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El Dios misericordioso

El reconocimiento de la propia fragilidad

2.3. El Dios misericordioso

En este proceso de crecimiento, mediante la triada del conocerse-aceptarse-perdonarse, un factor relevante y determinante es la cosmovisión religiosa desde la cual se vive la experiencia, es decir, desde la mirada con la que uno se observa a sí mismo. Ciertamente, la visión de una divinidad castigadora y vengativa no ayuda a mirarse con objetividad y de una manera sincera, porque en esta perspectiva toda falta se castiga y tiene siempre pendiente la amenaza infernal.

Por tanto, resulta clave preguntarse por el Dios que reveló la Persona de Jesús, ya que, en palabras del Hijo Jesús el Cristo, «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27).

San Pablo escribe que la misericordia es un atributo del Dios revelado por la Persona de Jesús el Cristo: «Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo – por gracia habéis sido salvados– y con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús, a fin de mostrar en los siglos venideros la sobreabundante riqueza de su gracia, por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe. En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso que practicáramos» (Ef 2,4-10).

Ya en el Antiguo Testamento, el salmista proclama a un Dios que se descubre como un Señor que es «clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas» (Sal 144,8-9). En otro salmo se expresa la fidelidad de este Dios misericordioso: «Aunque mi padre y mi madre me abandonen, Tú, Señor, Te harás cargo de mí» (Sal 27,10).

La misma Encarnación irreversible del Dios con nosotros y entre nosotros es expresión clara de un Dios misericordioso. En la Contemplación de la Encarnación, Ignacio de Loyola, invita al ejercitante a admirar «cómo las tres personas divinas miraban toda la planicie o redondez de todo el mundo llena de hombres, y cómo, viendo que todos descendían al infierno, se determina en la su eternidad que la segunda persona se haga hombre, para salvar el género humano, y así, venida la plenitud de los tiempos, enviando al ángel san Gabriel a nuestra Señora» (EE, n. 102).

La parábola del Buen Samaritano (Lc 10,27-37) resume la vida de la Persona de Jesús el Cristo, quien baja de la Jerusalén celestial para atender al hombre golpeado y caído, dejado medio muerto en el camino, para atenderlo y cuidarlo, hasta que se recupere y pueda retomar el camino de la vida. En esta parábola se convierte el

significado pasivo de la palabra «prójimo», aquel que está al lado, en una tarea activa «projimidad», hacer del otro necesitado un auténtico prójimo. En otras palabras, el prójimo es aquel a quien uno lo hace tal al atender sus necesidades. De las entrañas de una mirada misericordiosa nace la compasión hacia el otro necesitado y se traduce en una acción concreta. No se trata de una lástima pasiva, sino de una misericordia compasiva y activa que acude a socorrer al otro necesitado.

El mismo Jesús, frente a la crítica de que Él se mezclaba con los pecadores, provoca a sus oyentes con las palabras: «Id, pues, y aprended lo que significa aquello de

misericordia quiero y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a

pecadores» (Mt 9,13; cf. Os 6,6). Más aún, en su reproche a los fariseos la Persona de Jesús advierte severamente con las siguientes palabras: «¡Ay de vosotros, Maestros de la ley y fariseos hipócritas!, que separáis para Dios la décima parte de la menta, del anís y del comino, pero no hacéis caso de las enseñanzas más importantes de la ley, que son la justicia, la misericordia y la fidelidad. Esto es lo que debéis hacer, sin dejar de hacer lo otro. ¡Vosotros, guías ciegos, coláis el mosquito, pero os tragáis el camello!» (Mt 23,23- 24).

La auténtica plenitud de la vida del discípulo consiste en que «sean compasivos como su Padre es compasivo» (Lc 6,36). Por ello, se anuncia que la felicidad pertenece a aquellos que son misericordiosos (cf. Mt 5,7); estos son los auténticos bienaventurados, porque ponen en práctica el amor hacia el otro y, a la vez, transparentan de manera auténtica el ser imagen de lo divino.

Esta experiencia de Dios quedó grabada en el corazón de las primeras comunidades cristianas. Así, en el Magníficat, se proclama que «su misericordia alcanza de generación en generación a los que lo temen» (Lc 1,50), «porque nuestro Dios, en su gran misericordia, nos trae de lo alto el sol de un nuevo día, para dar luz a los que viven en la más profunda oscuridad y dirigir nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,78-79).

La palabra misericordia viene del latín: misere (miseria, necesidad), cor, cordis (corazón) e ia, hacia los demás. Por tanto, denota la disposición de un corazón solidario con aquellos que tienen necesidad. Es una actitud frente a los demás, que sabe discernir sus necesidades y se traduce en una práctica concreta. Es más que un sentido de simpatía; es una práctica. La misericordia es un sentimiento de pena o compasión, una empatía por los que sufren, que impulsa a ayudarles o aliviarles.

San Agustín (354-430) escribe: «Así como, en peligro de incendio, correríamos a buscar agua para apagarlo... del mismo modo, si de nuestra paja surgiera la llama del pecado, y por eso nos turbamos, una vez que se nos ofrezca la ocasión de una obra llena de misericordia, alegrémonos de ella como si fuera una fuente que se nos ofrezca en la que podamos sofocar el incendio»49.

Esta comprensión de la misericordia como parte esencial de la vida del discípulo y de la comunidad cristiana se expresaba tradicionalmente en las catorce obras de misericordia (siete materiales y siete espirituales):

Obras de misericordia

Corporales Espirituales

1 Visitar a los enfermos.

2 Dar de comer al hambriento. 3 Dar de beber al sediento. 4 Socorrer a los presos. 5 Vestir al desnudo.

6 Dar posada al forastero. 7 Enterrar a los muertos.

1 Enseñar al que no sabe. 2 Dar buen consejo.

3 Corregir al que está en el error. 4 Perdonar las injurias.

5 Consolar al triste.

6 Sufrir con paciencia las molestias de nuestro prójimo.

7 Rogar a Dios por los vivos y por los muertos.

El Catecismo de la Iglesia Católica recoge esta tradición cristiana en los siguientes términos (n. 2.447):

«Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cf. Is 58,6-7; Heb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar... son obras espirituales de misericordia, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cf. Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cf. Tb 4,5-11; Sir 17,22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cf. Mt 6,2-4):

“El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo” (Lc 3,11). “Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros” (Lc 11,41). “Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y uno de ustedes les dice: Id

en paz, calentaos o hartaos, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué

Los últimos Pontífices han destacado una y otra vez este mensaje central de la Buena Noticia proclamada por la Persona de Jesús el Cristo. Así, Juan Pablo II escribe: «Dios rico en misericordia (Ef 2,4) es el que Jesucristo nos ha revelado como Padre; cabalmente su Hijo, en sí mismo, nos lo ha manifestado y nos lo ha hecho conocer»50.

Benedicto XVI explica que «revelación bíblica» consiste en que «Dios se da a conocer en el diálogo que desea tener con nosotros», y el Hijo revela un Dios «como misterio de amor infinito». Por ello, «en el centro de la revelación divina está el evento Cristo» (cf. Heb 1,1-2), y Él «ha dado su sentido definitivo a la creación y a la historia»51.

En su primera encíclica, Benedicto XVI resume lo nuclear de la fe cristiana. «Dios

es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él (1 Jn 4,16).

Estas palabras de la Primera Carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, en este mismo versículo Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: Nosotros hemos conocido el amor

que Dios nos tiene y hemos creído en él. Hemos creído en el amor de Dios: así puede

expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»52.

El anuncio de un Dios lleno de misericordia es uno de los temas principales en la catequesis del Papa Francisco. «En Jesucristo, que con su muerte y resurrección nos revela y nos comunica la misericordia infinita del Padre. En la boca del catequista vuelve a resonar siempre el primer anuncio: Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y

ahora está vivo a tu lado cada día para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte.

Cuando a este primer anuncio se le llama primero, ello no significa que esté al comienzo y después se olvide o se reemplace por otros contenidos que lo superan. Es el primero en un sentido cualitativo, porque es el anuncio principal, ese que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis, en todas sus etapas y momentos»53.

Por eso, «¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar; somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar setenta veces siete (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la

resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia delante!»54.

Este don recibido se torna tarea y señal distintivo de la comunidad de los discípulos. «La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio»55.

La misericordia anima y estimula a recorrer, paso a paso, el camino hacia los ideales evangélicos, aprendiendo a confiar en la fuerza del Espíritu Santo. «Sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día. A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de tortura, sino el lugar de la misericordia del Señor, que nos estimula a hacer el bien posible. Un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin afrontar importantes dificultades. A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona, más allá de sus defectos y caídas»56.

Por tanto, fieles al Dios revelado y proclamado por la Persona de Jesús el Cristo, el aceptar una mirada misericordiosa sobre uno mismo ayuda a conocerse en y desde la propia verdad más profunda, porque es reconocer, de entrada, la propia condición de fragilidad, que a veces se torna debilidad, llegando, como hace san Pablo, a confesar que «no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero» (Rom 7,19). Este acto de humildad realista es un acto de fe, de reconocer la necesidad de Dios, aceptar su abrazo de perdón e inaugurar el camino de crecimiento en la vida espiritual, que se fundamenta en la confianza en el Otro, quien, a su vez, envía a colaborar en su misión.

Con ocasión de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones (11 de mayo de 2014), el Papa Francisco presidió en la basílica de san Pedro la Misa de Ordenación de trece nuevos sacerdotes57, aconsejándoles con las palabras «no os canséis de ser misericordiosos». «Quiero detenerme y pediros: Por el amor de Jesucristo, ¡no os canséis nunca de ser misericordiosos, por favor! Tened la capacidad de perdón que tuvo el Señor, que no vino a condenar, sino a perdonar. ¡Tened misericordia, tanta! Y si sentís el escrúpulo de ser demasiado “perdonadores”, pensad en aquel santo sacerdote... que iba ante el tabernáculo y decía: “Señor, perdóname si he perdonado demasiado. Pero has sido Tú el que me ha dado mal ejemplo”. Y os lo digo de verdad: Me duele tanto cuando me encuentro con gente que ya no va a confesarse porque les han tratado mal, les han reñido... Han sentido que les cerraban la puerta en la cara. Por favor, no lo hagáis: misericordia y misericordia. El buen pastor entra por la puerta, y la puerta de la misericordia son las llagas del Señor: Si no entráis en su ministerio a través de las llagas del Señor, no seréis buenos pastores».

El tema de la misericordia está presente en el primer rezo del Ángelus de su pontificado en la Plaza de San Pedro (domingo 17 de marzo de 2013), cuando comentó: «En estos días, he podido leer un libro de un cardenal –el Cardenal Kasper, un gran teólogo, un buen teólogo– sobre la misericordia. Y ese libro me ha hecho mucho bien. Pero no creáis que hago publicidad a los libros de mis cardenales. No es eso. Pero me ha hecho mucho bien, mucho bien. El Cardenal Kasper decía que al escuchar “misericordia”, esta palabra lo cambia todo. Es lo mejor que podemos escuchar: cambia el mundo. Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo. Necesitamos comprender bien esta misericordia de Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia... Recordemos al profeta Isaías cuando afirma que, aunque nuestros pecados fueran rojo escarlata, el amor de Dios los volverá blancos como la nieve. Es hermoso, esto de la misericordia».

El título del libro de Walter Kasper58, al que el Papa Francisco hace referencia, es bien significativo: La misericordia: clave del Evangelio y de la vida cristiana.

El autor lamenta que «la misericordia, tan fundamental en la Biblia, o bien ha caído en gran medida en el olvido en la teología sistemática, o bien es tratada solo de forma muy negligente»59. Es que «uno realiza la asombrosa, más aún, alarmante constatación de que este tema –fundamental para la Biblia y de actualidad para la experiencia contemporánea de la realidad– solo ocupa, en el mejor de los casos, un lugar marginal en los diccionarios enciclopédicos y manuales de teología dogmática». Desgraciadamente, «este hecho únicamente se puede calificar de decepcionante, incluso de catastrófico. Exige repensar de principio a fin la doctrina de los atributos de Dios, concediendo a la misericordia divina el lugar que le corresponde»60. Es que, «si no somos capaces de anunciar de forma nueva el mensaje de la misericordia divina a las personas que padecen aflicción corporal y espiritual, deberíamos callar sobre Dios»61.

El tema de la misericordia no es uno más en la teología, sino que constituye la «quintaesencia del mensaje de Jesucristo que nos ha sido regalado y que nosotros, por nuestra parte, debemos regalar a otros»62.

La palabra latina misericordia, según su significado originario, expresa el tener el corazón (cor) con los pobres (miseri); es decir, tener afecto por los pobres. Se trata de la pobreza material pero también espiritual, relacional, cultural... No se limita a ser una emoción, sino que básicamente constituye una actitud activa, porque intenta cambiar la situación de aquel que se encuentra en una condición de pobreza.

La misericordia de Dios se regala al ser humano para darle una oportunidad para convertirse, para cambiar el rumbo de su vida; es decir, la misericordia de Dios concede al pecador un plazo de gracia, porque se busca su conversión. En el fondo, la misericordia es la gracia que hace posible la conversión.

A veces se piensa que este atributo de Dios solo es revelado en el Nuevo Testamento, porque el Dios que se presenta en el Antiguo Testamento tiene un rostro hosco y una mano dura. No es así. «El mensaje de la misericordia divina atraviesa todo el Antiguo Testamento. Una y otra vez apacigua Dios su justa y santa ira y, a despecho de la infidelidad de su pueblo, se muestra misericordioso con él, concediéndole una nueva oportunidad de convertirse. Dios es protector y guardián de los pobres y carentes de derechos. Sobre todo los Salmos son la prueba que refuta concluyentemente la reiterada afirmación de que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios celoso, vengativo e iracundo; antes bien, desde el libro del Éxodo hasta los Salmos, el Dios del Antiguo Testamento es “clemente y compasivo, paciente y misericordioso” (Sal 145,8; cf. Sal 86,15; 103,8; 116,5)»63.

La misericordia es el principal atributo divino, porque es «el lado visible y operativo hacia fuera de la esencia de Dios, quien es amor (cf. 1 Jn 4,8.16). Expresa la esencia divina, que se halla graciosamente volcada hacia el mundo y los seres humanos, y hacia ellos vuelve a volcarse una y otra vez en la historia; esto es, la bondad y el amor inherentes a Dios. La misericordia es la caritas operativa et effectiva de Dios»64».

La misericordia es la fidelidad de Dios a su misma naturaleza porque Dios es amor y este amor se convierte en misericordia hacia la humanidad. Por tanto, la misericordia no tan solo constituye el atributo central de Dios sino también la clave de la existencia cristiana: sea misericordiosos porque Dios lo es.

De hecho, llama la atención que en el texto de Mateo 25,35-39.42-44 el criterio de juicio está conformado solamente por obras de amor al prójimo y no por obras de piedad. En este sentido, la Persona de Jesús hace suyas las palabras del profeta Oseas: «Misericordia quiero, no sacrificios» (Mt 9,13; 12,7; cf. Os 6,6; Eclo 35,3).

Este atributo divino de la misericordia, expresión de un amor incondicional, no puede significar una respuesta humana de aprovechamiento frente a la bondad divina, pensando que no puede hacer lo que le parezca más conveniente, ya que al final recibirá

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