En efecto, un informe presentado por el médico de la Junta Provincial de Sanidad Juan Bautista Peset Vidal al gobernador civil de Valencia, en julio de 1877, apuntaba que si bien la provincia de Valencia había permanecido desde siglos atrás al margen de la plaga de la lepra en España, se habían detectado en los últimos años algunos casos en el distrito de Alzira. Añadía que tras su investigación se podía afirmar que la enfermedad estaba igualmente presente en los distritos de Gandia, Torrent, Enguera, Albaida y Onti nyent, hasta el punto de que el número conocido de leprosos fallecidos superaba al de la vecina provincia castellonense, con fama de tener muchos enfermos.
La alarmante constatación anterior sería al poco corroborada por dos estudios locales. Uno, realizado en 1879 por el modesto doctor Juan Bautista Poquet a propósito de la reproducción de
1 Para lo anterior, F. CONTRERAS DUEÑAS y R. MIQUEL Y SUÁREZ DE INCLÁN, Historia de la lepra en España, Ma- drid, 1973, pp. 114-126; J. TERENCIO DE LAS AGUAS, La lepra. Pasado, presente y futuro, Valencia, 1999, pp. 25-28.
la enfermedad en la localidad de Parcent. A su juicio, la llegada en 1850 de un vecino de Sagra (perteneciente al distrito de Pego) estaría en el origen de que la lepra se hubiese propagado «en una gran parte de la población». El otro, también de 1879 y referido a Pedreguer, había sido ela- borado por el licenciado en Medicina y Cirugía Salvador Calatayud Cabrera, quien afirmaba tener identificados 74 casos de lepra en la citada localidad, en la que ya habrían muerto 57 leprosos desde 1810. Como uno de los factores explicativos de la epidemia aludía a la emigración tempo- rera de los jornaleros de la pasa, obligados a desplazarse a Argelia –foco endémico de lepra– en busca de trabajo cuando éste disminuía en el campo alicantino (desde octubre a marzo), o cuando cíclicamente sobrevenían crisis en la exportación de la pasa.2
Los trabajos apuntados hicieron que empezara a hablarse del «foco leproso de Levante» (en expresión de la época) como verdadero problema social que se extendía no sólo por las tres provincias valencianas, sino por toda la costa mediterránea. Es lo que se deduce de la circular de la Dirección General de Beneficencia y Sanidad –integrada en el Ministerio de la Gobernación– publicada en marzo de 1887, en la que se recordaba expresamente a las autoridades de Valencia, Alicante y Almería la obligación de cumplir una circular anterior –aparecida nueve años antes, en 1878–, según la cual los gobernadores civiles debían informar del número de enfermos en la respectiva provincia, con detalles sobre la población de residencia, la causa ocasional de la enfermedad, situación de aislamiento y medidas de higiene adoptadas. Seguidamente, se trans- cribían algunas disposiciones de la citada circular de 1878, que ilustran el estéril voluntarismo del Gobierno:
«1. En las provincias donde haya enfermos de lepra y no exista hospital de San Lázaro u otro destinado al tratamiento de la enfermedad referida, se establecerá, cuando sea posible, uno especial convenientemente organizado; y si no pudiera ser eso, se destinará a los leprosos, en el provincial que al efecto reúna mejores condiciones, un departamento independiente de los dedicados a enfermedades comunes.
2. Los Gobernadores, de acuerdo con las Diputaciones provinciales […] propondrán al efecto indicado anteriormente los conventos y edificios que consideren más adecuados, así
como los recursos para su más pronta realización y sostenimiento».3
2 J. Bta. PESET VIDAL, Lepra de la provincia de Valencia. Resultados obtenidos de su investigación y estudio, consigna-
dos en el Informe elevado a la Junta Provincial de Sanidad, Valencia, 1877. También, J. Bta. POQUET, «Memoria sobre
la lepra», en la revista Crónica Médica, de 5/febrero/1879. Finalmente, S. CALATAYUD, Observaciones prácticas sobre
la lepra. Topografía de la villa de Pedreguer y monografía o descripción de la enfermedad de San Lázaro, reinante en la misma, Pedreguer, 1879. Este autor, en páginas 20-32, proporciona también unas interesantes pinceladas sobre la
economía y el trabajo agrícola en Pedreguer. Ver también: J. TERENCIO DE LAS AGUAS, «La lepra en las comarcas de la Marina», en la Revista de Leprología. Fontilles, vol. XVIII (Sept.-Dic./1992), pp. 599-635; A. ESPINÓS I QUERO y F. POLO I VILLASEÑOR, «Aproximació a l’estudi de la lepra i les seues implicacions socio-polítiques a la Marina Alta», en la revista Xábiga, Hivern-Primavera 1987 (Núm. 2), pp. 89-90.
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Como respuesta a este apremio del Gobierno, los ayuntamientos de los partidos judiciales de Dénia, Pego, Callosa d’Ensarriá y Cocentaina se reunieron en Pedreguer, poco antes del verano de 1887, al objeto de conocer los medios con que contaba cada uno para aliviar o hacer desaparecer la lepra. La idea de albergar a los enfermos en una leprosería había tomado ya fuerza, si bien, al no encontrar un edificio que pudiera habilitarse al efecto, el problema radicaba en construir uno de nueva planta. Años atrás, la Diputación de Alicante, «haciendo un penoso esfuerzo», se había mostrado dispuesta a levantar el edificio con el concurso de los municipios, pero ahora, en 1887, únicamente ofrecía una ayuda económica a los ayuntamientos a cuenta de los atrasos que éstos le debían, y sólo para aquellos pueblos que tuviesen más de cuatro leprosos.4
Es posible que la calma y la falta de acuerdo entre las autoridades locales y provinciales forzase al Ministerio de la Gobernación a emitir una Real Orden en octubre de 1887, en la que abiertamente se reconocía que la situación de la lepra en la provincia de Alicante podía llegar a ser peligrosa y, en consecuencia, urgía a tomar medidas. En las consideraciones introductorias, el ministro firmante de la Orden admitía que, «en mayor o menor escala», existían leprosos en casi todos los pueblos de los partidos judiciales anteriormente citados. Añadía que los delegados de Sanidad y facultativos que habían estudiado la zona consideraban «como único remedio para evitar el desarrollo de la enfermedad, la construcción de una leprosería donde se cuide y aísle permanentemente a los leprosos», y, puesto que no se había encontrado edificio público a tal fin, debía construirse uno de nueva planta; recordaba, además, que para levantarlo se había ofrecido el filántropo José María Muñoz, «el cual desistió de su laudable propósito por el escaso apoyo que encontró». Pese a esta contrariedad, reconocía el ministro que los ayuntamientos se habían mostrado siempre dispuestos a contribuir a la realización de la proyectada leprosería, bien fuese donando terrenos o mediante auxilios pecuniarios, hasta el punto de que con esa predisposición se habían reunido representantes de 12 de los 17 pueblos y prometido contribuir con donativos en metálico, compromiso al que igualmente se habían sumado algunos particulares. Insistía, finalmente, el preámbulo de la orden en que «se hace preciso aunar los esfuerzos de las Corpo- raciones y de los particulares para llegar al fin apetecido de construir con urgencia el hospital de leprosos». Tras esta larga introducción justificatoria, resolvía la Real Orden:
«Que se excite el celo del Gobernador de Alicante para que […] reúna y remita los datos exactos que se le tienen pedidos […].
Que prevenga a la Diputación provincial que en la primera sesión que celebre […] proceda a votar los recursos necesarios para edificar la leprosería, evitándose así el triste espectáculo que está dando la provincia con no acudir a tan ineludible obligación.
4 La Diputación de Alicante tampoco materializaría finalmente esa aportación económica «por no permitirlo el estado angustioso de su tesoro», según la explicación de un médico de la época.
Que para allegar recursos, y sólo con este objeto, […] forme una junta auxiliar compuesta de los representantes de los Municipios y particulares que cooperen al objeto de favorecer
la construcción del mencionado edificio».5
Pese al tono imperativo del Gobierno, no parece que cuatro años después se hubiera dado paso alguno. De ahí que, a principios de 1892, el gobernador civil de Alicante, incitado por una nueva circular de la Dirección General de Beneficencia, recordase la obligación de los alcaldes de transmitirle los datos estadísticos sobre la presencia de leprosos en sus municipios y enviase, además, una comunicación a la Diputación de Alicante para que llegase a un acuerdo con la de Valencia y construyeran conjuntamente una leprosería-asilo a cargo de ambas provincias. Pues- to que el Estado no aportaba fondos económicos específicos, esta nueva propuesta venía a ser, en realidad, un reconocimiento de la imposibilidad de la Diputación alicantina de afrontar en solitario, por falta de recursos, la ansiada leprosería. Consecuentemente, a mediados de febrero de 1892 la Permanente de la citada Diputación escribía a la de Valencia para que, si lo estimaba oportuno, designase «una comisión de su seno que, poniéndose de acuerdo sobre el particular […], se llegue a un acuerdo para que se haga la leprosería por cuenta de ambas provincias, seña- lando de conformidad el punto para emplazarla». Entretanto, el gobernador ordenaba que los leprosos de Alcoi y Teulada fuesen trasladados al Hospital de Elda, en la expectativa de que la construcción de la leprosería iba a ser rápida.6
Prácticamente nada debió de avanzarse en la proyectada leprosería, pues todavía a finales de septiembre de 1901 el gobernador civil enviaba a la Diputación de Alicante un nuevo oficio sobre la cuestión, si bien con la novedad de incluir ahora a Castellón en una pretendida leprosería re- gional. La penuria de recursos económicos en los organismos provinciales, unida a una evidente inconsciencia sobre la gravedad del problema, pudieron ser las razones de tanto retraso. Es lo que se deduce del dictamen aprobado por la Diputación alicantina en su sesión del 2 de octubre de 1901, en el que manifestaban «que para obra de tal magnitud y utilidad debe recabarse del Gobierno de Su Majestad la autorización para realizar el pensamiento y el concurso de los gastos y trabajos que habrán de realizarse». De este modo, apelando ahora a la ayuda económica del Gobierno de la nación, se pretendía cerrar el círculo de negociaciones del plano provincial que definitivamente se había mostrado estéril. Pero el Gobierno tampoco responderá, y así lo reconocía abiertamente en 1904 en su escrito dirigido a la Conferencia Internacional, sin que le causase
5 Gaceta de Madrid, de 23 de octubre de 1887. Previa a esta real orden, el Gobierno había recibido los informes del delega- do Juan López –enviado por el gobernador civil alicantino a recorrer las comarcas centrales– y del doctor Oswaldo Codina (autorizado a recorrer con carácter oficial el Marquesado de Dénia para estudiar los casos de lepra encontrados). 6 V. RAMOS, Historia de la Diputación Provincial de Alicante, Alicante, 2003, t. III, pp. 54-55. Un periódico madrileño,
La Correspondencia de España, escribía en su edición de 12 de julio de 1898: «La lepra se extiende con caracteres alar-
mantes en la región de Valencia a causa del abandono que allí existe por parte de las autoridades. Hay varios casos de esta terrible y repugnante enfermedad en Valencia y en los pueblos de las tres provincias. […] En otros pueblos de la ribera del Júcar hay varios casos, […] y por las calles de la ciudad pululan infinidad de mendigos leprosos».
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bochorno admitir «que hay el proyecto de hacer un sanatorio para esa clase de enfermedades [lepra] en Pego, provincia de Alicante, pero que no ha pasado de proyecto».7
Ciertamente, mientras las instancias oficiales adoptaban la parsimonia apuntada, algunas iniciativas particulares trataban de resolver como podían el grave problema social y de salud pública que representaban los numerosos casos de lepra. Así, el sacerdote Juan Martínez Blasco hizo construir en 1892 una pequeña casa para los leprosos en un montículo, separado por una rambla de la cercana localidad de Gata de Gorgos. Venía a ser uno de tantos lazaretos que en los años interseculares se hicieron en las dos comarcas alicantinas de la Marina para dar cobijo a los leprosos pobres de los distintos pueblos.8 Por su parte, el alcalde de Parcent, José Mora Mora, solicitó en 1896 a la Diputación de Alicante una subvención –que le sería concedida casi un año después– «con el fin de ayudar a la construcción de un lavadero donde limpiar la ropa de los leprosos, evitando de este modo el contagio de tan horrible mal». Finalmente, en el municipio de Pedreguer se había optado por reunir a los enfermos en una casa de campo, a un kilómetro del pueblo, «en sitio elevado y sano, aunque de escasas condiciones higiénicas», con dos depar- tamentos, uno para hombres y otro para mujeres.9
Sin embargo, tales iniciativas no podían poner coto a una enfermedad que parecía multiplicar- se, a pesar de la marginación social en que se procuraba tener al leproso por temor al contagio. La realidad desbordaba cualquier propósito de reclusión. Según un médico de la época, Ramón Alapont Ibáñez, en las provincias de Alicante, Valencia y Castellón los leprosos que vivían ais- lados eran los menos; la mayoría estaba en continuo contacto con la población sana, ocupados en las faenas agrícolas o mendigando: «los leprosos que pueden trabajar se ganan la comida mientras sus lesiones se lo permiten […]; sus ocupaciones son las más variadas: trabajan la tie- rra, preparan los frutos para la exportación o amasan el pan, y cuando ya no pueden trabajar lo mendigan hasta que mueren». Ante este peligroso panorama, «nadie procura remediar el mal que se perpetua sin aminorar».10
7 V. RAMOS, Historia de la Diputación…, ob. cit., p. 360. La referencia al Gobierno, en Diario de las Sesiones de Cortes.
Senado, de 14 de noviembre de 1904 (Núm. 35), p. 434.
8 El citado sacerdote, nacido en Cerdá (Valencia), había llegado a Gata de Gorgos en diciembre de 1884, a sus 53 años. Su fama de protector caritativo de los leprosos se vio reforzada al contraer él mismo la enfermedad, teniendo que abandonar la parroquia en mayo de 1898 para ser asistido, primero, en el Hospital Provincial de Valencia y, después, en el Asilo de San Juan de Dios de Barcelona, donde falleció en enero de 1900. Vid. Caridad heroica, Valencia, 1904, pp. 110-112. Una reseña biográfica, hecha por M. VIVES SIGNES, en www.alicantevivo.org. En el mencionado libro Caridad heroica, pp. 108-110, se alude igualmente a otro sacerdote, Alejandro Gimeno Cremades, que también quedó contagiado de la lepra por sus atenciones caritativas a los leprosos de Alcahalí, donde ejerció su labor parroquial entre 1863 y 1883.
9 V. RAMOS, Historia de la Diputación…, ob. cit., p. 187. Una fotografía del lavadero se reproduce en Caridad heroica, ob. cit., p. 41. La referencia a Pedreguer –que albergaba a siete enfermos a finales de 1904– la proporciona el Subdelegado de Medicina en Dénia, A. GÓMEZ PORTA, en Revista de Gandía, de 4 de febrero de 1905 (Núm. 251).
No es extraño, pues, que fueran ya muchas las voces que, finalizando el siglo xix, reclamasen una solución más humanitaria y acorde con los criterios aislacionistas para frenar la enfermedad y encarar la situación social de los leprosos. Entre ellas, cabe señalar la del médico de Xàbia, Jaime González Castellano, infatigable estudioso de la lepra, prolijo divulgador de las causas y condi- ciones de la enfermedad, valedor de las nuevas doctrinas higienistas, científico humanista que resumía su pensamiento sobre el combate de la lepra con el lema Ciencia y caridad. Este venera- ble doctor presentó una comunicación al IX Congreso Internacional de Higiene y Dermografía, celebrado en Madrid a mediados de abril de 1898, bajo el título «De la Lepra, particularmente en España. Medidas conducentes a impedir su propagación». Al margen del intenso debate que allí se planteó una vez más entre partidarios de las teorías contagionistas y quienes veían en la lepra un origen hereditario, González Castellano ofreció unas conclusiones alineadas con lo más avanzado del debate europeo: «Las medidas de profilaxis más convenientes deben consistir en el aislamiento y limpieza de los enfermos. Las leproserías, con colonias agrícolas, serán preferidas a los hospitales. Éstas deben ocupar sitios elevados sobre el nivel del mar, bien orientadas y dota- das de aguas suficientes». Muy atento a las directrices que llegaban de Europa, el planteamiento de González Castellano era coincidente con el que se había formulado siete meses antes en la I Conferencia Internacional de la Lepra celebrada en Berlín, en la que –como ya dijimos– los más prestigiosos leprólogos habían aceptado mayoritariamente el modelo de aislamiento practicado en Noruega, convencidos de que era el mejor medio de impedir la propagación de la lepra y de eliminar las condiciones inhumanas en que se hallaban muchos enfermos. En esta línea, el mé- dico de Xàbia mirará en repetidas ocasiones al sanatorio de la ciudad noruega de Bergen como referente ejemplar de lo que debía hacerse en Alicante.11