• No se han encontrado resultados

DESCONOCIDOS Y CONTROVERTIDOS ASPECTOS DE LA MILITANCIA ARMADA.

In document Revista Lucha Armada (página 34-48)

durante un mes y medio, la misma ceremonia: nos llevaban a la plaza del pueblo, donde se velaba un retrato de Evita, con crespón negro y todo, y ahí nos teníamos que que- dar custodiando el retrato, en posi- ción de firme, durante 45 minutos; después, cuando nos íbamos, tenía- mos que dar el pésame al jefe del partido, al intendente, al jefe de la CGT y a la jefa de la rama femenina. Eso me indignó tanto, que ya no pude ser nunca más peronista.

–¿Y luego?

–Por 1953-54 intenté afiliarme a la Juventud Radical, que era lo más progresista que podía haber en la zona, y hasta intenté formar una especie de Centro de Egresados, pero finalmente no resultó. De todos modos yo quería irme de Chivilicoy, y venir a Buenos Aires a estudiar filosofía. Finalmente consi- go trabajo en la sucursal 16 del Banco Provincia, Alsina y San José, y me vengo a la Capital. Recuerdo que cuando desembarqué lo prime- ro que me impresionó fue una enor- me pintada que decía: “¡Fuera yan- kes de Guatemala!”. Me impresionó mucho y me pregunté: ¿qué habrá pasado en Guatemala? Porque yo no tenía la menor idea.

–¿Conocías gente acá?

–No, llegué y me fui directo a vivir a una pensión, como todos los que venían del interior del país. La vida en una pensión es muy rica, porque se conoce gente de todos los rinco- nes. Casi como una colimba laica. Los fines de semana prácticamente no se salía: o estabas muerto por el trabajo de toda la semana o no tení- as adonde ir porque se ganaba poco. Y entonces nos juntábamos todos los pensionistas a tomar mate. Y es allí donde conozco gente que esta- ba ligada a Silvio Frondizi.

–¿Seguías esquivo con el peronis- mo?

–Totalmente. Es más, por entonces era muy, pero muy gorila, y hasta me alegré cuando cayó Perón. Peor todavía, hasta tuve la intención de incorporarme a las Comandos Civiles ¡Mira si era gorila! En 1956, caminando por la avenida Corrientes, tuve mi gran encuentro con un libro: El Estado y la

Revolución, de Lenin, y eso fue para

mí un antes y un después. Porque a partir de allí me convierto en un revolucionario.

–¿Hasta ese momento no habías accedido a otras lecturas?

–Nada, absolutamente nada. Lo máximo era Kant, y con eso creo decirles todo. Es paradójico, pero con la Revolución Libertadora tuve acceso a los libros de marxismo, sobre todo porque el “veranito democrático” que llegó después del golpe permitió que todas las librerí- as se abrieran a los libros y materia- les de formación del Partido Comunista.

–¿Y a partir de esa lectura?

–Cambió todo. Me acordé de un compañero de la pensión que me había hablado de un grupo, y le pedí que me llevara. Entonces caigo en Praxis, donde me presen- tan a Silvio Frondizi, a Eugenio Werden, a Ricardo Napurí y a Marcos Kaplan. Cada uno de ellos tenía a su cargo un área distinta de capacitación, y empiezo a estudiar con ellos. Werden nos daba clases de Filosofía; Napurí sobre realidad latinoamericana y Silvio sobre la realidad de nuestro país. Leíamos su libro La realidad argentina. Una verdadera escuela de formación de cuadros. Y a veces, cada 15 o 20 días, nos reuníamos con Kaplan y su compañera, para ver las cuestio- nes practicas de la organización de Praxis. Nos ocupábamos de temas

teóricos y así estuvimos más de un año. Además repartíamos el perió- dico Revolución.

–¿Cuántos militantes eran?

–Yo no lo sabía muy bien, porque cuando hacíamos nuestras reunio- nes no éramos más que seis o siete. Pero en el apogeo de Praxis debimos haber sumado entre 200 y 300 distribuidos en cuatro regio- nales: oeste, norte, sur, y Capital.

–¿Cómo continuaron tus lecturas?

–Seguí leyendo cuanta cosa de Lenin caía en mis manos, ya que por entonces se había convertido en mi autor preferido. Pero yo tenía inclinación hacia la filosofía y trataba de responderme en térmi- nos trascendentes, es decir, busca- ba los por qué de las cosas. Por entonces me hice muy compinche de Werden, con quien tuve conver- saciones interminables. Recuerdo dos libros que trabajamos juntos:

El mundo de los hititas era uno, y El miedo a la libertad, de Erich

Fromm, el otro.

–¿Y con Silvio Frondizi?

–Silvio nos apabullaba con sus conocimientos. Imagínense, yo tenía 20 o 21 años y cuando Silvio se ponía a hablar, ¿qué te quedaba por hacer? Aprender y absorber todo lo que se podía. Nada más. No podías decir nada. Hasta que comenzó el trabajo político. Ahí la cosa cambió.

–¿Cuáles fueron esos cambios?

–En esa época el movimiento obre- ro se había dividido en tres partes: los 19 gremios del PC, los 32 gre- mios democráticos y mayoritarios y las 62 organizaciones del peronis- mo. Yo militaba en el banco y había sido elegido delegado de la sec- ción. Además, había comenzado a trabajar en La Bancaria y participa- do en su organización. Entonces nos dimos la política de echar del gremio a los 32 mayoritarios y democráticos, para convertirlo en un gremio muy progresista. Ahí compartí el trabajo con la militan-

cia sindical frondizista y con algu- nos del PC, como Floreal Gorini y hasta con Carlos Ruckauf, que mili- taba en el gremio del seguro.

–¿Cómo siguió tu militancia?

–Después del golpe, y por varios años, me dediqué a la militancia bancaria, hasta que en la famosa huelga del 58 fuimos todos en cana. La Asociación Bancaria dio la orden de tomar las sucursales y la única sucursal tomada fue la mía. ¿Se imaginan? Nos sacaron enca- denados, custodiados con fusiles y nos llevaron a Campo de Mayo. Aquello fue increíble. Los familia- res de los detenidos fueron todos para allá, atravesaron los contro- les, las vallas, invadieron Campo de Mayo y llegaron hasta donde estábamos nosotros. Un auténtico quilombo para la “libertadura”.

–Tu experiencia práctica comenzó a ser tan importante como la teó- rica.

–A mi me afianzó muchísimo la actividad sindical y comencé a ser un dirigente destacado del gremio. Hasta llegamos a organizar un comité de huelga que llevó adelan- te una histórica huelga de 62 días. Eso me dio mucha “calle”. Nos reu- níamos cada media hora y volvía- mos a dispersarnos y así todo el día, para impedir funcionar a los bancos. Finalmente, con Frondizi como presidente, sobreviene la derrota. La Asociación Bancaria da la orden de plegarnos a una huelga general y yo soy de los pocos que la cumplen.

–¿Qué suerte corriste?

–En la sucursal donde trabajaba el jefe me dijo: “Cibelli, ¿que quiere

hacer, una revolución con una honda? Déjese de joder”, y me cas- tigaron enviándome a una sucur- sal. Y caigo en Lomas de Zamora. Eso motivó que pidiera el traslado en Praxis, y así dejé de militar en la Capital para hacerlo en zona sur.

–¿Cómo era la militancia en la nueva regional?

–En la regional había unos 19 mili- tantes, pero sobresalían dos: el gordo Lemar y Ricardo, tipos bri- llantes que tenían su propia con- cepción de como hacer las cosas, y con un gran ascendiente sobre el resto. Ambos venían de militancia en el PC. Lemar era profesor del Instituto de Lomas, y Ricardo un estudiante; va a ser él quien nos marcará a fuego durante la prime- ra etapa de las FAL.

Apenas llego y me recibe Ricardo,

quien me da una serie de indica- ciones y normas que debía cumplir para poder militar en la célula. El creía que yo era un niño bien, un náufrago de la Capital, y en su mente estaba esa necesidad de conectarse con la realidad, lo que llamaba “embarrarse”. En lo sus- tancial, la militancia no era muy distinta a la de la Capital: repartir la prensa y asistir a reuniones de formación. Los sábados discutía- mos la realidad nacional, cada hecho ocurrido en la semana. Y después realidad internacional. Y así estábamos todo el día, desde las 8 de la mañana hasta las seis de la tarde. Los domingos los dedicá- bamos a la formación integral: eco- nomía, filosofía y política. Lemar, por ejemplo, era el especialista en PCUS y revolución rusa; de las cuestiones políticas, se encargaba Ricardo; y yo de la economía. Eso era Praxis zona sur. Y a todos los demás los descalificábamos dicien- do que eran pequeños burgueses del centro.

–¿Seguías viviendo en pensiones?

–No, ya había conocido a mi com- pañera y vivía en su casa. Mi com- pañera merece un recuadro aparte. Ella no era militante; y siempre fue mi auténtico cable a tierra. Toleró todo, conocía todo y sabía a la per- fección todo. Sufrió persecución, secuestro, cárcel y tortura, y jamás canto nada. Si hubiese hablado, de las FAL no quedaba nada. Hace 46 años que estamos juntos y muchos le debemos la vida.

–¿Había desacuerdos con la direc- ción de Praxis?

–En 1958 comienza a prepararse el congreso de Praxis, para definir una estrategia. La zona sur tenía una postura propia, diferente y contraria a la de la dirección. Nosotros decíamos que había que continuar con la formación teórica, pero que teníamos que profundizar el contacto con la clase. Además agregábamos un punto clave: que a la militancia había que añadirle algunas acciones de tipo militar,

para acumulación financiera, de experiencia y de armas. Es decir, preparar a los compañeros en acti- vidades que hicieran su formación más integral. Partíamos de la pre- misa que los militantes iban a par- ticipar, en algún momento, de un movimiento insurreccional, y que todas estas cuestiones no deberían serles ajenas.

–¿De dónde sacan esa tendencia? ¿Quiénes influyen en ustedes?

–Bueno, no hay que olvidar que por entonces había un movimien- to internacional de liberación muy importante. Curiosamente, los cubanos no nos influenciaron en nada. Incluso decíamos que Fidel Castro era un niño bien que se estaba dedicando a hacer una revolución. Para nosotros era la versión cubana de la Libertadora. Así que la influencia venía de otro lado. De todas las lecturas y de toda la formación que recibíamos. Imagino que todo esto debe haber salido de las elucubraciones bri- llantes de Ricardo, de las de Lemar, y algo que pude haber aportado yo. Esas tres personali- dades más lo que podía aportar Jorge Pérez, que por entonces tenía 17 años, y otro Jorge, que venía del Partido Socialista.

–¿Y cómo les fue en el Congreso?

–Para la mierda; presentamos la tesis y demás está decir que nos sacaron a patadas. En realidad, más que sacarnos, nuestra pro- puesta perdió y al más puro estilo de la izquierda, al perder nos fui- mos. Y nos fuimos todos, los 17 que éramos.

–¿Tenían idea que hacer después de semejante final?

–Tras la ruptura, lo primero que dijimos fue: “lo que se viene ahora va a ser muy pesado, ¿quién de nosotros sirve para eso?” Y enton- ces decidimos echar al resto de los compañeros y empezar solos con una nueva cosa. Para eso convoca- mos a una reunión al grupo y le dijimos que habíamos llegado al

final, que cada uno se iba a tomar mate a casa, nos despedimos como buenos camaradas y adiós. Todos se fueron y sólo quedamos los cinco fundadores de una organiza- ción nueva. Esto ocurrió en enero de 1959, en una casillita de la Salada, de la tía de Lemar. Ahí fun- damos la organización que aspira- ba a disputar el poder a la burgue- sía en nuestro país.

–¿No le pusieron nombre?

–No, porque estábamos convenci-

dos de que íbamos a participar en la insurrección, no la íbamos a hacer; por consiguiente, todo lo que hiciéramos por izquierda no tendría por qué conocerse. En nosotros primaba el concepto de acumulación: capacitarnos y, mientras tanto, profundizar el tra- bajo en la clase.

–¿Qué los precipitó a comenzar a prepararse?

–El Plan CONINTES y la toma del frigorífico Lisandro de la Torre nos alentó a fundar la organización. Casi enseguida se produjo la huel- ga del frigorífico Monte Grande, justo en una zona muy cercana a la que estábamos nosotros.

–¿Que participación tuvieron?

–Estuvimos trabajando en el fri- gorífico seis o siete meses, y tal es así que llegamos a participar en las reuniones del Comité Directivo de la Carne de Monte Grande, con el negro Salto y otro más. Hicimos una tarea bastante interesante dentro de lo que nos- otros considerábamos “ir al barro”, es decir, fuimos a la huel- ga, apoyamos a los compañeros, movimos a todo el barrio, hicimos colectas, conseguimos cosas para que puedan vivir, hicimos rifas, los acompañábamos a las movili- zaciones, en fin, a los tumbos tra- tamos de estar con la clase y repartir nuestro periódico.

–¿Cuál era?

–“Llamarada”. Y Lemar era el encargado.

–De “La Chispa” rusa ustedes pasaron directamente a la “Llamarada”.

–Me acuerdo que Lemar dijo: “Iskra” era “La Chispa” y no pode- mos ponerle el mismo nombre. Bueno, entonces metámosle algo que tenga que ver, y así se eligió “Llamarada”. Éramos muy pende- jos. Yo tenía 24 años y era el más viejo de todos.

–¿Cómo continuó el desarrollo de la organización?

–En el 59 hicimos ese trabajo en la carne y seguimos con la formación teórica. Yo me convertí en el espe-

cialista en economía y, por consi- guiente, agarré el manual de eco- nomía de la URSS y con eso daba un cursito, ¿leer a Marx? Ni loco, a lo sumo Politzer. Además, por mi intervención en el gremio, era el encargado de las cuestiones gre- miales. Jorge Pérez, a la vez, se encargaba de la realidad interna- cional, que conocía a fondo.

–¿Incorporaron gente en esa época?

–Nosotros nos preguntábamos: ¿cómo hacemos para incorporar gente a este nuevo tipo de organi- zación? ¿Cómo tenía que ser ese

nuevo militante? Primero, entre- ga total, capaz de armar y desar- mar una pistola 11,25 en pocos segundos y de trabajar en una huelga. Nos planteamos entonces incorporar gente de absoluta con- fianza. Y si no nos convencía, no los admitíamos. El trabajo comen- zaba en el circulo de amigos y relaciones personales. En el 59, 60 y 61 nos dedicamos exclusiva- mente a eso. En 1962, año de grandes hitos de nuestra historia como organización, ya éramos poco más de treinta. Pero la ver- dad es que no teníamos mucho interés en ser más que eso; falta-

ba mucho para la insurrección y teníamos tiempo.

–¿Se buscaba a la gente en algún núcleo en especial?

–Yo buscaba bancarios, otros telefó- nicos, otros en el Partido Socialista, es decir, en nuestro ámbito. Los que trabajaron dentro del PS, por ejem- plo, especialmente en las células de Remedios de Escalada y Lanús, ter- minaron incorporando a toda la juventud de esas zonas, entre los que estaban Alejandro Baldú y Carlos Dellanave. Por el 60/61 nos habíamos conectado con el gremio de los Canillitas, gracias al trabajo

de dos compañeros ex PC que aten- dían un quiosco de diarios en la estación de trenes de Constitución, en el anden n° 8. Allí comenzó a funcionar en gran parte la “sede” central de nuestra organización. Ellos nos conectaron con otra gente del gremio y luego con los trabaja- dores de la estación, en el rubro vía y obra. También conocimos gente de gráficos y de gastronómicos, en especial con gente del aparato de autodefensa.

–¿Qué otras tareas desempeñaban?

–Algunas tareas específicas, como localizar coleccionistas de armas,

para luego ir a afanárselas. Así nos alzamos con una Lugüer. Por mi parte, aprovechando el hecho de ser empleado bancario, comencé con otros compañeros a estudiar la posibilidad de realizar estafas, lo que nosotros bautizamos “acciones de guante blanco”, intentando hacer las cosas organizadamente y bien planificadas.

–¿Tenían algún modelo de organi- zación en especial?

–Teníamos un gran respeto por el PC. Pensamos que eran una manga de reformistas, pero nos gustaba su estructura, como hacían el tra-

bajo, y lo que estábamos haciendo era en parte una copia del PC, sin ser el PC. Es más, muchos de nos- otros teníamos admiración por Stalin y el trotskismo era nuestro peor enemigo.

–¿Ninguno se cuestiono que esta- ban formando una secta política?

–No ninguno. Nos sentíamos ele- gidos, detentábamos el saber absoluto y la verdad, y creíamos que si no lo hacíamos nosotros no los haría nadie. Pero no obstante, la formación que nos había dado Silvio Frondizi nos otorgaba por lo menos la característica de querer entender qué pasaba a nuestro alrededor. Algo captábamos, pero igual, éramos unos pendejos soberbios.

–¿Qué estrategia política se daban?

–Entre 1964 y 1965 se produce la etapa más original de la organiza- ción y la que más frutos acarreó, sobre todo en los aspectos que hacen a la planificación de accio- nes. Ayudó mucho tener un con- cepto de acumulación, que nos permitió una estrategia sin tiempo. Sabíamos que la revolución no estaba a la vuelta de la esquina.

–¿Tenían relaciones con los cuba- nos, como otros grupos de la época?

–Los cubanos vinieron a acá bus- car gente para hacer cursos de guerra de guerrillas, con la estra- tegia de considerar a los Andes como la columna vertebral de la guerrilla. El único grupo que no viajó fue el nuestro. Primero, por- que acá la revolución se iba a dar en la ciudad y no en el campo; teníamos 82% de población urba- na, y un desarrollo industrial pro- letario muy importante en los suburbios de las grandes ciuda- des, como Buenos Aires, Córdoba y Rosario. Entonces, si querían ayudarnos a nosotros, que éramos los que haríamos la revolución, exigimos que nos dieran otro tipo de apoyo.

–¿Cómo cual?

–Cursos de Estado Mayor, movi- mientos de columnas, cursos de aviación y manejo de tanques. Si no, no servía. Teníamos la idea de infiltrar a las fuerza armadas, a las que íbamos a destrozar en la insu- rrección. Esto nos daba caracterís- ticas especiales y reivindicábamos nuestra capacidad de pensar y movernos autónomamente.

–¿Cómo creían que se daría el pro- ceso revolucionario local?

–Decíamos que la realidad argenti- na era muy diferente al resto del continente, y teníamos razón. Argentina no era Latinoamérica y nuestro proceso revolucionario ten- dría particulares señas nacionales.

–¿Y en qué frentes trabajaban?

–Trabajábamos en la clase y con la juventud, aunque limitados a las escuelas secundarias, a través de nuestra Liga de Estudiantes Revolucionario (LER). Lo hacíamos con ese nombre porque decíamos que en los frentes de masas había que tener una nominación para poder ser identificados. Ricardo fue el responsable de ese frente que se desarrolló en Lanús y gra- cias al cual se incorporaron algu- nos militantes.

–¿Y la militancia universitaria?

–No queríamos saber nada con ella. Por entonces la universidad era el foco de atención de todos los servicios y si aparecíamos en la universidad seríamos de inmediato fichados, y en esa etapa no quería- mos saber nada de eso. Ese fue otro aspecto de nuestra organiza- ción: éramos muy buenos para evi- tar ser infiltrados. Además tenía- mos la soberbia de pensar que en la universidad todos eran peque- ños burgueses que no servían para nada y que lo único que sabían era hablar de la revolución, pero sin

In document Revista Lucha Armada (página 34-48)

Documento similar