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Palabras dispersas. El arca de la memorial

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Academic year: 2021

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Palabras dispersas

Beatriz Muñoz Morales

— 2015 — © BEATRIZ MUÑOZ MORALES

D. R. 2015

Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Paseo de la Reforma 175, Col. Cuauhtémoc, 06500, México, D. F.

Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas, Boulevard Ángel Albino Corzo 2151, Fracc. San Roque, 29040, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. [email protected]

ISBN: 978-607-8426-16-4

impresoyhechoenméxico Manuel Velasco Coello

gobernadordelestadodechiapas

Juan Carlos Cal y Mayor Franco

directorgeneraldelconeculta-chiapas

Susana del Pilar Utrilla González

coordinadoraoperativatécnica

Marco Antonio Orozco Zuarth

directordepublicaciones

CH 861.44 M82 P32

Muñoz Morales, Beatriz

Palabras dispersas / Beatriz Muñoz Morales. — Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México : CONACULTA : CONECULTA, 2015.

77 p.; 21 cm. (Colección Biblioteca Chiapas. Serie El arca de la memoria ; 39)

ISBN 978-607-8426-16-4

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Entre la quietud y el sueño

Guardo en mi mano izquierda tu sonrisa, me duele tu rostro en cada hijo nuestro y sin embargo, los amo cada vez que son ellos.

Manuel tiene tus gestos, tus palabras, Ulises lleva en sus actos tu sensibilidad, Frida tiene tu enojo por la vida,

Felipe tiene tus ojos, tu andar. Y yo

tengo tu cuerpo tatuado en mis dedos tu sudor impregnado en mi espalda

(en las noches sin luna me acurruco a escuchar el transitar de la vida).

(7)

Metamorfosis

Isla escondida

en la sima de mi mente encuentro en ti

alas luminosas

para remontarse más allá de lo posible.

Férrea voluntad,

transformación completa, ahora viento, beso, mariposa soy.

Creación

Me reconozco:

semilla que una mano temerosa depositó en la tierra

(uno, dos, tres tiempos marcaron el viaje del sembrador).

Simiente regada con salitre abonada con injurias

abandonada en las inclemencias de la vida me descubro.

Sin un sol que me alumbrase desde el rostro amoroso de una madre

sin la lluvia fresca

de las palabras de un padre. Fruto de un árbol

cuyas flores

aroman pútridos rincones y sacia las almas hambrientas soy.

(8)

Agonía

En las noches sin luna me acurruco y me enfrento a tu ausencia

(escondí mi sonrisa en la aurora). Repto en una danza inútil, hiedra venenosa que me asfixia el dolor crece en mis entrañas. ¿A dónde ir? ¿Qué hacer?

¡Y este frío que volar me impide!

Para unirme a ti

Repto con lentitud busco el rincón sombrío aquél donde se extraviaron mi risa y mis sueños. Repto con lentitud. Tu olor me guía

al encuentro de tus besos. Repto con lentitud. Voy tendiendo un puente para unirme a ti.

(9)

Atisbo

Juegan en la cama abandonada los fantasmas. Sólo la luz de un pequeño insecto la estancia de cortinas rojas ilumina. Una almohada llora su orfandad: el espejo de la pared deslucida atesora la silueta del ausente. Al romperse el ala de la mariposa, ¿por qué tanto vacío, malestar estrujado en el vientre de amor colmado de hastío? Aquella lágrima lleva tu risa de niña y que tan clara se presenta en momentos imprecisos. En las tormentas de mayo tu risa infantil es un trueno que anuncia tempestad.

Cuerpo de lirio, niña, retratas tan bien tu soledad que dejas mi alma extasiada de tantos porqués vividos.

Huida

Quiero cambiar esta manera de vivir de retorcer los minutos de matar el presente con el cuchillo puntiagudo del pasado.

Quiero cerrar los ojos para beber mis lágrimas huir en las sombras

vivir un poco junto al viento tomar de la mano al silencio y malgastarnos.

Se han ido cerrando los eslabones hasta formar

cadenas ensangrentadas. Marchita quedó mi voz, insomne fui

(10)

Muerte ¡Ven!

Bésame en los labios.

Evocación

Nuestros paseos el viento trasnochado ha vestido de nostalgia las noches de septiembre. Y el ayer ha despertado y el querer ahora y el habernos perdido

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Insomnio

El reloj

canta en mi insomnio. Los minutos,

hambrientas sanguijuelas, jamás doblegan la vigilia. Tomo mi almohada —ahora es tu cuerpo— recorro mis pensamientos. Contigo llego

a los labios de Lucrecia. Naufrago,

bebo del manantial de los recuerdos. En la penumbra el silencio gotea.

Sirena

En el agobio de nuestras miradas encontré un refugio un paraíso prohibido un Edén sin manzana y sin Adán. Navego transparentes aguas cuyas profundidades albergan tesoros sorprendentes. En el mutismo la armonía de mi cuerpo me hace surgir

(12)

Festín

Sangre que pinta mi sonrisa enloqueces mi pensamiento. He de beberte

hasta que se abran los abismos y surja el Gollum. He de contender hasta el infinito para encontrar el significado

de este voraz apetito. Con mis entrañas sírvanme un guisado

¡Que el festín inicie!

Ronco sufrimiento

Espero alegre la salida y espero no volver jamás. Frida Kahlo

Fugaz rumor dulce e ingenuo

ronco sufrimiento por guacamayas coloreado, calcinaste tu corazón y tu cuerpo

ofrendaste tu existencia al amor y al llanto para trascender tu vía

(obrera de tu pesar, sublimaste tu dolor). En una sola alba,

Kerigma del Dios incomprensible los ángeles esparcirán tus cenizas.

(13)

Madre

Caverna fría

oscura agua amarga albergó mi cuerpo. No me alimentaste con tu sangre sino con ira y desamor.

A pesar tuyo

mis huesos se formaron. El latir de mi corazón tu cabeza taladró.

A ser tu espejo he venido: la mueca de mi rostro

retrata la condición de tu alma. ¿A cuenta de qué me reclamas? Fuiste látigo y desprecio

vientos sembraste

y hoy cosechas tempestades. No reclames flores de mis manos ni un beso mío en tu frente muerta.

Padre

Abismo insondable cuya oscuridad es mi vestimenta. Ni un ligero rumor subió a mis oídos, si así hubiera sido aun en mis noches más tormentosas encontraría consuelo.

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Maternidad

Fronda luminosa

caricia invisible que alimenta agua bendita que sacia ofrenda milenaria

que transforma la maldad. Jamás arrullaste mi sueño

ni fortaleciste mi paso incipiente (ni una hoja tuya rozó mi hombro). De mis manos

sólo llagas obtuviste; de mi piel, hedor.

Ahora desde el fondo de mis ganas te convoco y sólo el eco responde.

¿Dónde te escondes? Me eres necesaria

para no parir a destiempo.

El mar es un niño, a veces lo veo jugar

con las gaviotas y los peces, ensaya puntería

y les lanza olas

por eso algunas son tan altas que casi alcanzan al sol cuando se está empotrando detrás de las montañas. El mar es un niño, se monta en berrinches

y se encoge para tomar fuerza. Arremete contra las playas, las casas y los hombres. Nada detiene su furor

sino él mismo y entonces deja que el viento amaine hasta convertirse

(15)

Cuando llego a su orilla me acaricia y ríe conmigo. A veces también me da tumbos y me espanta

y tiemblo y grito y río, escapo presurosa

hasta donde sólo su espuma me toca.

La calle

Señora alegre que viste nagua de mil colores

se cuelga en las orejas zarcillos brillantes y sus pies descalzos danzan felices. Cuando el sol

tiene que partir al otro lado del mundo en una nube púrpura se esconde para no despedirse

de mi calle.

Ella también se queda triste. Yo lo sé, pues he visto

cómo cierra sus ojos y se queda quieta y se pone su camisón oscuro

y deja que los árboles mecidos por el viento me den las buenas noches.

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Esperanza

En su danza de guerra dormitó el mundo sobre tu brazo. Cabalga la muerte en corceles sangrientos. Espero impaciente que Hashem toque mi cabeza y me redima. Entonces seré Negevah y te rodearé y libarás en mí y nuestro mundo renacerá en amor.

Soledad

Cierro los ojos

como el mar de la playa de ti me alejo.

En mi espalda un surco esconde tu desamor. Espero a la noche para desgarrar mi piel donde tu sudor tatuó odio. Estatua de sal con un beso

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Tristeza

La luna en lo alto hace doler mis huesos. Tu ausencia repentina hiere mi cuerpo. Esta noche atraparé mi tormento entre la negrura de mi blonda madeja para despertar feliz agradeciendo tu regreso.

Reproche

Mudé de piel siete veces para ti y no me amaste. Te regalé la castidad de mi desnudez en las noches, en que la distancia de nuestros cuerpos era surcada por la soledad, cuando el lobo deja

su madriguera para cazar la presa del día y el sol parece dormitar,

camino descalza en puntas los pies

para no romper el silencio para no delatar mi presencia en esta casa donde

los recuerdos susurran tu ausencia.

(18)

Cervatillo temeroso me escondo entre los pliegues de la noche

para que no me engulla.

Extravío

Pasó el tiempo por mi hombro esta tarde

una lágrima en mi ojo derecho

denuncia su presencia. Soy un resquicio de la vida.

¿En dónde están las flores del camino que me lleva hacia ti? Soy espina

en el ojo de Dios. El Todopoderoso me ha vomitado.

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La adversidad es mi nombre.

Nuevo Edén

El camino de ásperas piedras me lleva hacia los otros cuyos rostros son reflejo mío. Veo mis dedos en sus manos que matizan paisajes muertos. Sus piernas son las mías: ante el destierro tambalean.

Vuelve su rostro hacia mí, hacia nosotros. No contiendas más con la hechura de tus manos, convierte el llanto en fresca lluvia. Haz germinar tu semilla en nuestra alma. Pon tu boca en la mía

(besaré a mis hermanos y forjaremos otro Edén).

(20)

Realidad

Cierro mis ojos negrura que da paso a imágenes desconocidas risas descomponiendo rostros,

lenguas amoratadas, manos descarnadas.

La visión me hace tambalear entonces abro los ojos pasa frente a mí el mundo y olvido lo que soy.

Peregrina

Entre brasas transito.

Dejo escapar de mis entrañas el dolor que horada los sueños para ser la mujer que soy. Mi carne expuesta

(21)

Venganza

La tarde cae como terciopelo, evoca la suavidad de tu cuerpo.

Me recuesto en el amoroso roce de la hamaca y entrecierro los ojos,

mientras la lluvia recién parida despierta los olores de la tierra. Aspiro.

Y de mi memoria surge el ácido olor de tu sexo y me endulza la boca.

Sonrío.

Me parece escuchar tu gemido cuando inquieta y deseosa

muerdo tu virilidad suave y púrpura. La tarde envejece.

Me acurruco en sus brazos flácidos después de alcanzar juntos el éxtasis,

después de regar mi cuerpo con su lluvia de fuego que voraz engulle todo vestigio de ti.

(22)

Abandono

Puñales en pies y manos

cabalga el amor de todos los tiempos. Mujer que regresa al lecho de alacranes, a la costilla enmohecida,

a los gusanos en las entrañas, al rostro en la sábana desdibujado. Mujer que guiada por una noche sin luna se sabe

entre carcajadas que le anuncian una muerte segura.

Sentencia

Arrancada de su tallo pisoteada en el suelo yace la bella (sus pétalos llorosos se desangran). ¿Dónde está el criminal?

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Suicidio

Tus besos

—uvas fermentadas— enloquecen mi corazón (risa, danza, frenesí producen).

Acerca tu rostro a mis manos

que deseo estrujar tu cuello y gozar del placer

de la muerte.

Paseo nocturno

Entrañas retorcidas

danzan al compás de la angustia. El cristal de mis ojos

refleja la melancolía, espanta a los transeúntes del desvelado parque. Son las 3:00 a. m. estoy sepultándome en la avenida del desamor donde mujeres marcadas confirman que el amor no existe.

Niña jugando

con gatos que rasgan la memoria. Una, dos, tres carcajadas

saltan al presente,

en la cuna de recién nacido: sangre.

(24)

Autobús

Ojos luminosos carcomiendo distancias llenos de espanto abren caminos

recién descubiertos. En medio de la noche traspasa el corazón de la ciudad exhausta. En su vientre soñadores furtivos escapan del hastío. Sombras de boquitas pintadas

en el callejón,

muslos marcados señalan el camino. Las manos dicen: ¿cuánto?

Los pechos: ¿cuándo? Un anciano fuma

el cielo ilumina las tumbas en cada esquina. Ojos con la luz necesaria para sobrevivir las flores de mayo esparcen su perfume. La gota que derrama el vaso

(25)

Al contacto del deseo

Y sabiendo que conmigo tendrías el paraíso, no quisiste darme tu costilla.

B. M. M.

La frigidez del cuerpo se esfuma

al contacto del deseo. Tiembla

en mis huesos la soledad de Adán. En mis pezones rosados Dios crea otro Edén.

Efecto

Qué distintamente hermoso se observa el paisaje, a la distancia

entre los árboles

las casas juegan a las escondidas. El mar se balancea

en su continuo coqueteo y también nosotros sintiéndonos el principio de todo.

(26)

Rosario

Tu corazón germinando: se quedó vacío.

Rosa de los vientos

con tus palabras marcaste senderos. ¡Oh, corazón inhumano

jamás suavizado ante tanta ternura, jamás encendido ante tal pasión! Palabras de amor me has heredado, palabras repetidas hasta la tristeza, hasta que un acto estúpido puso fin, no podría haber sido de otra manera o seguirías hablando y reflexionando. Desesperado grito

en la oscuridad del desamor, como tú, Rosario,

Melancolía

Me habitas y veo el mundo tan solo y triste. ¿Dónde se escondió aquella risa del verano,

el destello de nuestras miradas?

¿Bajo qué nubes revolotean tus cabellos? Escribo. Tiembla mi mano.

La lluvia de la tarde dispersa mi rostro. No estás aquí

y duele.

Un nudo en la garganta es el rayo de la tarde.

(27)

Fe

Es pues la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. hebreos11:1

Sangrantes

las nubes ocultan el dolor, los gritos marcan los pasos de aquellos que llevan la paz. Es tiempo de guerra.

En el corazón de una niña despiertan las dudas, el camino de piedras da paso a las hormigas. ¿Dónde está Dios? El vestido azul brilla a la luz del sol,

ojos inocentes descubren el secreto del alma,

empuñadas

las manitas llevan un tesoro siembran la semilla,

la que ha de dar vida.

(28)

Luna

Espléndida señora exhibida alhaja en las faldas de la montaña.

Al viajero de tierra dulce lo atrapas

en el son de tu risa. Toma mi mano, llévame a bailar entre las nubes.

Arrúllame en tu regazo. Dame la paz de tu mirada.

Despertar

Regresas de tu sueño abres la puerta

y el sol ilumina la estancia corremos escaleras arriba detrás de las caricias. Cubiertos por el rocío de nuestros cuerpos volar soñamos

en las alas de las aves

que ajenas a nuestro encuentro van en busca de nuevos horizontes.

(29)

Palenque

Vienes en mis sueños. El camino adornado de campánulas púrpuras señala el lugar de encuentro. Soy río que baña la ciudad. Guerreros disfrazados beben de mis corrientes, pájaros verdes

revolotean con el viento al paso de los visitantes. ¡Silencio!

El vuelo del colibrí te anuncia.

El último suspiro del sol me despierta.

Resplandor bruñido de oro

Aguijón que traspasa el alma, plumas de colores

que adornan la experiencia campana de suaves notas. Tiemblan mis huesos ante tu presencia, me desangras

transformas mis lágrimas con la fuerza del resplandor del bruñido oro.

Detienes el latido de la vida

amalgamas mi cuerpo, mi alma y mi espíritu hasta hacerme explotar.

(30)

Para convocar nuestro encuentro

Sorprendo mis ojos

en el atardecer de la ciudad. Frente a mí

la gran avenida recuerda nuestros paseos bajo la lluvia,

los espejos rotos

bajo la suela de nuestros zapatos. La bicicleta abandonada

chilla en el rincón igual que yo

al repetir tu nombre bajo la almohada.

Ante la idea de tu regreso hoy entré a nuestra habitación me tendí dulcemente

Regreso

Tu voz, cascada somnolienta que desgarra el amanecer, palpita al compás

de tu estertor.

De las montañas vienes en alas de cotorras. Tu cuerpo

inerte me espanta toco tu fría piel deposito un beso. Recojo mis pasos mis dedos recuerdan tu última mirada. Aún te espero.

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Sed

Tu cuerpo sobre el mío sella la cripta que soy, guardo el elíxir

tan largamente deseado. Pronuncio tu nombre amado mío

y de mis entrañas surge

un hormigueo sutil que me estremece. Es tu cuerpo

un lago de agua dulce que refleja la avidez de mi alma.

Como ciervo extraviado bebo de ti y feliz retozo en espera de repetir tan pasmosa hazaña.

Entorno

Vano intento las palabras huyen.

Tiembla en mi mano el libro. El suave cantar de las aves,

la sutil caricia del viento matinal, el verde exuberante que se yergue frente a mí distraen mis sentidos

vencido arrojo mi tarea vana y claudico al éxtasis del momento.

La flora parece darse cuenta del triunfo obtenido y acentúa sus movimientos gráciles,

allá unos tallos verdes se doblan voluptuosos buscando al sol

a lo lejos una hilera de árboles centenarios guerreros del tiempo exhiben orgullosos su dura corteza con cicatrices de guerra y aquí junto a mí unas dormilonas despiertan al contacto con mis manos, el rocío fresco que guardan entre sus hojas trae el recuerdo de nuestros juegos.

En la alfombra de dientes de león montamos el corcel de los sueños

(32)

Prisión

Melancólica

la tarde deja brotar su llanto, desde la azotea de mi casa observo los pájaros verdes

prisioneros en las ramas del árbol, el viento los obliga

a golpearse unos contra otros. Soy pájaro preso entre mis sueños. A lo lejos

un relámpago enciende el arcoíris que tímidamente aparece

y me hace sonreír

esperanzada. y traspasamos las puertas

de otros mundos.

El etéreo aroma del limonero nos adormece al regreso.

(33)

Desde la soledad de Adán

Vacía, oscura, inanimada vengo a ti.

Déjame posarme entre tus piernas para germinar la vacuidad

que ahora soy.

En mi vacío sumérgete

agua de río, agua fúlgida de lluvia

—aquella que mis noches de orfandad trajeron—. Desde la soledad de Adán

mírame

para que el mundo arda y en un beso

renazca la existencia.

Instante

Recuerdo tu mirada disipada en la quietud, recuerdo tus manos en la bruma del sueño, recuerdo tu grito de gozo extraviado en el rumor de las olas.

Eres la realidad que vivo en el instante

en que se duerme la noche.

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Herencia

Murmuran las campanas historias viejas

mientras cohetes lanzan carcajadas plenas de ironía.

Duermen en el azul oscuro los miedos de las solteronas, se escucha el rumor del pasado en las copas de vino

y una traicionera lágrima gotea

en el retrato de la abuela.

En el silencio antecesor del brindis eufóricos se abrazan

los muertos, coito fugaz

en un instante vida y muerte se confunden.

Instintos

Me lo dijeron. Cuelgo el auricular del teléfono y me doy cuenta de que el sol alumbra de lleno mi lugar de trabajo. A pasos lentos cabriolean en mi mente las palabras: “la muerte nos toma de súbito, se pierde la noción del tiempo, el espacio no importa”.

Ella estuvo siempre en la casa. Aun cuando se fugaba inesperadamente con un bulto de ropa bajo el brazo, su presencia se sentía en cada rincón. Empezaba a esfumarse su olor y mi madre dejaba las infusiones contra los cólicos. Entonces, ella aparecía de nuevo en el umbral de la puerta, con su actitud mansa, humilde, como se muestran algunos perros que se han dejado llevar por sus instintos y vuelven llenos de pesadumbre. Volvía pálida, enferma, sin nada en las bolsas.

Siempre fue así: trabajaba un tiempo feliz, hacía los quehaceres, con afán, pulcra, rápida, necesaria al juicio

(35)

—Me juí de la casona porque me pegaban, no me daban de comer, me trataban con regaños.

En realidad, los moretones de su cuerpo eran debido a los ataques que padecía desde hacía mucho tiempo, desde cuando regresó de su pueblo y nadie supo lo que vio, que la hizo revolcarse en el suelo, diciendo palabras incomprensibles.

A mis 30 años nunca pensé que la vida cambiaría en la casona. Me gustaría creer que otra vez regresa con su actitud humilde, apesadumbrada, mansa como aquellos perros que huyen de casa, porque ya no se resisten a no sé qué llamada.

Eclipse de sol

Abre los ojos. Siente el ritmo de su respiración sobresal-tado. El ruido de las voces y los aullidos de los perros interrumpen bruscamente su descanso. Nada de eso le interesa a la gente, que sin consideración alguna arma gran alboroto en el patio.

Cargar pesadas cajas llenas de diversos objetos decorati-vos de cristal cortado, no solamente es difícil por lo pesa-das, sino más bien por lo que significa dejarlas caer. No, no se puede, no se debe pensar siquiera en seguir el deseo del cuerpo, y dejar caer una de esas cajas. Habría tal escánda-lo. Se apagaría el bullicio de la gente y los aullidos de los pe-rros inmisericordes que el sueño reparador alejan.

¿Qué simula el brillo del cristal? ¿Estrellas arrancadas al firmamento? ¡Estrellas, como las que ahora a pleno mediodía brillan en el cielo con su eclipsado sol! La oscuridad traspasa lentamente las ventanas y calladamente se queda en sus ojos. Los sentidos, aún aletargados, no dejan sentir la realidad irreal de la noche en pleno día. El alboroto crece afuera, al observarse la lucha entre el sol y la luna. La anciana murmura: —¡Si el sol gana, terminaremos ardiendo!

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Diadema de esmeraldas

Envuelta en el recuerdo de su juventud, sin el deseo que impulsa la acción, una anciana duerme. Solamente abre su ojo derecho. El otro, ciego por una cicatriz. Sobre sus cabellos, una diadema de esmeraldas. En el jardín de su hogar, una flor que en las mañanas abre su corola, semeja a agujas ensangrentadas, en la noche se cierra y se extravía en el verdor de sus hojas. La leyenda narra que la anciana se pinchó un día con los filamentos de la flor. Desde entonces quedó buscándose a sí misma, perdida en sus recuerdos.

En el cine

A prisa, el viento en mis cabellos. Y los minutos tras de mí. Llego puntualmente a nuestra cita, la primera de siempre, siempre la primera. Con ansiedad y deseo escucho tus palabras. Te bebo plenamente, mientras tus ojos acarician mi rostro. Recorro contigo, como adolescente entusiasmada y enamorada, el lapso que dura nuestro encuentro.

Me gusta cómo me enamoras, cómo me haces tuya y, después de risas, llantos, abrazos y miradas, cómo me abandonas donde siempre: en la última butaca sola y fría, donde hoy, al igual que yo, otras mujeres te pertenecieron.

(37)

Transmutación

La aguja entra, sale, entra, sale, vida, muerte, luz, oscu-ridad, sueños, realidad… La aguja hiere, tiñe en rojo la inocencia de la manta blanca, dándole figuras de aves. El acto amoroso junta los picos, fusiona seres, símbolos, libertad, anhelos…

¿Cuándo fue la primera vez? ¿Qué bordé?

Recibía yo bajo la fronda de los laureles mis clases de bordado. Tenía que sacrificar mis recreos y seguir con la envidia en la punta de la lengua los gestos de mis compañeras que corrían en el patio, riéndose de mí. Aquellas clases de bordado, tan quietas y tranquilas, como los laureles bajo los que nos sentábamos mi maestra y yo, como los pajarillos pintados en la manta, o como la Goya, aquella muchacha que vivía cerca de la casa. La Goya me daba miedo en su actitud de Buda milenario, cíclope con el dedo en la boca y las palabras anudadas en el aire. ¿Qué pensaba esa mujer? Estatua muda, recipiente del rencor, abandonada de Dios.

Cuando mi abuela y yo pasábamos junto a la Goya, el único ojo se posaba en los míos. Yo escondía las manos, juraba no volverme a chupar nunca el dedo. No quería ser como la Goya, tuerta, muda, abandonada.

Los pajaritos han quedado bellamente bordados, con sus picos unidos en un beso. Tranquila y quieta, arrugando con los dedos los pliegues de la manta, al compás del chasquido de mis labios los contemplo.

(38)

Herencia

La lluvia en mis cabellos y el frío me hacen tiritar: acicates que me impulsan a llegar pronto a casa. Tras la cotidiana lucha con la puerta, entro en la estancia. Pensativa y cansada me dejo caer en el espléndido violeta de la “perezosa”. Acurrucada en ella me remonto al seno de mi madre. Siento su calor, el recuerdo me reconforta y tranquiliza.

En aquel entonces no me permitieron adoptar al simpático Bola de nieve; lloré argumentando: es muy simpático y juguetón. En esa ocasión, como en muchas otras, mis padres dijeron implacables: el doctor dice que no puedes tener un perrito. Para mi anhelo infantil, eso no significaba absolutamente nada.

Durante varios días desfilaron ante mis ojos toda suerte de juguetes y entretenimientos posibles para borrar de mi mente a Bola de nieve, que retorna siempre en las

Entonces, la herencia se vuelve una carga dura de llevar. ¿Le diré a mi hijo las mismas palabras que me dijeron aquella vez? ¿O quizá seguiré buscando el sustituto de un perrito? ¿Acaso deberían inventar perros robots para nosotros los niños alérgicos? Y ¿si ya están a la venta?

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El bolso

Desde mi pequeño escondrijo en el vientre de un árbol veo a Genoveva. Puedo observarla desde su llegada a mi pequeña comarca (este parque situado al sur de la ciudad).

Llega arrastrando sus pies, con la mirada perdida y estrujándose las manos. Gotas saladas mojan su frente, confundiéndose con sus lágrimas. Su cuerpo delgado se mueve de modo inusual, como un reloj descompuesto (yo sé muy bien lo que eso significa: alguna vez caminé por la vida como un reloj recién fabricado, impecable, perfecto). Es curioso, no puedo recordar el momento exacto en que se rompió la cuerda en mi cabeza. Comencé a vagar por las calles con la ansiedad en las manos, queriendo abrir las bolsas femeninas, como esa que tiene Genoveva entre sus piernas.

Espero ansioso que Genoveva —así le llamo a esta chica— se duerma sobre el pasto donde ha permanecido sentada. Yo hago eso siempre que lloro, como lo está haciendo ella. Hace algún tiempo descubrí que no vale la pena llorar. Ahora río, río mucho, a cada rato, por cualquier cosa,

como al ver a una hormiga perder la carga que trae en sus antenas, después de tanto esfuerzo para llevarla a su nido, con un solo movimiento de mi uña. ¡Es tan divertido! Genoveva parece estar dispuesta a pasar la noche en vigilia, yo me desespero, tomo mi armónica oxidada y comienzo a ejecutar “La vida en rosa”, pensando que quizá la chica se duerma al escucharla, igual que lo hago yo, entonces podré acercarme lentamente y tomar ese bello bolso que tiene bien resguardado, donde tal vez encuentre esa saciedad que tanto necesito.

(40)

Entre la quietud y el sueño . . . 11 Metamorfosis . . . 12 Creación . . . 13 Agonía . . . 14 Para unirme a ti . . . 15 Atisbo. . . 16 Huida. . . 17 Evocación . . . 19 Insomnio . . . 20 Sirena. . . 21 Festín . . . 22 Ronco sufrimiento . . . 23 Madre. . . 24 Padre . . . 25 Maternidad . . . 26 El mar . . . 27 La calle . . . 29 Esperanza . . . 30 Soledad . . . 31 Tristeza . . . 32

(41)

Abandono . . . 43

Suicidio . . . . 44

Paseo nocturno . . . . 45

Autobús . . . . 47

Al contacto del deseo . . . . 48

Efecto. . . . 49 Rosario. . . . 50 Melancolía . . . . 51 Fe . . . . 52 Luna . . . . 54 Despertar . . . . 55 Palenque . . . . 56

Resplandor bruñido de oro . . . . 57

Para convocar nuestro encuentro . . . 58

Regreso . . . 59

Sed . . . 60

Entorno . . . 61

Prisión . . . 63

Desde la soledad de Adán . . . . 64

Instante . . . . 65 Herencia . . . . 66 Instintos . . . . 67 Eclipse de sol. . . . 69 Diadema de esmeraldas. . . . 70 En el cine . . . . 71 Transmutación . . . . 72 Herencia . . . . 74 El bolso . . . 76

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Formación electrónica / Luis López Velázquez

Referencias

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