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La cuestión fundamental se refiere a la relación entre el Reino de Dios y Cristo. De ello depende después cómo hemos de entender la Iglesia. Hablando del Reino de Dios, Jesús anuncia «al Dios vivo», que es capaz de actuar en el mundo y en la historia de un modo concreto, y precisamente ahora lo está haciendo.

Jesucristo, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los cielos, y la voluntad del Padre es elevar a los hombres a la participación de la vida divina. Es decir, su salvación o santidad. Y lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. El reina- do de Dios abarca a la Iglesia y al mundo. La Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador recibe la misión de anunciar y establecer en todos los pueblos el Reino de Cristo y de Dios. Ella constituye, como dirá el Concilio Vaticano II, el germen y el comienzo de este Reino en la tierra.

Jesucristo y el Reino en un cierto sentido se identifican: en la Per- sona de Jesús ya el Reino se ha hecho presente. Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los hombres como «familia de Dios». Los convoca en torno a Él por su palabra, por sus señales que manifiestan el Reino de Dios y «por el envío de sus discípulos». Sobre todo, Él rea- liza la venida de su Reino por medio del gran Misterio de su Pascua: su muerte en la Cruz y su Resurrección, la Ascensión y Pentecostés. A esta unión con Cristo está llamado todo hombre, que es un ser moral y libre; su destino es eterno. En suma, después de Jesús, se propaga el

ELECCIÓN, VOCACIÓN Y MISIÓN DEL «HOMBRE CRISTIANO»... 157

reino de Dios por el apostolado que anima su Espíritu, por la Iglesia en que se ejerce el ministerio de la Palabra y de los Sacramentos, que son otros tantos ecos de los gestos del Reino.

Yves Congar prefiere en ocasiones hablar del «reinado de Dios». Su soberanía sobre el mundo y la historia sobrepasa el momento, va más allá de la historia entera y la trasciende; su dinámica intrínseca lleva a la historia más allá de sí misma. Pero al mismo tiempo es algo presente, como anticipación del Mundo venidero; presente como fuerza que da forma a la vida mediante la oración y la existencia del creyente, que carga con el yugo de Dios y así participa anticipada- mente en el Mundo futuro. Cristo constituye un sólido fundamento para la esperanza24.

Nuestro autor aboga por una idea «dinámica» del Reino de Dios, más concretamente desea recuperar la percepción dinámica y teleo- lógica («le sense du mouvement») de la Historia de la salvación. El siguiente texto resume –pensamos–, la conclusión o valoración que aquí decimos:

«Se trata de una nueva evocación del Isaías del exilio, que había sido el primero en hablar de «buenas noticias», del anuncio de la salvación: ¡Sión, tu Dios reina! (Is 52,7; confróntese Sof 3,14-18). Así, del mismo modo que Jesús revela al Padre –Quien me ha visto, también ha visto al

Padre (Jn 14,9)–, también su palabra y sus obras ponen de manifiesto la naturaleza del reinado de Dios25.

»¿Qué es lo que se pudo ver en Jesús? (...) El evangelio del hijo pródigo es una parábola del amor del padre. El padre acoge y perdona, y cuando el hijo, al regresar, dice al padre que ya no merece llamarse hijo suyo, el padre descarta la relación de dependencia y la sustituye por una alianza

en la libertad y por una comunión sobre la base de la gracia sobreabundante.

Tal es el rostro de Dios manifestado en y a través de Jesús. Y ¿qué es lo que manifiesta acerca de su reinado?...

»Creemos que esa relación [reino de Dios/salvación] no ha sido su- ficientemente puesta de relieve. Y, sin embargo, pensamos que es muy precisa y a la vez capital. El reinado –o el reino; se pueden y sin duda se deben mantener las dos traducciones– es el poder (reinado) y la situación (reino) en y por el que se adquiere la salvación. (...) Uno y otra están ya no solo anunciados y significados, sino inaugurados e iniciados aquí en la tierra. Son una manifestación del poder de Dios que se interesa por la

criatura. Ésta, que fue creada en bondad, se encuentra ahora sometida

a la vanidad y al «príncipe de este mundo», al demonio, al pecado, a la enfermedad, a la muerte. La salvación consiste en la liberación de todo esto; será total escatológicamente, pero se anuncia y se anticipa ya por la acción de Jesús...»26.

La parábola del hijo pródigo, en efecto, es ilustrativa de cuanto se desea expresar en lo que llevamos dicho. Es a su regreso –tras haber dilapidado su herencia–, cuando en realidad «descubre» a su padre. Al ver su solicitud hacia él, le llama «padre» de un modo nuevo; se da cuenta de que, ciertamente, es su padre, que nunca ha dejado de serlo, que confía en su hijo. De algún modo, ha aprendido a llamarle padre con autenticidad –desde el fondo de su corazón– al descubrir su amor misericordioso que perdona y libera.

3. Dios quiere «entrar» en el corazón, pero el «hombre