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Tal como vimos anteriormente, al interior de una sociedad existen diferentes versiones del pasado. Cuando determinadas memorias logran mayor consenso, los colectivos atraviesan períodos calmos, pero siempre hay interpretaciones divergentes. Y es que la memoria es un terreno de disputa política en la que diferentes actores sociales luchan por imponer su versión del pasado. Los relatos hegemónicos son generalmente construcciones de los grupos que resultan vencedores en los conflictos sociales. Pero siempre estará la versión de los vencidos. Se trata de un proceso dinámico. Cuando las relaciones de fuerza cambian, la mirada sobre el pasado tiende a hacerlo también.

Las disputas versan no sólo respecto a los hechos ocurridos sino acerca del modo de recodarlos. Como señala Jelin: “hay confrontaciones acerca de las formas o medios ‘apropiados’ de rememorar, así como en la determinación de qué actores tiene legitimidad para actuar, es decir, quiénes tienen el tema de la propiedad o la apropiación de la memoria” (2001: 60).

Cada grupo otorga a su versión un valor de verdad y rechaza los otros relatos. Lo que busca es darle visibilidad a su narración y que la misma se convierta en la versión oficial, aceptada por la mayoría. “Lograr posiciones de autoridad, o lograr que quienes las ocupan acepten y hagan propia la narrativa que se intenta difundir, es parte de estas luchas”, explica la autora, y agrega: “también implica una estrategia para ‘ganar adeptos’, ampliar el círculo que acepta y legitima una narrativa, que la incorpora como propia, identificándose con ella” (Jelin, 2001: 35).

No todas las memorias logran igual notoriedad. “La visibilidad y el reconocimiento de una memoria dependen también de la fuerza de sus portadores” (2007: 86), sostiene Enzo Traverso. El autor distingue entre “memorias fuertes”,

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mantenidas desde las instituciones oficiales, y “débiles”, que no tienen tanta visibilidad pero circulan subterráneamente en redes íntimas esperando que cambien las circunstancias para poder expresarse públicamente. Existe una fuerte vinculación entre “memorias fuertes” e historia. “Cuanto más fuerte es la memoria -en términos de reconocimiento público e institucional- , el pasado del cual ésta es un vector se torna más susceptible de ser explorado y transformado en historia” (Traverso, 2007: 88). El Estado y los historiadores profesionales tienen un rol central en la resolución de los conflictos entre los diferentes emprendedores de la memoria porque son quienes finalmente elaboran y trasmiten la historia oficial de los hechos del pasado10.

Como ya señalamos anteriormente, tanto a nivel social como individual pueden distinguirse momentos calmos y períodos de crisis. Durante los primeros, la memoria y la identidad están constituidas y son fuertes, su trabajo consiste meramente en preservar la cohesión interna. Puede haber cuestionamientos pero los mismos no atentan contra la integridad grupal o individual. En los momentos de crisis, por el contrario, las memorias disidentes que salen a la luz luego de períodos de silencio, ponen en cuestión la propia identidad. “Los períodos de crisis internas de un grupo o de amenazas externas generalmente implican reinterpretar la memoria y cuestionar la propia identidad” (2001: 26), reflexiona Elizabeth Jelin y explica que estas relecturas del pasado incorporan narraciones que hasta entonces no eran tenidas en cuenta.

En sociedades que han atravesado recientemente momentos de gran conflictividad social, la construcción de una memoria común se torna problemática11. En este sentido, la autora de Los trabajos de la memoria escribe: “en los distintos lugares donde se vivieron guerras, conflictos políticos violentos, genocidios y procesos represivos – situaciones típicas de catástrofes sociales y de acontecimientos traumáticos masivos- los procesos de expresar y hacer públicas las interpretaciones y sentidos de esos pasados son dinámicos, no están fijados de una vez para siempre”. Y añade: “van cambiando a lo largo del tiempo, según una lógica compleja que combina la temporalidad de la manifestación y elaboración del trauma (irrupciones como síntomas o como ‘superación’, como silencios o como olvidos recuperados), las estrategias políticas

10 Tal como señala Michael Pollak, el objetivo de las historias oficiales es fortalecer el sentimiento de

pertenencia y, de este modo, preservar la cohesión de los grupos. El autor advierte que, como todo relato sobre el pasado, las historias nacionales son selectivas. “Construir un conjunto de héroes implica opacar la acción de otros” (Pollak, 2006: 40), explica.

11 Un buen ejemplo de esta cuestión es lo que sucede en torno a la última dictadura cívico-militar en

Argentina. “Las controversias acerca de las maneras de nombrar –si hablar de golpe, de revolución, de terrorismo de Estado o de guerra sucia, dictadura o régimen militar- son en sí mismas expresión de las luchas por la memoria y el sentido del pasado” (Jelin, 2001: 128), escribe Elizabeth Jelin.

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explícitas de diversos actores, y las cuestiones, preguntas y diálogos que son introducidos en el espacio social por las nuevas generaciones, además de los ‘climas de época’” (Jelin, 2001: 68).

En este escenario cobra especial protagonismo un grupo determinado de emprendedores de la memoria12: las víctimas directas y sus familiares. Sus demandas pueden perseguir varios objetivos. Darle difusión a su versión de los hechos y luchar para que la misma pase a formar parte de la historia oficial, reclamar justicia y resarcimientos al Estado por los daños sufridos, generar colectivos con sus pares, desarrollar diferentes acciones tendiente a materializar su memoria en ceremonias, monumentos, museos, etc. (Jelin, 2001: 50). “En estos momentos, memoria, verdad y justicia parecen confundirse y fusionarse, porque el sentido del pasado sobre el que se está luchando es, en realidad, parte de la demanda de justicia en el presente” (2001: 42), indica Jelin. La autora advierte, en la misma línea, que las consignas que destacan el papel de la memoria contra el olvido o el silencio encubren lo que en realidad es un enfrentamiento entre diferentes memorias, cada una con sus propios olvidos (Jelin, 2001: 5).

El reclamo de las víctimas pone además sobre el tapete una cuestión polémica. ¿Tiene su relato de lo ocurrido mayor legitimidad que el de demás actores en la construcción de una memoria común? ¿Cuán amplio o restringido es el colectivo que construye la memoria del pasado?

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