EL ESFUERZO Y LA INTENCIÓN
4. DIFICULTADES Y OBSTÁCULOS
a lo largo de nuestro camino espiritual. El Buda decía que quienes conquistan su propia mente son más dignos de elogio que quienes han vencido a mil hombres en mil batallas. Casi todos los yoguis experimentados podrían describir en detalle las horas -e incluso los años- que han debido invertir para resolver alguno de los cinco obstáculos fundamentales, los problemas de la mente y los bloqueos del corazón que aparecen a lo largo de la práctica. Esas mismas dificultades son igualmente descritas por los místicos cristianos, judíos, sufíes, hindúes y por los chamanes indios americanos.
En cierta ocasión, un entrevistador de la BBC, tras alabar el extraordinario trabajo realizado por la madre Teresa de Calcuta, señaló que, de algún modo, su labor de servicio era mucho más sencilla para ella que para el resto de los mortales puesto que, después de todo, ella carece de posesiones, de coche, de seguros y de esposo. No obstante, ella replicó «Eso no es cierto. Yo también estoy casada». Y luego levantó la mano y mostró el anillo de desposada que llevan todas las monjas como símbolo de su unión con Cristo y después prosiguió «¡Y a veces puede llegar a ser muy difícil!» Así pues, las dificultades y los problemas de la práctica espiritual son universales.
Cuando examinemos nuestra mente descubriremos inevitablemente las fuerzas básicas del orgullo, el temor, el prejuicio, el odio y el deseo, fuerzas que causan un enorme sufrimiento en el mundo pero que, al mismo tiempo, constituyen una auténtica oportunidad para quien emprenda el camino espiritual. Pero ¿es que existe alguna forma de convivir con estas fuerzas de un modo inteligente y constructivo? ¿Acaso existe alguna forma adecuada de trabajar con esas energías? Estas preguntas no son nuevas ya que, durante el siglo II después de J.C., Evagrios, uno de los místicos cristianos conocidos como los padres del desierto, alertaba a sus discípulos sobre las dificultades del camino espiritual -el miedo, la irritación, la gula, la pereza y el orgullo- y las describía como demonios que asaltan a quienes meditan en soledad. En la tradición budista, por su parte, estos demonios se hallan personificados por Mara, el Tentador, y son el miedo, los hábitos, la ira, la resistencia y la falta de determinación para prestar atención a lo que realmente está ocurriendo.
Cuando meditamos, Mara puede adoptar muchas formas. Puede aparecer, por ejemplo, como tentación, como deseo, como fantasía o como búsqueda de comodidad. Mara es todo lo que nos dice «Dedícate a otra cosa». Pero, si logramos superar ese primer obstáculo y seguimos adelante, Mara comenzará a acosarnos con más insistencia y se manifestará como agresividad, aversión, irritabilidad o duda. Y, si tampoco entonces logra perturbarnos, Mara terminará adoptando una forma mucho más sutil y empezará a insinuarnos ideas que inflen nuestro orgullo como, por ejemplo «¡Mira que bueno que soy! ¡No he sucumbido a la tentación!», o bien, «He logrado desembarazarme del enojo». Entonces las cosas nos parecen más claras y nos aferramos a ellas pero, de este modo, lo único que conseguimos es quedarnos estancados tratando de mantener a toda costa un estado de concentración y calma o algún estado meditativo concreto.
Cuando el Buda se sentó bajo el árbol bodhi hizo el voto de no levantarse hasta no haber alcanzado el máximo conocimien- to y libertad que le es posible al ser humano. Para poder comprender la naturaleza de la felicidad y el sufrimiento y, en suma, para poder alcanzar la libertad, debemos estar dispuestos a hacer frente a los demonios que habitan en nuestra mente. El objetivo fundamental de nuestro viaje -es decir, de nuestra práctica a través los diferentes dominios de nuestra mente- es el de aprender a controlar la mente. No se trata, sin embargo, de un control que busca algo concreto sino más bien de la capacidad de permanecer plenamente presentes, abiertos y equilibrados frente a todo tipo de experiencia. La práctica nos permite adiestrar, concentrar, estabilizar, iluminar y, a la postre, liberar nuestro corazón y nuestra mente. Gracias a la práctica es posible mantener el equilibrio frente a cualquier tipo de experiencia. De este modo, la práctica sincera nos permite trascender y transformar las fuerzas de Mara. Pero, para lograrlo, tenemos que poner en juego todo el amor de que seamos capaces y despertar la firme resolución de permanecer completamente atentos. La sinceridad es lo único que puede permitirnos permanecer impasibles frente a todas estas fuerzas y comprender qué es lo que se encuentra detrás de ellas. Es así como podremos descubrir que, aun las circunstancias peores y más difíciles, son experiencias vacías y transitorias, luces y sombras que todos compartimos y que aparecen y se desvanecen en el espacio claro de la mente.
La belleza de estas enseñanzas radica en que no se limitan a ser una vasta exposición teórica sino que constituyen, por el contrario, un camino eminentemente práctico que podemos recorrer hasta llegar a experimentar niveles completamente desconocidos de felicidad en nuestras vidas y establecer un nuevo tipo de relación con nuestra experiencia y con nosotros mismos . El tipo de relación que entablamos con los obstáculos que surgen a lo largo de este camino es el que determina
que se conviertan en una causa de desasosiego o que se transformen, por el contrario, en el combustible mismo de nuestra comprensión. Así pues, el primer paso que debemos dar para poder trabajar con estas energías es el de identificarlas plenamente. De este modo, aunque la tradición habla de cinco tipos de obstáculos principales, cada uno de nosotros puede descubrir, por sí mismo, sus propios obstáculos. De hecho, hay yoguis que dicen haber sido asaltados por una combinación de estos obstáculos -una condición que recibe el nombre del «ataque de múltiples obstáculos». Pero, para llegar a comprenderlos, será mejor que los consideremos detenidamente por separado.