5. Identidades, sentidos y responsabilidad
5.2 Identidades agenciales e identidades en clave política
5.2.1 Identidad personal y responsabilidad legal
El interés por la estabilidad de la persona se ha conectado en la tradición filosófica con cierta frecuencia una comprensión ‘jurídica’ de la responsabilidad moral. El apelativo responde a la similitud que se presenta entre las atribuciones de responsabilidad moral y las imputaciones legales y penales relativas a acciones. Se propone que la atribución resulta adecuada siempre que pueda decirse de alguien, que en el momento de cometer la acción por la que se inculpa y en el momento de responder ante el tribunal y cumplir con la pena establecida, satisfaga suficientes condiciones de identidad consigo mismo. Estas condiciones pueden incluir aspectos físicos –identidad numérica, por ejemplo, a partir de la continuidad orgánica– y aspectos psicológicos –como recuerdos, patrones de creencia y acción, etc–. En estos contextos de imputación se vislumbra como necesaria una concepción rígida de la identidad, puesto que lo que está en juego es la posibilidad de cometer una injusticia: se asume que si no hay suficientes razones para considerar que sean la misma persona el criminal y el acusado, quien paga la pena sería alguien que no merece un castigo, al no ser ‘el mismo’ que cometió el crimen. Los recursos legales a la demencia temporal, o a estar “fuera de sí mismo” parecen estar en línea con esta idea respecto de la importancia de la estabilidad en la identidad de los agentes. Similarmente, la idea de “circunstancia forzosa” o “recurso último de defensa” muestran que las causas externas –aquello que no es propiamente el hacer del acusado–, acuden a una idea de quien hace algo como alguien de quien pueden razonablemente esperarse cierto tipo de acciones, o de quien pueden preverse ciertas conductas.
Históricamente, la pregunta por la identidad personal, aun en conexión con este aspecto jurídico, ha tenido formulaciones diversas, que la alejan de ser esta versión apenas caricaturesca recién presentada. Si bien ha sido una constante el interés por una noción rígida y estable, esta búsqueda ha sido matizada en relación con los criterios de satisfacción. Lo primero que hay que decir es que la perspectiva que resulta útil para la responsabilidad moral parece haber sido tal que pregunta por la identidad cuantitativa a través del tiempo, a partir de la garantía de ciertos rasgos cualitativos de la persona. Los matices han introducido incluso nociones de la identidad menos rígida, pero todavía útil a partir de comprensiones de lo que involucra la continuidad psicológica, pudiendo hablar de distintos ‘yo’ a través del tiempo.
Propuestas como la de Derek Parfit (1984) pretenden mostrar que la distensión del concepto de identidad a partir de nociones como la continuidad psicológica y conexión ancestral permiten preservar algunas intuiciones que tenemos respecto de la unidad del sujeto para la imputación de responsabilidad moral, a la vez que permiten conciliarlas con nuestras experiencias cotidianas de ser seres cambiantes a lo largo de nuestras vidas. El requisito de la continuidad psicológica, aquello que vincula a los yo ancestrales con los
yo futuros es suficientemente flexible para establecer varios conjuntos de cadenas de continuidad, en lugar de una única línea causal entre los estados de identidad de un sujeto. El punto fundamental de la propuesta de Parfit, hasta donde la entiendo, consiste en afirmar que lo que es importante de la identidad no es la unidad ‘substancial’ o sólida que manifiesta el concepto, sino la conexión entre distintos momentos de la persona y cómo nos sirven para entender la identidad como continua.
Esta propuesta resulta bastante interesante, pero pienso que podría ser insuficiente al considerar las múltiples dimensiones o ámbitos en que nos desenvolvemos los seres humanos en nuestro tener que ver con otros. Me interesa particularmente la posibilidad de afirmar que no sólo puede pensarse en distintas ‘identidades’ interrelacionadas a través del tiempo, sino que es importante dar sentido a la idea de que podemos tener identidades variadas en un mismo punto de nuestras vidas. Esto se debe a que, como he discutido en capítulos anteriores, lo que pueda entenderse como la identidad de un sujeto es imposible de disociar de las distintas maneras en que las personas con quienes se relacionan lo perciben y adecuan su manera de actuar respecto de éste. Así, cabe pensar que, por ejemplo, quien soy yo para mis padres y quien soy yo para mis profesores o para mis amigos, son personas en algunos respectos distintas, que sin embargo conservan algún tipo de estabilidad para permitir decir que soy la misma persona.
Considero que pensar en la identidad personal a partir de las creencias que afirmo públicamente, o de las acciones particulares que llevo acabo en determinados contextos indudablemente lleva a la necesidad de afirmar una de dos cosas: o bien no puede haber una identidad, o bien la única identidad es una variabilidad esencial. Si pienso que mi comportamiento varía significativamente de acuerdo con quién esté en un determinado momento, la posibilidad de afirmar que conservo mi identidad estará dada por la suposición de que en esencia soy hipócrita, voluble o poco comprometida. Esta, creo, no es la mejor respuesta que puede darse ante una circunstancia como la que describo. El núcleo del problema radica en concebir que la identidad puede ser claramente determinada por elementos que quizá funcionen a manera de manifestación de la identidad, asumiendo que su estatus de manifestación implica una suerte de necesidad causal irrompible respecto de los rasgos que están manifestando. Si se concibe, en cambio, que la identidad de una persona no está puesta en términos de los contenidos de las creencias que sostiene, o en las acciones particulares que lleva a cabo, sino más bien en cierta manera de proceder e interpretar sus procedimientos relativos a las capacidades agenciales. Quizá podríamos darle sentido a las diferencias de manifestación en distintos contextos sin tener que afirmar una escisión radical de la personalidad, o una ausencia total de identidad en el sujeto. Mostrar cómo puede entenderse esta idea será el propósito de buena parte de este capítulo.
Antes de entrar en ello quisiera avanzar un poco en la consideración de la posibilidad de distintas identidades aplicables a un mismo sujeto. La noción ‘identidad’ juega un papel fundamental en la comprensión política y social de las personas como individuos que pertenecen a una comunidad moral. A pesar de que las personas expresemos quiénes somos en nuestro contacto con los otros –este es el tipo de revelación del yo que Arendt plantea como rasgo esencial de lo político–, esas expresiones están frecuentemente mediadas por la categorización de ciertos rasgos de nosotros a partir de rótulos identitarios. Estos rótulos nos sirven, como describí al hablar de los estereotipos en el capítulo anterior, tanto para distinguirnos de aquellos con quienes no encontramos
afinidades ideológicas, afectivas o de intereses, como para fortalecer los vínculos con aquellos con quienes sí compartimos este tipo de aspectos.