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docto, púdico, no vinolento, no no soberbio.

- • • • . . . . . . . a l i a . . . . . . . . ni fastuoso, ni político, ni sedicioso y tu rb u ­ lento como el Daifas de V íctor Hugo, ó el Sa- mosata de Gibbon, sino humilde, austero y v ir­ tuoso como Monseñor Y ero v i; puro, casto, só- brio, culto, jovial, festivo, cortes, manso, dulce y piadoso como Monseñor Checa.

Los que fuimos honrados con la amistad y la confianza de esta augusta v íc tim a ; los que penetram os en su espíritu elevado, y en su no­ ble y puro corazón, donde encontramos esa fuen­ te pura de la virtud que se desprende del alma y del sentim iento consagrados á la oración por la santificación de los hombres; los que conser­ vamos sus dones y sus reliq u ias; los que tene­ mos entre nuestros deudos y parientes, varios protejidos por su mano generosa, cuya pérdida es sentida con las lágrim as de reconocimiento,

podemos h ab lar do sus virtudes, deplorar su fal­ ta irreparable aquí en la tierra, y trib u ta r á su ilustre m em oria un hom enaje sincero y solemne.

Nosotros, liberales, que em peñam os todas nuestras fuerzas para su elección de Arzobispo, el año de 6 7 : que cultivam os nuestras relacio­ nes aun en los aciagos tiem pos de la dictadura ; que ántes y después de la trasform acion de Se­ tiem bre, y m u y especialm ente en los últim os dias de la preciosa vida del ilustre m ártir, h a ­ blam os sobre la situación política del país y la necesidad de asegurar los intereses com unes do la R eligión y el E stado, y encontram os un fon­ do de grandeza y elevación de m iras que le po" nian á la altu ra de su augusto m in isterio ; nos­ otros, quizá m ejor que nadie, podem os com pren­ der y sentir su irrem ediable p é r d i d a , m a y o r ­

m ente cuando su reem plazo se hace cada dia m ás difícil, y se an u b la el horizonte, augurando n u e­ vas com plicaciones.

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II.

L igado el G eneral V eintem illa á M onseñor C heca con esas relaciones de infancia y de co­ legio, nunca interrum pidas ni desm entidas j a ­ m ás entre los dos, llegaron á m ás altas p ro ­ porciones, cuando tuvieron que entenderse cordial y am igablem ente en G uayaquil, el uno como Jefo Suprem o de la R epública y el otro como Je fe fie la Iglesia ecuatoriana, sobre su buena arm o­ nía

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inteligencia, su m u tu a cooperación y a u ­ xilio en todo lo que tu v iera relación entre las «los potestades.

Regresóse, en consecuencia, M onseñor C he­ ca de ese puerto, postergando su viaje ú Rom a,

y los católicos terroristas pidieron al señor Bor- rero que le encerrase en el panóptico.

Sabido esto por el ilustre viajero, hubo de

regresarse de Tiopullu a la parroquia d

tacam a, de donde dirigió una sentida pasto­ ral á sus fieles, tanto contra los hereges como contra los fariseos.

Estos que, desde la publicación de “ La Ci­ vilización Católica, ” venían explotando el ele­ mento religioso para la reacción terrorista, hi­ cieron su prim era explosion en el motín popu­ lar de 1º de Marzo, como resultado preparado del sermon sedicioso del padre Gago.

Reconocida por el Supremo Gobierno la necesidad de reprim ir la predicación sediciosa y los motines que ella producía, dio el decreto de 2 del mismo m e s: lo que bastó para que el obispo do Riobam ba tom ara la iniciativa de las pastorales incendiarias, y diera origen á las p u ­ blicaciones del clero, en un lenguaje desconoci­ do hasta hoy, y que sólo so encuentra en los pas­ quines y anónimos, que han hecho eco á las publi­ caciones referidas.

I I I .

Vino el dia de un crimen sin ejemplo.

E l infierno se había sublevado contra Dios. Del antro del parricidio, salió la mano que envenenó la sangre del Cristo y mató á otro Cristo.

H e ahí el deicidio en Quito. E l dia, ho ra y lugar.

E l modo, el medio y la víctima nos hacen llam ar así este crimen.

N o está en nuestros principios, como liberales. N o está en nuestra conciencia, como hom bres, atrib u ir este crim en á un partido político, por rnas que los datos y presunciones ; por m asque la prensa extranjera señalen á sus autores con la mano.

Quedo para nuestros enem igos el atribuirlo á nosotros.

Los liberales no m atam os.

Los liberales no hemos ju rad o m atar ni he­ mos m uerto. Los liberales no hemos pedido la m uerte de un h o m b re , por crim inal que fuese.

Los liberales perdonam os á los que nos han sentenciado á m uerte.

Sólo la m oral y la religión del terrorism o

ofrecen al

L

íos de paz, de am or y de caridad,

el sacrificio de la sangre hum ana, en el altar del cadalso, como los caníbales y esquim ales que devoran la víctim a inocente, dejando á sus hijos en la orfandad.

C uando no fuera por la virtud de los p rin ­ cipios del partido liberal que, con la probidad por base, form an la grandeza de la dem ocra­ cia ; la sim ple idea de conveniencia bastaría á dem ostrar la torpe m aledicencia que le atrib u yo la culpabilidad del crimen.

Si, pues, el Ilustrísim o R everendísim o C he­ ca fue el am igo com ún de los liberales, con cuy o S votos subió á la silla m etropolitana, en pugna abierta

y

deshecha con los terroristas, cu­ y o candidato fue, es y será siem pre M onseñor Ordóñez, Obispo de R iobam ba,

[r

podríam os en ­ contrar provecho en suprim ir la v id a del am i­ go y caer en m anos del enem igo ? lió ahí el a b ­ surdo del terrorism o.

y la esperanza de llevar á término una reforma paulatina y conveniente, en cuanto á lo que ella se ha hecho necesaria, sin tocar el dogma, ni otras re­ formas que no están conformes á nuestra situación,

¿ qué conveniencia podría encontrar el partido libe­ ral desapareciendo de la escena al único media­ dor entre la Iglesia y el Estado ? ¿ Cómo hu­ biéramos creado esta situación y puesto en m a­ nos de nuestros enemigos el puQal deicida para que nos hicieran una guerra religiosa, caracte­ rizada y sostenida con el pasquín, el anónimo, la m entira la injuria, la calumnia, el motín, .la insurrección y una rebelión combinada y con­ sum ada? H é ahí la lógica del partido liberal.

I V .

E l 31 de Marzo reprodújose el motín po­ pular en mayores proporciones que el a n te rio r; porque los terroristas difundieron la noticia de que. simultáneam ente con el Arzobispo de Qui­ to, habian sido asesinados los Obispos de Ibar- ra y de Riobamba.

No era menester un medio tan infernal pa­ ra que llenase la medida de la insurrección un pueblo conmovido con la presencia del cadáver de la augusta víctima del dia anterior, y diri­ gido por tribunos de las diversas congregacio­ nes, cuya insolencia, aun después do presenta­ dos ante S. E. el Jefe Supremo de la R epú­ blica, no les habría permitido en tiempo de la dictadura, el proferir su última palabra sino en el.,cadalso ; y es la natural clemencia y m agna­ nimidad del Caudillo de Setiem bre que ha da-

do im punidad á los revoltosos, hasta llegar á la conspiración y á la rebelión arm ada, como ha

sucedido.

V .

S. E. el Je fe Suprem o constituido en el p a­ lacio arzobispal, pocos m inutos después de h a­ b er espirado la ilustre víctim a, m andó concur­ rir á los m ejores módicos, químicos y farm a­ céuticos, y á los abogados mas caracterizados de todos los colores políticos, p ara que los unos procedieran á la autopsia del cadáver, al an á­ lisis quím ico de los líquidos que encontrasen, y al inform e correspondiente ; y los otros inicia­ sen y dirigiesen el proceso c r i m inal.

E l curso de esta causa se na ido p u b lican ­ do por un boletín judicial y nuestros lectores conocen y saben que el Suprem o G obierno en interes de su pronta expedición, no ha om itido m edios ni gastos de n in g ú n genero ; y que, en vez de h ab er sido apoyado por todos, le lian opuesto invencibles obstáculos las escusas y re­ nuncias de los jueces, fiscales, asesores, y las m iras secretas y proditorias de los que han q u e­ rido explotar el parricidio aun sobre la tum ba del m ártir.

Con el fin de trib u ta r un hom enaje digno de la m em oria de la ilustre víctim a, y por h o ­ nor del G obierno y de la N ación, el Je fe Su­ prem o acordó con el señor V icario ca p itu lar

que se hiciera, á costa del Tesoro público, con asistencia de prim era clase y con los honores fúnebres debidos á su alta categoría un pom ­ poso funeral; y habiendo ofrecido, á presencia d e los deudos del ilustre difunto, hacerlo en la

misma iglesia catedral, el resultado fue la clau­ sura de la m etropolitana con entredicho de cua­ tro meses.

V I .

E l decreto ejecutivo de 1? de Marzo últi­ mo, sobre honores fúnebres á los ecuatorianos, muertos en defensa de la libertad, debía tener su debido cumplimiento el 19 del mismo mes, en todas las capitales de provincia, mediante la cooperación de las autoridades eclesiásticas que nunca se habían denegado en cosas semejantes.

E n las diócesis de Im babura, Cuenca, G ua­ yaquil y M anabí tuvo cumplida ejecución el de­ creto en referencia; no así en la arquidiócesis, ni en las de Loja y Riobamba.

Nuestro venerable Vicario capitular, asu­ miendo una aptitud indefinible,' tuvo la insólita pretensión de que “se eliminase la parte motiva del citado decreto, se le pidiese llanam ente que se hagan sufragios, y que se de publicidad por la prensa, tanto á su nota, como á la contes­ tación del Ministerio.”

Gregorio V II y Julio II, acaso no hubie­ ran tenido semejante pretensión en tiempo del m ayor auje y explendor del Pontificado; mucho menos nuestro Santísimo Padre Pió IX , el P o n -, tífico por excelencia, manso, dulce y paciente.

Los Ilustrísim os y Reverendísimos obispos

de Loja

y

Riobamb?, fundándose en la insólita

razón de que el Suprem o Gobierno no tiene fa­ cultad alguna sobre la liturgia de la Iglesia; desobedecen á su vez, y califican el decreto de

blasfemo, anticristiano

é

impío, y pronuncian

las penas del infierno a nom bre del Pontifico infalible, contra los ecuatorianos católicos que han muerto en los combates.

H e aquí el m ayor y mas grande escánda­ lo que pudiera ofrecerse en los tiem pos m oder­ nos, y aparecería increíble en la historia, sino es­ tuvieran publicados en el núm ero 31 del perió­ dico oficial del 5 de M ayo los oficios de los se- ñores obispos de L oja y Riobam ba.

C uando la m ente penetrada de la idea re­ ligiosa, se abism a en el curso portentoso del cristianism o, desde las prim eras enseñanzas del divino Jesú s y de su apostolado que, con solo la hum ildad, la caridad, el amor, el perdón y el m artirio, trajeron la Cruz triunfante hasta si Capitolio, de donde cayeron con el polvo do los siglos mas de trein ta mil dioses del p a g a ­ nismo, adorados con la soberbia, el orgullo, la vanidad y la corrupción de los se n tid o s; cuan- dos los Orígenes, Lactancios, Justinos, Am brosios, Basilios, Crisóstomos y A gustinos difundieron con ese mismo am or y caridad el dogm a y la m oral del E vangelio, como la nueva luz que bañó los m undos y alum bró á los hom bres, para hacer­ les ver desde la tierra hasta el cielo el signo de la redención que unia la creación á su C rea­ dor, los obispos fueron m irados como verdade­ ros sucesores del A postolado en su augusta m i­ sión sobre la tierra, y fueron llam ados P astores y Padres.

P ero cuando desde la Sinagoga de los fa­ riseos, venim os con Iscariote atravesando los si­ glos y las edades, y encontram os la sublim o doctrina del amor, de la caridad y el perdón, falseada con la m entira, la calum nia, el libelo, el anatem a y el infierno, parócenos encontrar lobos en vez de pastores, sierpes en vez de corderos.

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V II

¡ Oh y cuánto mas triste es tener que apos­ trofar á un santo obispo, con el flagrante cargo de falsedad ! !!

Vos, Ilustrísimo y Reverendísimo señor obis­ po de Riobamba, habéis sentado en vuestra ú l­ tima pastoral, que el Jefe Supremo de la Re­ pública, descendiendo de las alturas de su pues­ to, va á sentarse diariamente en los humildes bancos de la Judicatura de letras, en donde, atri­ buyéndose las funciones de juez del crimen, sin prestar su atención para nada con respecto á los verdaderos criminales, recibe las declara­ ciones indagatorias de los testigos que pueden comprometerle en el envenenamiento del Ilustrí- simo Checa.

Os citamos, señor, delante de Dios y los hombres, para que probéis vuestro aserte impío ; en tanto que nosotros publiquemos el p r o ceso que se os está siguiendo por haberos ab­ rogado la jurisdicción temporal y procedido co­ mo juez del crimen contra los impresores de vuestra diócesis, obligándoles á la delación de los escritores, bajo la trem enda pena de excomunión.' Antes que term ine aquel juicio dignaos, se­ ñor, perm itirnos que nos retrotraigam os á un tiempo pasado para seguiros en vuestro cami­ no hasta hoy, y poder ver si hablasteis siem­ pre la verdad limpia y pura como Dios, y de la m anera que os enseña que habléis, cual mi­ nistro suyo que en la tierra sois.

Os conocimos, pues, presbítero y diputado á la célebre legislatura en la que, arrollado en ­ tre las interpelaciones de vuestros colegas sobre el concordato de que fuisteis negociador, con­ fesasteis que vuestras instrucciones fueron firmar

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y traer lo que se os diese en Roma. Si entón­ eos dijisteis verdad, m entira era vuestro ca rác ter; si dijisteis falsedad, esta había em pezado contra vos mismo desde entónces.

Mas de todos modos, v de lucero á luego obtuvisteis la m itra y el báculo do pastor de R iobam ba. Custodias, vasos sagrados y otras a l­ hajas de los tem plos ; secularización de curatos regulares, supresión de conventillos y absorción de sus rentas, fueron discutidos por la p re n s a ; y vuestra grey , desde vuestra prim era bendición perseguida, acosada, y revuelta se dispersó.

Dijisteis, Ilustrísim o señor, según se dijo entónces por la im prenta, que era necesario pro- m unir esas riquezas contra las revoluciones im ­ pías. ¿C uándo, cómo y que revoluciones im pías han tocado u na jo y a de esas riq u e z a s? ¿ H abéis hablado la verdad, Ilustrísim o s e ñ o r? ¿Q uienes despojaron ó ay u daro n á despojar al padre A ro- ca de la cantidad que traía colectada de la ca­ ridad publica de G uayaquil para la reedificación del tem plo de san A g u stín ? ¿los revolucionarios impíos ?

E l difunto D ictador, para perp etuarse en su d ictadura hizo la revolución de cuartel el 17 de enero de 69 ; y e n su proclam a de ese dia ju ró delante de Dios y de los hom bres, por su p alab ra jam as desm entida no aceptar el m ando de n in g ú n modo.

In stalad a la Convención el 16 de M ayo, reiteró el mismo juram ento, dim itiendo el m an ­ do en su dircurso de apertura, y vos, señor, condujisteis en comisión p o r la C ám ara, el de­ creto de esa m ism a fecha, por el que, á pesar de su reiterado juram ento, se le nom bró presi­ dente interino. T rajisteis luego al seno de la C á­

en el mismo juramento, con las notables pala­

bras siguientes :

Xo puedo deshonrarme por la

lación de mi palabra,

comprom

17

enero,

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