Envuelta en el recuerdo de su juventud, sin el deseo que impulsa la acción, una anciana duerme. Solamente abre su ojo derecho. El otro, ciego por una cicatriz. Sobre sus cabellos, una diadema de esmeraldas. En el jardín de su hogar, una flor que en las mañanas abre su corola, semeja a agujas ensangrentadas, en la noche se cierra y se extravía en el verdor de sus hojas. La leyenda narra que la anciana se pinchó un día con los filamentos de la flor. Desde entonces quedó buscándose a sí misma, perdida en sus recuerdos.
En el cine
A prisa, el viento en mis cabellos. Y los minutos tras de mí. Llego puntualmente a nuestra cita, la primera de siempre, siempre la primera. Con ansiedad y deseo escucho tus palabras. Te bebo plenamente, mientras tus ojos acarician mi rostro. Recorro contigo, como adolescente entusiasmada y enamorada, el lapso que dura nuestro encuentro.
Me gusta cómo me enamoras, cómo me haces tuya y, después de risas, llantos, abrazos y miradas, cómo me abandonas donde siempre: en la última butaca sola y fría, donde hoy, al igual que yo, otras mujeres te pertenecieron.
Transmutación
La aguja entra, sale, entra, sale, vida, muerte, luz, oscu- ridad, sueños, realidad… La aguja hiere, tiñe en rojo la inocencia de la manta blanca, dándole figuras de aves. El acto amoroso junta los picos, fusiona seres, símbolos, libertad, anhelos…
¿Cuándo fue la primera vez? ¿Qué bordé?
Recibía yo bajo la fronda de los laureles mis clases de bordado. Tenía que sacrificar mis recreos y seguir con la envidia en la punta de la lengua los gestos de mis compañeras que corrían en el patio, riéndose de mí. Aquellas clases de bordado, tan quietas y tranquilas, como los laureles bajo los que nos sentábamos mi maestra y yo, como los pajarillos pintados en la manta, o como la Goya, aquella muchacha que vivía cerca de la casa. La Goya me daba miedo en su actitud de Buda milenario, cíclope con el dedo en la boca y las palabras anudadas en el aire. ¿Qué pensaba esa mujer? Estatua muda, recipiente del rencor, abandonada de Dios.
Cuando mi abuela y yo pasábamos junto a la Goya, el único ojo se posaba en los míos. Yo escondía las manos, juraba no volverme a chupar nunca el dedo. No quería ser como la Goya, tuerta, muda, abandonada.
Los pajaritos han quedado bellamente bordados, con sus picos unidos en un beso. Tranquila y quieta, arrugando con los dedos los pliegues de la manta, al compás del chasquido de mis labios los contemplo.
Herencia
La lluvia en mis cabellos y el frío me hacen tiritar: acicates que me impulsan a llegar pronto a casa. Tras la cotidiana lucha con la puerta, entro en la estancia. Pensativa y cansada me dejo caer en el espléndido violeta de la “perezosa”. Acurrucada en ella me remonto al seno de mi madre. Siento su calor, el recuerdo me reconforta y tranquiliza.
En aquel entonces no me permitieron adoptar al simpático Bola de nieve; lloré argumentando: es muy simpático y juguetón. En esa ocasión, como en muchas otras, mis padres dijeron implacables: el doctor dice que no puedes tener un perrito. Para mi anhelo infantil, eso no significaba absolutamente nada.
Durante varios días desfilaron ante mis ojos toda suerte de juguetes y entretenimientos posibles para borrar de mi mente a Bola de nieve, que retorna siempre en las
Entonces, la herencia se vuelve una carga dura de llevar. ¿Le diré a mi hijo las mismas palabras que me dijeron aquella vez? ¿O quizá seguiré buscando el sustituto de un perrito? ¿Acaso deberían inventar perros robots para nosotros los niños alérgicos? Y ¿si ya están a la venta?
El bolso
Desde mi pequeño escondrijo en el vientre de un árbol veo a Genoveva. Puedo observarla desde su llegada a mi pequeña comarca (este parque situado al sur de la ciudad).
Llega arrastrando sus pies, con la mirada perdida y estrujándose las manos. Gotas saladas mojan su frente, confundiéndose con sus lágrimas. Su cuerpo delgado se mueve de modo inusual, como un reloj descompuesto (yo sé muy bien lo que eso significa: alguna vez caminé por la vida como un reloj recién fabricado, impecable, perfecto). Es curioso, no puedo recordar el momento exacto en que se rompió la cuerda en mi cabeza. Comencé a vagar por las calles con la ansiedad en las manos, queriendo abrir las bolsas femeninas, como esa que tiene Genoveva entre sus piernas.
Espero ansioso que Genoveva —así le llamo a esta chica— se duerma sobre el pasto donde ha permanecido sentada. Yo hago eso siempre que lloro, como lo está haciendo ella. Hace algún tiempo descubrí que no vale la pena llorar. Ahora río, río mucho, a cada rato, por cualquier cosa,
como al ver a una hormiga perder la carga que trae en sus antenas, después de tanto esfuerzo para llevarla a su nido, con un solo movimiento de mi uña. ¡Es tan divertido! Genoveva parece estar dispuesta a pasar la noche en vigilia, yo me desespero, tomo mi armónica oxidada y comienzo a ejecutar “La vida en rosa”, pensando que quizá la chica se duerma al escucharla, igual que lo hago yo, entonces podré acercarme lentamente y tomar ese bello bolso que tiene bien resguardado, donde tal vez encuentre esa saciedad que tanto necesito.
Entre la quietud y el sueño . . . 11 Metamorfosis . . . 12 Creación . . . 13 Agonía . . . 14 Para unirme a ti . . . 15 Atisbo. . . 16 Huida. . . 17 Evocación . . . 19 Insomnio . . . 20 Sirena. . . 21 Festín . . . 22 Ronco sufrimiento . . . 23 Madre. . . 24 Padre . . . 25 Maternidad . . . 26 El mar . . . 27 La calle . . . 29 Esperanza . . . 30 Soledad . . . 31 Tristeza . . . 32
Abandono . . . 43
Suicidio . . . . 44
Paseo nocturno . . . . 45
Autobús . . . . 47
Al contacto del deseo . . . . 48
Efecto. . . . 49 Rosario. . . . 50 Melancolía . . . . 51 Fe . . . . 52 Luna . . . . 54 Despertar . . . . 55 Palenque . . . . 56
Resplandor bruñido de oro . . . . 57
Para convocar nuestro encuentro . . . 58
Regreso . . . 59
Sed . . . 60
Entorno . . . 61
Prisión . . . 63
Desde la soledad de Adán . . . . 64
Instante . . . . 65 Herencia . . . . 66 Instintos . . . . 67 Eclipse de sol. . . . 69 Diadema de esmeraldas. . . . 70 En el cine . . . . 71 Transmutación . . . . 72 Herencia . . . . 74 El bolso . . . 76
Formación electrónica / Luis López Velázquez