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Dos casos excepcionales: Clarinda y Amarilis

In document HistorIa de las mujeres en América Latina (página 115-117)

UNA APROXIMACIÓN BIBLIOGRÁFICA

4. Dos casos excepcionales: Clarinda y Amarilis

La producción textual de mujeres en la época colonial revela las deficiencias de su formación intelectual, por la primitiva aplicación de códigos lingüísticos que se percibe en sus cartas, poemas e informaciones de vida. Si se considera que la carta es una escritura voluntaria que no exige mayor formación, “una epístola sería el texto más apropiado para ser escrito por una mujer y podría ser el único texto escrito por ella, pues no entrañaba necesariamente continuidad en la escritura”. En cambio, advierte Carrasco Ligarda (1999: 102), “los poemas constituyen la vertiente creativa de mayor autonomía y libertad personal, en el sentido [de] que los crea alguien que se supone tiene condiciones y siente una necesidad de manifestar sus intuiciones artísticas”.

De todos modos, pese a la marginación y restricción que sufrieron las mujeres en el campo intelectual, es importante apreciar cómo dieron expresión a su universo íntimo a través de la literatura. En el virreinato peruano del siglo XVII dos poetas elusivas y virtualmente anónimas, pues las conocemos sólo con los sobrenombres de Clarinda y Amarilis, tuvieron una presencia trascendental; sin embargo, su producción poética no logró continuidad, por el escaso valor literario de los textos escritos por otras mujeres (cf. Sabàt-Rivers 1987). No hay en este virreinato nada semejante a la excelsa calidad de escritura de sor Juana Inés de la Cruz, la religiosa jerónima criolla, “décima musa” de México (1651-1695).

Es conocido que el Discurso en loor de la poesía, atribuido a una tal Clarinda, aparece en la primera parte del Parnaso antártico de Diego Mexía de Fernangil (Sevilla, 1608). Se trata de una larga pieza, escrita en tercetos y rematada por una cuarteta final, lo que suma un total de 808 versos endecasílabos, que sirven a la autora —si asumimos que su género era auténticamente el femenino— para desarrollar un discurso panegírico en alabanza del arte poética. Aunque no reveló la identidad de la presunta autora, Mexía de Fernangil señaló que se trataba de una “señora principal de este reino” y “muy versada en la lengua toscana y portuguesa” (Barrera 1996: 116).

El Discurso en loor de la poesía es un texto escrito desde el saber del Humanismo y en defensa de la creación poética, “ya que —dice— el vulgo rústico perverso procura aniquilarla”. Al asumir esta posición de resuelta defensa, la pieza reanuda un tópico (o subgénero literario) característico de las letras humanistas, usado previamente por Boccaccio, Albertino Mussato, Coluccio Salutati y otros (Colombí-Monguió 1996: 91-92). Para la presunta autora la poesía es un don divino, ajeno al vulgo y propio de los ilustres. Esta “arte poética”, según Pérez Blanco (1990), representa una “teologización” de la poesía equiparable al Compendio apologético en alabanza de la poesía (1604) del mexicano Bernardo de Balbuena.

Es, pues, un hecho evidente que Clarinda realiza una apropiación del discurso modélico en loor de la poesía, empalmando con la tradición de los elogios poéticos llevados a cabo desde el Medioevo. Se yergue así en uno de los primeros elementos constitutivos del pensamiento crítico literario desarrollado en el Nuevo Mundo. Pero lo que hace especial este testimonio, en la opinión de Trinidad Barrera (1996: 117-118), es su recurrencia a la voz y la imagen femeninas. El insistir en la condición femenina de la autora y en la osadía para realizar su labor, no es despreciable. Esta misma es la actitud que asumirá más tarde sor Juana Inés, declarando sobre el papel su condición subalterna, subordinada e inferior.

Según Alicia de Colombí-Monguió (1996), la pieza apologética de Clarinda viene a ser un manifiesto del humanismo colonial indiano, que se halla epitomizado en los integrantes de la Academia Antártica de Lima. Y esto a pesar de que las mujeres, conforme a las ideas por entonces en boga, “no podían tener ingenio de ningún tipo ni, por tanto, dedicarse al estudio de ninguna ciencia” (p. 93). De no tener en cuenta los postulados médicos, biológicos y teológicos sobre la inevitable flaqueza del ingenio mujeril, resultaría imperceptible la acusada ironía ¾más aun, subversión¾ de las palabras utilizadas por Clarinda en el Discurso. Uno de sus recursos de autoafirmación consiste en incluirse a sí misma dentro de un catálogo de heroínas universales, a las cuales manifiesta su adhesión como abanderada de las “ninfas del Sur”.

En la pluma de la anónima poeta, el Perú se halla convertido en eje del mundo y sus ingenios mayores en los grandes vates del nuevo Parnaso. De tal manera, la Academia Antártica ¾los nombres de cuyos integrantes son ofrecidos en primicia por Clarinda¾ se transforma en vanguardia de la civilización. “Por todo lo cual el poema debe ser entendido como deliberado esfuerzo de presentar, cimentar, legitimar y enaltecer la elite de letrados y (cosa extraordinaria) de letradas del virreinato en su elegida identidad de poetas doctos, instrumentos de la civilización y paladines de las cristianas musas”, apunta Colombí-Monguió (1996: 103).

Otra pieza de autoría encubierta es la Epístola de Amarilis a Belardo, dirigida a Lope de Vega, y que éste dio a conocer en las páginas preliminares de La

Filomena (Madrid, 1621). Compuesto en silvas, con un total de 335 versos, el poema ofrece una declaración de amor platónico al Fénix de los Ingenios y una noticia autobiográfica, en la cual la presunta autora dice pertenecer a un linaje de los fundadores de la ciudad de Huánuco y ser a la sazón residente en Lima. El primero en tributar un elogio a esta pieza de notable lirismo fue el propio Lope, en los versos de respuesta que agregó a la primera publicación de aquélla. Desde principios del siglo XIX, los empeños de la crítica se han aplicado mayormente a resolver el enigma histórico de la identidad de Amarilis.

En un ensayo no demasiado convincente, Irving A. Leonard (1937) trató de identificar a la anónima poeta peruana, admiradora y corresponsal del “Monstruo de la naturaleza”, con doña Ana Morillo, una autora de comedias, que murió en Lima el 28 de noviembre de 1632. Por su parte, James C. Bardin (1941) ofrece un retrato divulgativo de la enigmática escritora del siglo XVII, con una traducción al inglés de su famosa epístola, y se suma a la conjetura lanzada por Luis Alberto Sánchez de que el nombre auténtico de la autora sería doña María Tello de Lara. Alberto Tauro, en su estudio de 1945, discute la historiografía en torno a Amarilis, reproduce el texto de su epístola en verso, estudia el léxico y estilo utilizados, y hace un recuento de las suposiciones vertidas respecto a su identidad.

Con un libro de hace pocos años, Guillermo Lohmann Villena (1993) se ha unido a esa larga serie de críticos que han intentado identificar a la autora de la Epístola de Amarilis a Belardo, compuesta alrededor de 1615. Retomando una propuesta lanzada por Francisco Rubén Berroa y Bernedo en 1939, y mediante la lectura detenida de claves del poema —con sólida documentación archivística de apoyo—, concluye Lohmann Villena que la poeta peruana no pudo ser otra que doña María de Rojas y Garay, descendiente de colonizadores españoles, avecindados en la ciudad de Huánuco. Se trata de una impresionante pesquisa, que ilumina profusamente el contexto histórico y literario del Siglo de Oro español, pese a depender de una simple conjetura.8

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