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Congar reflexiona sobre la «conversión», necesaria para entrar en el Reino ya en esta tierra. La «llamada» de Jesús al principio de su predi- cación27, es una llamada a un cambio de vida profundo e interior en el

hombre, que corresponde al acto decisivo y completamente inaudito de Dios que viene a liberar y perdonar los pecados. Este anuncio- anticipación-inauguración de la potencia restauradora de Dios tuvo su momento supremo en la resurrección de Jesucristo. La potencia Creadora es también re-creadora. Es benéfica (cfr. Hch 10,38), amiga de los hombres (cfr. Tt 3,4); quiere aportarles integridad (curación de vida) y reconciliación (perdón, reintegración en la comunidad de los hombres y en la alianza con Dios). Tal es la acción del reinado de Dios; el Reino es su fruto, concluye Congar. Evidentemente –añade– hay condiciones (la fe responde a la palabra), y «hay» su difusión, su desarrollo en y por la Iglesia, que es el «sacramento de la salvación».

Esa «conversión» ha de tener consecuencias en la vida del «hom- bre cristiano». Su vida tendrá «otro estilo», el que conviene al Reino (reinado) de Dios y que se resume en una actitud de no posesión, de pureza, de disponibilidad y de confianza; un a priori de afectuosa aper- tura y de perdonar al enemigo. Una actitud de infancia espiritual. Este mensaje tiene un valor absoluto y definitivo para todos los hombres hasta el fin del mundo. Los Apóstoles lo han hecho resonar a través del espacio y el tiempo: todo hombre es llamado también a «convertirse al anuncio» de un heraldo de la Buena Nueva28.

Dios quiere entrar en «el corazón» del hombre. Yves Congar re- flexiona mucho en los pasajes del Antiguo Testamento29: para los is-

raelitas, el corazón era lo más íntimo, lo más «personal», el lugar de encuentro con Yahveh, donde decidían su vida... En efecto, es «en el corazón» donde el hombre cristiano puede amar, donde puede ser más

ELECCIÓN, VOCACIÓN Y MISIÓN DEL «HOMBRE CRISTIANO»... 159

fiel a Dios y a sí mismo: allí se esconde su libertad y es donde puede acoger (o rechazar) el amor de Dios. Es desde el corazón desde donde el hombre cristiano puede amar «a los de fuera».

La Liturgia emplea también la expresión populus tuus en un con- texto de penitencia. Siguiendo la teología alemana30, Congar señala

que esa expresión litúrgica designa la comunidad de los hombres para quienes se pide la ayuda de Dios, su misericordia, la gracia de la fide- lidad: ese pueblo es el beneficiario del acto por el que Dios perdona y salva, a menudo con una referencia tipológica a las distintas «salvacio- nes» de que fue objeto Israel, comenzando por la salida de Egipto y el paso del Mar Rojo.

Es decir, de nuevo, una de las apreciaciones que mencionábamos (vid. supra): el concepto «Pueblo de Dios», al destacar que la Iglesia está compuesta de hombres en marcha hacia el Reino, sirve para tra- ducir los valores de historicidad. Será aquí el «lugar» donde se sitúan en la Iglesia las faltas y los pecados, la lucha por una mejor fidelidad, la necesidad permanente de reforma y los esfuerzos que a ella corres- ponden.

La Iglesia como institución no tiene que convertirse. Es Santa31.

Los frutos de la salvación de Cristo interesan directamente al hombre. Esa salvación, siendo una realidad escatológica, implica también todas las liberaciones humanas. El hombre ha de ser también, por tanto, en la tierra, el ámbito de influencia del cristianismo desde su propia llamada y misión: ha sido elegido para eso. Cada hombre, por la fe y la caridad, es asumido en Cristo. Y el hombre cristiano se nutre de la Eucaristía, en la que está asumida –en la sustancia del mismo Cristo– algo del ‘fruto de la tierra y del trabajo de los hombres’. Así se prepara en la tie- rra la transfiguración de todas las cosas (ta panta). De aquí la eficacia transformadora de la Eucaristía.32

Mediante un vivir según Cristo, abriéndose en su corazón a la gra- cia, los cristianos apresuran la venida del Reino de Dios. Nada más teologal, sacramental y ético a la vez que la conversión, dirá nuestro autor, nada más «acto de Dios» comprometiendo al hombre a un con- tinuado esfuerzo, nada como que la conversión se realice una vez y, sin embargo, tiene que realizarse continuamente33. En efecto, el hombre

ha de optar voluntariamente a la llamada divina, con una respuesta: positiva o negativa.

La conversión es determinante de la vocación cristiana. El hombre cristiano habrá de abrirse a la gracia desde lo hondo de su ser, en su corazón. Así, la gracia transforma el ser del hombre, siempre necesita- do del perdón por su pecaminosidad. La gracia le modela hasta llegar a

ser a la medida del corazón de Cristo; es decir, hasta llegar a ser como Dios –al crearle– quiso que fuera. Así presenta Jesucristo el Reino: una realidad oculta en el corazón del hombre a la que pide acogimiento, conversión, «entrar» en él. La conversión será el comienzo de una vida en Cristo (la enseñanza es de san Pablo: cfr. Ef cap.2; Ef 4,24: el hom- bre nuevo; y Col 3,10).

En cuanto imagen divina, el hombre está directamente vinculado a Dios, que le invita a participar en su Reino. Pero en este Reino, reflejo de la Trinidad (es otro asidero fuerte de la teología de Yves Congar), hay comunión, amistad, donación mutua... El Reino de Dios es lo más ajeno a una estructura social (política). El Reino de Dios es Dios mismo, y la vida con Él se presenta al hombre como un banquete34.

En-el-Dios-vivo-hay-comunión; y el hombre, como imagen Suya, es- tá-llamado-a-realizarse-en-la-comunión.

El «hombre cristiano» está llamado al Reino de Dios y a que «se vea» a través de él el amor de Dios en el mundo. Ha de «mostrarlo», concluye nuestro autor: la preocupación o solicitud por los demás, empezando por los más débiles –es el mensaje de la parábola35–, forma

parte esencial de «la llamada» a entrar en el Reino ya aquí en la tierra; es constitutivo del desarrollo de los dones que ha recibido del Creador; y es necesario asimismo para su propia santidad. Los pobres son los invitados porque están libres. La humildad es condición necesaria para entrar en el Reino: en la invitación del Señor, puede verse una llamada a identificarse con la pobreza, es decir, a vivir la sencillez e infancia espiritual (cfr. Mc 10,15).

4. El Reino, oculto en el corazón, viene a ser como