V. EN EL AÑO DE LA REVOLUCIÓN
2: Domingo 25 de julio de
El domingo 25 de julio los ministros se reunieron en St. Cloud para firmar las leyes que suspenderían la constitución de Francia, disolverían la cámara y abolirían la libertad de prensa. En silencio ocuparon sus lugares en torno de la mesa. Carlos X tenía al príncipe de Polignac a su izquierda y al Delfín a su derecha.
El barón d’Haussez preguntó a de Polignac: —¿Cuántos hombres tiene usted en París?
—Los suficientes para aplastar cualquier rebelión. —¿Tiene por lo menos treinta mil?
—Más que eso. Tengo cuarenta y dos mil.
El príncipe de Polignac arrojó un papel a través de la mesa al barón d’Haussez. —¿Qué es esto? — preguntó el barón—. Aquí sólo se da cuenta de trece mil hombres. Trece mil hombres en el papel significa sólo siete u ocho mil soldados combatientes. ¿Dónde están los otros treinta mil hombres?
—El resto están acuartelados cerca de París. En caso de necesidad, pueden estar en diez horas en la capital.
De Polignac pidió a un ministro tras otro que firmara las leyes. Cuando el do- cumento llegó a D’Haussez, tomó la pluma pero vaciló.
—¿Se niega usted? —preguntó Carlos X.
—¡Sire! ¿Puedo permitirme hacerle una pregunta a Su Majestad? ¿Está Su Ma- jestad resuelta a seguir adelante si sus ministros se echan atrás?
—Sí —dijo Carlos X con firmeza.
El barón d’Haussez, ministro de Marina, firmó entonces. El príncipe miró en torno con ojos triunfantes. El rey dijo:
—Cuento con ustedes, caballeros, y ustedes pueden contar conmigo. Nuestra causa es una sola. Para nosotros, es cuestión de vida o muerte.
Se levantó y echó a andar de uno a otro lado del salón, con gestos y ademanes regios. Y ahora se sentía un rey.
El domingo 25 de julio, Augusto Chevalier y Evariste Galois estaban en el Jardín del Luxemburgo. Habían pasado juntos sus tardes libres desde que se conocieron en el seminario de matemática. Pero ésta era la primera vez que Chevalier intentaba confiar en su joven amigo.
—Ya lo ves, estoy junto a mi hermano mayor en cuestiones políticas y sociales. Siempre tuvo una gran influencia sobre mí. Es uno de los discípulos del conde de- Saint-Simon. ¿Has oído hablar del conde Saint-Simon?
—No mucho. Dime algo.
—Saint-Simon y mi hermano fueron los primeros que me enseñaron a admirar la ciencia y especialmente la matemática.
—¿Por qué? ¿Qué tiene que ver el sansimonismo con la matemática?
—El primer libro de Saint-Simon contesta a tu pregunta. Lee Cartas de un habi- tante de Ginebraasus contemporáneos. En ese libro Saint-Simon propone una sus- cripción general, que ha de iniciarse ante la tumba de Newton. Contribuirán todos, ricos y pobres, hombres y mujeres, cada cual conforme a sus medios y a sus inclina- ciones.
—¿Y qué ocurrirá entonces?
—Cada contribuyente escribirá veintiún nombres: tres matemáticos, tres físi- cos, tres químicos, tres fisiólogos, tres escritores, tres pintores, y tres músicos, en total veintiuno.
—Los matemáticos deben figurar primero.
—Sí, encabezan la lista. Después los veintiuno que reciban el mayor número de votos serán llamados “El Consejo de Newton”. Todo el dinero obtenido por suscrip- ción se le entregará a este consejo, y uno de los matemáticos será su presidente.
—El matemático figuraría como el primero entre los primeros.
—|Sí! Ya ves cómo se apreciaba la matemática en las primeras ideas de Saint- Simon. Bajo la dirección de un matemático, el consejo será el gobierno espiritual del mundo y unirá a todas las naciones en una gran nación.
Galois estaba asombrado al ver que su amigo consideraba muy seriamente esa fantasía. Preguntó cautelosamente:
—Pero, ¿crees que ese plan es sensato, que puede realizarse?
drama más grande de nuestro siglo. La primera obra de Saint-Simon puede parecer falta de realidad, pero es importante y condujo al plan actual, mucho más práctico, de los sansimonianos.
—¿Y en qué cree Saint-Simon ahora?
A Chevalier lo dejó atónito la ignorancia de Galois. Explicó pacientemente: —Saint-Simon, de una de las familias más nobles de Francia, murió en la po- breza hace cinco años. A sus discípulos —uno de ellos era mi hermano Michel— les dijo antes de morir: “El fruto está maduro; la cosecha será de ustedes.”
Galois no se sintió embarazado por haber dejado traslucir su falta de conoci- mientos. Preguntó indiferentemente:
—Entonces, ¿en qué creen sus discípulos ahora?
Chevalier contestó con la calma y suavidad de un evangelista:
—Creemos que el amor conquistará el mundo y que el odio dejará de existir. No habrá ya competencia, ni propiedad hereditaria, ni guerra. Triunfará el amor frater- nal por toda la humanidad y se instaurará un nuevo cristianismo.
—¿Cómo lo lograrán?
—Propagando nuestras creencias, predicando el amor, dando el poder a los me- jores, los más capaces, recompensando a todos de acuerdo con sus obras. Nuestro lema es: “A cada cual conforme a su capacidad; a cada capacidad conforme a sus obras.”
Galois repitió la frase.
—A cada cual conforme a su capacidad; a cada capacidad conforme a sus obras. —Luego habló excitadamente: —¿No ves que hay una gran contradicción en tu filo- sofía? Ustedes querrían conquistar el mundo por el amor. Pero al mismo tiempo darán el poder según la capacidad. Supóngase que aceptamos ese plan. Entonces deberíamos considerar a los hombres según sus obras. ¿Dónde está tu amor por el débil, por el idiota y el enfermo, por el ser más desdichado de este mundo? ¿Acaso no necesita abrigo, cuidado, calor, aun cuando su capacidad sea pequeña? ¿Y qué dices de sus necesidades?
—Para ellos habrá la caridad que brota del amor. Galois interrumpió violentamente:
—¡Caridad! ¡Cómo odio esa palabra! La caridad que hace al hombre pobre e in- feliz dependiente de los buenos impulsos del rico y mata la voluntad del pobre de luchar contra el rico. La caridad que reemplaza el sagrado deber del estado por el capricho de individuos. Hay miles de familias aquí, en París, que comen pan que sólo puede cortarse con un hacha y que sólo puede comérselo después de haberlo bañado en agua durante dos días. Sus cuartos tienen pisos de tierra cubiertos de paja; el aire que respiran está viciado y húmedo y no los rodea más que la oscuridad aun en los días más resplandecientes. A ellos les dispensarán ustedes caridad y amor. ¡Por Dios! Ellos deben odiar. Tienen el derecho de odiar, de destruir a la gente que cree que su condición es natural. Sí, el amor suena hermoso. Pero el amor sólo podrá gobernar después de una erupción de odio que sacudirá el mundo hasta sus mismos cimientos. El amor sólo puede brotar sobre las ruinas del viejo mundo. Sólo el odio puede destruir ese mundo. La revolución no logró hacerlo; algún día el pueblo tendrá que. intentarlo de nuevo.
Chevalier estaba asaltado por la pasión y el fuego con que hablaba Galois; no se atrevía a prolongar la discusión y sólo añadió evangélicamente:
—Creía que sólo te preocupaba la matemática.
—¡No! La matemática no es mi única preocupación; pero, siento decirlo, hasta ahora no he hecho otra cosa. He estado viviendo en el vacío como si tuviera miedo de tocar la tierra. Pero algún día verás que la matemática no es lo único que me in- teresa.
Permaneció en silencio; vacilaba en decir lo que quería decir. Luego, como si le estuviera confiando su secreto más grande, repitió las últimas palabras de su padre:
—Hasta la matemática, la más noble y abstracta de todas las ciencias, tiene su corona en el aire pero sus raíces se hunden profundamente en la tierra en que vivi- mos. Ni siquiera la matemática te permitirá escapar a tus padecimientos ni a los de tu prójimo.
Luego murmuró:
—Sí supiera que un cadáver excitaría al pueblo a la rebelión, le daría el mío.