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PROFUNDIZANDO LOS NIVELES DE LA PRÁCTICA

TRABAJANDO CON LOS OBSTÁCULOS

5. PROFUNDIZANDO LOS NIVELES DE LA PRÁCTICA

La meditación es un proceso vivo y dinámico que constantemente da lugar a nuevas perspectivas, a nuevos modos de valorar y de comprender la existencia. Y el camino de la meditación pone en marcha un proceso de profundización a través de la observación, la apertura y el ser.

EL COMIENZO

El comienzo -el primer estadio de la meditación- se refiere a lo que ocurre después de escuchar el dharma y emprender por vez primera la práctica, es decir, el proceso de superar las dificultades iniciales y de aquietar nuestro cuerpo y nuestra j mente. Esta fase puede ser realmente muy difícil. Ya hemos hablado de los llamados cinco obstáculos -el deseo, la aversión, la inquietud, la somnolencia y la duda- que pueden asaltarnos bien separada o simultáneamente. Aprender a afrontar esos obstáculos y saber utilizarlos de manera que contribuyan a fortalecer y a profundizar nuestra práctica constituye una aspecto sumamente importante de nuestros primeros pasos en el proceso meditativo. En esta fase debemos poner en marcha los medios necesarios que nos permitan superar las dificultades iniciales y abrir por vez primera nuestro corazón.

Pero, para ello, son necesarios el coraje y la renuncia. Aprender algo realmente nuevo no implica planificar, razonar o analizar uno que sólo requiere clarificar y vaciar nuestra mente y nuestro corazón lo suficiente como para poder escuchar de un modo completamente nuevo. Y la disposición necesaria para vaciarnos y buscar nuestra verdadera naturaleza, sólo puede originarse en una actitud valiente y amorosa. Son muchas las dificultades con las que nos encontraremos a lo largo de camino y, en consecuencia, la voluntad de seguir adelante y de descubrir nuevos territorios y de desvelar progresivamente lo que está oculto sólo puede nutrirse de un amor inquebrantable a la verdad. Es este amor, en definitiva, el que nos proporciona la paciencia y el aliento necesarios para perseverar en nuestra práctica.

Pero también es preciso un cierto grado de renuncia. Porque queremos emprender un camino realmente nuevo no podemos limitarnos a actuar en base a nuestros viejos hábitos, perdiéndonos en nuestros deseos y temores habituales sino que debemos, por el contrario, sentarnos y afrontar directamente todas estas dificultades. Este acto de apertura tal vez no sea agradable e incluso, en ocasiones, puede llegar a ser una exigencia difícil de cumplir. Podemos, por ejemplo, sentirnos poco dispuestos -o incluso completamente incapaces- a arriesgar lo conocido aunque sea muy insatisfactorio- en aras de lo desconocido. Sin embargo, cuando tomamos distancia de lo familiar y nos adentramos valiente y sinceramente en lo desconocido, cada experiencia puede contribuir a fortalecer nuestra comprensión.

Un aspecto fundamental de esta fase del proceso es el de aquietar nuestro cuerpo. Cuando tratamos de permanecer completamente quietos durante largos períodos de tiempo aparece una gran diversidad de dolores físicos y trabajar con ellos exige una práctica paciente que nos permita flexibilizar nuestras piernas y ejercitar la capacidad de estar presentes. En la medida en que vayamos

acostumbrándonos a la postura de meditación y aprendamos a trabajar con el dolor corporal - convirtiéndolo también en un objeto de nuestra conciencia relajada- comenzaremos a sentirnos más cómodos y más atentos. Es en este punto donde pueden experimentarse los llamados «dolores dhármicos», dolores que van apareciendo en la medida en que se liberan las tensiones que hemos ido acumulando a lo largo de toda nuestra vida en los hombros, la mandíbula, la espalda o cualquier otra zona del cuerpo. La expansión de nuestra conciencia va desatando progresivamente todos nuestros bloqueos y nuestros nudos. Más adelante, en estadios meditativos más profundos, pueden aparecer sensaciones físicas todavía más intensas como, por ejemplo, súbitas liberaciones de energía, bruscas oleadas de calor, movimientos espontáneos de los miembros, escalofríos, pinchazos, o intensas descargas en el vientre, la garganta o la zona del corazón. La meditación intensiva puede llegar incluso a producir cambios físicos de importancia. Hay personas que experimentan la apertura del cuerpo como un proceso arduo y prolongado pero, en este estadio de la práctica, lo único que se requiere es aprender a aquietar el cuerpo, permitiendo que los nudos y tensiones más evidentes vayan relajándose y disolviéndose.

En la medida en que nuestro cuerpo va aquietándose, también lo hace la respiración. No debemos tratar de controlar la respiración sino que tan sólo tenemos que prestarle la atención necesaria como para advertir los cambios que vayan teniendo lugar. No se trata de dirigir nuestra respiración sino, por el contrario, de aprender de ella lo que tenga que enseñarnos. Así pues, con independencia de que sea rápida o lenta, profunda o superficial, tenemos que limitarnos simplemente a experimentarla y a observarla, permitiendo que los cambios acontezcan por sí solos. Esto requerirá, obviamente, una especie de entrega y de aceptación de todo un amplio rango de respiraciones posibles, desde el movimiento más imperceptible hasta la respiración más agitada. Con el tiempo, sin embargo, la respiración va tornándose más lenta, más profunda y más sutil. Cuando tal cosa sucede, podemos utilizar la calma y la sutileza de la respiración para asentar, concentrar y perfeccionar nuestra atención.

Una vez que hemos aquietado nuestro cuerpo y nuestra resonación tenemos que dar el siguiente paso, que consiste en sosegar también nuestra mente. ¿Y qué es lo que vemos cuando observamos nuestra mente? Un cambio constante. Las escrituras tradicionales afirman que la mente que carece de concentración y adiestramiento es como un mono enloquecido. Cuando prestamos una atención más cuidadosa a nuestra mente podemos comprobar que se trata de una especie de circo, o de parque zoológico, en el que hay loros, perezosos, tigres, ratones, osos y silenciosas lechuzas. La mente también puede ser comparada a una noria en la que giran de manera incesante los pensamientos, las emociones, las imágenes, los recuerdos, las afinidades, los lechazos, los planes y las ideas. Para muchas personas, la contemplación de este interminable diálogo interno -que anteriormente era inconsciente- constituye la primera comprensión que les procura la práctica, una comprensión que tradicionalmente recibe el apelativo de «la cascada» y que nos proporciona el primer atisbo de la naturaleza de la mente. Los cambios continuos de la mente son como el clima, hoy llueve, esta noche puede nevar y tal vez mañana amanezca soleado; en primavera suele haber barro, luego llegan las brisas estivales, en otoño caen las hojas y en invierno el hielo lo cubre todo.

Y esto es así porque nosotros también formamos parte de la naturaleza. La meditación no persigue el logro de un estado mental determinado sino que constituye un punto de partida para tratar de establecer una relación auténtica con los cambios orgánicos que tienen lugar en el cuerpo, el corazón

y la mente. Y, en ese sentido, cada estación tiene algo que enseñarnos sobre nuestra práctica espiritual.

El tipo de concentración que estamos considerando requiere prestar una cuidadosa atención a lo que ocurre en el momento presente. Hace ya varios años, una pareja de amigos tuvo un niño en un lugar remoto en el que no había doctores, enfermeras ni comadronas. El bebé se presentó de nalgas y su piel estaba amoratada por la falta de oxígeno. Entonces los padres lo cogieron y le practicaron la respiración artificial insuflando aire en su pequeña boquita y pulmones muy suave y delicadamente. Cada vez que lo intentaban, se detenían un momento a observar con mucha atención, amor y afecto si el bebé respiraba y entraba definitivamente en nuestro mundo, tratando de percibir el más mínimo indicio de actividad respiratoria. Al cabo de un buen rato, el bebé comenzó a respirar. Imaginemos cuán detenidamente observaríamos nuestra respiración si en ello nos fuera la vida. Este tipo de atención constituye un elemento fundamental de la práctica y una capacidad que está al alcance de todos nosotros. Concentrarse significa estabilizar la mente y, en este mismo sentido, la meditación puede compararse a tratar de mantener encendida la llama de una vela en un lugar azotado por el viento. Meditar es aprender a ser plenamente sinceros. En los momentos de máxima concentración podemos llegar a experimentar la unidad completa que existe entre nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro espíritu. Hacer las cosas de este modo resulta extraordinario.

La concentración nos enseña a entregarnos plenamente. Al principio, por supuesto, el adiestramiento de la mente no se diferencia del proceso de entrenamiento de un cachorro. Si ponemos en el suelo al cachorrillo y nos limitamos a ordenarle que se quede quieto ¿qué es lo que hará? Levantarse y corretear dando vueltas y más vueltas y, por más que sigamos gritándole que nos haga caso, no conseguiremos, con ello, que se quede quieto. Tal vez después de repetir la orden una veintena de veces, el perrito comenzará muy, muy lentamente, a comprender. La práctica amable y gradual nos permite recogernos en nosotros mismos y, de ese modo, aprender a fundirnos plenamente con todo lo que hacemos. Pero hay que tener en cuenta que, para poder poner toda nuestra mente y todo nuestro corazón en lo que hagamos, se requiere un proceso lento y prolongado que, al principio, puede resultar bastante desalentador. Después de multitud de sentadas, quizás podamos permanecer atentos el diez por ciento del tiempo. Pero no debemos juzgarnos duramente por ello porque, si lo consideramos más detenidamente, nos daremos cuenta de que, cuando comenzábamos a meditar, sólo podíamos mantener la atención durante el dos por ciento del tiempo de la sesión ¡y ahora nuestra capacidad se ha quintuplicado! Por así decirlo, ahora disponemos de un cinco por ciento más de probabilidades de estar presentes, de tocar la tierra, de sentir la brisa y de despertar nuestros sentidos. Y este no es, desde luego, un progreso desdeñable.

El desarrollo de la concentración sólo es posible gracias al cultivo de la paz interior. En la medida en que nuestra capacidad de concentración aumenta descubrimos que la mente se concentra más fácilmente cuando no tratamos de forzarla ni de luchar en contra de ella sino cuando dejamos de lado toda ansiedad ligada al pasado o al futuro y nos relajamos en el momento presente. Se trata de un proceso completamente natural en el que el desarrollo sostenido de la atención comienza a despertar una especie de interés sosegado y nuestra mente va asentándose suavemente en el momento presente.

Así pues, ya hemos comenzado. Hemos empezado a trabajar con el dolor del cuerpo, con la respiración, con los obstáculos y con la concentración y hemos aumentado nuestra capacidad de estar presentes. ¿Y ahora qué? El próximo paso consiste en observar, en mirar atentamente a cualquier cosa que se presente sin despertar ningún sentimiento de identificación ni rechazo, es decir, contemplar cada experiencia de un modo consciente y ecuánime.

Observar significa poner todo nuestro corazón en la práctica, aceptar y experimentar plenamente cada momento de una manera nueva porque, de hecho, cada momento es distinto de los demás y el hecho de observar, por tanto, nunca puede ser un acto mecánico sino una actividad fresca y constantemente renovada. En el zen, este tipo de atención recibe el nombre de «mente de principiante» y todo el arte de vivir una vida meditativa consiste en cultivar esta mente de principiante, mantener una actitud mental que, cada vez que nos sentemos a meditar, esté dispuesta a descubrir qué es lo que realmente ocurre a lo largo de esa hora y no lo que pasó ayer o lo que sucederá mañana. Este es, en definitiva, un modo maravilloso de vivir.

A fin de cuentas, se trata de la misma actitud del botánico que investiga la vida vegetal de un territorio previamente inexplorado. Tal botánico estaría extraordinariamente interesado por todo lo que viera y prestaría la máxima atención porque cada planta que contemplase encerraría un mensaje único. ¡Cuán diferente es esa actitud de la de quienes ven un árbol y dicen «Ah, un roble. Ya he visto un millón de árboles así». Pero, de hecho, cada roble, cada rosa, cada persona y cada momento son completamente diferentes.

Así pues, en la medida en que realmente aprendemos a observar nuestra experiencia presente, también aprendemos la forma de prestar una atención más sutil y constante a la respiración y al cuerpo. Al principio, la atención a la respiración se reduce a la observación del movimiento del aire hacia adentro y hacia afuera. Después comenzamos a percibir también el comienzo, la fase intermedia y la fase final de cada movimiento respiratorio. Más tarde, comenzamos a experimentar su frescura, su vibración, su presión, su textura, su pulsación e incluso llegamos a experimentar el espacio existente entre respiración y respiración, advirtiendo su ritmo y los posibles cambios de intensidad. De este modo, a medida que nuestra respiración se va profundizando también van diversificándose los aspectos de los que tomamos conciencia hasta llegar a discriminar una decena -o incluso un centenar- de facetas diferentes en una sola respiración.

Practicar significa desarrollar la continuidad de la atención, tomando como punto de partida un objeto muy simple -como la i espiración o el caminar, por ejemplo- hasta llegar a abarcar gradualmente todo tipo de objetos. Primeramente, comenzamos observando el mundo aparentemente sólido de las imágenes y de los sonidos. Al principio, nuestra percepción es tan inconsistente y confusa que el cuerpo y la mente nos parecen sólidos, de modo parecido a lo que ocurre cuando vemos una película y nos identificamos completamente con el argumento.

Sin embargo, a fuerza de observar repetidamente nuestra atención se va haciendo continua y podemos ver con mayor precisión los distintos agregados que configuran nuestras percepciones sensoriales y nuestro mundo y disponiendo, asimismo, de la ocasión de disolver nuestros prejuicios y nuestros condicionamientos. Cuando iniciamos la práctica, los momentos de atención plena se hallan muy alejados entre sí pero luego se tornan gradualmente más constantes y se suceden con mayor frecuencia.

En la medida en que ejercitamos amablemente el esfuerzo de permanecer atentos y retrotraemos la mente una y otra vez sobre el objeto de nuestra atención, comenzamos a percibir que aquello que, a primera vista, nos parecía sólido no es más que un agregado, una sumatoria de fragmentos. Entonces empezamos a darnos cuenta de que todo nuestro ser -y también nuestro universo físico y mental- se halla conformado, en realidad, por seis tipos de percepciones sensoriales instantáneas, es decir, por visiones, sonidos, olores, sabores, sensaciones táctiles y eventos mentales. Pero llegar a tomar conciencia de estos momentos de percepción sensorial -como las imágenes o los sonidos, por e jemplo- sin caer presas de su influjo requiere práctica. Todavía se necesita, no obstante, más práctica para poder observar las sensaciones sutiles, los estados de ánimo, los sentimientos y los pensamientos porque estamos habituados a intentar alejarnos de ellos y a valorarlos o, por el contrario, a identificarnos con su contenido. Esto es algo que suele ocurrir cuando tratamos de observar el flujo de ciertas pautas, pensamientos, sentimientos, emociones y sensaciones que se repiten una y otra vez como si fuera la lista de «los cuarenta principales». Tal vez so trate de fantasías sobre nuestras relaciones, sobre la alimentación, sobre la salud o sobre alguna tarea artística, las cuales, por más importantes que puedan parecernos, no son sino variado nes de viejas melodías que ya hemos escuchado hasta la sacie dad. En el flujo constante de los fenómenos hay ciertas pautas que nos agradan y a las que nos aferramos y otras que, por el contrario, nos desagradan y tratamos de evitar a toda costa («¡Oh no, esa canción otra vez. Cualquiera menos ésa!»). En tales casos, podemos incluso tratar de supeditar la práctica y ponerla al servicio de la mente que enjuicia y, de este modo, cuando aparece algo que nos desagrada utilizamos la mente observadora como si fuera una especie de bate de béisbol que trata de repeler todos los objetos desagradables. Pero eso, obviamente, nada tiene que ver con la observación.

Para poder desarrollar la atención plena debemos aprender a observar de un modo nuevo, ecuánime y profundamente desidentificado. Tenemos que ser capaces de observar los flujos de la mente, del cuerpo y del corazón del mismo modo que un meteorólogo que estudia los cambios climáticos y dice, por ejemplo: «Está nublado, el barómetro señala una elevada presión atmosférica, la temperatura es de veinticinco grados y el viento sopla del suroeste». El meteorólogo no dice «Espero que hoy no llueva y que salga el sol igual que ayer. Hace demasiado calor y la humedad es muy molesta» sino que simplemente se percata de lo que ocurre instante tras instante.

Debemos darnos cuenta de que la aceptación constituye una cualidad fundamental de la observación. En la medida en que nuestra práctica va progresando advertimos que la mente es capaz de sentirse a gusto en cualquier situación y que no existe necesidad alguna de luchar contra nosotros mismos. Basta, tan sólo, con observar los pensamientos, los sentimientos y las sensaciones sin establecer ningún tipo de juicio, libres del apego y del temor, tratando de cultivar una actitud amable y cordial hacia nosotros mismos.

Hay ocasiones, sin embargo, en las que no sabemos dónde estamos y nos sentimos como barcos a la deriva perdidos en medio del océano sin ningún punto de referencia. En esos momentos, la compasión y la aceptación de uno mismo son la única fuente que puede proporcionarnos la energía y el interés para seguir adelante. En Calcuta vive una anciana maestra de meditación, llamada Dipa Ma, con la cual tuve la fortuna de estudiar hace ya algún tiempo. Dipa Ma no sólo es una gran yoguini sino que también encarna a la perfección el espíritu de la bondad y suele derramar sus bendiciones sobre los practicantes. IEntonces Dipa Ma se acerca sigilosamente a la persona, pone la mano sobre

su cabeza y dice «¡Shhh!», amable y cariñosamente Su corazón es muy poderoso y siempre está nimbada de un intenso halo de amor y de bondad. Cuando alguien se acerca a ella y le consulta sobre algún problema, Dipa Ma se limita a alentarla diciéndole «Shhh, todo va bien». Su único consejo, en tales casos, es el de que no debemos tratar de desembarazarnos de los problemas y suele también insistir en que no debemos odiarnos a nosotros mismos por experimentarlos porque los problemas también son adecuados.

¿Qué es, después de todo, cualquier experiencia sino una imagen, un sonido, un aroma, un sabor, un pensamiento o una sensación física concreta? De alguna manera, hemos dividido al mundo en una parte aceptable y otra parte inaceptable y, de ese modo, acabamos teniendo miedo de ciertas experiencias y nos vemos abocados a la fragmentación y la alienación. La aceptación y la observación, sin embargo, puede permitirnos aprender a ser amables con nosotros mismos y a sentirnos íntegros y completos. Podemos aprender, en definitiva, a escuchar con todo nuestro ser sin ningún tipo de valoraciones y también podemos darnos cuenta de que la meditación no procede de manera lineal y que, en consecuencia, una sentada no tiene por qué ser mejor que la anterior. Así pues, debemos ubicarnos directamente en el corazón, experimentando, aceptando y observando el vaivén de nuestro cuerpo y de nuestra mente. Pero, como cualquier otra cosa, este trabajo requiere paciencia y práctica ya que estamos tratando de alumbrar, en realidad, un nuevo tipo de equilibrio interior y esto, obviamente, no es una tarea sencilla.

Hay una imagen de Swami Satchidananda, ataviado con una larga túnica, en la postura yóguica del