“Habrá que eliminar a ese ochenta por ciento de ‘residuos del bienestar’ porque amenaza la pervivencia de la especie (Hitler lo llamó ‘mantenimiento de la es- pecie’) y una minoría (a la que naturalmente perteneceremos) habrá de asumir la responsabilidad, habrá de cargar con el fardo más pesado del hombre blanco [alusión al white man’s burden del famoso poema de Kipling], no sólo el de tutelar un mundo lleno de ‘medio niños, medio diablos’, sino además de responsabili- zarse de la biosfera, conservando, eso sí, ese nivel de vida propio tan merecido y empleando todos los medios que ofrecen la ciencia y la técnica. Para resumirlo: la nueva tarea, la nueva consigna es el planet management”.
Amery, C. (2002) Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor, Turner/ FCE, Madrid, p. 169.
autónomo, en definitiva, que está ilegalizando por diferentes vías (entre ellas la reglamentación y normalización) los últimos restos de economías de subsistencia que perviven en las zonas rurales o que se articularon en comunidades urbanas. Ésta es la situación de aquellas personas que, voluntaria o involuntariamente, viven con un menor grado de dependencia del mercado y que nuestra cultura enseña a despreciar.
Como ejemplo se pueden citar las normativas sanitarias de muchos países que han prohibido y persiguen la venta de alimentos de producción local que no superen exigentes y costosos controles (que los pequeños productores no se pueden permitir), con el supuesto fin de proteger la salud de los consumidores. No han sido igualmente rigurosas con la presencia de pesticidas, metales pesados, transgénicos u otros tóxicos en los alimentos procedentes de las grandes empresas comercializadoras de alimentos.
Si nos distanciamos de esta mirada moderna, etnocéntrica o desarrollocéntrica de la pobreza encontraremos otras interpretaciones. En las principales lenguas del África subsahariana no existe una palabra para designar al pobre en el sentido económico del término. Las palabras que se utilizan para traducir esta palabra a menudo significan huérfano145. Es decir, no carente de dinero sino de apoyo social. No existe término que signifique carente de lo necesario. En Malí el término más cercano a pobreza es faantanya es decir, sin poder.
Para las culturas de lo colectivo (buena parte de las culturas centradas en lo local) no es posible que exista una pobreza sufrida de forma individual. Aunque de forma excepcional puedan pasarse periodos de penuria debidos, por ejemplo, a una mala cosecha, no es imaginable que una familia sufra hambre si a su lado vive otra que dispone de recursos excedentes. La penuria tiene en estas culturas una dimensión grupal. Por tanto es menos frecuente que en las culturas individualistas.
En muchas sociedades tradicionales existen diferentes sistemas o círculos de intercambio. Los círculos de donación son relaciones basadas en el regalo, tienen un significado ritual y en ellos se intercambian bienes ceremoniales o simbólicos, destinados a circular y cambiar de manos. Por otra parte, los círculos de intercambio de bienes de subsistencia tienen un sentido práctico y en ellos se da una recipro- cidad difusa dentro de la comunidad. No hay trasvase de uno a otro círculo pues tienen funciones distintas. La subsistencia no puede estar a expensas de la posesión de bienes ceremoniales.
Los pueblos nómadas rechazaban la acumulación de objetos, que se convertían en una carga (nunca mejor dicho) en los momentos de cambio de asentamiento. Otras sociedades tribales sedentarias acumulaban y acumulan bienes con el fin de afrontar periodos de escasez. En muchas de ellas la autoridad moral del jefe se demostraba a través de la generosidad con su pueblo. Para éste la acumulación era también una herramienta que le permitía mantener su estatus. A más acumulación y más capacidad de acudir en ayuda de las familias necesitadas, más poder.
Se comprueba cómo a lo ancho de la geografía y a lo largo de la historia exis-
145 Latouche, S. (2007) (ver nota 133).
ten formas muy diversas de posesión y de redistribución. En general se podría decir también que si la riqueza no se destina a la acumulación, y es autolimitada y colectiva, no tiene sentido hablar de pobreza. La verdadera pobreza, en la acep- ción económica occidental, requiere de una sociedad individualista, insolidaria y jerárquica.
Tradicionalmente se ha honrado la pobreza entendida como carencia de lo superfluo. La historia y la antropología enseñan que la pobreza voluntaria, la vida humilde, la sobriedad en los consumos, no fueron siempre despreciadas o temidas; antes bien, podrían considerarse en muchas religiones y culturas como un estado de equilibrio o de virtud. La desposesión y la pobreza voluntaria han sido y son condiciones para el acercamiento a la divinidad y a la pureza. El cristianismo, el islam o el budismo incluyen la pobreza entre sus valores y preceptos, aunque es- pecialmente el cristianismo haya perdido mucha credibilidad a este respecto.
La limitación y el riesgo de carencia han sido sin duda condiciones naturales de la vida humana. Las culturas de subsistencia, conocedoras de los procesos de la vida, eran conscientes de ello y asumían estos límites. “La población más primitiva del mundo tenía escasas posesiones, pero no era pobre. La pobreza no es una determinada y pequeña cantidad de cosas, ni es solo una relación entre medios y fines, es sobre todo una relación entre personas. La pobreza es un estado social y como tal es un invento de la civilización” 146.
Aunque el recorrido de la pobreza es muy complejo y variado según el área geográfica, en los países del Norte la revolución industrial permitió que tierra y trabajo se convirtieran en materia-mercancía y se comercializaran. Buena parte de la población mundial fue expulsada de su territorio y se vio obligada a vender su fuerza de trabajo. Necesitó abrazar el modo de vida urbano y en consecuencia valerse del mercado para la resolución de necesidades. Su grado de dependencia y su incertidumbre vital aumentó enormemente. Por eso podemos decir que la pauperización se extiende con la industrialización y la inmersión en la economía de mercado. Mientras que las economías del sustento están centradas en la necesidad y producen para resolver esta necesidad, las economías de mercado se centran en la producción para la demanda, que se construye sobre el deseo insatisfecho. En ellas es más importante, por ejemplo, fabricar productos contra la caída del cabello que medicamentos contra la malaria.
“La pobreza económica es una invención occidental, no sólo porque ha crea- do nuevas necesidades materiales sin poderlas satisfacer, sino también porque la intrusión de occidente ha afectado a un sistema de valores que sustentaba ciertas prácticas sociales desde la antigüedad”147.
Este nuevo sistema de valores occidental ha trastocado el modo de entender y vivir la escasez.
146 Sahlins, M. (1977) Economía de la edad de piedra, Akal, Madrid. 147 Latouche, S. (2007) (ver nota 133).