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Dinero o recursos?

In document Cambiar las gafas para mirar el mundo (página 105-107)

“La gente no muere por falta de ingresos. La gente muere por falta de acceso a los recursos… Los indígenas en la Amazonía, las comunidades montañesas en el Himalaya, los campesinos cuyas tierras no han sido expropiadas y cuyas aguas y biodiversidad no ha sido destruida por la deuda para crear una agricultura in- dustrial poseen riqueza ecológica, incluso aunque no ganen un dólar al día. Por otra parte, incluso con cinco dólares al día la gente es pobre si tiene que comprar los productos más básicos a precios elevados. Los campesinos indios convertidos en pobres y empujados hacia la deuda durante las pasadas décadas para crear mercados para las costosas semillas y productos agroquímicos a través de la glo- balización económica, están poniendo fin a sus vidas por millares”.

Vandana Shiva, (2005) “Cómo poner fin a la pobreza”. En Hacer que la pobreza sea historia la historia de la pobreza, ZNet; 11 mayo

la educación formal, la sanidad hospitalaria...” 140

En las ciudades (esa plataforma artificial en la que ya vive más de la mitad de la po- blación mundial) la economía de mercado es prácticamente la única vía para resolver las necesidades básicas. La fuerte dependencia de los ingresos monetarios que se da en las ciudades coloca a un gran número de personas en situación de precariedad.

En la segunda mitad del siglo XX, muchas personas que en los países del Norte emigraron a la ciudad empujadas por la mecanización del mundo rural, consiguie- ron aumentar sus niveles de confort y determinados consumos prescindibles. Pero muchas otras, más especialmente las inmigrantes de otros países y las habitantes de metrópolis del Sur, se encontraron en las grandes urbes desposeídas de los es- casos medios de subsistencia con los que contaban en sus pueblos y con enormes dificultades de acceso a una renta monetaria.

A pesar de que muchas personas piensan lo contrario, la pobreza urbana es más desoladora que la rural por la mayor distancia de los recursos básicos y la frecuente falta de redes naturales de apoyo. Desarmados los sistemas de ayuda mutua y eli- minado el acceso a la tierra, crece la dependencia del sistema económico, la incer- tidumbre y el riesgo de indigencia. El acceso y la dependencia de la economía de mercado abren la puerta al mismo tiempo a un proceso de empobrecimiento.

Sean cuales sean los datos del Banco Mundial (que como ya se dijo encuentra menos pobres en las ciudades africanas que en el campo), las periferias de las ciu- dades del Sur, pero también las del Norte, están llenas de personas que nuestro sistema llama marginadas o excluidas. En buena parte fueron expulsadas del medio rural con la mecanización de la agricultura, con la apropiación de tierras para la explotación minera, forestal, energética, y obligadas a vender su fuerza de trabajo como único medio de supervivencia. También forman parte de este grupo las ex- pulsadas del mercado laboral (mujeres ocupadas del trabajo doméstico, personas paradas, jubiladas, enfermas…) e incluso de forma creciente personas que, teniendo empleo en los países del Norte, obtienen por él rentas muy escasas141.

El miedo a la marginación o la exclusión forzosa, a quedarse al margen del siste- ma de consumo, empuja a quienes se ven en riesgo, a someterse a las duras normas del estar dentro. El orden económico se vale de la exclusión como un fantasma que atemoriza a los de dentro y como una realidad que mantiene a sus puertas una bolsa de trabajadores disponible. No podría prescindir de ella a riesgo de perder un mercado laboral plenamente adaptable a cualquier tipo de condiciones. La exclusión es una externalidad, es decir, un daño inevitable y no contabilizado de nuestro sistema económico.

El trabajo se presenta como un elemento de integración, aunque ésta sea frágil en el caso del trabajo precario.

140 Illich, I. citado en Naredo (2008), “Necesidades y pobreza: reflexiones y algunas cautelas estadísticas”. Papeles nº 102 .

141 Se habla de un 10% de técnicamente pobres dentro de la fuerza de trabajo española. Isidro López, “La pobreza alcanza el 20% entre la población española” Diagonal, 2-15 octubre 2008.

No es nuevo repetir que, a nivel mundial, los países del Sur se han convertido en pozos de extracción y sumideros de vertidos para el Norte poderoso. El hur- to de recursos toma diferentes formas: apropiación directa de la producción de alimentos y otras materias primas, expulsión de las poblaciones de sus territorios, destrucción de ecosistemas y desaparición de especies, uso como basurero con el consiguiente envenenamiento de suelos, aire y agua, biopiratería… hurtos estos que se hacen visibles bajo el término de deuda ecológica142. Esta apropiación explica que el fenómeno de la pobreza en los países del Sur tenga rasgos específicos. Las migraciones hacia el Norte son uno de ellos.

El término refugiados ambientales nombra esa realidad creciente. Un estudio de Naciones Unidas estima que dentro de cinco años habrá por lo menos 50 millones de refugiados en el mundo, pero no huyendo de la violencia, sino del deterioro del medio ambiente. Según algunos cálculos, hacia 2020 unos 135 millones de perso- nas corren peligro de tener que abandonar sus tierras por la continua desertificación, 60 millones de ellas en el África subsahariana. El cambio climático aumentará los desplazamientos forzados hasta 200 millones de refugiados ambientales en los próximos 30 años.

Las zonas degradadas sufren una merma importante de población laboralmente activa, que se desplaza a las zonas urbanas donde se dispara la situación de vulne- rabilidad en los cinturones de miseria.

Pero en vez de acoger a los refugiados, miles de inmigrantes mueren cada año en las rutas migratorias por las políticas restrictivas de los países del Norte y la militarización cada vez mayor de las fronteras.

La población migrante que consigue llegar a su destino, sufre con más intensidad el efecto desarraigo del desarrollo. Los conocimientos que adquirió en su cultura de origen, con sentido y utilidad en ese territorio, no son reconocidos e incluso son despreciados en el lugar de destino. Existe así una gran cantidad de saberes que son desperdiciados por los países de acogida.

Parece que el sistema económico, también en los países del Norte, se encuentra cada vez con más personas sobrantes o excluidas. No estaría muy lejos de la realidad decir que para el mercado laboral estas personas son de usar y tirar. Podríamos usar la metáfora del tratamiento de residuos para expresar de qué modo se interviene con estas poblaciones excedentarias, que nadie quiere en su patio trasero. Existen grupos de población que podríamos llamar reciclables, capaces de incorporarse al sistema productivo y de consumo –aunque sea a través de créditos e hipotecas–, que pueden ser empleados de nuevo con programas de formación y reciclaje profesional. También cabe la alternativa de reducir (a veces sólo localmente) la cantidad de población excedentaria, por ejemplo con políticas de restricción de los movimientos migratorios, políticas de control de natalidad o con guerras. Y existe también una población excedentaria que no es útil al sistema productivo y de consumo. Para ella, en el mejor de los casos, se pueden aplicar políticas sociales

142 Desarrollado en diferentes documentos, entre ellos el boletín de la Alianza de los Pueblos del Sur acreedores de la deuda ecológica América Latina y el Caribe, 2008.

en forma de comedores, albergues o ayudas económicas, que no alcanzan ni con mucho a toda la población excluida. Siguiendo con la metáfora podríamos hablar de diferentes vertederos sociales como pueden ser las cárceles, los centros de inter- namiento para extranjeros (CIE) o los poblados chabolistas de las periferias.

“En una situación de aguda escasez, los excluidos pasan a ser un estorbo para los privilegiados. Es lo que técnicamente se llama una situación de dominación. Mientras en una situación de explotación el privilegiado está interesado en que el explotado exista, en una situación de dominación prefiere que desaparezca”143.

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