VI. “A LUIS FELIPE”
7: Lunes 9 de mayo de
Este día, a las cinco de la tarde, doscientos comensales se reunieron en un ban- quete ofrecido en honor de los diecinueve liberados en el largo salón del restaurante Vendanges de Bourgogne.
Se habían congregado aquéllos que más que nadie en París odiaban a Aquel Hombre. Si esos doscientos hombres hubiesen sido quemados o envenenados, el movimiento republicano habría perdido sus dirigentes y sus héroes.
El pollo era bueno, el postre era sabroso y una botella de vino estaba frente a cada comensal. Llegó el momento de los discursos. Se puso en pie Monsieur Hubert, el maestro de ceremonias. Dijo que Marrast sería el orador oficial y que propondría un brindis por los diecinueve. Marrast se levantó: “El marqués de la revolución” ten-
régimen que con el juicio de los diecinueve había intentado mostrar fuerza y deter- minación y en lugar de ello había mostrado su estupidez y debilidad. Luego alzó la copa:
—¡Ciudadanos! Por los diecinueve republicanos que, del modo más noble, por sus palabras y actos, defienden el honor de Francia.
—¡Viva los diecinueve! —¡Viva la República!
Cavaignac contestó en nombre de los diecinueve:
—No fue sino ayer, que revisando el Moniteur, encontré los registros de aque- llos famosos días, las grandes tareas, las guerras gigantescas, toda la vasta empresa del pueblo francés por el logro de sus derechos. Seguí esa senda resplandeciente con la que el genio de la libertad marcó los últimos cuarenta años, así como los sucesos que sacudieron la Tierra de un polo al otro.
Habló de Francia, cuna de la libertad, y de su lucha actual; luego dijo:
—Recordemos, amigos y ciudadanos, que en esta hora no estamos solos. No re- presentamos sólo la causa de Francia, que debemos defender y defenderemos. La causa de todos los hombres libres es nuestra causa. La causa del pueblo polaco que lucha valientemente con el brutal poderío del zar es también nuestra causa. ¿Acaso los ayudamos en la hora de su grave necesidad? ¿Tuvimos otra cosa que lágrimas para nuestros hermanos en armas? Hay un nuevo proverbio en Polonia: “Dios está arriba y Francia lejos”. ¡Sí! La Francia actual está lejos de quienes luchan por su liber- tad. Está lejos de Polonia, lejos de Bélgica, lejos de Italia, y de todas las naciones aniquiladas en todo el mundo, quizá más lejos aun de su propio pueblo.
“El futuro de Francia, el futuro de todo el mundo amante de la libertad pertene- ce a los republicanos.”
Volvió a alzar la copa:
—Por el futuro de Francia, que sea fuerte, gloriosa y libre y que pueda llevar la libertad a todos los oprimidos.
Las copas se alzaron solemnemente, y sólo en forma lenta volvió a oírse en el salón la charla y la conversación.
A medida que las botellas se vaciaban, los discursos eran más breves y menos solemnes. Ahora los brindis consistían en breves gritos de combate lanzados al aire y recibidos con un “¡viva!” o rechazados con un “abajo”, mientras se vaciaban los vasos de vino.
—¡Por la Revolución del ‘89! —No, no por el ‘89. Por el año ‘93. —¡Por Robespierre!
—| Viva la Convención!
—¡Por la Montaña! ¡Viva el recuerdo de los hombres de la Montaña!
Monsieur Hubert se sentía incómodo. Esos brindis no estaban proyectados y no se debía permitirlos. Alzó la copa y dijo:
—Por el valiente ciudadano Raspail que rechazó la Legión de Honor. —¡Viva Raspail!
Galois dijo a Biliard, un estudiante de farmacia sentado frente a él: —A Monsieur Hubert no le agradó el brindis por Robespierre.
—No, y no fue el único. Deberías haber visto el rostro de Monsieur Dumas cuando se mencionó el ‘93. Son gente respetable:, no como nosotros. Me pregunto si un brindis por Luis Felipe los encolerizaría.
Galois contestó excitadamente, con voz levemente estropajosa:
—Querido Biliard, tienes razón, absoluta razón. Debemos brindar por Luis Fe- lipe.
—Estás borracho.
—No, no lo estoy. Prepondré un brindis por Luis Felipe. —Sí no estás borracho, estás loco.
—No, no estoy borracho, no estoy loco y quiero beber por Luis Felipe. —Te acogotarán si lo haces. Y me uniré a ellos, que Dios me perdone.
—No, nadie se atreverá a retorcer mi precioso cuello, y beberé por Luis Felipe, que Dios me ayude. Se oyó un coro pequeño pero vociferante:
—¡Dumas, Dumas, queremos que brinde Dumas! Dumas se puso en pie. Tenía la lustrosa piel de un negro y ojos azules. Su llamativo chaleco rojo estaba manchado con vino y habló con gestos exagerados:
—¡Por el arte! En la medida en que la pluma y el pincel contribuyen tan eficaz- mente como el rifle y la espada a la regeneración social a la que hemos consagrado nuestras vidas y por cuya causa estamos dispuestos a morir.
—¡Viva el arte! —¡Viva Dumas!
—¡Por la Revolución de 1830!
Raspail se puso en pie. El auditorio pareció un poco más sobrio.
—Por el sol de 1831. Ojalá sea tan cálido como el de 1830 y no nos deslumbre como éste. (Prolongados aplausos.)
—¡Ojalá haya pronto otra nueva revolución! —¡Pronto, pronto! Súbitamente:
—¡A Luis Felipe!
Las mentes se pusieron sobrias; se oyeron silbidos. Todos se pusieron en pie y miraron hacia el punto de donde había partido la voz. ¿Había allí un espía al que el vino había desatado la lengua? Apretaron los puños prontos para hacer tragar aque- llas palabras a quien se había atrevido a pronunciarlas. Chocando entre sí y em- pujándose, todos corrieron en la misma dirección. Un denso círculo rodeaba la fuen- te del traicionero brindis.
Luego se oyó por segunda vez: —¡A Luis Felipe!
Vieron a Galois. En la mano izquierda tenía una copa de vino a la altura del co- razón. En la derecha un puñal por sobre la copa, con la punta dirigida hacia la super- ficie del vino. Sus dos puños estaban firmemente cerrados, uno en torno de la copa, el otro en torno del puñal. Permaneció como una estatua que hubiera vuelto a la vida sólo para pronunciar por segunda vez la sentencia de muerte del Rey de los Franceses.
La multitud sufrió un cambio. Dejó de ser una multitud. Un momento antes esta- ba unida por la cólera común hacia el hombre que se atrevía a proponer un brindis por
Un actor del Théatre Francais le susurró a su amigo Alexandre Dumas. —Vayámonos. Esto se está poniendo demasiado peligroso.
Dumas desaprobó también:
—Esto está yendo demasiado lejos, demasiado lejos. Es un joven desequilibra- do. No se debe amenazar la vida del rey.
Abandonaron de prisa el salón.
Pécheux d’Herbinville miró a Galois como si todo el asunto no fuera cosa de su interés y dijo, abriendo apenas los labios.
—Usted es un tonto.
Raspail sonrió a Galois y abandonó el círculo de republicanos que lo rodeaban. Muchos de los comensales se fueron rápidamente del salón, pero aún quedaban más de la mitad. Y los que permanecían se regocijaban ruidosamente. Los hacía felices haber hallado una expresión clara a su odio, que se había pasado por alto y, hasta ahora, había sido formulado sólo con gritos de combate oblicuos y amenazas indi- rectas. Aquella era una actitud tan aguda y afilada como la hoja de un puñal y tan fuerte como la mano que lo empuñaba.
Algunos de los republicanos tomaron entonces de la mesa cuchillos sucios con trozos de pollo y levantaron las copas, llenas o semillenas de vino, o vacías, e, imi- tando la actitud de Galois, vociferaron en coro:
—¡A Luis Felipe!
Otros, que estaban algo alejados, levantaron sólo los puños a diferentes alturas como si tomaran la copa y el puñal y gritaron:
—¡A Luis Felipe!
Después de repetir el grito muchas veces con los mismos ademanes, buscaron algo nuevo y uno dijo:
— ¡A la Place Vendôme!
— ¡A la Place Vendôme! —respondieron.
Más de cien republicanos marcharon desde el restaurante Vendanges de Bour- gogne a la Place Vendôme. Empujaron a Galois a la primera fila. Cuando llegaron a la Place, vociferaron de nuevo su grito de combate con el ademán amenazante. Se reunieron grupos que miraban perplejos el signo mágico de los dos puños levanta- dos. Cuando se les explicó su sentido, ello les agradó y lo repitieron todos juntos. Los republicanos del banquete y la gente congregada en la Place Vendôme formaban una multitud fraterna, borracha de vino y de la anticipación de la victoria. Entona- ron la Marsellesa, luego danzaron en torno de la columna de Vendôme y repitieron con los dos puños alzados: “¡A Luis Felipe!”
Nadie molestó a la multitud. Estaban tan alegres y dichosos como si su ademán mágico hubiera aniquilado toda la tiranía del mundo.
8: 10 de mayo de 1831
La policía lo supo todo: supo qué discursos se pronunciaron, qué brindis se ofrecieron; supo que la vida del rey estaba amenazada y supo el nombre del republi-
cano que lo había hecho. Supo quién abandonó el banquete a modo de protesta y quién permaneció. Lo supo todo.
El magistrado firmó una orden de detención contra Galois. A la mañana si- guiente llegaron los visitantes. Un oficial y un agente de policía registraron el cuarto y llevaron a Evariste a la Prefectura de la Place Dauphine. Los tres entraron en un cuartito del gran edificio gris. El encargado bostezó y, sin interrumpir la limpieza de sus dientes, tomó la orden de manos del oficial y le entregó un recibo. Esta formali- dad entre dos hombres aburridos puso en movimiento la poderosa maquinaria de la justicia sobre Evariste Galois.
El oficial partió y el agente condujo a Galois a través del pasillo hasta una larga sala llena de guardias de uniformes verdes y gorras negras, en que algunos escribien- tes escuchaban las declaraciones de los detenidos. Algunos de éstos eran viejos, otros jóvenes, algunos estaban encadenados, todos ellos aparecían desdichados, mal vestidos y sucios. En una ventanilla situada en el fondo del cuarto un hombre conta- ba dinero y escribía números en una hoja de papel. El agente empujó suavemente a Galois hacia la ventanilla. Ahora experimentaría todos los pasos de un procedimien- to del que a menudo había oído hablar a sus amigos republicanos. ¡Cómo les gustaba comparar observaciones, insistir en las similaridades y diferencias, aconsejar a los republicanos novatos que nunca habían olido el gogueneau! Sí, tenían razón, la ven- tanilla parecía una taquilla de teatro. El hombre que estaba detrás de ella preguntó:
—¿Pistole o San Martín?
Sí, era exactamente como le habían dicho. Uno podía pagar por una celda pri- vada —la pistole— o podía ir con los otros a San Martín, el horror de aquel lugar.
—Pistole.
Pagó y tomó el recibo. Luego el agente entregó a Galois a uno de los hombres de uniforme verde. Ambos se dirigieron hacia una mesa, donde el guardia vació los bolsillos de Galois. El escribiente tomó una hoja de papel y, sin mirarlo, dijo:
—¿Nombre? —Evariste Galois.
Escribió el nombre con una elle, y Evariste no se preocupó por corregirlo. —¿Edad?
—Veinte años. —¿Profesión?
Evariste pensó un rato. Luego contestó: —Preceptor.
—¿Lugar de nacimiento? —Bourg-la-Reine. —¿Domicilio actual?
—Rúe des Bernardins No. 16. —Altura.
El guardia midió a Galois, verificó el resultado y dijo: —Un metro sesenta y siete centímetros.
El escribiente puso el número. Luego murmuró: —Pelo.
—Castaño.
Siguió escribiendo: “Cejas id. Frente, cuadrada. Ojos, castaños. Nariz, larga, Bo- ca, pequeña. Barbilla, redonda” Una chispa de interés apareció en los ojos del escri- biente cuando llegó a “Rostro”. Pareció desconcertado pero escribió con determina- ción:
—Ovalado.
Finalizadas las formalidades, el guardia tomó a Galois por el brazo, lo condujo por corredores donde debieron subir y bajar escaleras, abrió una puerta y dijo: — Esta es su pistole.
Evariste entró en la celda. Después de un tiempo las llaves chirriaron y al fin oyó las pisadas del guardia que se alejaba.
Miró por la ventanita que estaba cerca del techo. A través de ella vio unos pocos pies cuadrados de un espléndido azul recortado por rejas negras. Un rayo de luz nítidamente visible a través del polvo, entraba por la ventanita y en su recorrido iluminaba los muebles del lado opuesto. No, no eran sólo muebles; aquello era un trozo de leyenda. Había oído hablar de este tema, de cómo aquello torturaba al pre- so en las largas horas del día y de cómo lo confortaba en los breves momentos de necesidad.
El gogueneau era de metal y cubría un pie cuadrado del suelo, era tan alto como una silla y tenía una lapa de madera tosca. Aquel día caluroso su hedor penetraba las fosas nasales, la boca, los pulmones, aun cuando uno tratara de no respirar. Los pre- sos juraban que el gogueneau, si bien lo vaciaban cada mañana, no había sido lavado desde el día de su creación, que debió haber coincidido con el día de la creación de la Tierra.
El tiempo sólo fluye si uno pone pensamientos y actos en su tejido. De lo con- trario se niega a desplazarse y permanece quieto. Galois comenzó a medir su pistole. Lo hizo muy lentamente, metódica y cuidadosamente. ¿No había aprendido en el Louis-le-Grand y luego en la Escuela Normal que todo experimento debía hacerse tres veces para luego obtener el promedio? El resultado del promedio fue ocho pies por seis pies, o, concluyó Galois, cuarenta y ocho pies cuadrados. Un pie cuadrado para el gogueneau y otros cuarenta y siete. Luego comenzó un estudio escrupuloso de los cuarenta y siete.
Miró la cama. Era una pesada masa de madera; sobre ella había un colchón de paja, una sucia almohada, dos bastas sábanas. Las tocó y concluyó que eran más bastas que la pajadel colchón. Luego tocó la frazada y concluyó que era más basta que las sábanas.
Después de completar el examen de la cama, miró los otros muebles. No había mucho que investigar: una silla, una mesa tajeada por manos ociosas y gris por el polvo de años. ¡Luego las paredes! Estaban cubiertas con firmas e iniciales, algunas hechas con lápiz, otras con la uña. Las acompañaban cuadros indecentes de hom- bres y mujeres, siempre desnudos y con ciertas partes de los cuerpos mucho más prominentes que otras. Algunas cíe las figuras estaban atareadas haciendo el amor, otras sentadas en el gogueneau. Junto a firmas y dibujos había fecha y exclamacio- nes, algunas obscenas y otras revolucionarias.
Un cartel impreso colgaba de la pared gris, cerca de la puerta. Galois lo estudió muy lentamente. Era un aviso firmado por el director del establecimiento. Se enun- ciaba allí el precio diario de la pistole. Luego una minuciosa lista de todos los mue- bles. Galois leyó los ítems uno después de otro y comparó la lista con el mundo de sus impresiones sensoriales:
“Una mesa. Allí hay una mesa. Una jarra. Veamos. Sí, muy bien. Hay una jarra de lata sobre la mesa. El tiempo la ha corroído, manos la abollaron en cien lugares. El jarro es una triste cosa pero no cabe negar que el jarro existe. Una silla. Sí. Cama. Sí. Ah, aquí tenemos el asiento de tortura. ¿Por qué mencionarlo al final? ¿Por qué después de la jarra y no antes de la jarra? La lista de muebles cubría sólo unas pocas líneas. Debajo de ella se anunciaba claramente, sin dejar lugar ni a la sombra de una duda, que la pistole debía pagarse diariamente, que el que se alojaba en ella era res- ponsable de todos los muebles y, finalmente, que si no pagaba puntualmente se lo trasladaría inmediatamente a San Martín, el horror famoso en la historia de las pri- siones.
Galois leyó todo aquello. Luego comenzó a leerlo de nuevo hasta saberlo de memoria y tener un cuadro exacto de todas las manchas con que las moscas habían ornamentado el anuncio del director. No valía la pena leerlo por tercera vez. Podía muy bien sentarse en la silla y repetirlo de memoria. Se quitó la chaqueta y luego los zapatos. Con algo de alivio halló el olor menos intolerable. Se proponía escribir su nombre en la pared pero en cambio comenzó a pensar en las funciones elípticas. Mecánicamente se echó en la cama de madera. Sentía una irritación en el brazo iz- quierdo. Cuando se rascó, la irritación ascendió. Miró la cama y vio en la frazada una chinche, pequeña, rojinegra, achatada, que se arrastraba muy lentamente. La mató y su dedo se enrojeció por la presión sobre aquella masa viscosa. El olor era tan inten- so que por un momento pareció ahogar hasta el del gogueneau. Se quitó la camisa y buscó sabandijas en ella y en su cuerpo. Encontró dos. Galois pensó: “Esto es un modo de llenar el tiempo con acción y hacerlo fluir.”
Pronto llegó su comida. Se abrió una ventanita en la puerta y por ella fueron empujados un plato de habas, un jarro de agua y una cuchara de madera. Una voz anunció a través de la abertura que podía encargar su propia comida si quería pagar por ella. El pensamiento de comer en aquella atmósfera de los olores mezclados del gogueneau y de las chinches muertas lo hizo sentirse mal. Bebió el agua pero no tocó las habas. Se tumbó en la cama. Se le ocurrió una idea acerca de la conexión entre las ecuaciones algebraicas y las funciones elípticas. Pocos minutos después olvidó dónde estaba. Mecánicamente sus manos rascaban los lugares irritados y dispersa- ban a las moscas. Estaba ahora muy lejos de su celda; hasta los olores dejaron de perturbarlo.
9: Mayo de 1831
El día siguiente envióse a Galois de la Prefectura de Policía a la prisión Sainte- Pélagie. Con otros once, lo pusieron frente al panier à salade. Éste era el nombre que
El panier à salade parecía limpio y resplandeciente visto desde fuera. Un agente ayudó a los presos, no demasiado gentilmente, a trepar al alto carro y luego cerró la puerta.
Dentro estaba oscuro. Una pálida luz entraba por la reja abierta en un costado del carro. A través de ella Galois vio dos espaldas uniformadas y algunos trocitos de caballo. Las largas paredes paralelas tenían cuatro pequeños agujeros, cada uno de diez centímetros de diámetro. Los bancos que corrían a lo largo de estas paredes formaban planos inclinados con los bordes inferiores vueltos hacia el interior del carro. Como todos los que viajaban en el panier à salade, Galois se preguntaba por qué los bancos estaban hechos de esa forma fantástica. Ni él ni nadie podía encon- trar la respuesta. ¿Era, acaso, para que los presos estuvieran ocupados en conservar el equilibrio y no pudieran hablar entre sí? Y por cierto, cada uno de ellos tomaba con las manos las rodillas del preso que iba sentado frente a él.
A través de los pequeños agujeros Evariste reconoció los muros del Louis-le- Grand cuando el carro pasó ante ellos. Por primera vez el recuerdo del Louis-le- Grand le pareció agradable; un mundo apacible que había quedado para siempre atrás; muros que lo habían albergado lejos del mundo exterior, más cruel y peligroso que todo cuanto pudieran crear o imaginar los celadores del Louis-le-Grand.
El ruido del carro en movimiento se mezclaba con el sonido agradable de las campanas colgadas del pescuezo de los caballos. Las campanas anunciaban a los ciudadanos de París que allí iban los enemigos del estado y que tenían derecho de