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Después del extenso tratamiento, los temas de esta investigación se encaminaron para la construcción de tres categorías temáticas: ―ancorando a la mujer como centro de la violencia conyugal‖, ―representación de la violencia contra la mujer‖, y la tercera categoría: ―representación del género masculino como centro de poder y violencia‖.

El análisis de este capítulo coherente, con el marco teórico- conceptual, profundizará en los conceptos de violencia contra la mujer y representación social. Jodelet (1983), fiel seguidora de Moscovicì, reconoce que las representaciones sociales, como sistemas de interpretación, rigen nuestras relaciones con el mundo y con otros, orientando y organizando las conductas y las comunicaciones sociales. Ellas existen tanto en la cultura como en la mente de las personas y no pueden existir sin ser colectivamente percibidas y sentidas. Siendo así, la representación social es un instrumento valioso para el estudio de la violencia contra la mujer, permitirá analizarlo recogiendo aspectos personales, sociales y culturales.

Tan distintas son las representaciones que evoca la palabra ‗violencia contra la mujer‘ que con frecuencia no parecen reflejar la misma realidad o el mismo proceso. La violencia es vista de distintos modos, según las culturas, las personas, las circunstancias personales y sociales que rodean a cada entrevistada. Las representaciones de la violencia contra la mujer involucra, también, conceptos como «género»,

«poder», «inferioridad», «varón»; todos ellos son afrontados de modo distinto, pero en el fondo, corresponden a la violencia.

Para analizar la representación social de la violencia contra la mujer iniciaremos definiéndola como "todo acto que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, en la familia, incluídos los golpes, el abuso sexual de las niñas en el hogar, la violencia relacionada con la dote, la violación por el marido, la mutilación genital y otras prácticas tradicionales que atentan contra la mujer‖. Esta definición se convertirá en marco de referencia para posteriores abordajes del tema (ONU, 2005).

Se presenta en la siguiente parte los discursos, los mensajes y las imágenes que dieron sentido a las categorías.

1ra. CATEGORÍA.- ANCORANDO A LA MUJER COMO CENTRO DE LA VIOLENCIA

ELEMENTOS SIGNIFICATIVOS Frecuencia

simple

Frecuencia asociada

Violencia contra la mujer. 121 101

Riesgo a ser violentada. 32 30

La mujer no debe dejarse pegar ni gritar. 25 26

TOTAL 178 157

Esta primera categoría, surge de la unión de tres elementos altamente significativos para las 25 mujeres entrevistadas, reportándose una frecuencia simple de 178, que indica que este

elemento apareció de manera espontánea ese número de veces, en diferentes testimonios de las personas entrevistadas. Y aparece con una frecuencia asociada 157 veces, es decir, alguno de los elementos significativos se presenta asociado a otros elementos en la misma entrevista.

El título de esta categoría hace referencia a una representación que ancora a la mujer como centro de la violencia. Moscovicì (1961), define el ancoraje como uno de los dos elementos que forman parte del proceso de origen de la representación. Y la define como el proceso por la cual se busca clasificar, encontrar un lugar para encajar lo no familiar, lo desconocido, lo nuevo en una red de categorías usuales.

Es un movimiento que implica en una integración cognitiva del objeto, en la mayoría de las veces, a partir de un juicio de valor. Al realizar el ancoraje, se está clasificando una idea, un objeto, situándolo dentro de una categoría que históricamente comporta esa dimensión valorativa. Es un proceso de encajamiento social de la representación y de su objeto.

Jodelet (2001), agrega que el ancoraje permite comprender la manera cómo los elementos se contribuyen para constituir las relaciones sociales. El ancoraje enraíza la representación y su objeto en una red de significaciones que permite situarlos en relación al valor social y darles coherencia. Juega un papel decisivo, esencialmente, en lo que respecta a la realización de su inscripción en un sistema

nocional, así como permite la instrumentalización del saber, confiriéndole un valor funcional para la interpretación y la gestación del ambiente.

Por lo dicho respecto al ancoraje, en esta investigación, la mujer intenta encontrar un significado para el maltrato (que viene a ser ―lo no familiar‖) y lo encuentra en los significados que ella ha ido adquiriendo desde la niñez respecto al maltrato y los recibe del contexto en el cual ella se desarrolla. De acuerdo a este significado, ella confronta los elementos de su representación con una red de categorías que vienen a ser las normas, hábitos, costumbres, etc. Propios a su persona, los lleva a un análisis cognitivo y los ubica clasificándolos de acuerdo a sus experiencias sociales y personales.

Frente a ese proceso, ella se ancora a sí misma, como ―objeto‖ susceptible a ser violentada y reconoce que ésto se da siempre en la mujer, sea cual fuere, su condición (social, económica, religiosa), evidenciando lo que muchos autores mencionan: que la mujer ―aprende‖ que la violencia se va a dar contra ella como un proceso natural (normal), debido a que, desde su niñez, ha tenido, entre otros, un patrón tradicional de crianza (como mujer), con una concepción de autoridad, de disciplina y castigo como correctivos por parte de sus padres, asimismo concepción que los niños(as) son ―propiedad‖ de los padres por lo mismo pueden ser violentados.

Esta forma de violencia familiar se ancora en las personas, generando en su vida adulta, sentimientos de culpabilidad que les lleva a sentirse responsables de ese maltrato. Así lo evidencian las personas entrevistadas en esta investigación, esto, probablemente, porque en ellas ha quedado marcado el sentimiento de culpabilidad, generado por los padres quienes les responsabilizaron por todo lo pasado.

Es importante resaltar que el cuadro de elementos significativos que dan origen a esta categoría, reporta el elemento ―la mujer no debe dejarse pegar ni gritar‖, pese a presentar un bajo porcentaje en la frecuencia simple y asociada (25 y 26 respectivamente), resalta el hecho de hacer conciencia en la mujer, y resistirse y rechazar la violencia, considerando que como ser humano merece respeto y trato digno.

En seguida presentamos algunos de los muchos testimonios que señalan a la mujer como centro de la violencia, veamos:

“…Del hombre nadie sabe….. Se puede esperar violencia. Yo nunca… he sido violentada, pero puede ser mas adelante. SONIA

“…No he sufrido violencia en mi hogar, quizá después, nunca se sabe”. FANY

“Mi pareja me maltrata psicológicamente pero,… físicamente, todavía”. JUANA

“Hasta ahora…gracias a Dios, no he sido maltratada por mi pareja. El hombre debe respetar a la mujer por que tenemos derechos”. THALIA

“No he sufrido ninguna violencia, al menos

por ahora, estamos bien…Existen discusiones entre

familias, pero leves…nada más” ISABEL

“Yo… no he sido violentada….pero nadie está libre… de repente, después”. “A veces las mujeres somos culpables para que el hombre se enoje”. VERONICA

De las declaraciones presentadas se observa que la mujer reconoce no haber sufrido violencia, pero no descarta ese hecho, asumiendo como algo ―posible‖ de ocurrir; sobre todo, los dos primeros testimonios relacionan este acto con un perfil del hombre como ―actitud incierta‖, que todo se puede esperar de él, considerando que existe un ―riesgo‖ de ser violentada en un futuro.

Las expresiones mencionadas, según Anicama J. (2001), están relacionadas a las mujeres con experiencias de algún tipo de abuso en la niñez por padres, maestros o cuidadores, quienes las humillaron, despreciaron, no le prestaron atención, se burlaron de ella; actitudes que alteran a la niña- mujer. Sucede, también, que al mismo tiempo, se les demuestra cariño, lo cual la confunde y crea inseguridad, pasando de ser ―mala y culpable‖ a ser ―querida y bonita‖.

Estos mensajes que recibe la mujer va haciendo una cadena de poder y abuso de poder que se traslada de una generación a otra, por ello, se dice que los padres no dañan la autoestima de sus hijas en forma intencional, sino que ellos también fueron educados de forma similar. Esta cadena generacional de actitudes y mandatos destruyen a

la mujer, volviéndola, temerosa, sumisa frente a los demás, esperando que la violencia en cualquier momento llegue a ella.

En los últimos años, el problema de la violencia ha ido operando en la sociedad un nivel de conciencia que ha permitido, especialmente en las mujeres, reaccionar ante esta agresión. También es cierto que aún persiste un importante grupo de ellas que tienen fijado en sí, mitos, preconceptos y estereotipos sobre la violencia, que dificultan su adecuada comprensión y actuación frente a ella.

Corsi (2003), señala que los factores que legitimizan la violencia están centrados, culturalmente, en las creencias y los valores acerca de la mujer y el hombre, en una sociedad caracterizada por el patriarcalismo que define a los varones como superiores por naturaleza y les confiere el derecho y la responsabilidad de dirigir la conducta de la mujer. Diversos autores señalan que el valor de los mitos culturales acerca de la violencia contra la mujer son elementos que contribuyen a la perpetuación de ste problema, siendo su principal característica del mito, su resistencia al cambio.

Se hace necesario resaltar que las actitudes y valores que echaron raíces a través de los siglos y a pesar de los esfuerzos realizados por numerosas organizaciones tendientes a difundir y promover ideas progresistas acerca de la ―igualdad‖ entre géneros, aún persiste, especialmente en el criterio de las mujeres, que el hombre tiene derechos y la obligación de imponer medidas disciplinarias para

controlar el comportamiento de quienes ―están a su cargo‖, y aun cuando se den leyes, los comportamientos tienden a seguir siendo regulados por la normatividad cultural que legitima el uso de la fuerza como ―método correctivo‖ y como instrumento de poder.

Las representaciones que han tenido las mujeres del presente estudio, sobre la violencia contra ellas, se han centrado mayormente en señalar que son consecuencia del contexto social, económico, cultural y familiar donde ellas se desenvuelven.

La influencia de las situaciones y acontecimientos llevan a las mujeres a fortalecer la representación, al hacerlas sentir ―culpables‖ de la violencia, o justificando el hecho por situaciones de dependencia económica, mala comprensión, baja autoestima, malas relaciones interpersonales, así como, tendencia a auto responsabilizarse e incluso asumir la violencia como una situación ―normal‖. Enseguida presentamos algunos testimonios que registran lo dicho:

“Las mujeres somos… susceptibles de ser violentadas, por nuestra situación… porque dependemos de nuestro marido”….. CLAUDIA

“Por la escasez de dinero, las mujeres tenemos que sufrir… mucho más las parejas que viven en barrios marginales”… BLANCA

“Por la mala comprensión con la familia… a veces las personas de ambas familias pueden influenciar para que se ataque a la mujer”… CAROLINA

Por los chismes, los hombres toman represalias contra las mujeres… ACUARIO

“La violencia se da por chismes y mentiras. El hombre cree todo y esto ya es maltrato”… DARLA

“La violencia se da en las mujeres por su baja autoestima, por lo que se debe ayudarlas para que se valoren y no permitan maltrato”… BLANCA

“El maltrato psicológico es el que más se da en el diario vivir con el hombre; eso resulta común, dejar de ser raro y pasa a ser algo cotidiano para la mujer”. SONIA

Como se aprecia, la violencia contra la mujer tiende a desarrollarse en contextos casi comunes, en la mayoría de los casos. Las entrevistadas confirman la susceptibilidad de la violencia contra ella, por el hecho de la dependencia, especialmente, en el aspecto económico, que la ponen en situación de subordinación y con sentimiento de impotencia, lo cual a menudo obstaculiza la capacidad para buscar ayuda y protección.

Moscovici (1961), desde el origen de la formulación de la teoría, afirma que la representación social es un fenómeno complejo, referido al proceso por el cual, el sentido de un objeto dado es estructurado por el sujeto, en el contexto de sus relaciones. Ese proceso especializa y temporaliza el binomio sujeto- objeto en las relaciones mutuamente constituidas, individuo- sociedad.

En razón a esta definición de la representación, muchas mujeres que han sido violentadas en alguna oportunidad, sienten que su vida está en peligro; sin embargo, la mayoría, lejos de considerarlo un

delito, todavía cree que es un problema propio del ámbito familiar privado. No se quiere ver que la raíz de este flagelo está en el sistema patriarcal donde la mujer no es valorada, lo que conlleva muchas veces a que la propia mujer no reconozca su derecho a la integridad, a una vida digna. Esa cultura global, de discriminación contra las mujeres, permite que la violencia —con un importante componente sexual— ocurra diariamente, en la impunidad, perpetuando este grave delito.

Un aspecto importante a resaltar sobre las representaciones de las mujeres es considerar que la baja autoestima determina aceptar la violencia contra ella, Anicama (2001), hace énfasis que el desprecio y la vergüenza vivida durante la infancia son la fuente de la mayoría de problemas que afectan la vida adulta y los componentes más negativos de la baja autoestima, que la atormentan con pensamientos o sentimientos, que por lo general, no puede comunicar ni compartir con nadie y aprende a soportar en silencio.

De igual manera, Corsi (2003) y Torres (2003), hacen referencia que una persona con baja autoestima, se transforma en alguien que puede ser violentada, porque no pone límites o no se da cuenta que está siendo abusada, por parte de alguien que desea compensar su autoestima baja o su inferioridad.

Lamentablemente, muchas experiencias infantiles en las mujeres dañan y quitan, poco a poco, el conocimiento sobre lo que realmente son y valen, porque aprendieron que tenían que obedecer, sacrificarse,

complacer o someterse a cualquier situación para ser aceptadas. Esto se hace mucho más evidente en mujeres que vienen al mundo a través de madres que le trasmiten su propia experiencia de mujeres sometidas, por ello se hace necesario que las mujeres aprendan a conocerse y valorarse para trasmitir a sus hijos imágenes positivas de una buena autoestima.

La buena autoestima en la mujer se manifiesta porque puede decir que NO o que SI a lo que se le presenta, sin aceptar presiones ni abusos; puede pedir lo que necesita sabiendo que ella tiene derechos que los demás deben respetar y sobre todo puede comunicar sus sentimientos, pensamientos y emociones sin temor y de manera natural.

Una mujer con alta autoestima actúa independientemente, asume sus responsabilidades, afronta más retos con entusiasmo, se siente orgulloso de sus logros, demuestra amplitud de emociones y sentimientos, tolera bien la frustración y se siente capaz de influir en otros; en tanto que una baja autoestima significa para la mujer sentir que los demás no la valoran, se siente impotente, incapaz de superar retos, es muy influenciable por los demás, tiene pobreza de emociones y sentimientos, elude situaciones que le producen ansiedad, se pone a la defensiva y se frustra con facilidad, y culpa a otros, se justifica por todo lo que hace, actúa como si ―pidiera perdón por existir‖.

También se resalta en esta representación sobre la violencia contra la mujer las malas relaciones interpersonales en la familia que genera conflictos que conllevan a la violencia, como un fenómeno oculto y extraño que surge por la característica de la familia como grupo humano donde las personas interactúan compartiendo cosas en común así como sus diferencias, surgiendo lógicamente el conflicto.

Ferrer (2001), manifiesta que el mundo privado de la familia, es lugar idóneo para la expresión de la violencia; esto, debido a las frustraciones o cualquier otra causa generadora de ira en los miembros de la familia, que provocan, especialmente, en el hombre, expresiones habituales violentas sobre las personas, consideradas, socialmente, desde una perspectiva tradicional, como legítimos y propios: la mujer y los hijos, es decir que en el hogar rigen normas de permisividad y tolerancia sobre conductas que en el mundo exterior son reprimidas.

Conforme indica Martínez y Alvarado (2001), en la familia existen miembros conflictivos que generan expresiones en contra de la mujer, produciéndose conflictos entre el hombre y ella. Asimismo, afirma que ―los conflictos interpersonales en el seno de las familias son resultados posibles de las interacciones sociales, de deseos y valores de quienes participan en ella‖. El conflicto es un factor que lleva a la agresión y la violencia, conductas que se manifiestan mediante: golpes, insultos, miradas amenazantes, portazos, silencio prolongado, sonrisa irónica, rotura de objetos, actitudes que tienen la intencionalidad de ocasionar

un daño. Corsi (2002), refiere que en tanto los conflictos o problemas generados de las discusiones o contraposición de intereses entre familiares sean adecuadamente manejados mediante el diálogo, la comunicación u otras formas civilizadas de solución, tales eventos son considerados dentro del rango de la normalidad. Pero si los familiares involucrados en el conflicto recurren a las conductas violentas para imponer su posición o interés sobre los demás, entonces, la problemática se acrecentará y pasaremos de un problema familiar o un problema de violencia familiar.

La familia, como grupo humano, implica la existencia de conflictos, divergencias, discusiones; estas situaciones son propias de la convivencia humana y pertenecen al ámbito privado, pero cuando se emplea algún tipo de violencia que afecta derechos fundamentales, el tema pasa a ser público y la intervención del Estado y de la sociedad se torna urgente y necesaria.

Esta primera categoría ancora a la mujer como centro de la violencia y según lo analizado líneas arriba, ella misma se siente ―objeto‖ susceptible a ser violentada, e incluso, culpable de esa violencia. Sin embargo, y pese a que la frecuencia (simple y asociada) es aún débil, en esta categoría emerge un elemento diferente, donde se rescata el valor de la mujer y su posicionamiento frente al hecho de resistirse al maltrato. Veamos:

“Porque la mujer lo permite, el hombre la golpea y poco a poco llega la violencia física…. Eso no debemos permitir, llegar a extremos”… MARTHA “La violencia no debe existir porque es mala. Las mujeres no debemos dejarnos maltratar por el hombre porque seria no valorarse ni quererse”... CLAUDIA

“Violencia es un abuso para las mujeres que se viene dando desde antes y… que tiene que cesar. Se debe concientizar a la mujer para que pueda enfrentar la violencia. Las mujeres no debemos permitir que nos pasen estas cosas, debemos llevar la dignidad en alto”… ACUARIO

Hirigoyen (2008), explica que parte de la violencia contra la mujer tienen como objeto convencer a éstas de que son débiles y que para poner el ―alto‖ a esta violencia sólo es necesario que ella se dé cuenta que no importa lo que diga el hombre que la maltrata y violenta porque él es quien está actuando mal.

La mujer, en los últimos años, ha hecho conciencia sobre el problema de violencia contra ella, son muchos los movimientos sociales y cambios estructurales del sistema social-político, los que han permitido despertar a la mujer de su letargo de dependencia del hombre. Pero aún es una minoría, queda mucho por trabajar para que la mujer tome conciencia de lo que está pasando y se empodere de su dignidad como mujer, que exiga el cumplimiento de sus derechos y se defienda de la violencia, en todas sus expresiones.

Los testimonios presentados- aunque pocos aún- también deben llevarnos a reflexionar sobre el papel que toca desempeñar a Enfermería, quienes con una mirada preventiva y recuperativa permitan fortalecer a la mujer y empoderarla de sus derechos como persona y ciudadana, detectar tempranamente malos tratos, proporcionando cuidado de enfermería en forma integral y le proporcionen lugares, lugares donde las mujeres se sientan seguras,