2. VALORAR LA VIDA, DEJAR MORIR
2.4 Diferencia, racismo, miedo
Marta: ¿Como si vinieran de prestado?
Carlos: Eso es absoluto. Hay una parte que, por mucho que queramos, aunque uno diga, bueno, yo racista no soy, no soy racista en el sentido de que no me considero superior a alguien de una raza diferente, pero el diferente, aparte de las consideraciones económicas, a mí me es un poco más ajeno que el menos diferente, me posiciono de forma diferente, no lo siento de mi misma… no voy a decir categoría pero sí, no lo siento un igual, a lo mejor puedo considerar… Porque decir: “sí, sí no, yo no quiero que le pase nada, es un ser humano”. Ya, pero entonces hay que hacer cosas
para que no le pase nada. “No, ya, pero bueno, eso es cosa suya y de su
país”. Como que pertenecer a otro lugar te marca una diferencia que aunque tú no lo reconozcas, te distancia de la igualdad como ser humano, es una cosa muy sutil que actúa entre nosotros, y que funciona por ejemplo cuando salen noticias en la prensa.
(...)
Marta: lo que me sorprende pero a la vez tiene lógica es que una cosa es que te sientas ajeno, y otra cosa es que tú seas médico, tengas que atender a la gente, esa gente tiene el derecho y no hagas por (atender). ¿Dónde está el clic de que a alguien le parezca bien el decreto? Por ejemplo, en tu centro que hay gente que le parece bien y gente que le parece mal como a ti, ¿cómo funcionáis entre vosotros? ¿va la balanza a algún sitio o es individual?
Carlos: hay centros donde se han reunido y lo han hablado y en los centros donde hay gente que sí y gente que no, como el mío, pues pasan cosas curiosas como que si nos ponemos a hablar del tema acabamos discutiendo y al final al día siguiente no me apetece tomar café contigo porque me has puesto nervioso las cosas que has dicho pero resulta que luego tienes una persona que no sabes cómo atender y alomejor vas y me llamas y me consultas. A veces pasa. A veces cuando tienes la realidad
delante hay una parte que tiene que ver con el hábito, o la dificultad de ignorar la realidad sanitaria o humana de la persona y al final dices bueno a ver pues espérate que voy a preguntar a uno que sabe de esto. Pasan cosas curiosas como esta. A lo mejor hay gente que está muy en contra muy en contra (de atender a todos) y tiene una postura muy hostil, como la administrativa ésta que tenéis ahí. Pero no es lo más habitual, lo más habitual es que la gente viva esta norma como "bueno está bien poner límites a este abuso" eh, entonces como está la norma pues yo contento de que esté. Si al final yo tengo una situación pues bueno, sé que la tengo que resolver. No tengo una postura muy hostil , me planteo si bueno, a ver si cabe o no cabe, descargo mi prejuicio, mi opinión, mi postura, lo descargo en la norma. No sé qué pensarán esas personas si la norma se echa atrás. Porque claro tú hablas con ellos y te dicen que claro, están hartos de pagar con su dinero las cosas de los demás”.
(Entrevista con Carlos en marzo de 2014, mi énfasis).
Este es un extracto de una conversación que tuvimos Carlos, médico de primaria, y yo, en la primavera de 2014. Antes de lo transcrito estábamos comentando cómo había calado la idea del abuso en los profesionales sanitarios (Capítulo 6). Carlos lo conectaba con: la incapacidad de la administración para gestionar el cobro de facturas a aseguradoras privadas u otros sistemas de salud — de otras comunidades autónomas o de otros países europeos — con los que hay cauces establecidos para ello; la carga de trabajo que sienten los
profesionales, que si les quitan a pacientes pueden sentir que “hay menos trabajo”; y la xenofobia derramada desde arriba por los portavoces que defendían el decreto de exclusión. Pero también lo relacionaba con algo más íntimo, ese miedo a la diferencia que produce malestar: por un lado, no
queremos que “le pasa nada” al otro; por otro, no queremos hacernos cargo, en parte porque es diferente a nosotros. Para Carlos, el funcionamiento de ese miedo, junto con todo lo demás, se “descarga en la norma”, proceso que nos permite decir “yo no puedo hacer nada”. Una explicación de cómo el racismo cotidiano se conecta con el institucional. Exploremos esta relación un poco más
con la ayuda de una parte de la tesis de Débora Ávila (2011) en la que conversa sobre esto con algunos compañeros95.
Ese miedo íntimo no es un racismo como creación de sub especies para “dejar morir” a unas y “alimentar la vida” de otras (Foucault 1997). Es un miedo que es un sentimiento que se tiene “ante la propia presencia de la diferencia”, que es “punto de partida”, guía para la acción (Marga en Ávila 2011: 456). La acción puede ser conectar ese miedo con el racismo institucional o cortocircuitar esa conexión. Pero para eso “es necesario tener un discurso colectivo previo y una red para interpretar el miedo” (Marga en Ávila 2011: 463), aunque no todas las personas atesoran los capitales (cultural, simbólico) para hacer ese trabajo y “no todas las posiciones” se sienten igual de amenazadas (Ávila 2011: 463).
Desde que entró en vigor el decreto de exclusión sanitaria es posible que ese médico al que antes le fastidiaba tener que tratar una esquirla que llevaba en la pierna de una persona cinco años, más de los que llevaba viviendo en España, pueda no hacerlo. Es más, es probable que ni siquiera tenga conocimiento de esa situación de la que antes, a pesar de todo, se haría cargo. Es también más difícil poder trabajar con ese sentimiento de miedo ante la propia presencia de la diferencia, porque lo que hace la exclusión sanitaria es separar más a los
profesionales entre ellos — los que sí atienden, los que no, los que pueden hacer algo en el ordenador, los que no — y de las personas que no tienen tarjeta. Esta separación se agrega a otras, las que se construyen en situaciones marcadas por una diferencia de poder propia del modelo biomédico dominante; prácticas cotidianas racistas; sentimientos de inmanejable carga de trabajo; los problemas
95 Es la parte segunda del “Epílogo: el miedo-‐ambiente como solución lograda” que se titula “De
cómo los espejos de feria distorsionan la realidad: miedo, amenaza y demanda de seguridad” (2011: 453-‐466)
que pueda haber a la hora de comunicarse con personas migrantes — de lenguaje, de diversas formas de pensar y hacer con el cuerpo y con la
enfermedad —; y por formas de hacer penetradas por la lógica de la empresa. A todo eso se une, del lado del profesional, la exigencia de hacerse cargo más allá de lo normal, de papeles y trámites, si se quiere tratar a la persona. Y, del lado de esta persona, una sospecha, a veces añadida a una desconfianza ya previa que nace de la memoria de experiencias en la consulta médica, de que no se está recibiendo el mismo tratamiento que se daría a los demás porque, además, no se tiene tarjeta sanitaria96.
Hay profesionales que encuentran maneras para enfrentarse, abordar, hacerse cargo de esas situaciones, desde lo infinitesimal a lo institucional. Por ejemplo, una amiga médica de primaria, Ana, tiene un diccionario de chino en el cajón de su mesa para poder entenderse con las personas que acuden a su
consulta y hablan sólo ese idioma. También participa en procesos de aprendizaje colectivo sobre salud, procesos con vocación de transformación y permanencia que abordan tanto los planos institucionales como los cotidianos y
emocionales97. En el juego ente lo institucional y lo cotidiano puede entrar a
96 Son decenas las veces que yendo juntas a una consulta, la persona sin tarjeta que además era
migrante y manejaba el español pero sin hacerlo de manera completamente fluida ha salido de la consulta comentando que no ha entendido gran cosa; que el médico usaba palabras muy técnicas, y le hablaba muy alto como si estuviera sorda y estaba nervioso y quería terminar muy pronto; que parecía que le decía que no sabía cuidarse bien o que vivía en malas condiciones y por eso estaba así; y que sólo le había recetado paracetamol y ella pensaba que necesitaba unas pruebas que la médica no había querido mandar… Estas sensaciones, por otro lado, también las sienten personas que tienen normalizado el acceso a su médica de cabecera (Ainhoa Montoya,
comunicación personal, 28 de octubre de 2015), si bien el no tener tarjeta sanitaria añade una capa más a la desconfianza que se pueda sentir en la consulta.
97 Por ejemplo, el proyecto grupohombre.es sobre masculinidades y salud comunitaria, que se
hizo con un grupo de hombres en paro que acabó formando una asociación para replicar ellos mismos la experiencia con otros. Como explican en la web, la idea surgió de la constatación de los propios profesionales sanitarios del hecho de que en los últimos años acudían cada vez más hombres a la consulta de AP con un malestar indefinido que se atribuye al perfil del
hiperfrecuentador (Almudena Alameda y Álvaro Pazos 2009, Capítulo 6). Se puede ver el documento El Silencio Roto (2013, https://vimeo.com/72541395) y el vídeo de la jornada de
jugar el racismo, pero también la construcción de nuevos vínculos tejidos a través de la colaboración en torno a una tarea común que puede tomar como punto de partida el miedo a la diferencia.