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Dios manda a profetas A medida que consolidemos en nuestra vida el hábito de escuchar y

In document Discursos de la conferencia general (página 36-39)

hacer caso a la voz de los profetas vivientes, cosecharemos bendiciones

eternas.

Señor desea el templo. ¿Pueden com-prarlo? ¿Pueden comcom-prarlo?”.

Nosotros no habíamos visto ese terreno. Estaba mucho más lejos y apartado de la carretera principal, y no estaba a la venta. Cuando respondimos que no lo sabíamos, el presidente Hin-ckley señaló al terreno y repitió: “Aquí es donde va el templo”. Permanecimos allí unos minutos y luego fuimos al aeropuerto para regresar a casa.

Al día siguiente, al hermano Williams y a mí nos llamaron a la oficina del presidente Hinckley. Él lo había dibujado todo en una hoja de papel: los caminos, la capilla, girar a la izquierda aquí, una X en el lugar del templo. Nos preguntó qué había-mos averiguado; le dijihabía-mos que no podía haber elegido un terreno más difícil. Tenía tres propietarios: uno de Canadá, uno de India y uno de China, y no contaba con la zonificación reli-giosa necesaria.

“Bueno, hagan lo mejor que pue-dan”, dijo.

Entonces ocurrieron los milagros. En pocos meses compramos el terre-no, y más tarde la ciudad de Langley, Columbia Británica, dio permiso para edificar un templo.

Al reflexionar en esta experiencia, me llena de humildad darme cuenta de que, aunque el hermano Williams y yo teníamos formación oficial y años de experiencia en el mercado inmobiliario y en el diseño de templos, el presiden-te Hinckley no presiden-tenía esa capacitación oficial, pero tenía algo mucho más importante: el don de la videncia pro-fética. Él podía visualizar dónde debía erigirse el templo de Dios.

Cuando el Señor mandó a los pri-meros santos de esta dispensación que construyeran un templo, Él declaró:

“… constrúyase una casa a mi nom-bre de acuerdo con el modelo que les mostraré.

“Y si mi pueblo no la construye con-forme al modelo que yo muestre… no la aceptaré de sus manos” (Doctrina y Convenios 115:14–15).

Al igual que con los primeros san-tos, así es con nosotros hoy en día. El Señor ha revelado y continúa revelando

al Presidente de la Iglesia los modelos conforme a los cuales se ha de dirigir el reino de Dios en la actualidad; y, a nivel personal, Él proporciona guía en cuanto al modo en que cada uno de nosotros debe conducir su vida, de manera que nuestra conducta sea igualmente agradable al Señor.

En abril de 2013 hablé de los esfuer-zos que requiere preparar los cimientos de cada templo para asegurar que pue-da soportar las tormentas y calamipue-dades a las que estará sujeto. Pero los cimien-tos son solo el comienzo. Un templo está formado por muchos componentes unidos conforme a modelos predetermi-nados. Si nuestra vida ha de llegar a ser el templo que cada uno de nosotros está tratando de construir, tal como enseñó el Señor (véase 1 Corintios 3:16–17), puede ser razonable que nos pregun-temos: “¿Qué componentes debemos poner a fin de hacer que nuestra vida sea hermosa, majestuosa y resistente a las tormentas del mundo?”.

La respuesta a esta pregunta se encuentra en el Libro de Mormón. Concerniente al Libro de Mormón, el profeta José Smith dijo: “Declaré a los

hermanos que el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la piedra clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios al seguir sus pre-ceptos que los de cualquier otro libro” (Introducción del Libro de Mormón). En la introducción del Libro de Mormón se nos enseña que quienes obtengan un “testimonio divino del Santo Espíritu [de que el Libro de Mormón es la pala-bra de Dios,] también llegarán a saber, por el mismo poder, que Jesucristo es el Salvador del mundo, que José Smith [es] Su revelador y profeta [de la Restau-ración], y que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el reino del Señor que de nuevo se ha establecido sobre la tierra”.

Estos son algunos de los componen-tes esenciales de nuestra fe individual y nuestro testimonio:

1. Jesucristo es el Salvador del mundo. 2. El Libro de Mormón es la palabra

de Dios.

3. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el reino de Dios sobre la tierra.

4. José Smith es un profeta, y actual-mente tenemos profetas vivientes sobre la tierra.

En los últimos meses he escuchado todos los discursos de conferencia gene-ral que el presidente Nelson ha dado desde que fue llamado a ser Apóstol. Este ejercicio ha cambiado mi vida. Al estudiar y meditar en la sabiduría acu-mulada por el presidente Nelson durante treinta y cuatro años, de sus enseñanzas emergieron temas claros y constantes. Cada uno de esos temas se relaciona con esos componentes que acabo de men-cionar, o es otro componente clave para nuestros templos personales. Incluyen la fe en el Señor Jesucristo, el arrepenti-miento, el bautismo para la remisión de los pecados, el don del Espíritu Santo, la redención de los muertos y la obra del templo, santificar el día de reposo, empezar con el fin en mente, perma-necer en la senda de los convenios. El presidente Nelson ha hablado de todos ellos con amor y devoción.

La principal piedra del ángulo y com-ponente de la Iglesia y de nuestra vida es Jesucristo. Esta es Su Iglesia. El presi-dente Nelson es Su profeta. Las enseñan-zas del presidente Nelson dan testimonio y revelan para nuestro beneficio la vida

y el carácter de Jesucristo. Él habla con amor y conocimiento de la naturaleza del Salvador y de Su misión. También ha dado frecuente y ferviente testi-monio del llamamiento divino de los profetas vivientes —los Presidentes de la Iglesia— con quienes Él ha prestado servicio.

Ahora, hoy en día, es nuestro pri-vilegio sostenerlo a él como el pro-feta viviente del Señor sobre la tierra. Tenemos la costumbre de sostener a los líderes de la Iglesia mediante el divino modelo de levantar nuestro brazo en forma de escuadra para manifestar nuestra aceptación y nuestro apoyo. Lo hemos hecho hace apenas unos minutos. Pero el verdadero sosteni-miento va mucho más allá de esta señal física. Como se indica en Doctrina y Convenios 107:22, los miembros de la Primera Presidencia han de ser “soste-nidos por la confianza, fe y oraciones de la iglesia”. Llegamos a sostener plena y verdaderamente al profeta viviente a medida que desarrollamos el modelo de confiar en sus palabras, tener fe para actuar de acuerdo con ellas, y luego orar por las continuas bendiciones del Señor sobre él.

Cuando pienso en el presidente Russell M. Nelson, hallo consuelo en

las palabras del Salvador cuando dijo: “Y si los de mi pueblo escuchan mi voz, y la voz de mis siervos que he nombrado para guiar a mi pueblo, he aquí, de cierto os digo que no serán quitados de su lugar” (Doctrina y Convenios 124:45).

Escuchar y prestar atención a los profetas vivientes tendrá un efecto pro-fundo y aun transformador en nuestra vida. Somos fortalecidos. Estamos más seguros y tenemos más confianza en el Señor. Escuchamos la palabra del Señor. Sentimos el amor de Dios. Sabremos cómo dirigir nuestra vida con propósito.

Amo y sostengo al presidente Russell M. Nelson y a los otros que han sido llamados como profetas, videntes y reveladores. Testifico que él tiene los dones que el Señor ha confe-rido sobre su cabeza, y doy testimonio de que, a medida que consolidemos en nuestra vida el hábito de escuchar y hacer caso a la voz de los profetas vivientes, nuestra vida se edificará con-forme al divino modelo del Señor para nosotros, y cosecharemos bendiciones eternas. La invitación se extiende a todos. Vengan a escuchar la voz del profeta; sí, vengan a Cristo y vivan. En el nombre de Jesucristo. Amén. ◼

formar una potente fuerza para bien en el mundo. Como seguidores de Jesucristo, fluyendo como uno solo en este río de buena voluntad, podre-mos proporcionar el “agua dulce” del Evangelio a un mundo sediento.

El Señor ha inspirado a Sus profe-tas para que nos enseñen la forma de apoyarnos y amarnos unos a otros, para que podamos unirnos en fe y en propósito al seguir a Jesucristo. Pablo, el Apóstol del Nuevo Testamento, ense-ñó que los que “habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos…: porque todos vosotros sois uno en

Cristo Jesús ” 1.

Cuando al momento de bautizar-nos prometemos seguir al Salvador, testificamos ante el Padre que estamos dispuestos a llevar sobre nosotros el nombre de Cristo2. Al esforzamos por adquirir Sus atributos divinos en nues-tras vidas, llegamos a ser diferentes de lo que éramos, mediante la expiación de Cristo el Señor, y nuestro amor por todas las personas aumenta de forma natural 3. Sentimos una preocupación sincera por el bienestar y la felicidad de todos. Nos vemos unos a otros como hermanos y hermanas, como hijos de Dios con origen, atributos y potencial divinos. Deseamos cuidarnos mutua-mente y llevar las cargas los unos de los otros 4.

Eso es lo que Pablo describió como caridad 5. Mormón, el profeta del Libro salada y se puede encontrar agua

dul-ce a muchos kilómetros de distancia mar adentro.

De manera similar que los ríos Solimões y Negro fluyen juntos para formar el gran río Amazonas, los hijos de Dios se unen en la Iglesia restau-rada de Jesucristo provenientes de diversos orígenes sociales, tradiciones y culturas, formando esta maravillosa comunidad de santos en Cristo. Final-mente, al alentarnos, apoyarnos y amarnos unos a otros, nos unimos para

Por el élder Ulisses Soares Del Cuórum de los Doce Apóstoles

B

uenas tardes, mis queridos herma-nos y hermanas. Como decimos en portugués en mi Brasil de origen: “¡Boa tarde!”. Me siento bendecido de que nos reunamos juntos en esta maravi-llosa conferencia general de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días bajo la dirección de nuestro amado profeta, el presidente Russell M. Nelson. Me maravillo ante la gran oportunidad que cada uno tenemos de escuchar la voz del Señor mediante Sus siervos en la tierra en estos los últimos días en los que vivimos.

Brasil, mi país natal, es muy rico en recursos naturales. Uno de ellos es el famoso río Amazonas, uno de los más grandes y largos del mundo. Está formado por dos ríos distintos, el Soli-mões y el Negro. Curiosamente, fluyen juntos durante varios kilómetros antes de que las aguas se mezclen, debido a que los ríos tienen orígenes, veloci-dades, temperaturas y composiciones químicas muy diferentes. Después de varios kilómetros, las aguas finalmente se mezclan, convirtiéndose en un río diferente a los de sus partes individua-les. Solo después de que esas partes convergen, el río Amazonas llega a ser tan poderoso que, cuando desemboca en el Océano Atlántico, retrae el agua

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