lo indica, las narraciones son de horror y de locura en su mayoría. Mondragón hace énfasis en cómo el tema de la locura no sólo liga a Zárate Ruiz con la obra de Poe, sino que también es el puente que lo conecta con la literatura fantástica.
A falta de una biografía completa de Zárate Ruiz, los datos que las autoras han podido localizar provienen de menciones en periódicos y revistas de la época, además de sus publicaciones; todo el material relevante se encuentra transcrito a detalle en la cronología. Hijo de un profesor, Zárate Ruiz se dedicó, como muchos de sus colegas contemporáneos, al periodismo (como redactor del Monitor Republicano y Gil Blas) y a la literatura; fue además maestro, prefecto en la Escuela Nacional Preparatoria, representante de una empresa cirquera (la de los Hermanos Orrin), y miembro de la secretaría particular del gobernador del Estado de México, Vicente Villada. Se movió, hasta
donde se sabe, entre la Ciudad de México, el Estado de México y Michoacán. En Toluca, escribió por encargo una obra que exaltaba el desarrollo de la ciudad. En Morelia, entró en conflicto con un grupo de católicos de la alta sociedad, quienes se indignaron ante el tono con el que criticó los oficios de Semana Santa en uno de los periódicos locales. Estamos ante un autor típico del Porfiriato: un intelectual trabajador, educado, con amistades pertenecientes a este mismo círculo, entre las que resaltan Heriberto Frías y Justo Sierra. Y, a la vez, era un crítico de la sociedad mexicana que juzgaba en decadencia, aunque, como se puede ver en sus textos, con ciertas peculiaridades que lo hacen diferenciarse de otros autores de su tiempo.
Los cuentos del volumen se dividen en dos partes: la primera contiene los que Zárate Ruiz publicó en un libro bajo el título de Cuentos de manicomio. Los que no llegan a San
Hipólito; la edición consultada apareció en Morelia en 1903. Se trata de diez cuentos,
además de uno añadido, “Por una obsesión”. La segunda parte incluye cuentos sueltos publicados en diversos periódicos y revistas, como El Nacional, El Mundo y la Revista
Moderna. Esta segunda parte constituye el grueso de la antología, con 21 cuentos. Una
tercera parte reúne los cuatro textos poescos atribuidos a Zárate Ruiz por Englekirk: dos traducciones, “El corazón revelador. Edgardo Poe” (“The Tell-Tale Heart”) y “La embriaguez. Musa trágica” (“The Black Cat”); “El último cuento de Edgard Poe. Mi pesadilla”; y, por último, una semblanza ficticia de Poe que cuenta una anécdota cuyo origen es incierto. Las peculiaridades del estilo y las traducciones de Zárate Ruiz, que agregó frases e incluso párrafos al texto de Poe, son discutidas por Mondragón en su estudio.
La obra de Zárate Ruiz presentada en este volumen nos muestra a un autor que, ciertamente, escribía bajo la influencia de Poe. Sin embargo, no sólo se caracterizaba por una predilección hacia los temas que el norteamericano retrató en su obra (la locura, el abuso del alcohol, el horror, el crimen), sino también por aquellas preocupaciones muy propias de los escritores mexicanos durante la última década del siglo XIX y la primera del XX. A lo largo de estos cuentos se deja entrever el interés del autor por temas de carácter social y moral. El vicio, en particular el abuso del alcohol y la morfina, permea la vida de los personajes y los atormenta con insomnio y visiones espectrales, o bien con obsesiones y temores que los conducen a cometer los más crueles crímenes. Como corresponde al decadentismo, hay en estos cuentos un retrato de una burguesía explotadora, pero, acaso, intelectualmente anodina. Su interés por captar a detalle personajes marginados no se realiza, sin embargo, a través de un lente comprensivo, sino en boca de narradores y personajes que rechazan la diferencia y buscan a toda costa destruirla. Como muestra están, por mencionar sólo dos, “La bruja” y “Mi pesadilla”.
No obstante, a diferencia de otros autores contemporáneos que también se ocuparon de retratar la decadencia de la sociedad porfiriana, como Federico Gamboa o Ángel de Campo, en la obra de Zárate Ruiz no hay elementos católicos ni redención alguna. Las menciones al infierno o a demonios, a fantasmas y a otras apariciones, cuando están presentes, son más bien seculares. La naturaleza, cuando se muestra, es una fuerza implacable ante la que los seres y las cosas se doblegan o cuyo orden aprovechan (“Gusanos”, “Amor de gato”), y que posee las mismas características que Zárate Ruiz le atribuye al ser humano: puede ser cruel, perversa y vengativa, como se ve en “El río hondo”.
Asimismo, la naturaleza del hombre es una de las principales preocupaciones del autor: de dónde provienen sus vicios, de dónde la locura y las obsesiones, la facilidad con la que cae en la violencia. Como bien señala Mondragón, el elemento de lo fantástico se hace presente en muchas de estas narraciones al existir la duda entre la explicación natural (positivista, de análisis social y médico propios del porfirismo) y la sobrenatural. Bastará, para ilustrar este punto, “Cuentos de manicomio. ¿Homicida?”. En este cuento, un hombre que está siendo juzgado por el asesinato de una mujer intenta defenderse: no está de acuerdo con la dirección que sus abogados han tomado, la de declararlo loco, e intenta señalar que no está loco ni tampoco ha asesinado a una mujer, sino a su “gata morisca” (115), cuya presencia le había resultado odiosa luego de obsesionarse con ella. Este cuento es paradigmático de su obra no sólo por la cercanía con Poe (a quien menciona directamente en la narración, declarando así influencia y filiación), sino por cómo se vincula con lo fantástico: la obsesión que llevó al protagonista al asesinato corre en paralelo a la duda de si aquella gata era en realidad una mujer disfrazada, una mujer “fea” y “asquerosa” (123).
Zárate Ruiz incluía en sus narraciones escenas de violencia cruda. “Homicida” no es la excepción: en él se detalla no sólo la manera en que el protagonista dio muerte a la gata, sino también las fantasías de tortura y mutilación a las que hubiera deseado someter al pobre animal. En la cronología se detalla que, el 27 de enero de 1901, Zárate Ruiz leyó su cuento de la “Gata” en la primera sesión de la sociedad “Arte y Ciencia” en la ciudad de Toluca. Aunque “recibió verdaderos aplausos”, se menciona que “su cuento fue recibido con extrañeza, acaso porque este género de literatura es aún poco entendido” (281). No es
de sorprender que la detallada violencia que aparece en este cuento hubiera extrañado al público porfiriano; incluso en el siglo XXI, cuando la violencia no nos es ajena a ningún medio ni manifestación artística, tales descripciones provocan más de un escalofrío.
Los asesinos, los locos y los viciosos en la obra de Zárate Ruiz suelen ser varones de diferentes profesiones y estratos sociales: bohemios, ladrones, incluso médicos. Las mujeres aparecen poco y, si bien también sufren de obsesiones y visiones, éstas no las llevan al homicidio (“Por una obsesión” y “Enfermera”). Las más de las veces son víctimas, junto con los menesterosos o aquellas criaturas que el protagonista juzga inferiores o débiles. En ocasiones, el débil también ejerce su venganza contra el fuerte, como ocurre en “Una venganza”, “¡Miedo!” y “El tuerto”.
Como se propusieron demostrar Phillipps-López y Mondragón, los cuentos de Zárate Ruiz resultan por sí solos interesantes, y más aún cuando se los considera en el contexto en el que fueron escritos. Este volumen es una excelente carta de presentación para un autor que permaneció olvidado hasta fechas recientes, a quien la pena leer a la luz de las teorías e intereses de nuestro tiempo. Sirva la obra reproducida como incentivo, y las fuentes y estudios citados por las autoras como punto de partida para futuras investigaciones.
ABRAHAM, CARLOS (ED.). EL CUENTO FANTÁSTICO EN CARAS Y CARETAS. VOLUMEN II.