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Una espiritualidad desde abajo

Una espiritualidad desde la fragilidad

3.2. Una espiritualidad desde abajo

El conocido monje benedictino Anselm Grün, inspirándose en la espiritualidad de los Padres del Desierto, propone una espiritualidad desde abajo. «Haría bien la Iglesia», escribe, «en ponerse también en contacto con las fuentes primitivas de su espiritualidad. Sería mejor respuesta a las aspiraciones espirituales del hombre que una teología moralizante, que no ha hecho más que paralizar durante los dos últimos siglos. La espiritualidad de los primeros monjes es mistagógica, esto es, introduce en el secreto de Dios y en el secreto del hombre»84.

Esta observación crítica se dirige a una espiritualidad que se vive a partir de las exigencias éticas y termina siendo una espiritualidad del «deber ser». Es el paso de la moral a la fe, en el sentido de comportarse bien para merecer la vida eterna. Sin embargo, el éthos bíblico propone y ofrece un movimiento opuesto, es decir, desde la fe a la moral, porque se plantea como una ética de diálogo entre la llamada divina y la respuesta humana, respetando la libertad del ser humano. Por consiguiente, es la espiritualidad que está en la base de la ética cristiana, porque el encuentro con Dios (espiritualidad) se traduce en un estilo de vida acorde al Evangelio (ética).

El discurso moral tiene la misión de orientar la respuesta humana frente a la invitación salvífica de la acción divina en la historia. Esto implica, en primer lugar, la

conversión porque solo desde Aquel que llama se puede comprender esta realidad

revelada. El Evangelio solo puede aproximarse desde una actitud de conversión, porque la lógica divina no siempre coincide con la humana, y el gran peligro reside en reducirla a categorías y prejuicios de la lógica humana. Es Palabra de Dios y, en cuanto tal, precisa de la hermenéutica de la conversión. Por ello, la ética es cristiana en cuanto se reflexiona en términos del seguimiento de Cristo, quien llega a ser su referente primario e insustituible. Sin descartar el papel pedagógico de la ley85, el fundamento de la ética cristiana se encuentra en la Persona de Jesús el Cristo, y su elaboración se desarrolla en un contexto dialogal de llamada y respuesta86.

En segundo lugar, las implicaciones éticas del Evangelio tienen un horizonte irremplazable: la Buena Noticia. Si el Evangelio consiste en la Buena Noticia del amor incondicional de Dios hacia la humanidad, la reflexión moral tiene que entenderse desde

este marco de la Buena Noticia, de la cual desea ser una expresión histórica. Toda

mentalidad pelagiana conduce a la auto-justificación ética y contradice el núcleo central del Evangelio, de una Buena Noticia totalmente gratuita que se ofrece a la decisión humana y que se traduce en un estilo de vida correspondiente.

Una reflexión ética que se expresa en términos contractuales de mérito humano frente a las exigencias divinas desconoce la proclamación evangélica de la gratuidad de la salvación. El mismo Jesús, a través de las parábolas, no deja ninguna duda al respecto87.

La lógica de la ética cristiana no se construye sobre el crecimiento de una relación contractual con lo divino (la auto-justificación de un comportarse bien para salvarse), sino que consiste en una respuesta de coherencia y consecuencia frente a una llamada divina que introduce a una realidad distinta. Es la exigencia de una respuesta coherente y consecuente frente a una propuesta divina.

Así, tal como lo plantea Anselm Grün, «la espiritualidad que nos ofrece una teología moralizante de los tiempos más recientes parte desde arriba. Ella nos presenta altos ideales que hemos de alcanzar... La espiritualidad desde arriba tiene ciertamente su importancia para los jóvenes, ya que les desafía y pone a prueba su fuerza, les impulsa a superarse a sí mismos y a proponerse metas. Pero, con demasiada frecuencia, también nos lleva a saltar por encima de nuestra propia realidad. Nos identificamos tanto con el ideal que olvidamos nuestras propias debilidades y limitaciones, porque no responde a ese ideal. Esto produce una división o separación, pone a uno enfermo y, no pocas veces, se revela en nosotros en la separación entre el ideal y la realidad. Porque no podemos admitir que no respondemos al ideal, proyectamos sobre los demás nuestra impotencia. Y nos hacemos duros con ellos»88.

El monje benedictino Anselm Grün89 propone una espiritualidad inspirada en la sabiduría de los Padres del Desierto, adaptando y contextualizando sus intuiciones a los tiempos de hoy. En sus libros La sabiduría de los padres del desierto y Una

espiritualidad desde abajo: el diálogo con Dios desde el fondo de la persona90, presenta una elaboración de lo que él llama «una espiritualidad desde abajo».

Esta espiritualidad desde abajo ha sido practicada principalmente dentro del monacato. Así, Evagrio Póntico logró definir esta espiritualidad con una formulación ya clásica: si deseas conocer a Dios, aprende primero a conocerte a ti mismo. El ascenso a Dios pasa por el descenso a la propia realidad, hasta lo más profundo del inconsciente. El camino hacia Dios pasa generalmente por muchos cruces de errores, curvas y rodeos; pasa por fracasos y desengaños. La experiencia enseña que no son precisamente las virtudes las que más abren a Dios, sino las flaquezas, la incapacidad, incluso los pecados.

Por tanto, en la espiritualidad desde abajo no se trata solo de prestar atención a la voz de Dios, que habla por los pensamientos, sentimientos, inclinaciones y enfermedades, para llegar por su medio al descubrimiento de la imagen que Dios se ha formado de mí. Tampoco se trata solo de la elevación a Dios por el descenso a la realidad. Se trata, sobre todo, de conseguir abrirse a las relaciones personales con Dios en el punto preciso en que se agotan y cierran todas las posibilidades humanas. La auténtica oración brota, dicen los monjes, de las profundidades de las propias miserias y no de las cumbres de las propias virtudes.

Karl Rahner (1904-1984) describe la experiencia de la acción del Espíritu Santo en situaciones límite, en aquellos momentos en que no queda otra que abandonarse en las

manos de Dios: «¿Hemos intentado alguna vez amar a Dios cuando no nos empuja a ello ningún viento favorable de entusiasmo, cuando no es posible confundir a Dios ni con nosotros ni con los impulsos de la vida, cuando se piensa que ese amor significaría la muerte, donde tiene apariencias de muerte y de negación absoluta, allí donde nos parece estar gritando en un desierto en el que nadie oye, o cuando amar parece tan escalofriante aventura como la de dar un salto a un vacío, en el que todo parece incomprensible y aparentemente absurdo? Cuando desaparece lo disponible, lo preciso, lo disfrutable, cuando sobre todas las cosas caen silencios de muerte o hay sabor de muerte y todo reviste tonalidades de ocaso o parece fundirse en una indefinible beatitud de blancura, entonces está operante en nosotros no solo el espíritu, sino el mismo Espíritu Santo. Es la hora de su gracia. Entonces experimentamos el aparente e inquietante vacío de la existencia y el abismo de Dios, que se nos comunica sin caminos y es saboreado como una nada, porque es la infinitud»91.

Esta espiritualidad propuesta por Anselm Grün intenta responder a la pregunta sobre qué se debe hacer cuando parece que todo sale torcido y cómo se deben colocar los fragmentos de nuestra vida rota para formar con ellos una figura nueva. El camino ofrecido es el de la humildad, como la actitud fundamental de reconciliarse con la propia fragilidad humana, con el lastre de lo terrenal, con el mundo de nuestros impulsos, con todo cuanto de negativo existe en nosotros. Humildad es valor para aceptar la propia verdad; por ello, no es una virtud social (baja auto estima), sino virtud religiosa (propia pequeñez delante de Dios). Es el camino religioso que lleva a la oración, al grito desde lo profundo y la experiencia íntima de Dios a través de las experiencias de fracaso92.

En la Sagrada Escritura se encuentran algunas figuras sobresalientes que vivieron esta experiencia de dirigirse a Dios, de clamar y suplicar a Dios desde lo más profundo del corazón.

* Abrahán, en Egipto, niega que Sara sea su esposa, haciéndola pasar por su hermana, y entonces el Faraón la introduce en su harén (cf. Gn 12,10-20).

* Moisés es un asesino, ya que mata a un egipcio en un arrebato de cólera (cf. Ex 2,11-15).

* David se acuesta con la mujer del hitita Urías y envía a este a la muerte cuando descubre que ella ha quedado embarazada (cf. 2 Sm 11,1-22).

* Pedro no comprende a Jesús. Jesús le llama «Satanás» y le ordena severamente apartarse de Él cuando trata de disuadirle de evitar la muerte segura (cf. Mt 16,23); jura que está dispuesto a morir por Jesús (cf. Mt 26,35), pero lo niega después.

* Pablo, el fariseo, persigue a las comunidades cristianas (cf. Gal 1,13-14) y padece una enfermedad que, evidentemente, le humilla (cf. 2 Cor 12,7)93.

La Sagrada Escritura no oculta la debilidad de estas grandes personas, mostrando, a la vez, la misericordia de un Dios que no escoge a piadosos, sino a verdaderos pecadores, los cuales, a su vez, reconocen sus errores y aprenden a poner su confianza solo en Dios y dejarse transformar por Él en personas ejemplares y modelos de fe. Así, la debilidad de Pedro se convierte en robustez de roca para los demás, porque comprobó que la roca sólida no era él, sino la fe a la que debía aferrarse para permanecer fiel a Cristo en medio de la adversidad; y Pablo aprende que cuanta mayor sea la debilidad, tanto más queda de manifiesto la eficacia de la gracia; en sus propias palabras: «cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Cor 12,10).

La Persona de Jesús se dirige intencionadamente a los pecadores y publicanos, porque los encuentra abiertos al amor de Dios. «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a caminando en justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las rameras sí creyeron en él. Y vosotros, ni siquiera viéndolo os arrepentisteis después para creer en él» (Mt 21,31- 32). Por el contrario, los que se tienen por justos reducen frecuentemente sus intentos de perfección a un monorrítmico girar en torno a sí mismos. Por lo cual, se observa a un Jesús tierno y misericordioso con los débiles y pecadores, pero duro en su crítica contra los fariseos (cf. Mt 23,1-32), quienes se muestran voluntaristas al creer que pueden hacerlo todo y solos. Les importa mucho menos encontrarse con el amor de Dios que con el cumplimiento literal de la ley.

Esto explica la centralidad de la virtud de la humildad en la literatura de los Padres del Desierto. Al plantearse los ideales del Evangelio, uno se ve confrontado inevitablemente con su propia pequeñez y, así, se verá obligado a situarse ante la realidad de sus limitaciones, a su humanidad, a su humus.

Dios nace en un establo, y en el bautismo la Persona de Jesús se coloca en la cola de los pecadores. Después de morir en cruz, desciende al reino de la muerte. Por tanto, reconocer la propia pobreza y los propios límites no aleja de Dios, quien ya las conoce y únicamente desea reconstruir lo fragmentado y resucitar la muerte en vida.

Por ello, «la humildad brota de una experiencia de Dios y es inalcanzable por métodos humanos, ya que viene como consecuencia de la experiencia de Dios en cuanto misterio infinito, comparado con la experiencia que uno tiene de sí mismo como creatura limitada, creación humana del creador divino. Cuanto más me acerco a Dios, tanto más duramente descubro mi propia verdad; cuanto más conozco mí verdad en el fracaso, tanto más me abro a la verdad de Dios»94.

La espiritualidad desde abajo desea asumir todas las dimensiones de la propia realidad, incluyendo las enfermedades, heridas, traumas, en todo cuanto se hace y se busca; en las decepciones, cuando se comprueba que las posibilidades humanas tienen un límite. El presentar toda esta realidad al Padre Dios significa que se confía en Él y se está

preguntado por lo que Dios quiere decir a través de cada una de esas situaciones anímicas y de qué manera pueden transformarse para guiar a descubrir el tesoro enterrado en el fondo del propio ser. Es la peregrinación hacia el auténtico yo, que también incluye la experiencia de la propia impotencia en las profundidades del yo, que, a la vez, se convierte en plataforma que permite abrirse a la gracia gratuita. Es en la profundidad de uno mismo donde se requiere la sanación. La experiencia de la propia pobreza invita a confiar en la riqueza de la misericordia de Dios.

Dios habla a través de todo lo humano. No se trata de reprimir los sentimientos, sino de reconciliarse con ellos. Así, todo llega a ser parte del camino hacia Dios. La única condición indispensable es meterse en medio de ellos, dialogar y preguntar qué mensaje traen y quieren transmitir de parte de Dios. Por ello, Anselm Grün propone tres sendas que conforman este único camino: (a) el diálogo con los pensamientos y los sentimientos; (b) el descenso hasta el fondo de las emociones y sentimientos, aguantando allí hasta verlos transformados en faros luminosos que transparenten a Dios; y (c) el abandono confiado en Dios, la confesión de la propia pobreza y, consiguientemente, la necesidad de ponerse en las manos de Dios95.

Henri Nouwen (1932-1996) escribe: «En el lugar de nuestras heridas, en sus propios agujeros, está el lugar y la puerta para entrar hasta Dios». Anselm Grün complementa: «El conocimiento de la causa no elimina sus dolores. Hace falta el diálogo con el propio dolor y la contemplación serena de las propias heridas»96.

La experiencia vital depende de la manera de interpretar los acontecimientos y de reaccionar ante ellos. Así, se puede interpretar el pecado como una traición y reaccionar con violentos auto-reproches, lo cual, a su vez, podría fácilmente desembocar en una situación de depresión interior y de resignación; otra reacción es restarle importancia al pecado y contentarse con una vida espiritual aburguesada y mediocre. Pero también es posible intentar descubrir en el pecado la oportunidad ofrecida de abrirse totalmente a Dios.

Por supuesto, con esto no se invita a nadie a pecar conscientemente. Pero si uno logra reconciliarse con esta situación, si confiesa su propia insuficiencia en la lucha por el crecimiento, en esa confesión encontrará la gran oportunidad de entregarse a Dios. «Por el pecado hace Dios que caiga toda máscara de nuestro rostro y se derrumben los muros de esquematismos artificiales que habíamos levantado. Entonces podemos presentarnos sin máscaras y pobres ante Dios, para que su bondad nos dé forma y nos guíe. La gracia se instala en nuestra flaqueza y se transforma allí en fuerza del Espíritu»97.

En la vida, si uno aprende de sus fracasos del pasado, se consolida la posibilidad de un camino de auténtico éxito en el futuro, porque generalmente se aprende más de los fracasos que de los éxitos, ya que en este último caso se corre el peligro del «exitismo», que conduce a la autocomplacencia y la ausencia de una responsable autocrítica. Esta

experiencia puede transformarse en un tesoro espiritual, porque la propia seguridad se delega en el poder transformador del Espíritu, y solo Dios puede edificar una casa con los escombros de la propia vida. «El Señor consuela a Sion, consuela a sus ruinas, porque convertirá su desierto en un Edén, y su estepa en un Paraíso» (Is 51,3).

La monotonía y la mediocridad de una reiteración fallida de una reforma de vida se transforman en un abandono total y confiado en la fuerza del Espíritu. «Si, a pesar de mis esfuerzos, me sorprendo en las mismas faltas, en lugar de vilipendiarme será más saludable extender las manos abiertas a Dios. No miraré mis pecados; miraré la misericordia de Dios, que me ama a pesar de mis pecados. Si me presento a Dios con mi pecado, se viene abajo toda ambición, por falta de base. Me siento libre de toda pretensión de éxito en el camino espiritual. Abro mis manos, me entrego a Dios y me siento, de manera insospechada, en paz y libre. Nada me queda por conseguir. Es Dios el que me transforma, el que me abre a Él por mis fracasos y pecados, por mis errores y decepciones, para que cese al fin de mezclar a Dios con mis virtudes y me entregue definitivamente a Él. Ahí encuentro al verdadero Dios, al Dios que me acoge para que viva»98.

No se trata de odiarse, sino de olvidarse, de hacer la experiencia profunda del misterio pascual, mediante la cual se muere a la propia soberbia y a los propios planes para nacer alegremente a una vida de entrega y de servicio a los demás y así prolongar en la propia vida, como individuo y como comunidad, la misión de Cristo como enviados y testigos suyos. Este es el camino de la humildad propiciado por los Padres del Desierto.

Anselm Grün destaca cómo, al final del capítulo IV, hace san Benito una emotiva llamada «a no desconfiar jamás de la misericordia de Dios», porque «tenía sin duda experiencia de cómo las prácticas puras de la ascética pueden inducir a la desconfianza ante la ineficacia en el logro de nuestros deseos. Lo contrario sucede ante nuestras faltas y fracasos. Solemos condenarnos o cerrar los ojos. Mucho mejor sería tomar atentamente en la mano los fragmentos de nuestra vida, porque todavía es posible formar con ellos una nueva figura. El fracaso puede ofrecer una nueva oportunidad»99.

El profeta Jeremías expresa esta intuición en términos del alfarero que con sus manos va trabajando el barro de nuestras vidas. La gracia no prescinde de la condición humana, sino que trabaja con ella y sobre ella. «Palabra que fue dirigida a Jeremías de parte de Yahvé: “Levántate y baja a la alfarería, que allí mismo te haré oír mis palabras”. Bajé a la alfarería, y he aquí que el alfarero estaba haciendo un trabajo al torno. El cacharro que estaba haciendo se estropeó como barro en manos del alfarero, y este volvió a empezar, transformándolo en otro cacharro diferente, como mejor le pareció al alfarero. Entonces me fue dirigida la palabra de Yahvé en estos términos: “¿No puedo hacer yo con vosotros, casa de Israel, lo mismo que este alfarero? –oráculo de Yahvé–.

Mirad que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mis manos, casa de Israel”» (Jr 18,1-6).

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