4. Tres niveles de descripción de la agencia
4.4 El doble proceso de construcción y comprensión de la persona
Sumado al ejercicio de las capacidades, puede pensarse que el tipo de “hacer” del que hablo al mencionar la actividad de hacerse agente, tiene que ver también con dos procesos relativos a lo que es 'ser una persona' en un mundo social. Estos dos procesos son la construcción de una identidad como agente –una individualidad, si así se quiere–y la comprensión del entorno social y mundano en el que esa actividad se expresa. Estos dos procesos se llevan a cabo recíprocamente desde el individuo hacia el mundo y los otros, y desde el mundo y los otros hacia el individuo. Así, hay también un proceso de construcción del mundo y de los otros que parte del agente, y un proceso de comprensión del agente por parte de los otros. Ambas actividades, distan de ser llevadas a cabo en el aislamiento de la introspección, tienen sus correlatos en el ámbito público – en el que, quepa decir, se construye y se comprende personas tanto como en el ámbito personal.
Ser una persona es ser alguien en un mundo en el que viven otros ‘alguien’ y supone al menos la posibilidad de que las perspectivas sobre quién o cómo se es, sean compartidas entre quienes se ven a sí mismos y quienes son vistos por otros. En esta medida, como mínimo, puede pensarse que los procesos de comprensión de sí mismo y
de ser comprendido por otros –y de comprender a otros– es uno que arroja ‘resultados’ similares, una especie de consenso –que nunca es perfectamente ajustado– entre lo que conocemos de nosotros mismos y lo que proyectamos.
El proceso de construcción del individuo pasa por la delimitación e imposición de ciertos criterios de adecuación sobre lo que es ser una persona en particular. La sociedad establece unos roles sociales que determinan qué es comprensible para nosotros mismos y para otros. Por ejemplo, es a partir de unos acuerdos tácitos pero institucionalizados públicamente, que comprendemos las identidades de género. Se nos inculcan, a partir de la representación mediática, las expectativas conductuales, los cambios sutiles en el uso del lenguaje cuando se dirigen a nosotros, las posiciones corporales de otros relativas a nuestro cuerpo en diversos contextos, etc., que somos vistos como hombres o como mujeres. La integración a nuestra comprensión de nosotros mismos de estos aspectos prefigura y normaliza continuamente la manera en que nos identificamos, y que construye una identidad en esa integración activa que se adecúa o se resiste a ello. Como lo expresa Judith Butler en “Performative Acts and Gender Constitution”:
In this sense, gender is in no way a stable identity or locus of agency from which various acts proceede; rather, it is an identity tenuously constituted in time-an identity instituted through a stylized repetition of acts. Further, gender is instituted through the stylization of the body and, hence, must be under- stood as the mundane way in which bodily gestures, movements, and enactments of various kinds constitute the illusion of an abiding
gendered self. (Butler 1988: 519)
Esto sucede también con los predicados descriptivos de virtud, como “honesto”, “valiente”, “generoso”, etc. Las pautas de inteligibilidad que nos ofrece la sociedad son constitutivos de nuestra construcción de identidad agencial.
Por otra parte, al presentarnos frente a otros exhibiendo estos rasgos que se nos han dado como lo inteligible, contribuimos en la construcción de los imaginarios colectivos y las expectativas sociales sobre los lugares que ocupamos. Contribuimos, así, a determinar lo que otros asumirán como comprensible en un marco público y que jugará un papel fundamental en su propia construcción identitaria.
El diálogo constante en el que se encuentran los procesos de construcción y comprensión de la identidad agencial es como un baile que va creando y siguiendo su propio ritmo. Nos encontramos unos con otros en un espacio en el que buscamos una mutua sincronía, casi nunca explícitamente determinada por una decisión. En este mundo, podemos ser bailarines más o menos expertos, de acuerdo a cómo nuestros movimientos se ajusten continuamente a la móvil naturaleza de las expectativas. No obstante, hay que tener presente que de ‘bailar al propio ritmo’ –desafiar performativamente lo que se establece como comprensible– pueden darse dos opciones: o bien se influye suficientemente en el movimiento generalizado, haciéndolo armónico con el propio, o bien se corre el riesgo de ser aplastado y acallado, o de chocar violentamente con los otros. Esta segunda posibilidad implica que el agente queda desconectado del mundo en el que actúa, de manera que sus capacidades básicas de agencia no pueden funcionar adecuadamente, quedando éste en déficit de agencia.
Podríamos entender que quien se mueve con conductas socialmente censuradas produce este tipo de choque con los otros, les resulta incomprensible y no puede, por
tanto, contribuir a la modificación de las expectativas colectivas. Esto quizá sea una manera de entender lo que sucede con los “deficientes morales”, como llama Philippa Foot a los gangsters y asesinos. Lo irreconciliable de su movimiento con los socialmente avalados puede tener que ver con que es el tipo de movimiento que activamente coarta la posibilidad de que otros se muevan con ellos, de que sus capacidades de agencia tiendan al perfeccionamiento y la fluidez.
Queda por decir, no obstante, que no toda manifestación ‘asincrónica’ es necesariamente un déficit en términos agenciales. Hay circunstancias en las que chocar con el movimiento generalizado es una manera explícita de construir agencia de manera proficiente y de propender por construir un movimiento nuevo en la sociedad, que disuelva esos choques. Pienso particularmente en las expresiones no binarias de género, o en las experiencias de vidas no heteronormativas. Sobre esto hablaré en el capítulo siguiente.