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Desviaciones y reducciones de la libertad

In document Filosofia de La Educacion (página 129-133)

3. L A LIBERTAD : DIMENSIÓN ESENCIAL DE LA FINALIDAD

3.2. Desviaciones y reducciones de la libertad

Siendo la libertad una dimensión radical de la naturaleza humana, imbricada íntimamente en su esencia, no resulta extraño que se la perciba parcialmente, atendiendo a uno de sus aspectos, que se propone luego como exclusivo y excluyente de los restantes. La libertad es objeto de reduccionismos por su fecunda complejidad, inabarcable por la razón de modo satisfactorio. Presenta un amplio flanco abierto a uno de los más frecuentes y fáciles errores de la inteligencia: el que consiste en tomar la parte por el todo. Se percibe acertadamente un aspecto verdadero de la realidad, pero se pasa a afirmarlo como la esencia de dicha realidad, como expresión del todo, ignorando que es sólo una parte. Lo peor es que dicha parte sólo puede ser comprendida desde el todo en que participa; pero al destacarla como expresión del todo, éste se vuelve incomprensible: ni siquiera puede pensarse que esa consideración parcial pueda ser verdadera en cuanto que parcial, pues al haberla establecido como absoluto expli- cativo se impide la comprensión del todo y sus partes. La causa de este error —al menos desde una perspectiva psicológica— es la precipitación: se cree tener la explicación total demasiado pronto, antes de conocer y reflexionar lo necesario para una entera comprensión.

El primer error en la comprensión de la libertad, fuente de otros desvíos, es su afirmación como absoluta, tomándola como el todo de la condición humana, siendo como es una parte de ella. Se la considera entonces como fin último de la existencia, por encima incluso de la feli- cidad. Tal es la concepción de J.J. Rousseau, destacado inspirador del pensamiento social, político y pedagógico de la modernidad, para quien la finalidad de la existencia humana es la plenificación de la libertad. Ésta pasa a comprenderse como independencia absoluta, como ausencia total de vínculos y débitos subjetivos. El hombre natural es precisamente aquél que no debe nada a nadie, desligado de toda obligación que no se haya impuesto a sí mismo. Esta visión será retomada por I. Kant, quien la expresará como autonomía moral, marcando la impronta de pensamiento

que conformará muchas propuestas pedagógicas de la modernidad. Según ambos, Rousseau y Kant, puede decirse que la dignidad humana reclama una libertad absoluta; que más humano será el hombre en cuanto pueda otorgarse a sí mismo las leyes que rijan su conducta moral. La conciencia pasa así a ser el tema dominante en su posteridad filosófica, tanto en la metafísica como en la ética: ni puede haber más realidad que la presente en la conciencia cognoscitiva, ni puede haber otro bien que el instituido en la conciencia moral. La consideración de la libertad como absoluta sólo es la consecuencia de la afirmación del hombre como ser absoluto.

Tal posición no tiene en cuenta el carácter relativo de la libertad, fruto de la finitud humana. “La libertad posible en un ser limitado o relativo es, necesariamente, una libertad limitada o relativa. Por tanto, la libertad que el hombre puede tener no consiste en una completa independencia, sino tan sólo en que puede darse dentro de los límites impuestos por el ser mismo del hombre. La cuestión de cuáles sean estos límites resulta, así, decisiva para la idea de la libertad humana, y es necesariamente un asunto que debe tratarse para hablar con rigor del sentido de ésta”101.

Los límites más inmediatos de la libertad dimanan de la condición física de la naturaleza humana, primera causa —no única— de su finitud entitativa; el cuerpo es la primera fuente de limitaciones para la libertad personal que debe ceñirse, por ejemplo, a las exigencias de las funciones metabólicas. Pero además, “nuestra libertad es una libertad finita, no solamente porque está limitada por el mundo físico, no sólo porque está encarnada, es decir, porque tiene que ver con una constitución psicobio- lógica, sino también porque está situada, es decir, porque inevitablemente tiene que contar con los demás”102. La libertad no puede desplegarse hacia

el vacío; la acción libre tiene como referente, próximo o remoto, otra acción libre ajena con la que debe conjugarse. Esta permanente situación de la libertad es esencial para la educación: la enseñanza, actividad deliberada y libre del docente, reclama la acción formativa —radicalmente libre— del aprendiz; sin la concurrencia de ambas libertades es imposible la educación.

La libertad humana es relativa, situada y aún más: para el cristiano, es una libertad creada y caída. Puede decirse, como de la entera realidad personal, que la libertad es a se, desde sí misma, pero no per se, por sí misma. Y por otra parte, la libertad es defectible; puede errar en su

101. MILLÁN PUELLES, A., voz “Libertad”, Léxico filosófico, 397.

realización e incluso puede autoaniquilarse por miedo al error: la condición de esclavo es siempre condenada de palabra, aunque a veces es asumida en las obras. La libertad es semillero de la excelencia humana, pero también es carga gravosa para el ser que debe realizarla. La pretensión exaltada de absoluto para la libertad, junto con la conciencia vívida de su falibilidad llevan a otra de las desviaciones en la idea de libertad: la negación de su realidad, su carácter de fábula ilusoria o de condena existencial. El ser humano experimenta la libertad como posible ante la acción, pero la misma actuación revela su imposibilidad fáctica a través de las constricciones y limitaciones insalvables de la realidad circundante. Es la experiencia ineludible de la existencia humana vivida con afán de perfeccionamiento, expresada ya por San Pablo: “querer el bien está a mi alcance, pero ponerlo por obra, no; porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero”103. En esta tesitura, si se ha

cercenado el recurso al Creador de la libertad, la respuesta más optimista —por hablar de algún modo— es el intento de salvar al ser humano, achacándole un solo error fundamental que debe reparar: la falsa ilusión de la libertad, la errónea creencia de ser libres cuando en realidad somos sujetos de las determinaciones cósmicas. Quien afirma nítidamente por primera vez este frustrante optimismo es B. Espinosa; posteriormente lo harán A. Schopenhauer y F. Nietzsche. La conclusión es obviamente la negación de la realidad de la libertad, bajo la pretensión de salvar la realidad humana.

Cabe también la posibilidad de instalarse en el pesimismo, renun- ciando a salvar la condición humana y admitiendo fríamente la realidad de la libertad, pero como carga insufrible que convierte la existencia en una condena inadmisible aunque inevitable. Esto es característico del pensa- miento existencialista, en diversos grados de intensidad, desde los más leves de K. Jaspers, hasta el oscuro y axfisiante de J.P. Sartre. Para el primero, la libertad es una condena llevadera desde la autoconciencia de su imposibilidad existencial; para el último es la frustración radical e insalvable que tiñe de absurdo la existencia humana. Para uno y otro, la libertad es la carga agobiante de la existencia humana, que debe hacerse a sí misma, desde sí misma. El ser humano se tiene a sí mismo como tarea, debe cargar con su propio ser como un quehacer agotador y arriesgado. Mejor sería entonces no ser libre y poder eludir esa desorbitante responsa-

bilidad que supera ampliamente las potencialidades humanas. La anterior era una negación teórica de la libertad; ésta es su negación práctica.

El perfeccionamiento es la tendencia natural del ser humano; pero lo natural es lo arduo y costoso en la actuación de un ser que debe adueñarse de su propia naturaleza, la cual no le viene dada fijamente en unas tenden- cias predeterminadas, sino que resulta ser plástica y mutable desde unas capacidades indefinidas en su potencia y conformables desde su actuación. Otra vía de negación de la libertad es la reducción dinámica de lo natural a lo espontáneo. Es otra posibilidad incoada por Rousseau, que va a generar en nuestros días las pedagogías de la liberación, mencionadas páginas atrás104. El postulado implícito es la bondad natural y originaria del ser

humano “en cuanto sale de las manos de Dios”, como afirma Rousseau. El mal es algo sobrevenido posteriormente, y sólo puede consistir en contra- decir ese origen, esa naturaleza esencial e íntegramente buena; el mayor mal es precisamente la pérdida de esa integridad y unidad individual. Para salvarse del mal, al ser humano —recuérdese: sólo él puede salvarse a sí mismo— no le queda sino retornar al origen, viviendo como “el hombre naturalmente bueno” que pudo ser. Esta vuelta al origen no se contempla como retroceso histórico y cultural, sino como avance hacia un futuro posible donde el hombre se adueñe de sí mismo por medio de la fidelidad a su naturaleza primigenia. Ésta debe obrar sin trabas externas para aparecer así en su pureza: lo verdaderamente natural se manifiesta en lo auténticamente espontáneo. La libertad resulta ser así liberación, supera- ción y anulación de todas las constricciones externas; principalmente —para Rousseau y su posteridad pedagógica— liberación de los impedi- mentos que impone la relación social, vertida en las instituciones que regulan la vida en común. La libertad, al menos en su inicio, sólo es posible en un individualismo extremo, en una forma de vida liberada que se identifica sin más con la vida libre.

Todas estas desviaciones y reduccionismos de la libertad se han de- cantado hoy en una aspiración pedagógica que empapa buena parte de los idearios y metodologías educativas: el ideal de la autonomía individual.

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