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DESOLACIÓNDESOLACIÓN

In document Bo Rachel -Dos Veces Bendecida (página 71-92)

DESOLACIÓN

DESOLACIÓN

DESOLACIÓN

Cinco días más tarde, sentada a la mesa de la cocina, Jenny bebía café con la vista perdida en el vacío. Asediada por sueños extraños, apenas había dormido las últimas noches.

Su madre se desplazó graciosamente por la habitación. —Buenos días, querida.

—Hola, mamá —por centésima vez, desde las revelaciones de Damien, pensó en como los agraciados movimientos de su madre, asemejaban los fluidos movimientos de una loba. Captó un retazo de ese extraño aroma, un olor a tierra, como en un campo recién removido, y a almizcle, como el sexo. Un aroma que nunca antes había notado, pero que ahora impregnaba la casa y se originaba en su madre. Apartando la inoportuna observación, fijó la vista en su taza de café.

Meredith se sirvió su propio café, sentándose frente a su hija en la barra del desayuno.

—Mamá, he decidido regresar antes. Su madre la observó serenamente. —¿Cuánto tiempo antes?

—Mañana —desvió la mirada—. Supongo que siento nostalgia de mi casa.

—Tienes miedo.

—¿Qué? —Jenny la volvió a mirar, asombrada. —Son werewolves. —No fue una pregunta.

—No sé de que hablas —dijo, sacudiendo la cabeza. La mirada de Meredith no vaciló.

—Mis sentidos pueden haberse embotado con los años, pero aún reconozco a un lobo cuando lo veo. Y, no tengo dudas, te han dicho que la Sangre corre por tus venas también. De hecho, estoy segura de ello. He visto la manera en que oyes últimamente. Lo escuchas ahora. El susurro en tu Sangre.

Lágrimas aparecieron en los ojos de Jenny. —¿Por qué no me lo dijiste?

—No parecía haber razón para hacerlo. —Levantando la cabeza, lo consideró—. Si viviéramos en la finca, como tu tío, hubiera sido más fuerte. Pero la ciudad ahoga los susurros. Nunca pareciste sentirlos, así que no dije nada.

—¿Por qué no querrías que lo supiera?

—No me creerías. Si no conocieras a Devlin y Damien, ¿te hubieras dado cuenta? —sacudió su cabeza—. No hay muchos de nosotros. Era casi imposible que conocieras a otro de los nuestros. Sólo de pasada, tal vez. Pensé que sería más fácil si lo ignorabas.

—Papá no es… —levantando las cejas dejó la frase inconclusa. —Sabes que no lo es. —Meredith miró al vació por un momento—. En una ocasión, sin embargo, conocí a un par. Fuera de nuestro were, quiero decir. Eran un par bellísimo, grueso pelo negro, ojos oscuros. De una rama italiana. —Sonrió—. Fue una deliciosa distracción, pero no los amaba.

—¿Ellos te amaron? Su madre rió.

—No. Nos despedimos muy amigablemente. —Su expresión se volvió seria—. Pero, ¿qué hay de ti?

—¿Qué hay de mí? —Jen se encogió de hombros—. Mi decisión está tomada.

Después de tomar un sorbo de café, Meredith suspiró. —No pareces muy feliz con ello.

—Estoy… lista para volver al trabajo. —Hasta para sus oídos, sonó lamentable—. Por supuesto que el sexo es grandioso, pero apenas los conozco. —La mirada de Meredith parecía llena de reproches—. No los amo —insistió.

Su madre la miró fijamente por largos momentos. Trató de apartar la mirada, pero los oscuros ojos de Meredith eran melaza, atrapándola en ellos. Su madre se recostó sobre la barra.

—Déjame decirte lo que creo. —Se ahogó en sus ojos. Sentía como si su alma fuera expuesta desnuda, y encontrada deficiente—. Creo que sí, los amas. Eso es lo que te aterra. Tienes miedo de entregarte a alguien, en cuerpo y alma. Alguien, que te haga cambiar las cosas. Como dar la espalda a la vida, que trabajaste tan duro para construir, en California. —Ese discurso estaba tan cerca de la realidad, que la dejó con piel de gallina.

—¿Por qué me haces esto? —su voz se quebró, al tragarse las lágrimas.

Las manos de su madre tomaron las suyas y las apretaron, lágrimas brillaban en sus ojos también.

—Cuando me casé con tu padre, dejé mi hogar, mi familia. Claro que nos visitamos, pero ya no vivo esa vida. Todo es diferente. El vínculo está intacto, pero la tierra está lejos y la ciudad apaga su llamada, día a día. Incluso ahora, otros lobos me preguntan cómo fui capaz de abandonar todo lo que importaba, solo para estar con un humano —sus manos apretaron más las de su hija—. No entienden, que nada importa sin él.

Allí estaba. La raíz de los problemas de Jenny. Sus sentimientos por Damien y Devlin, hacían que todo lo logrado los pasados trece años, fuera un desperdicio. Nada más importaba, solo ellos. ¿Cómo aceptar eso? Como aceptar que, trabajar doble turno en una profesión que odiaba para pagar una segunda licenciatura, dejar sus

raíces y mudarse al otro lado del país, trabajar veinticuatro horas al día, los últimos siete años, para que Hartmann Desings se convierta en lo que ella necesitaba que fuera… ¿Cómo aceptar que todo eso no significaba nada sin ellos? No podía. Tenía treinta y cinco años. Su vida, a estas alturas, debía significar algo.

Las lágrimas se desbordaron finalmente y Meredith se precipito al otro lado del mostrador. La abrazó, meciendo a su hija como cuando era una niña.

BENDICIONES

BENDICIONESBENDICIONES

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Los padres de Jenny la llevaron hasta el aeropuerto, aunque no pudieron entrar a verla despegar.

—Promete que volverás pronto para otra visita —dijo su padre con voz ronca.

—Lo haré.

Durante todo el vuelo miró a través de la ventanilla, al vacío, poniendo mucho cuidado en mantener la mente en blanco. Fue un alivio, poder finalmente atravesar las puertas de su apartamento. Aquí estaría a salvo. Rodeada de todo por lo que tanto trabajó, sería capaz de sacar a Damien y Devlin de su mente.

Tirando las llaves sobre la mesa, dejó el bolso junto a la puerta. Revisó el contestador automático y sonrió al oír la voz de Becca cantando “Estaré en casa para Navidad”, horrorosamente. Al parecer, había descubierto que sus padres eran extraterrestres y sus hermanos pequeños, engendros de Satanás, así que regresaba antes.

—Nunca mencionaste cuando estarías de vuelta, por eso quise avisarte que estaré en casa el veintidós, por si estás aquí y quieres compañía.

El mensaje debería haberle levantado el ánimo, en cambió la entristeció. Era una lástima que el viaje de Becca a casa, no resultara bien tampoco.

Al revisar el fax, encontró una copia del contrato con B&B Producciones esperándola.

“Te conozco —escribió Carol escribió en la carátula—, así que me adelante y te lo envío, porque no quiero que me llames a

medianoche, la noche de Año Nuevo, para pedirme que te lo alcance inmediatamente”.

Carol la conocía muy bien. Sonriendo entre dientes, se llevó la pila de papales, a la habitación con ella. Los dejó sobre la cómoda, con la intención de verlos después de cambiarse. Pero una vez en camisón, se sintió totalmente exhausta y se arrastró hacia la cama, rogando por una noche sin sueños.

No soñó. De todas maneras se levantó, al día siguiente, sintiéndose aletargada e irritable. Tratando de mejorar el humor, fue a la playa y vagó sin rumbo un par de horas, una de las pocas almas valerosas que salieron a enfrentar la densa lluvia. Luego se dirigió al centro comercial, por regalos para Becca y Carol, y otros pequeños presentes para las costureras empleadas en Hartmann. Cenó fuera y regresó al apartamento pasadas las nueve, agotada.

Los días que siguieron, eso se convirtió en rutina. Por primera vez, su apartamento parecía una jaula. Ya no era cálido y agradable. Lo sentía abarrotado y asfixiante. Entonces recorría la playa, los centros comerciales y los paseos, manteniéndose ocupada y activa. En el exterior, el incesante susurro en sus venas, era más fuerte, pero los ruidos de la ciudad, lo hacían más fácil de ignorar. Regresaba a casa tan cansada, que se dormía en el momento de apoyar la cabeza en la almohada, y los sueños la dejaban en paz.

El día veintidós, sin embargo, amaneció de un gris enfermizo. Feas y oscuras nubes vertían torrentes de agua, inundando las calles. Se puso ropa abrigada y preparó chocolate caliente. Pensó en llamar a Becca, para ver si había llegado, pero una parte de ella quería estar a solas, así que se acurrucó en la cama con un libro.

El constante sonido de la lluvia, el chocolate tibio y el ritmo lento de la historia, se combinaron para hacerla sentir somnolienta.

Dejando el libro a un lado, cerró los ojos, para descansar sólo un minuto.

Soñó con el océano, más exactamente la playa. Era un millón de granos de arena, bañados por suaves olas, calentada por el sol. Cangrejos y almejas, gaviotas y pececillos, tenía cientos de compañeros constantes. Pero el agua detuvo sus suaves caricias. Retirándose, la dejó, abrasándose con el inmisericorde calor. Sus compañeros huyeron, abandonándola a los saltamontes y hormigas que ahora rondaban su superficie, pero incluso estos se fueron. Se endureció, su superficie marchitándose y quebrándose bajo el intenso resplandor.

Cada parte de ella estaba allí. Era un todo, como antes de que el agua la abandonara, más aún, porque las olas ya no se llevaban sus pequeñas partes hacia el océano.

Pero nada se movía en su árida superficie. Nada se agitaba en su interior. Estaba vacía. Muerta.

Sin aliento, se sentó en la cama abruptamente, aferrándose a su camiseta, empapada en transpiración. A tropezones, se dirigió a la cocina donde preparó un vaso con agua helada, lo bebió y se sirvió otro para llevarlo consigo al dormitorio.

La Sangre martillaba en sus venas. Desesperada por una distracción, tomó el contrato, de la esquina de su cómoda. Nunca antes lo había revisado. Sentándose en una silla junto a la ventana, comenzó a pasar las páginas. Todas y cada una de las cláusulas tenían dos pares de iniciales idénticas en ellas, aunque las formas manuscritas eran muy diferentes: DB. Ociosamente, giró el contrato y revisó la página final, en busca de los nombres que acompañaban las iniciales.

Todo comenzó a girar, al tiempo que dos firmas resaltaban en la página.

Devlin y Damien Blake. Blake y Blake.

B&B Producciones.

Sus manos temblaron y los papeles cayeron a su regazo. ¿Lo sabían? Por supuesto que lo sabían, les dijo donde trabajaba. ¿Por qué no dijeron nada?

Porque nunca se vieron, por eso. Eran dueños de la compañía, sin embargo, era muy probable que tuvieran poco o nada que ver con las operaciones diarias. Peinó sus cabellos con manos inestables. No había razón para perder el control. Esto no cambiaba nada.

Pero lo hacía. Quedó con la vista fija en las firmas, en las líneas debajo de ellas. En su dirección, en Wyoming.

Se sentía tan árida como el desierto en sus sueños, e igual de vacía. Dudó solo un instante, antes de doblar la página y metérsela en el bolsillo. Sacó una chaqueta del armario, tomó su bolso y llaves y se encaminó a comprar un mapa.

Al llegar a la dirección del contrato, descubrió que era una oficina de bienes raíces. El día anterior había conducido durante ocho horas, pasó una noche de insomnio en un sórdido motel, y condujo por diez horas más el día de hoy. Tenía frío, estaba cansada y hambrienta. Eran las ocho de la noche, era Nochebuena, y no había un motel a la vista.

El único lugar abierto era un restaurante, en la calle principal. Deslizándose en un reservado, ordenó café, luego, con la cabeza entre sus manos, las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.

—¿Tienes algún problema, cariño? —preguntó la camarera, cuando le trajo el café—. No estarás perdida, ¿verdad?

Jenny se limpió las lágrimas y sacudió la cabeza.

—No, estaba… trataba de encontrar a Devlin y Damien Blake — hurgando en su bolsillo, extrajo la arrugada página del contrato—. Tengo su dirección, pero resultó ser una oficina inmobiliaria.

La camarera, Tara según la chapa abrochada a su pecho, asintió.

—Sip. Es porque viven muy a las afueras del pueblo. Sin dirección. Todo su correo va dirigido a Glen. De allí lo recogen una vez por semana. —Jugueteando con el bolígrafo, la observó fijamente durante un minuto—. No eres de por aquí.

Obviamente, pensó Jenny, pero solo dijo: —No.

—Tenemos nieve fresca para Navidad.

Permaneciendo en silencio, envolvió las manos alrededor de la taza, buscando su calor.

—Esa chaqueta no se ve muy abrigada —observó Tara.

—No lo es. —La muchacha, evidentemente, buscaba hacer amistad, pero Jenny solo quería que la dejara sola, para revolcarse en su miseria.

—Supongo que no quieres saber cómo llegar hasta allí… —caviló Tara.

—¿Me lo dirías? —dijo, levantando la cabeza y mirándola sorprendida.

—No creo que una cosita como tú, les pueda causar ningún daño. —Por la forma de expresarlo, se podría pensar que los conocía—. Te diré algo más, ni siquiera podrás entrar, a menos que te lo permitan.

Aquello sonó ominoso, pero se preocuparía después. —Gracias. Muchas gracias.

Tara sonrió.

—Me contarás como salió todo, ¿de acuerdo? —con un guiño, arrancó una hoja de su libreta—. Tendrás que conducir un poco. Son más o menos dos horas de camino, pero de noche y contigo, que desconoces las rutas, podrían ser más.

Jenny asintió. Inclinándose sobre la mesa, Tara dibujó el mapa y le explicó cómo llegar. Bebiéndose todo el café, más por su calor que por otra cosa, regresó al coche y se puso en camino otra vez.

A las once, subía trabajosamente por un sinuoso camino de grava, en algún lugar de Absaioka Range. Al menos, Tara lo había llamado así. Los faros delanteros dieron con algo gris, más adelante, y deteniéndose, bajó a mirar.

Una cerca de más de dos metros de altura, cruzaba el camino. Estaba hecha de una especie de malla flexible de metal, que se tensaban con postes de acero, a intervalos de un metro y medio. Tara le había prestado una linterna, y la encendió, para descubrir que la cerca se internaba entre los árboles y continuaba serpenteando en la distancia. Estudiando el portón, Jenny encontró que tres pesadas cadenas lo aseguraban, una en cada extremo superior e inferior y otra en el medio. No vio un intercomunicador o cámaras de ninguna clase. Nunca sabrían que estaba aquí, pues no la esperaban.

Examinó el portón nuevamente. Otra barra corría por la parte superior de cada sección, entre las piezas verticales. Suspirando, regresó al coche y aparcó lo más próximo a la cerca posible. Apagó el

motor, trepó al techo y trató de alcanzar la barra superior, pidiendo fervientemente, que no estuviera electrificada.

Sus dedos no se chamuscaron, entonces se elevó, forcejeando con un pie, hasta que logró cruzar una pierna, y así se dejó caer al suelo, del otro lado.

Había al menos noventa centímetros de nieve, y, sacudiendo la cabeza, emprendió la marcha con dificultad por el camino. Estaba convirtiéndose en un hábito, congelarse el trasero en la nieve por estos dos.

Excepto que ya no sentía frío. De hecho, estaba acalorada. Demasiado acalorada. Deteniéndose, se quitó el ligero abrigo que, hasta este punto, había parecido tan inadecuado.

Así estaba mejor. Una fuerte brisa enfrió sus ardientes mejillas. Jenny extendió los brazos y alzó la cara al cielo, cerrando los ojos.

El suelo bajo sus pies, parecía pulsar al ritmo de su corazón. Abrió los ojos y se sentó para quitarse los zapatos y las medias. Parándose, enterró los pies en la nieve, hasta sentir la dura tierra debajo. Sí. Podía oírlo ahora, una cadencia que cantaba con el ritmo de su Sangre.

Estaba ardiendo. Se deshizo de la camiseta, jadeando cuando el frío aire de la montaña secó la transpiración de su piel. Damien, pensó.

Un sonido subió por las plantas de sus pies. El rasguño de una garra contra la piedra. Venía desde el noroeste, y giró en esa dirección. De pronto, estaba corriendo. Volando entre los árboles como un ciervo, se abrió al canto, dejando que la Sangre la guiara.

Corrió al centro de un claro, rodeado por árboles grandiosos y altos, como nunca antes vio. Sus pies se negaron a seguir, inmovilizada en una exuberante hierba verde, que era imposible existiera a estas temperaturas. Una brisa tibia le acariciaba el rostro.

Sintió una ola de felicidad tan grande que trajo lágrimas a sus ojos. De este modo se había sentido, cuando entro a casa de sus padres, algunas semanas atrás. Era como ser bienvenida a casa.

Continuo disfrutando de la serenidad por un momento más, luego la ansiedad creció. Trató de sentir a Damien nuevamente, pero no pudo.

—Devlin —susurró. El claro estaba quieto y silencioso. Incluso la brisa se detuvo. Era como si la tierra misma estuviera esperando. Esperando algo de ella.

—No sé lo que quieres —gritó—. ¡Por favor! —las palabras desaparecieron, tan pronto como las dijo, silenciadas por el aire quieto.

Trató de moverse otra vez, pero la tierra la sujetaba, silenciosa y paciente.

—Por favor —susurró, cayendo de rodillas.

Al mirar hacia arriba, notó una losa de piedra, semienterrada en el centro del círculo, que no había visto antes. Sin pensarlo, se puso de pie y caminó hacia ella. Aire tibio acariciaba sus mejillas. Dio otro paso, y otro, hasta detenerse frente a la piedra.

Una depresión, hueca, se hallaba en el centro de la losa, desde la cual un fragmento de obsidiana, reflejaba la luz de luna. Alcanzó el trozo de vidrio y lo levantó cuidadosamente. Una súbita imagen de sangre, corriendo en finos riachuelos sobre la piedra, la obligó a soltarlo. Jenny se arrodilló frente al altar, descansando la cabeza contra la fría piedra. Estaba asustada, pero más la atemorizaba perder a Devlin y Damien para siempre.

—De acuerdo —murmuró—. Si es lo que debo hacer. —Cerró los ojos, temblando cuando las imágenes de sangre, surgieron en su mente una vez más—. Los amo.

Al abrir los ojos, la grama, los árboles, la piedra, todo había desaparecido. Se encontró arrodillada, en un sendero nevado, contemplando un círculo de luz de luna sobre el suelo. Se puso de pie. Había sido puesta a prueba. ¿Logró superarla?

Mientras caminaba, la tela de los pantalones mojados se adhería a su cuerpo, como un lastre, con cada paso. Deteniéndose, se deshizo del molesto atuendo. Un rayo de luz de luna manchó sus formas. De la misma manera, se deshizo de toda la ropa interior, girando con los brazos en alto permitiendo que los rayos de luna la bañaran.

Una ramita se quebró detrás de ella y la hizo girarse. Brillantes ojos azules la apreciaban fijamente, desde detrás de los árboles. Otra rama sonó a su izquierda. Otro par de ojos azules la estudiaban desde las sombras.

—Atrápenme —susurró, luego se dio la vuelta y corrió.

Su Sangre cantó. Brincando entre los árboles como un hada de los bosques. Damien apareció frente a ella, riendo y bailando, lo esquivó. Devlin se acercó hacia ella desde la derecha, y Jenny giró entre las sombras. Cuando resurgió en el claro, no se sorprendió. En

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