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El desquite de la mujer

In document Castellani, Leonardo - Cristo Vuelve o No (página 161-173)

La mujer se levantó sin ruido y se inclinó sobre el nidal de sus hijos, de donde había surgido un gemido. Los cuatro dormían sobre montón de grama y en medio de animales. La mujer se arrodilló al lado y apoyó sobre una ro­ ca su cabeza. N o podía dormir.

En el borde superior de la caverna, se veía una estrella extraordinaria­ mente grande. Los pinos de los farallones susurraban suavemente, como el ruido de un río lejano. La noche era templada y clara. La mujer comenzó a llorar hilo a hilo sin ningún sollozo, por nada, por un no sé qué, por la ge­ neral inquietud y angustia indeterminada que sienten las mujeres acerca de sus hijos y forma parte del instinto materno.

Allí estaba el mayor, llamado Poseí-un-hombre-por-Dios: encogido, los

puños cerrados, la cabeza replegada sobre el pecho, ensortijado y moreno, su inquietante tesoro.

El segundo, llamado Esto-es-mi-nuevo-paraíso, estirado, rígido en su po­

sición habitual, la boca levemente abierta, cara al techo; los brazos derechos y envarados, inmóvil. La madre, que ya sabía lo que era la muerte, se sobreco­ gió al verlo y lo tocó levemente: el niño se movió y gimió. Las dos mellizas dormían al lado, descuajaringadas en posiciones inverosímiles, los graciosos y rechonchos miembros como desparramados, las cabecitas amorosas juntas, a la vez iguales y diferentes. La mujer sintió invadirla de nuevo la tierna y

absoluta maravilla ante esa cosa nueva y milagrosa, el niño. Tú-también-

serás-madrey Mujer-y-hermana dormían profundamente al lado de los varo­

nes. Miró más allá y vio a su hombre, Tierra-Roja, medio envuelto en el pe­

dazo de piel fulva manchada de sangre, tal como había llegado rendido por la caza; y por primera vez en su vida le pareció ver una especie de bestia, un animal de presa; sofocó inmediatamente un primer moto levísimo de repug­ nancia. Recordó el golpe con que el padre al llegar había arrojado por tierra

al caprichoso hijo mayor, el golpe que a ella le pareció tremendo. El golpe fue moderado y merecido, porque le estaba pegando al otro; pero ella lo recibió en pleno corazón, y allí no fue moderado. Sin dejar de llorar pronun­ ció de nuevo sus nombres, las palabras inventadas por ella, los cuatro disíla­ bos extraños que en el primer idioma tienen preñez y fuerza de frase: Kairím, Abheil, Ajdah, Leizrka.

Eso que estaba allí amontonado era lo único absolutamente que le queda­ ba en el mundo; esos cuatro seres vivos que rompiéndola por el centro le habían enseñado el Miedo y el Dolor, la cara interior de la Muerte. De golpe la primera mujer fue visitada por la majestad de la tristeza, una tristeza más inmensa que el día de la condena, una tristeza de sudar sangre, mezcla de todas las pasiones: una cólera sorda contra D ios, que iba a hacer sufrir y morir a sus hijitos por una culpa de ella; una angustiosa ansiedad de todo lo que irían a pasar en esta vida; un horror en la médula de los huesos, como un cuchillo en un nervio, de que ellos podían también pecar y perderse. Eva sintió que su corazón desfallecía. Conoció que su deseo rencoroso de vengarse de D ios, de que El también sufriera y muriera, que fuera un niño impotente sujeto a una mujer, era culpable. Invocó a Dios contra su corazón malvado, contra esas impulsiones malas que nacían ahora en él y eran en su cabeza como una corona de espinas.

Se sintió pesada, fatigadísima sobre la tierra, impotente a todo. Miró a sus hijos, y miró a los hijos de sus hijos, y más allá a innumerables hijos na- cideros de los hijos de sus hijos; y de todos se sintió ser la madre. Sintió el dolor de todas las madres: que toda mujer que había de concebir y dar a luz era ella misma, que por eso se llamaba ahora Euah, sucio Manantial-Viviente, la primera y la última de todas las madres. Y de su inmenso arrepentimiento nació un amor colosal hacia todos sus hijos, una especie de viento arrollador y solemne que iba a buscarlos hasta el fin de los siglos y trataba desesperada­ mente de acariciarlos, de cubrirlos y de protegerlos. Pero sintió que no podía nada; y el viento arrollador la empujó hacia atrás, la arrojó sin que ella pudiera impedirlo a los días pasados, a los tiempos sin horas de la amistad con Dios, al Paraíso.

Por primera vez después de siglos, pensó en el Paraíso. Nunca pensaba en el Paraíso, cuya imagen indeleble había de emponzoñar de nostalgia eter­ namente la sangre de sus hijos: el recuerdo de su pérdida le producía náuseas de muerte. Pero ahora se vio de golpe sobre el césped blando, debajo de los terebintos, a la orilla de los ríos grandes como el mar, gozando del dominio

(lanzante de su cuerpo intacto, libando la miel primera de todas las cosas, tomando posesión deslumbrada de la natura nueva y sumisa, los pies desnu­ dos sobre el terrible terciopelo dorado de los enormes felinos dominados por la luz de los ojos del ser inteligente; sentada como en un trono sobre las rodillas de su hombre. Recordó sus largos coloquios con Adán inocente, sus juegos de doncella arisca, de hermanita salvaje, el diálogo primigenio y eterno en el cual se inventaron todas las lenguas, a partir de los primeros gestos totales, cuando comprendieron el valor inteligente de los sonidos y empezaron a jugar con ellos como dos niños gozosos.

Pero su recuerdo más lancinante era el de sus coloquios con D ios: el éx­ tasis del atardecer, la oceánica invasión del dueño invisible, la pérdida del yo y la fusión perfecta con la causa infinita de todo, esa pasividad vibrante surcada como relámpagos de deliciosas palabras en silencio, que venía cuan­ do quería y se iba cuando quería, como la brisa de la tarde, dejándola después por un rato con la sensación de que nada existía y que la creación era una som bra vana.

Justam ente por allí empezó la tentación, por querer tener la disposición del éxtasis, “seréis como dioses”. Eva se estremeció de horror y desdicha. Había codiciado lo que es estrictamente divino, quiso ser dueña del embeleso total, tenerlo cuando quisiera y sobre todo darlo, sí, ser capaz de comunicar cuando quisiera el éxtasis boca a boca a otra criatura que por lo tanto tuviera que adorarla; como la adorara allí mismo embriagadoramente aquella nueva criatura fulgurante que ostentaba vagamente las vivísimas formas del ofidio.

Eva se postró en el suelo, en un total reconocimiento de su error, en una conciencia traspasadora de su infatuación y su ignorancia. Ya era tarde. Pero ella sabía que la justa e irrevocable sentencia estaba unida a una misteriosa misericordia, cuyo signo eran esos mismos hijos que diéransele en lugar del Paraíso, uno de los cuales aplastaría un día a la poderosísima serpiente. Miró de nuevo su doloroso paraíso. De la boca de Abel surgió de nuevo el

gemido, sordo, articulado en las sílabas mama, el fonema misterioso que la

penetraba, la palabra que ella nunca había dicho a nadie. U n inmenso anhe­ lo de decirlo a alguien surgió de su soledad infinita. Sintió el deseo absurdo de decírselo al D ios lejano y perdido, pero decírselo en medio del éxtasis antiguo en que su boca lo tocaba; decirlo y que él lo tragara; el deseo de ser hija chiquita de alguien, de esconder como Abel en un regazo su pequeñez y su desolación infinita, de resignar por un momento la carga insoportable de ser madre de todos los vivientes, responsable única de toda la vida. Todos

aquellos que habían de ser sus hijos, serían hijos bastardos de D ios al mismo tiempo, hijos de mala madre, inficionados de más en más por la tara de su cuerpo maculado. Tuvo un deseo inmenso de ser madre otra vez, pero madre de un ser absolutamente puro, más intacto que ella en su perdida virginidad paradisíaca; el deseo disparatado de ser madre de D ios mismo, o por obra de D ios. Y sintió con horror que ese deseo imposible y casi sacrilego era más fuerte que ella, y que la arrastraba vertiginosamente hacia la pasividad de otrora, hacia el estado antiguo, en que se bañaba, en el seno de la Deidad, como en un mar aniquilante de delicias. Sintió que su cuerpo se levantaba en el aire; o por mejor decir, no sintió más su cuerpo, como si estuviese por encima del mundo entero y al lado de aquella solitaria estrella, el lucero de la tarde, Venus. Tembló.

Entonces en su exceso quiso temblando decir a Dios las dos sílabas mama.

Gimió su alma, mareada como quien se siente trastabillar en un abismo. Pero, en vez de decirle a D ios las no acostumbradas sílabas, con un gran temblor de su cuerpo y sin saber lo que decía, lo llamó Hijo.

La muerte de Adán

Cuando murió el más antiguo de los hombres, conoció que D ios había condonado su culpa; y también que en cierto modo esa culpa era irreparable; de lo cual sacó la forzosa y oscura consecuencia, la cual estaba allí delante de él como un muro de sombra.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, que rompieron a correr horas y horas hilo a hilo. Sobre su rimero de pieles bravas, frente a su última tarde que caía inmensa y clara, en medio de sus hijos de todas edades venidos de todas partes, el que había puesto sus nombres a todas las cosas, callaba. En una tremenda locución sin palabras, el Hombre Caído pedía a Dios la re-creación del Hombre. Todas las cosas se le hacían lejanas, y sentía a D ios como algo más resistente y duro que todas las cosas.

Eva inclinada reclinó su cabeza sobre sus rodillas y dijo: “Adam” . Y él la sintió extraña y lejana; sus hijos le eran ya extraños y lejanos. Calladamente lo miraban todos los hirsutos patriarcas: Set, el segundo Abel y su hijo Enós, los que inventaron el culto externo; Mahalahil, el que inventó el carro con ruedas; Jared, el constructor de chozas; el segundo Enoc, el que caminó con D ios, y su hijo el dócil Matusalén, hombre parecido a un niño; Kainán, Lamec y N oé. Algunos hijos de Caín habíanse allegado, recelosos: Jahel, padre de los que viven en tiendas, y Túbal, el inventor del arpa y del cuerno, con Naamah, hermana de Túbal-caín. Faltaba Caín, el vagabundo y negro patriarca, padre de los que no tienen tierra. Toda carne corrompía su camino.

Novecientas treinta veces habían pasado sobre su cabeza cana las cuatro estaciones; había visto nacer al hijo del duodécimo hijo de su segundo hijo segundo, el Primer Muerto, desde que el Señor lo había vestido de pieles y él había caído en las convulsiones terríficas de la enfermedad que no lo aban­ donó nunca.

Adán repasaba con inmenso dolor en su cabeza la bajada vertiginosa de la humanidad, de esos enjambres humanos que pululaban ya por todas partes

hasta perdérsele de vista; y sus pensamientos en turbión lo torturaban a se­ mejanza de los espasmos insoportables de su vieja enfermedad.

Vio a sus pies muerto a su hijo segundo, y conoció el abominable pecado de Lamec. Contempló las extrañas vías de los hijos de Caín y sus precipitadas invenciones; ellos habían comenzado a matar ovejas y comer sus carnes, en vez de solamente tundir la lana y ofrecerlas en sacrificio humeante al Crea­ dor; obteniendo con ello una vida más breve, agresiva y tumultuosa; sabía que un grupo de ellos se mantenía del caer en gavilla sobre los bienes de sus hermanos, pillando y matando con afilados bastones de bronce. U na maldición nueva había surgido en la tierra espinosa, que estaba sin embargo contenida en la maldición de la mujer: “Multiplicaré tus preñeces” , y en la suya propia: “La tierra te dará abrojos” ; un horrible fratricidio colectivo que él había nombrado “ guerra”. Vio a los hombres locos a causa de ella, descuidando el conocimiento de D ios, aguzar sus intelectos para crear ins­ trumentos de dominio. Sintió su corazón desfallecer de angustia, porque él, su misión divina desviada, era la causa de todo. El Hombre quería de to­ dos modos ser señor del universo. Sus hijos pretendían sin Dios reconquistar el Paraíso. La negra tierra, joven ardiente, cedía con una sonrisa ambigua a sus esfuerzos como una amada fecunda y traidora.

Hablaban ya de hacer una torre que llegase al cielo, incitados por Lamec, el constructor de muros de piedra, hijo de Jabal, que lo fue de Zillah, que lo fue de Methusael, que lo fue de Mehujalhá, que lo fue de Irad, que lo fue del primer Enoc, que lo fue de Caín en el país de Enoc, al este del Edén. Hablaban ya de hacer una sola inmensa ciudad con puertas de bronce que reuniera de grado o por fuerza a todos los hombres. Tenían muchas mujeres y luchaban hasta la muerte por ellas. Construían en ritmos torpes imitaciones de la Ley. Era imposible ya parar todo eso, las consecuencias de un solo pe­ cado, los desarrollos infalibles de su soberbia infinita de querer ser como Dios sin Dios.

Sabía también cómo se sostenía milagrosamente la Ley; sabía que en do­ cenas de vivaques se repetía cada noche a la luz de la hoguera patriarcal la ceremonia que él había inaugurado la noche de la muerte de Abel: la repe­ tición ritual y fiel hecha por el Padre y musitada por los oyentes del Relato del Origen, las Genealogías, los Cuatro Grandes Mandatos, las Cuatro Gran­ des Verdades y las Siete C osas que odiaba el Señor. Pero esa larga melopea sacra, conservada tal como un río en su cauce pétreo, dentro de las cadenetas danzarinas de las estrofas del estilo oral, ¡cuán dormidos corazones encon­

traba en muchos! Y ya aparecían las torpes imitaciones o temerarias inno­ vaciones que llamaban las Pequeñas Leyes.

Sólo él podía inventar libremente en los graciosos collares del lenguaje sacro; pero ya lo repetían mal, suprimían perícopas, y después lo comentaban libremente en interpretaciones opuestas. El sabía empero que allí se contenía al animal modo humano la palabra del Señor.

Q uiso ver a D ios. Su dolor llegó a lo sumo. Era la noche, la verdadera noche, la noche sin sueño y sin despertar, desde la cual había de poner la planta temerosa en un umbral ignoto, igual que se paró en el umbral solemne del Paraíso, el día que surgió de un salto de la tierra. Recordó su primera exclamación: “ ¡Yo soy !”; su segunda exclamación: “ ¿De dónde?”; su tercera inmensa exclamación, que lo envolvió como un ala de fuego: “ ¡O h Crea­ d or!”, después de la cual oyó a Dios y recibió las Tres Preseas. ¿Cuál sería, dentro de un momento, la Nueva Revelación?

Las Tres Preseas estaban perdidas para siempre, la inmortalidad, la santi­ dad esencial, la integridad regia. Eran como tres joyas gratuitas de una coro­ na, como tres capas de barniz celeste, como una triple trasparente túnica de luz supraterrena; pero cuando se le arrancaron, sintió que se llevaban con ellas la piel misma, quedó más que desnudo, descorticado. Desde enton­ ces espió con avidez la aparición de su primer hijo, concebido en el tumulto, en el frenesí y en la ira. Quería ver si Dios creaba un nuevo Adán, si renovaba su extraña apuesta. Sabía que no podía ser. N o lo fue, en efecto.

Cuando recibió de rodillas al lado de la hembra gimiente aquel gusano informe, ensangrentado, todavía no separado de ella; cuando contempló el lamentable boceto del animal más desvalido, más impotente que un topo enfermo, apenas más que una planta, conoció que las Tres Preseas divinas eran un don único y caprichoso, no hecho a él mismo, sino a la especie en él; y que no se repetirían nunca, porque todo lo Sumo es siempre Uno. Delante de aquella miniatura ridicula de la humanidad, torpemente móvil, sintió la punzada de la pérdida irreparable y desafió a D ios que hiciera un nuevo Adán, mayor que él mismo, no por él, sino porque la serpiente inmun­ da no prevaleciera; mientras la mujer vuelta a la vida recogía con celo y am­ paraba en su seno al engendro.

Adán repitió ahora su desafío vuelto ruego. Sentía que Dios no lo recha­ zaba, reconocía las señas augustas de la Adoración. Habiendo sido la obra perfecta y lujosa de las manos de D ios ahora rota, sabía que no se podía ha­

cer nada igual, y no sabía cómo era posible hacer algo mejor; pero sabía también que la Sierpe debía ser vencida. Recogió todos los dolores que había sufrido y los que había visto sufrir; y con un inmenso esfuerzo los puso sobre su cabeza y se ofreció con ellos a Dios. Extendió a lo largo sobre la tierra los dos brazos en gesto de ruego, juntó los pies, gimió. Recorriendo todo el tiempo futuro, se ofreció al Omnipotente con todas las penas de la humanidad, varón de dolores, sabedor de lo que es enfermedad. C om o la noche inmensa llena de estrellas, como la calma augusta y amarga del mar, como una montaña humeante inmóvil en su ancho solio, el Primer Hombre hablaba con D ios; y sus hijos oían solamente sus sollozos en lo oscuro. De repente los sollozos se torcieron en un único estertor. Y se hizo un gran si­ lencio.

Recogieron los restos del que nunca había nacido, sino simplemente sido, y los soterraron profundamente en la tierra su madre, conforme a su volun­ tad, en el lugar por él designado; en el lugar que algún día otro Ser que siem­ pre había sido, dos veces nacido, debía derramar toda su sangre por todos los nacidos.

El racismo

H ay m uchas form as de racism o [...] En los tiem p os de fray B arto lo m é de las C asa s, ciertos teó lo go s españ oles afirm aron que los nativos de A m érica no eran seres hum an os, porqu e no pertenecían a la raza de Sem , ni a la de C am , ni a la de Ja fe t, las tres razas m encionadas en la Biblia. Eran, p o r lo tan to, m eros anim ales, de cuyo oro y bienes el hom bre -e l español cristian o - tenía el derecho de adueñarse, co m o tiene el derecho de tom ar las plum as del pavón, la m iel de las abejas y la lana de las ovejas 57.

Jacq u e s M aritain

Tres novicios que iban al noviciado de Córdoba, dos argentinos y un peruano, se encontraron en el tren con un judío alemán, un ingeniero de una gran fábrica, que no me es lícito nombrar; el cual los invitó, les pagó el almuerzo -créase o n o- y los hizo hablar en grande. Al fin del almuerzo les dijo a dos:

-U sté saldrá del noviciado y usté también. Al tercero le dijo:

-U sté permanecerá-. El judío no sabía que el verbo propio es perseverará.

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